martes, septiembre 30, 2008

Escribir. Escribo.


Escribir… al ritmo que imprime la música. Días vacíos, esperando a que nada pase cuando lo que tenía que pasar no sucedió. No merece la pena salir, fuera la lluvia tintinea sobre las últimas hojas de un otoño que quema la piel, mientras, yo sigo dentro de mí sin conseguir abrir la puerta del interior, perdiendo el motor de mi vida en escritos baldíos. Estoy podrido y contagio a quienes no debo, me presento a certámenes para otros. Tal vez “ellos” tengan razón y sólo expulso heces y basura. Ni siquiera la música que me llenaba me contiene. Ni siquiera soy capaz de mirar a los ojos de nadie, porque no consigo demostrar que saco a mi tiempo brillo y utilidad.

Escribir… escuchando la voz serena y mágica de Jack Jonson.
Realizarse lo llaman a conseguir cumplir tus sueños… ¿realizarse? ¿Me siento realizado? Sí, como si me estuvieran jodiendo.
A veces desearía estar enterrado junto a mi hermano jugando con él a las canicas, como cuando éramos niños y no había otras cosas en las que preocuparse o de las que preocuparse.




Lo siento, mis cuatro lectores, mi cabeza no da más de si, mis plomos están fundidos, no soy capaz de seguir adelante. Estoy bloqueado, mi cabeza se ha vuelto de hormigón y los pensamientos pesan como toneladas de mármol, lo siento de verdad…
Escribo… y no me sale otra cosa que esta retahíla de palabras absurdas… Escribo y me da miedo comprobar la serenidad de ¿Patricia, Sofía, Vivianne, o tal vez fue Alicia? para afrontar problemas que ni siquiera soñé con tener algún día. Escribo y pierdo audición enfrascado en mi vida interior sin hablar durante días y días con nadie o se dice con alguien… Escribo ¿para ganar la recompensa de ser leído por alguien, ¿o por nadie? Y por quién. Hace catorce años comencé y hoy me pregunto por qué…
Pero escribo… antes hice otras cosas, hoy no; no hablo, no siento, no canto, lloro sin lágrimas, río para mis adentros o río y mi carcajada rebota en las cuatro paredes de mi recinto produciendo un eco inexplorado. Araño, mutilo mis uñas, lacero mi vista, me dejo greñas… soy sonámbulo, escribo y sueño que escribo despierto, escribo y sueño dormido que escribo; escribo sobre el costado, de lado de pie de media oreja con los ojos hinchados y henchidos de vanidad superlativa… Escribo porque me meo de risa, porque la vitalidad se me escapa por las manos, porque atrapo ideas al vuelo, porque al fumar marihuana escribía halos de humo que se esfumaban, porque al beber alcohol me estrellaba contra las esquinas de las letras, escribo porque quiero ser paradigma de la idiotez mal pensante, escribo porque me gusta amar las letras y muchas veces le hago el amor a la O y a la Q “¿Quieres?” A la V le pido Vasos de Vida, a la B Bidones de Bocas a las que Besar, y como siempre a la A un Amor Antológico. Pero si Escribo Es porque En Especial Escribir me Excita de una forma Excluyente. Escribo…

Escribo…


Septiembre 2008 Josef.



lunes, septiembre 29, 2008

Los Grandes espacios de New York.


Los espacios son muy amplios, todo ocupa más espacio, incluso el frío parece distinto, mucho más enérgico y cortante. Y esos espacios sin rellenar, lugares que en mi tierra siempre están ocupados; ya sea por un perro, un viejo, la llanta desinflada de un neumático, o un pedazo de plástico sucio..
Perros grandes, portales grandes, grandes rascacielos, cochazos y calles extensas, de cuatro carriles, frías y abombadas.
Estoy en Harlem. De aquí parten sonrientes algunos de esos chicos excéntricos que van a Irak sin saber por qué lo hacen. Excepto porque de tan grande como es su país el mundo parece quedárseles pequeño. De aquí parten los paquetes de dinero destinado a cubrir guerras inútiles y a curar heridos, que lo fueron, con sus propias armas. Y aquí, sobre una ciudad como ésta, reflejó Orwell en su profético libro “1984” lo que iba a pasar y ahora ya sucede:
El Gran Hermano se hace llamar “George Bush”, necesita mantenerse en guerra permanente e inexorable, mediante cualquier pretexto o mentira... Estamos a las puertas del 2007.
En Brooklyn también hace calor. Hace el calor de la mentira. De la gran mentira americana. EEUU dejó de ser la panacea para los necesitados a fines de los años setenta. Hoy día deja morir a los pobres de Nueva Orleáns y al mundo entero...
Camino por Wall Street y siento el peso de aquellos dólares ilusionantes sobre mi nuca. Ya no son lo que fueron: Dólares salvadores, prometedores, fascinadores… sino corruptos dólares especulantes y traicioneros.
Se habla inglés pero a la vuelta está el chino, se paga en dólares pero el dólar ya no manda y compite con el Euro el Yen y pronto sucumbirá ante el Yuan.
Me embarco en el Ferry que me conduce a la magnífica Estatua de la Libertad, la encuentro agobiada, más encogida de lo normal y con la antorcha apagada. ¿Hay restricciones de energía? ¿Es esta la protagonista de alegres llegadas a la tierra prometida?

Salgo a cenar por la noche. El Empire State reluce iluminado como un viejo mastodonte que se resiste a caer, pero ya nadie lo secunda…
No veo pandillas de jóvenes, ni grupos de gente, ni el menor movimiento en la calle. La ciudad parece muerta y todo el mundo – o las viejas glorias de antaño – circulan en limusinas de vidrios ahumados.
A la mañana siguiente regreso al viejo aeropuerto John Fitzgerald Kennedy. Aunque de majestuoso ya sólo le queda el nombre. Hoy, hasta Paul Newan, el de los ojos azules, se marchó para siempre.
Embarco. Y pese a que lo intento, desde arriba tampoco consigo ver dónde estuvieron las Torres Gemelas...

José Fernández del Vallado. 16 de diciembre de 2006. Retocado sept 2008.


viernes, septiembre 26, 2008

ARCOIRIS.


Los niños jugaban a atrapar la luz del arcoiris. Sucios de barro, ascendieron una nueva colina y tampoco lo hallaron. Kiwana se sentó sobre una roca y se preguntó: ¿por qué no se deja atrapar? El estallido de un trueno, seguido por un destello de chispeantes hilos en el horizonte, rasgó el silencio y provocó que alzara la cabeza. Su hermano Kiwa, echó a correr colina abajo, desapareció tras un matorral. Una manada de antílopes inició una estampida. A su lado, descubrió unos ojos amarillos; la observaban. No se movió y lo entendió. El Dios león acababa de cazar el arcoiris...



José Fernández del Vallado. josef. Sept 2008.



jueves, septiembre 25, 2008

T.L.D.



T. L. D. ingresó en la habitación 234. Padecía una enfermedad extraña y desconocida no infecciosa que poco a poco había ido mermando sus facultades retentivas; es decir, su memoria.
Cuando ingresó la policía lo había hallado vagando por el Parque del Oeste, sin rumbo fijo. Al registrarlo no se le encontró documentación que lo identificara y él tampoco supo indicarles su nombre, dirección o nacionalidad. Ni tan siquiera qué hacía deambulando por allí enfundado en un ridículo traje espacial como el de aquellos primeros astronautas de los años sesenta.

Le pusieron T.L.D: “Todos Los Días.” Porque se pasaba días componiendo los puzzles, cada vez más complejos, que le entregaban. Y en caso de no armar puzzles, lo único que lo entretenía era observar por las noches con expresión atónita por el ventanal de su habitación, a la luna.
Su caso salió en toda la prensa nacional donde, mofándose de él, lo llamaron “El Lunático.”
Pasados más de seis meses ningún familiar o amigo lo reclamó o reconoció y cayó en el olvido. Pero T.L.D. seguía allí, en la 234. Con el transcurso de los días había ido progresando, y ahora, se dedicaba a componer una media de cinco rompecabezas diarios hasta que olvidó las últimas palabras que su abotargada mente reconocía. Curiosamente, y con la precisión milimétrica de un autómata, continuaba haciéndose la cama y aseándose sin ayuda.

Pasado un año T.L.D. era capaz de componer cincuenta puzzles de quinientas piezas diarios; y enfermos, familiares de enfermeras, médicos y auxiliares, y demás personal, comenzaron a enviarle más, con la diferencia de  que empezaron a ser puzzles esotéricos, en los que, con asombrosa precisión, vaticinaba el futuro de los individuos según fuera su horóscopo o carta astral.

Transcurridos tres años T.L.D. era capaz de descifrar los misterios del nacimiento, vida y muerte, de un determinado individuo, interpretando el número de piezas mediante un especifico tipo de acertijo, y según en qué orden las fuera ordenando sobre el tablero. Transcribía todo mediante signos en código Morse, pues había olvidado emplear cualquier otra forma de expresión.

Transcurridos diez años T.L.D. era el enfermo más decano del hospital y como condecoración, recibió un enorme puzzle de seiscientas mil piezas. Lo finalizó en apenas tres días.

Al cabo de cinco años su fama como adivino y artista de pasatiempos trascendía las fronteras del país y una exitosa multinacional de informática lo retó a que compusiera un gigantesco puzzle antes que su multifuncional ordenador “Deep Master Giant III.” El reto consistía, además, en lograrlo sin conocer de antemano cual era la figura que se debía de componer. El puzzle estaría formado por más de dos millones de piezas.

Por primera vez el rictus de T.L.D. pareció variar su expresión inmutable.
Dio orden por Morse de que lo dejaran solo en la habitación con una provisión de agua y alimentos para no más de – y ahí logró asombrar y agitar hasta el punto de que los informadores del mundo lo tildaron de “farsante” y “pretencioso.” – cinco días. Pero al final sus exigencias fueron acatadas y T.L.D. quedó retirado a su antojo.

Transcurridos apenas dos días la multinacional propietaria del potentísimo ordenador “Deep Master Giant III” anunció que la máquina había finalizado con éxito su trabajo. A continuación, más de un millar de reporteros y fotógrafos de todos los rincones del mundo se agolparon tras la puerta de la habitación 234. Aguardaban ser testigos de primera fila de la derrota de TLD. Pero cuando llamaron a la puerta para su sorpresa nadie contestó, estaba cerrada por dentro.
Sólo tras llamar con reiterada insistencia se hizo necesario que un empleado se presentara con una llave maestra y la abriera.
Los primeros en abrirse paso y entrar fueron el director del hospital acompañado del director de la multinacional oponente y de altos cargos de la ciudad; y cual fue su sorpresa al encontrarse con el enorme puzzle compuesto. Abarcaba todos los extremos de la habitación. Pero mayor fue su pasmo al no hallar por ningún lugar a TLD. De forma misteriosa había logrado evadirse. ¿Cómo lo había hecho permaneciendo con la puerta cerrada y vigilada las veinticuatro horas del día, y además, en las alturas de un octavo piso? Entonce se fijaron con detalle en el dibujo que conformaba el rompecabezas; y descubrieron que no se trataba de un dibujo, sino de una foto milimétrica y precisa del satélite de la tierra: La Luna. Aunque aún se sorprendieron más cuando junto a un enorme y rugoso cráter descubrieron un fragmento de papel escrito en código Morse.
Con ansiedad ordenaron se presentara el descifrador de claves. El cual una vez hubo leído, tradujo lo siguiente:

¡Hola a todos! Aquí estoy. Ah, y por cierto, me parece que gané el reto. Si ha sido así remítanme el premio a esta dirección:

Cráter 234.
Habitación: Lunasol.
Astro: La Luna S.A.

José Fernández del Vallado. Josef. 2008.



miércoles, septiembre 24, 2008

INFAMIA.

Me gustaría creer que alguna vez viviré en un mundo lleno de belleza y armonía, donde el ser humano será un ser gentil e inteligente ¡Y ESTO NO VUELVA A SUCEDER... JAMÁS!

Los niños jugaban a atrapar la luz cuando los vagones se detuvieron. El padre llamó a sus hijos, les puso las manos sobre los hombros, y les dijo. Os toca ir con mamá, ser buenos y hacer lo que ella os diga. Asintieron. Besó a cada uno con lágrimas en los ojos. Atravesando caminos cercados, los vio difuminarse entre la bruma de la mañana. El hedor de la descomposición se podía oler a distancia; sus dientes no cesaban de castañetear. Un corpulento soldado se acercó hasta él, se llevó un dedo a los labios en señal de silencio, le sacudió un culatazo...


José Fernández del Vallado. josef. 2008.



domingo, septiembre 21, 2008

Náyade


Aquella era la tarde más agradable que nunca había disfrutado. Pleno mes de agosto, las cuatro. La piscina comunitaria abandonada, convertida e un manto azul de laxitud y soledad; y yo, reposaba tras mis ocho horas de infierno recluido en el vientre del consultorio, cuando apareció. No me miró o ni siquiera se molestó en verificar si había alguien. Cándidamente subió al trampolín de cuatro metros, extendió ambos brazos hasta formar el porte del Cristo, y saltó.

Su cuerpo, de una belleza sin límites, ejecutó una parábola extraña y se sumergió. Cuando emergió comenzó a bracear de forma extraña; y tan extraña, me di cuenta con asombro. ¡Ni siquiera sabía nadar! Se ahogaba. Salté al agua, la tome por la barbilla, y siguiendo las pautas de salvamento de forma rigurosa la saqué y procedí a hacerle el boca a boca. Tenía unos labios dulces, escurridizos y gruesos, muy sensuales, y sus cabellos pese a estar empapados, seguían conservando sus preciosos bucles pelirrojos. Mi boca se fijó a la suya y sucedió; como si una ventosa nos uniera quedó firmemente adherida. Me di cuenta al tratar de tomar aire; imposible separarme, me ahogaba. Estaba atrapado y lo más extraño, sin fuerzas para gesticular con mis brazos y tratar de liberarme, entonces percibí algo más. Una bocanada de aire cálido y precioso se internó en mi paladar y descendiendo por mi tráquea saludó a mis pulmones con una atmósfera pura y renovada. Tras esa oleada de vida, algo suave y placentero incursionó el interior de mi boca y palpitó lleno de vida, acariciando mi paladar y enroscándose en mi lengua mientras se expresaba en el lenguaje del amor. Me di cuenta, respiraba a través de ella. Ella era mi vida, mi amor; dependía por completo de lo que hiciera. Estaba a su merced. Cerré los ojos y me sentí transportar a un limbo dulce e inexplicable, y pude experimentar chispazos brillantes de millones de neuronas al contactar entre sí. Mis brazos la rodearon, sus senos se arrimaron a mí pecho y durante un lapso de tiempo indeterminado o inexistente, fuimos uno, pues el reloj del tiempo se detuvo, así como el espacio y el lugar, ya que no me hallé en un área determinada, sino sumido en una levitación jubilosa y celestial...

Abrí los ojos. Ella estaba sobre mí. Me observaba con inquietud. Tosí varias veces y pregunté.
- ¿Estás… bien?
Se separó de mí y murmuró.
- Vaya hasta sentido del humor... Y pasó a preguntarme. ¿Te encuentras ya bien?
- Sonreí y todavía fluctuando en una especie de aureola, le dije.
- Sí, claro. ¡Fenomenal!
Entonces su rostro varió de expresión y añadió.
- Menudo susto me has dado.
- ¿Yo?
- Sí, tú.
- ¿Por qué? Pregunté. Y ella, incómoda, respondió.
- Mira... Si lo que querías era lucirte más vale que no vuelvas a hacer el Cristo. ¡Menudo Cristo acabas de hacer! ¿Estás ya bien, chico?
- Sí, claro. ¿Por qué? Repetí y agregué. Oye... Y a qué tanta pregunta si eras tú quién se estaba ahogando.
- ¿Yo? Inquirió. Dejó escapar una dulce sonrisa y dijo. ¡No! Eras tú. Y ya que estás bien me voy.
Se incorporó, cogió la toalla y comenzó a caminar. Permanecí desconcertado. Juraría que había sido ella...
- ¡Un momento! Exclamé.
- ¿Qué?
- ¿Cómo te llamas?
Me guiñó un ojo y dijo.
- Náyade.
- Gracias Náyade.

Durante la temporada de verano rendido a las sensaciones de aquel día volví más veces a la piscina – justo a la misma hora – con la intención de encontrarme con ella; sin resultado. Vencido por la ansiedad, deseando encontrarla, hice averiguaciones en la comunidad y me enteré de que ninguna mujer con el nombre de Náyade, vivía ni había alquilado un piso en los bloques adyacentes. Confundido y sin pistas renuncié a la búsqueda y supuse se trataba de una avispada que se coló para darse un chapuzón.

El invierno llegó y debido a las obras de reestructuración que se comenzaron a hacer en el viejo edificio de la Comunidad me cambié de piso y de barrio. Durante mis periodos de ocio me volví lector apasionado de la revista “Historia 16” a la que decidí suscribirme. Ocurrió tras obtener los dos primeros números, recibí el correspondiente a Grecia. Casualmente lo abrí en el apartado sobre mitología, y en la primera página me topé con… ¡una foto exacta de ella! Debajo del recuadro ponía: ¡Náyade!: Ninfa: Espíritu femenino de la naturaleza y en concreto del agua dulce, a veces unidos a un lugar u orografía  particular.
Permanecí extasiado durante toda la tarde y el resto de la noche, pensando en llamar a la revista o a los medios de comunicación. Pero después de algo más que un par de wiskys y meditarlo con más parsimonia, decidí que contar mi experiencia y posterior descubrimiento podría hacerme quedar como un imbécil; ¡me tomarían por loco! Preferí guardar silencio. Sería mi secreto; el secreto más sublime y misterioso de mi vida...

José Fernández del Vallado. Josef. Sept. 2008






viernes, septiembre 19, 2008

La promesa de los sueños.


Vivo estrangulándome
en precipicios de eterno vacío.
Anido espacios no creados
escudriño el inicio de un dolor
progresivo, ardiente y férreo.
Incapacidad para romper la coraza
de un miedo que se instaló
cierta vez,
cuando todo parecía teñirse
de azul marino intenso.

Noches de sueños impuros,
anegados en lágrimas;
esperanzas que se derraman
tras la aparición de la experta soledad.
Dolor, dispuesto a lacerar
y destruir la inocencia
de quien cree en vivir sin sufrir.

Cerrad los ojos, ved sin mirar,
sentid sin palpar, gemid sin gritar,
sudar sin temor, temed sin huir.
Caminad al borde de la falla
en cuyo abismo se refugia
la derrota del hombre.
Y cuando lleguéis a su final
extended los brazos y tomadlo,
ahí estará.

La promesa de los sueños;
la felicidad emergente,
el sueño hecho realidad.
No es necesario mirar,
sabréis cual es y enseguida
aprenderéis a nombrarlo
por su auténtico título:
AMOR...

José Fernández del Vallado. josef. sept 2008.




jueves, septiembre 18, 2008

Olvidar.


Llegas a un país desconocido tras recorrer miles de kilómetros. Cansado, emocionado, ansioso, voluble, abierto, deseando encontrarte con la persona que has soñado; deseando más que nada conectar con el alma del ser humano en cuestión. Deseando abrirte de forma incondicional. Deseando buscar la felicidad añorada. Deseando ser tú mismo y mostrarte tal cual. Deseando ser libre de una vez por todas de las cadenas que oprimen tu vida. Deseando no volver a ser el mismo. Deseando no repetir tus errores. Deseando que todo sea diferente. Deseando experimentar un cúmulo de objetivos maravillosos, irrepetibles. Deseando ¿demasiados deseos tal vez...?

Tomas tierra en un planeta diferente. Que funciona de otra forma, son otras las costumbres, otra la mentalidad, otro el ritmo, otros los sonidos, los olores, las sensaciones. Tienes apoyo; el que se te da. Suficiente. Has tomado la decisión. No hay marcha atrás. Existen las ilusiones. Las ilusiones de un viaje conjunto, las ilusiones de descubrir parajes hermosos, las ilusiones de experimentar recorridos, las ilusiones de abrirse caminos, las ilusiones de dar un salto en la vida, las ilusiones de conocer lo desconocido, las ilusiones de encontrar un calor diferente, pero a fin de cuentas, calor. Las ilusiones de no volver a fracasar. Las ilusiones de estar a la altura de las circunstancias. Las ilusiones de encontrar ese amor, en una palabra, el amor. ¿Demasiadas ilusiones, tal vez?

Comienzas a viajar por esas tierras. Y encuentras paisajes que nunca admiraste. Encuentras ciudades inexploradas. Encuentras rutas de una belleza singular. Encuentras gentes de una humildad diferente. Encuentras soledad hacia el sur. Encuentras pobreza en lugares de extrarradio. Encuentras violencia encubierta. Encuentras caminos vacíos de vida y colmados de enorme belleza. Encuentras majestuosidad cercana y lejana. Encuentras un frío que no buscas. Te encuentras solo. No encuentras a la persona. Dejas de encontrar y buscas algo a lo que agarrarte... No encuentras... Buscas, buscas sin saber, buscas sin conocer, buscas hasta agotar tu frontera en una búsqueda sin fin. ¿Demasiada búsqueda tal vez?

La búsqueda se ha terminado. Encuentras un billete de regreso.

Dejas un país desconocido tras transitar miles de kilómetros. Cansado, sin emociones y con todas las emociones estallando en tu interior, voluble, triste, sin comprender, lleno de imágenes abstractas, deseando encontrar la persona que soñaste en tu imaginación. Preguntándote dónde estaba esa felicidad añorada. Preguntándote si podrás ser libre de una vez de las cadenas que oprimen tus sentimientos. Preguntándote si tendrás que volver a ser el mismo de antes. Preguntándote cómo hacer para no repetir los errores. Preguntándote cómo hacer para que todo sea diferente. Preguntándote qué falló o quién ha fallado. Preguntándote si alguna vez podrás experimentar esos objetivos que anhelaste. Preguntándote si cuando vuelvas todo seguirá como lo dejaste. Preguntándote por qué no has tenido el coraje para quedarte. Preguntándote qué hay de raro en que todo funcione al revés, si al fin y al cabo es igual. Preguntándote ¿demasiadas preguntas tal vez...?

Apoyas la cabeza en el respaldo del asiento. Una azafata te descubre y con inquietud pregunta por tu estado. Estás bien, le aseguras. La vida continúa, es ya un eterno carrusel y nunca descansa ni te permite descanso ¿Ha sido un bonito viaje? Sí. Por qué no. Gracias a Dios, si existe. Hasta la próxima.
Cierras los ojos, el avión despega, se aleja, vuela muy alto, hacia tu otra eternidad; quieres dejar de pensar. Dejar de vivir. Dejar de sentir. Dejar de llorar en tu interior y olvidar...

José Fernández del Vallado. Josef. Sept 2008.


martes, septiembre 16, 2008

Transformación

Hacía un fío atroz aquella noche, caminaba tropezando por la calle mientras tiritaba, necesitaba calor. Vi la boca de un cine, desembolsé mis últimos euros y entré. Ella estaba sentada en una butaca de las de delante, sin compañía, igual que yo. Era la primera vez que la encontraba, en cambio yo estaba acostumbrado a encontrarme sin nadie a menudo, hacía tiempo que no tenía noticias del amor. Todas se iban y yo me quedaba esperando a no sé qué. Sudando por la fiebre le pedí permiso para acomodarme a su lado. Me miró de soslayo. De todas formas me senté, necesitaba compañía.

Se proyectaba la película “Las nieves del Kilimanjaro,” basada en el relato de Ernest Heminway. En las fotos que había visto el escritor me recordaba a mi padre en su vejez, con aquella barba gris de Padre Pascua, y una mirada angelical. Viví demasiado tiempo tratando de ser alguien para al final descubrir que ser nadie era lo mejor que me podía pasar, ya no tenía problemas económicos ni de identidad. Lo sentí por el protagonista, morir por una herida infame en un lugar tan fascinante. Siempre me gustó viajar, pero cuando me despidieron del empleo y se me terminaron los ahorros, se acabó la lección de historia, mi historia como ciudadano tipo A y comenzó la de tipo Sub C. Lo bueno de los Sub C es que no necesitamos papeles y si nos ocurre cualquier cosa, como al protagonista del guión, estamos listos, pero no acabamos en una preciosa sabana sino en la horrenda ciudad. Tampoco estamos bien acompañados, las chicas tipo A no buscan chicos Sub C y las chicas Sub C están todas ocupadas buscando chicos tipo A, quienes les pagan las copas y sacan bastante más que yo vendiendo folletines en la esquina de Argüelles.

Sin embargo aquella noche, sin proponérmelo, mi instinto me decía que había dado con una tipo A. Llegué a la conclusión de que todo podía cambiar y ser diferente.
Miré el rostro de la mujer. Se había recostado en la butaca y la luz de la pantalla brillaba sobre su cara de agradables contornos, entonces me di cuenta, tenía un sueño invencible. Se volvió y me miró, de reojo, con un rostro conocido, como el que había descrito para mis lectores en mis fracasados relatos de terror. Pero las chicas que yo imaginaba nunca mostraban esos senos deliciosos ni esas manos hechas para acariciar. Al mirarla y observar sus sugestivas facciones, me pregunté porqué no la había encontrado antes, y sentí que la muerte se me acercaba veloz.
Cuando me vaya -pensé-, tendré todo el tiempo que quiera. Estaba cansado. Demasiado cansado. Aunque tranquilo, tal vez la muerte tomara otro rumbo, probablemente otra calle, iba sola, como yo, marchaba en absoluto silencio por el empedrado.
Me sentí satisfecho de mi suerte, eran tantos los lugares en los que podría haber caído y había ido a parar precisamente junto a ella, la mujer de mis sueños. Toda una vida buscando y de pronto, estaba ahí. Muy cerca y podía oler y soñar su aroma a jazmín. ¿Demasiado tarde quizá?
Sentí el castañeteo de mis dientes, tiritaba. Tenía frío calor y la cabeza me ardía y daba vueltas, pero ahora no me importaba. Me eché de lado sobre la butaca y permanecí mirando su perfil en la penumbra. Sus hombros redondeados, su nariz graciosa y respingona, sus labios carnosos y su barbilla que se inclinaba primero hacía dentro y después hacia fuera formando una ese perfecta. No estaba solo, me sentí satisfecho. La vida no me había concedido mucho y en cambio ahora, todo cambiaba y me hacía este inmenso regalo. Alargué mi brazo y con suavidad puse mi mano sobre la suya, estaba caliente, la acaricié tembloroso. De pronto me miró de frente y lloraba. Me besó con ternura, yo la correspondí, como por ensalmo la fiebre desapareció. Entonces di un gran suspiro, un gran suspiro de alivio. Envolviéndome, escuche la brisa del viento, el trinar de los pájaros, los rumores de la sabana; amanecía, los elefantes barritaban. Estábamos solos; ella y yo. Solos por fin en el África…

José Fernández del Vallado. Josef.sept 2008.



lunes, septiembre 15, 2008

Meme de la felicidad.


Pese a que me he informado de ello y ya hice uno el año pasado, sigo sin saber muy bien lo que significa eso de “Meme.” Aunque para ser sincero, apenas me lo planteo. Lo hago porque alguien a quien aprecio, en concreto mi amigo Mos de Esfera de letras, me ha señalado, y lo hago porque, a fin de cuentas, resulta un buen examen introspectivo y porque me gusta escribir. Y así, mientras me exploro a mí mismo, de paso analizo el porqué de mi propia existencia. Claro que el Meme anterior se trataba de revelar detalles de tu vida desconocidos; en este, se trata de:
- Copiar las reglas.
- Escribir 14 cosas que te hagan feliz.
- Seleccionar 6 blogs para que sigan con el Meme y avisarles.
Difícil. Ahí va ese Meme.


1. Me hace feliz despertar cada día a un nuevo día.

2. Carlota, mi perra de aguas.

3. Tomar un buen café con leche mientras leo el periódico en el bar de los filipinos.

4. Pasear con mi madre y Carlota, nuestra perra, hasta un chiringuito donde tomamos un refresco.

5. Aunque parezca raro, en cierto modo me hace feliz mi misantropía. Descubro casi con asombro que no me inquieta, molesta, ni preocupa, alejarme del grado de imbecilidad que apabulla como una marea ascendente a nuestra sociedad. Por el contrario, me acerco más a los animales y a la naturaleza, con una mezcla de alegría y de tristeza, pues si por un lado he descubierto que se puede entablar una bella relación, e incluso “casi” hablar con ellos, como la que tengo con Carlota – ella es mi acompañante durante el verano monástico que he instaurado en mi vida, lejos de amigos y cualquier jaleo humano - por otro, me entristece ver como la civilización engulle y atropella sin el menor respeto la naturaleza. Por cierto, que me cierre un poco a los de mi raza no quiere decir que desaparezca; volveré. Al fin y al cabo, soy uno más.

6. Sentirme una persona útil y agradable pero... cada día es más difícil. Lo que me gusta realmente es encerrarme en mi música y escribir los sueños que mi mente proyecta en papel. Hace un par de años le daba mucha importancia a que me leyeran, en cambio ahora ¿me he vuelto indiferente? No lo creo. Pero me tomo las cosas con más calma. Sé que lo que tenga que venir vendrá y no podré impedirlo, aunque sí podré encauzar un rumbo más o menos variable al compás de mi vida, pensar de esa forma también me hace feliz.

7. Me hace feliz el mundo. O lo bello que aún pervive de él. Me defrauda ver como la filosofía occidental que una vez fue rica en recursos humanos, filosóficos y pensantes, se sume en la decadencia de una máxima que nos está llevando a la destrucción: “Sin DINERO no somos nadie.”

8. Sentarme junto al ordenador y abordar el misterio de un tema del que ni siquiera tengo idea que escribiré.

9. Mi sobrino de seis años.

10. Los libros. Leer un buen libro y meterme dentro de sus páginas, entrar en su paisaje y formar parte de su aventura.

11. Los compañeros de la web. Leer vuestros artículos y relatos interesantes, vuestras opiniones y compartir algunos de vuestros pensamientos.


12. Me hacen feliz pasatiempos como disfrutar de una buena película, si es buena incluso puede ser casi como un buen libro. Perdí el gusto por los deportes, me hacían muy feliz. Pero tras presenciar la parafernalia que rodeó las últimas olimpiadas y la ansiedad por conseguir las medallas, me quedé un tanto desencantado.

13. Viajar y ver mundo, cuando dispongo de tiempo, llena y colma mi vida. Conocer gente diferente de otras etnias y costumbres, y aprender a vivir como ellos o intuir como viven, y de qué forma perciben el mundo.

14. Y por supuesto amo el amor. Aunque debo reconocerlo. Amar es a veces tan difícil. Pero eso es debido a nuestro propio egoísmo. Hace años me costaba mucho amar, era más superficial. Hoy en día he aprendido a valorar más la vida y el sublime papel e importancia que el amor juega en ella. Sé que debo amar, dejarme amar y ser amado; sé que sin amor la vida se convierte en un pozo sin fondo, y sé que sin el amor la vida está condenada a morir. Pero sobre todo sé que la vida no es eterna, en cambio el amor, cuando es fuerte, cuando es duradero y real trasciende a la vida en sí. Así creo y me gustaría pensar que en el fondo está compuesta la naturaleza de los seres vivos: De un importante sedimento de amor.


Lo hice. Mi Meme; el Meme de Josef. Ahora les encomendaré mi tarea a los siguientes amigos/as blogueros. Espero que con inspiración, pero sobre todo el deseo de amor, puedan llevar la labor adelante:


Breath in Blue: Klau Giordano.
Mis cuentos, fotos, Recuerdos. Vivianne.
Bitter. Bitter.
Al Filo de la Poesía. More Baker.
Bellota_b. Bellota_b.
Partiendo la Pana. Lara.


José Fernández del Vallado. josef. 2008




sábado, septiembre 13, 2008

Mi exposición de los hechos.



Me llamo Karla Bauhaus nací en Dresde, Alemania. Desde pequeña me decanté por las ciencias pues estudié la carrera de Técnico Industrial, por lo que mi especialidad es la electrónica. Soy rubia, mido un metro setenta, tengo unos pechos razonables, un cuerpo que no me quita el sueño, a mí, pero sí a bastantes hombres, y un semblante por lo general despejado y sonriente; bello dicen. Pero yo no lo sé, porque para mi la belleza está en el interior de cada uno de nosotros. Hoy en día trabajo para una empresa muy potente del sector industrial que se llama “Gottwald Port Technology,” constructora de las grúas de puerto de la clase HMK de las cuales soy una de las responsables de mantenimiento.

La historia – mi exposición – o el asunto que quiero dejar impreso en estás páginas comienza cuando la firma cerró un contrato de venta de dos grúas HMK 260. El interesado, se trataba nada menos que del puerto chileno de Antofagasta, nos hizo saber que necesitaba el pedido con máxima urgencia, ya que la labor de carga y descarga en dicho emplazamiento iba a ampliarse en aproximadamente un 30% o más durante los próximos meses estivales de enero y febrero.

El problema estribaba en que los modelos de HMK que precisaban no eran exactamente “dulces bomboncitos” que cupieran en cualquier parte. Las HMK 260 pesaban cada una alrededor de cien toneladas.
Debo reconocer que en principio la cosa nos calentó bastante, pues hasta ahora siempre habíamos trasladado las grúas por piezas. La situación real era que estábamos ya a finales de diciembre, hacía un frío que pelaba, y debíamos encontrar un avión para transportarlas al completo. ¿Pero había un avión que pudiera hacerlo? Una vez averiguamos que la capacidad de los famosos Galaxy americanos era de ciento cincuenta toneladas, supimos que íbamos a necesitar dos aparatos, lo cual encarecía el negocio de forma considerable. Entonces, una mañana, andábamos todos subidos de café por las paredes, y llegó el fax de Ucrania. Existía un avión que podía cargar 250 toneladas y por lo tanto, con ambas grúas a la vez. ¿Qué clase de monstruo era ése? Lo supimos al verlo aterrizar atronando en el aeropuerto de Dusseldorf al día siguiente; se trataba del Taringa! La mole Antonov “Mriya” An 255; el avión más grande del mundo. Con un peso total de cerca de 600 toneladas, impulsado por seis potentes motores Progress con una longitud total de 84 metros (11 más que el A -380). Nos informaron que solo existen operativos dos An 225 en el mundo.

En 24 horas estuvo todo dispuesto. Y como mi jefe es todo un cariño, fue tan amable de encomendarme a mí la responsabilidad de dirigir la operación.

De modo que al día siguiente, temblorosa y emocionada, embarqué en la panza del monstruo junto a nuestros dos juguetitos de cien toneladas cada uno. La pregunta que me hice en los instantes previos al despegue, fue sencilla. ¿Sería capaz de elevarse el pájaro con semejante carga en su interior? No fue necesario que nadie me respondiera, me bastó oír el ruido de sus 36 ruedas al plegarse.

El aparato no era muy cómodo, desde luego no resultaba adecuado para cargar pasajeros ilustres. Me acomodaron en una butaquita justo delante de un cargamento de… ¡camas!, constaté con cierto estupor. ¿Chile importaba camastros? Y no se andaban por las ramas; habría unas doscientas y todas ellas de matrimonio.

Me dispuse a superar un viaje largo y aburrido; comencé a leer una revista de electrónica y montaje (bastante mediocre por cierto) y el sueño no tardó en vencerme…

Sentí una mano sobre mi nuca, oí una voz que murmuraba no sé qué monerías en ruso o ucraniano y comprendí que me había inclinado hacia el lado izquierdo del asiento y debía de estar ladeada. El hombre, con toda su buena intención, solo hacía que recolocarme aunque… de pronto percibí su respiración agitada y noté… sentí, deslizarse sus manos sobre mis pechos. Tuve pavor, lo confieso. No supe qué hacer. De modo que decidí (¿fue una reacción instintiva?) continuar paralizada y con los ojos cerrados o entrecerrados. Había perdido por completo el baremo del tiempo y no tenía idea de qué hora sería ni cuánto tiempo habría estado durmiendo. Sentí impotencia, a la vez rabia y quise morderme la lengua; pero el hombre no se detuvo. Comenzó a masajearme los senos, y por Dios que lo hacía bien. Mis pensamientos se detuvieron en Kroll mi adusto y frío novio bávaro; llevaba saliendo tres años con él y jamás me había dado el santo placer que ahora me proporcionaba aquel “ruso, cosaco, Ucrano” ¡o lo que carajo fuera! No me pude resistir, en realidad me dio igual. Supe que estaba muy caliente, a punto de estallar. Abrí los ojos de golpe y lo besé en su boca con locura. Estaba sin freno. Habían sido años de trabajo en un clima frío y hostil durante horas, días meses, sin recibir nada a cambio. Años ganando dinero sin disfrutarlo, acumulándolo para casarme con… Kroll. Y de pronto, de un mazazo, aquel “ukranoruso” conseguía avivar mis sentimientos adormecidos; se trataba de unas impresiones que abrasaban mi interior y que a fin de cuentas eran mis verdaderos sentimientos. Cuando cesé de besarlo lo miré directamente a la cara. Tenía unos ojos verdes espléndidos. Era moreno, de piel blanca y suave. Me recogió entre sus brazos, me llevó hasta una de aquellas magníficas camas matrimoniales y allí proseguimos durante el resto del viaje…

Él sabía con precisión de cuánto tiempo disponíamos, pues desapareció instantes antes de que aquello se convirtiera en un hormiguero de gente que deambulaba entre el cargamento. Me dejó una foto suya de carné un teléfono y me dijo un par de palabras; aún las recuerdo. ¿A ver cómo eran…? ¡Ya lo tengo!:

¡Dasvidiana liubov!*

* ¡Adiós amor!

Aunque más bien parece que se trató de un hasta luego. En unos instantes mi avión aterriza en Moscú.

José fernández del vallado. josef 2008.



jueves, septiembre 11, 2008

 Os continúo invitando a que hagáis una breve visita a mi otro blog: Cúspide y escuchéis al menos dos o tres canciones del grupo sigur rós. Espero que os gusten. Un saludo!

martes, septiembre 09, 2008

Recién Iniciado.




Al alba, al cazador soñoliento, le cuesta abrir los ojos. El cielo, cubierto, presenta un matiz ocre y amortiguado.





La sabana revestida por una extensa manada de antílopes, se agita con la brisa de un lozano y azucarado relente. El hierbazal, pajizo y dorado, arropa su estilizada figura por completo.

Avanza encorvado, contra el viento. Una piel de antílope envuelve su cabeza y espalda. Lleva el cuerpo embadurnado en una intensa secreción de herbívoro; el pectoral señalado con profundas cicatrices, distinciones de guerrero, y el rostro matizado en tonos blancos y azules. Es joven, y marcha en solitario. Recién iniciado, debe permanecer una semana en soledad y cobrar las piezas sin ayuda.

La presa se halla a escasos metros. Es un impala, que confiando en su vigor y agilidad, se ha distanciado del resto y ramonea con aparente osadía. Sus apéndices auditivos no cesan de agitarse a derecha e izquierda y delatan la tensión encubierta.

El estallido de un trueno, seguido por un destello de mágicas y misteriosas ramificaciones de chispeantes hilos en el horizonte, rasga el silencio y provoca que el macho se agite y alce inquieto la cerviz. Ese instante de vacilación y el hombre se eleva, extiende ambos brazos, y formando un arco convexo, arroja la lanza y alcanza al animal en el cuello. El macho arranca, ejecuta dos saltos amplios, y quince metros más adelante, desfallecido, se derrumba estremeciéndose en espasmos de agonía a los pies de una acacia.
El cazador llega hasta la captura, se acuclilla, realiza un corte inciso en la yugular y sediento, comienza a sorber su sangre.

La energía de algo tenso y pesado golpea de forma violenta su espalda y le obliga a constreñirse contra el suelo. Sorprendido, su instinto de supervivencia le obliga a girarse, en tanto antepone su brazo en protección de su rostro. Las mandíbulas del leopardo persiguen el cuello de la presa, y no tienen más remedio que oprimir el brazo izquierdo del hombre, que cruje bajo la presión originada.
Sólo entonces es consciente de la situación. Dispone de una única oportunidad, y décimas de segundo antes de morir. Su mano libre aferra el mango de marfil del cuchillo ligado a su cintura, desenvaina, y en una acción fulminante, lo hunde en la garganta de la fiera. El felino libera su brazo, ejecuta un brinco hacia atrás, y asestando zarpazos al aire, agoniza.

Las nubes se han abierto y los primeros rayos del sol abrillantan y azotan la inmensa llanura. El cazador se alza y otea. Como por arte de magia encuentra que los más de mil antílopes han desaparecido del escenario. Percibir silencio es adivinar peligro. No está solo. El olor a sangre y a muerte es ya demasiado intenso. Pese a utilizar un solo brazo, hendiendo con rapidez, escinde un tajo de carne del impala y sale apresurado del lugar. A sus espaldas, el rugido sordo de la fiera, confirma sus recelos. No se vuelve, ¡corre! Huye sin detenerse y mientras lo hace, escucha el trote pesado de la bestia comiéndole el terreno. Y oye también los latidos desbocados de su corazón. Es evidente; en ese instante siente algo más que miedo: terror. Porque cuando el señor de las bestias deposita sus ojos de miel en una presa, no cesa hasta devorarla. Por otra parte, en la tribu los viejos comentan, que si un Dios león es viejo y más lento que el alma del leopardo, es una mala señal. Pues se acostumbra a cazar presas fáciles que ejecuta de forma indolente. Echándose sobre la víctima, sabedor de que con su peso inmoviliza a un ser débil como el humano, no se molesta en matar antes de comenzar a devorar. Unas veces lo hace por las piernas; otras por los brazos, y si hay suerte, por la cabeza. Todo depende del humor del viejo macho. Y quien ahora lo persigue, no debe de hallarse feliz. Porque Kiwa le ha arrebatado el alma del leopardo. Y a un leopardo sólo tiene derecho a poseerlo un Dios león.

La carrera está perdida y lo sabe. Tropieza con una raíz y agotado cae al suelo, se gira y observa acercarse a la fiera. No morirá lentamente, se dice. Toma el cuchillo, aproxima el filo a su cuello, y en el instante en que se dispone a hacerlo, oye un trueno y las espesas melenas del león acarician sus piernas con mimo.

Asombrado, se incorpora con vacilación y tembloroso, palpa al Dios agonizante. Vuelve la vista y a unos cincuenta metros, descubre a un ser parecido a un gorila con piel blanca. El ser gesticula y articula rugidos incomprensibles mientras, con un trozo de piel de cebra entre sus garras, efectúa movimientos circulares. Agarrotado, el cazador lo observa con asombro y recelo. A continuación se vuelve, estudia atemorizado al Dios león, y lo toca de nuevo. No hay duda. ¡Está muerto! ¿Cómo ha sucedido? El Dios gorila blanco se acerca. Ahora, puede ver claramente el rostro del ser y oye su rugido grave y extraño. Aunque... hay una cosa que no le resulta desconocida. Sus melenas amarillas en el rostro. Las ve con claridad y de repente comprende. No es un gorila, sino un fiero Dios león que lo hechiza para atraparlo. No lo logrará. Con rapidez vuelve a llevarse el cuchillo a la garganta. El Dios blanco león alza las manos, se detiene, y comienza a rugir con ira. Entonces Kiwa está seguro. No se trata de un gorila blanco sino de un león disfrazado que estuvo a punto de engañarlo. Astuto como el chacal y sabio como el viejo mandril, el guerrero se atreve a mirar fijamente a los ojos del león y libera una carcajada. El Dios comprende y enmudece. Baja las zarpas paralizado.

Con un esbozo de sonrisa triunfal en sus labios, Kiwa efectúa un gesto semicircular al degollarse, y desangrándose, cae a los pies del Dios, quien se agacha y alterado, sólo acierta a pronunciar en su extraño idioma:

“¡Livingstone. Doctor Livinstone…!”
José Fernández del Vallado. Josef. Marzo 2007.

domingo, septiembre 07, 2008

Beatriz.




Era nuevo en el colegio. Comencé a ir a clase en el autobús veintiuno. Me sentaba solo en un asiento de atrás mientras concebía luchas gloriosas entre mis soldaditos de plástico azul: el yankee y el confederado.




Hasta que un día alguien también nuevo se sentó mansamente a mi lado. Entonces cambié mis soldados por las sonrisas y bromas de Beatriz.


Por las mañanas, ella no venía, sus padres la llevaban al colegio. En cambio por las tardes, durante la media hora larga que duraba el trayecto a mi casa, yo era feliz.
Beatriz era preciosa. Sus ojos grandes y redondos como gemas relucientes, resaltaban vivarachos y burlones y su sonrisa, mostrando su dentadura blanca y naciente, era un vivo murmullo de agua cristalina.
Jugábamos a lo que ella deseara, y no es que fuera caprichosa e impusiera sus manías. Ocurría que yo me sentía incapaz de decirle que no a lo que fuera.
Comenzábamos inventando juegos de palabras y a menudo acabábamos forcejando. Como yo era más fuerte la apresaba por las manos y entonces podía palpar su cálida y húmeda piel. Y así nos quedábamos, contemplándonos primero con arrebatador frenesí, luego en silencio, y al final retirábamos las manos con síntomas de vergüenza inexplicable.

Pasaron dos años y crecimos. Nos aficionamos al juego de ajedrez. Jugábamos partidas rápidas y ella casi siempre me vencía. Y yo, pese a no querer demostrarlo, terminaba irritándome. Recuerdo el día en que después de ganarme, sin explicarme el porqué me besó en la mejilla. Me ruboricé. Pero aún recuerdo con mayor tristeza el día en que por primera vez nuestras vidas, se separaron. Ocurrió cuando tras atravesar una larga enfermedad repetí curso. Desde aquel día ella se volvió soberbia o no le quedó más remedio que serlo, porque así funcionaba la ley en la escuela.
Luego se hizo de ciencias, estudió veterinaria en la Complutense, en tanto yo daba tumbos por la vida sin saber hacia donde me arrastraba el oscuro y denso fluir de los fulminantes rápidos en que me sentía apresado.

Hubo una fiesta atropellada en una casa cualquiera donde por avatares de la vida la encontré. Decidimos escapar del bullicio y en un local apartado y solitario, recordamos los años dorados y acabamos sellando nuestras confesiones mediante unos primeros besos de ensueño.
Después una despedida, promesas de conservar viva la relación y nada más…
Pasado un año el reencuentro “casual” se reprodujo en un bar. Ella aguardaba a ciertas amigas y yo otro tanto de lo mismo.
Un par de cervezas, sonrisas, miradas de complicidad, amor y nada más…
Luego más años y otra fiesta en la que por “casualidad,” el chico que organizaba el evento, siendo amigo de ambos, nos permitió quedarnos en su casa. Nos acostamos e hicimos el amor, y a la mañana siguiente estábamos convencidos; ya nada podría separarnos. Desayunamos, nos besamos y acabamos jurándonos amor eterno.
A continuación una despedida más y… punto.
Pasaron ciertos años y hubo un nuevo reencuentro, ahora en un autobús. Yo escuchaba música en un casete con auriculares. Se los puse. Le encantó. Quedamos en vernos. Me insistió en que la llamara sin falta, se lo debía, me necesitaba, dijo, y me dejó su teléfono…

Deseaba verla pero no la llamé. No sé por qué… ¡no lo hice!

Transcurrieron muchos más años. Había quedado con mis amigos, era de noche, diluviaba. Caminaba pensando en que aquel era el peor día para salir. En un momento dado acudí a refugiarme bajo una esquina en una plaza oscura, sin apenas iluminación, y allí estaba ella.
Permanecimos mirándonos unos instantes, en silencio, como si no nos conociéramos. Entonces yo, sin siquiera mirarla, la saludé y le hice la pregunta inevitable.
- ¡Qué tal Beatriz!
- ¡Oh! Hola…
- Y… Cuéntame. ¿Cómo estás?
Se quedó mirándome en silencio. Sólo estábamos los dos. De pronto me observó con una sonrisa irónica y dijo.
- ¿Beatriz? Ya no estoy… Y prosiguió.
- Me fui mientras aguardaba la llamada que nunca me hiciste…
Y yo pregunté.
- Dónde. ¿A dónde te has ido?
Ella bajó los ojos frunció el entrecejo de forma disgustada y prosiguió.
- Lejos… Ahora estoy lejos.
Alzó la mirada. Sus ojos brillaban de una forma extraña. ¿Lloraba? Añadió.
- Escucha, ya no habrá más encuentros.
Y yo, desquiciado, le pregunté.
- Por qué. ¿Porqué no puede haber más encuentros? ¿Por qué no podemos vivir juntos para siempre?
Ella me miró con ojos suplicantes y me dijo.
- ¿No lo entiendes? Mírate. Ya eres viejo, casi un inútil. Se acabó. Es demasiado tarde. Ya no queda nada entre nosotros.
Gimiendo, le dije.
- Cómo… ¿Cómo puedes ser tan dura? ¿Cómo puedes hablarme de esa forma? Tú que nunca has sido así.
Y ella contestó.
- En efecto, yo nunca he sido así…
Hubo un instante de silencio, continuó.
Porque yo… jamás he sido… O acaso me ves. ¿Puedes verme? ¡Mírame con atención!
Y mientras hablaba su silueta fue haciéndose más y más tenue hasta desaparecer diluida en el turbio contraste de la oscuridad.
Solo entonces lo comprendí con conmoción, padecimiento, y pavor. ¡Beatriz había escapado! Había huido para siempre; de mi vida, de mi mente, y de de mi locuaz clarividencia… Pues tan sólo había existido en mi ilimitada y devastadora imaginación...

José Fernández del Vallado. josef. 1 Abril 2007.



jueves, septiembre 04, 2008

La verdadera historia del Quijote...


Nada más cumplir los cuarenta y seis años, a Lucrecio Borgiano, pariente indirecto de los Borgia y meritorio escritor, le abandonó toda la inspiración que había tenido durante los quince años anteriores y se quedó durante seis días pensativo, delante de una hoja en blanco, mirándola con una rara expresión embobada y de preocupación; sin comer, sin cenar, bebiendo de cuando en cuando pequeños sorbos de su botijo de vino, matando las moscas e insectos que se posaban o rondaban el escritorio, rascándose la espalda y la cabeza debido a la urticaria y a los picotazos de las pulgas que sus siete perros, recogidos a sus pies, le habían transmitido. La idea le surgió al séptimo día. Escribiría una Novela de Caballerías, la novela de caballerías de más éxito de todos los tiempos. Dicho y hecho, dio comienzo, pero al encontrarse falto de inspiración, tan sólo logró rellenar un indeterminado número de folios con párrafos imprecisos, que se perdían en la total incoherencia de sus vocablos, y de un propio e inexistente guión.

Tras el transcurso de semanas encerrado en su caserío, como no acertaba a continuar la novela, decidió salir a dar un paseo y airearse por el viejo rastrillo de Jàtiva, su ciudad. Llevaba media mañana rondando, cuanto de pronto algo llamó su atención y ensimismado, se detuvo. Ante su mirada desconcertada, sobre el anaquel del puesto de un judío, intercalado entre pesados volúmenes de temática mayormente melindrosa y católica, distinguió un desconocido volumen que despertó su curiosidad; parecía un libro de caballerías. Destacaba por estar escrito en árabe, su autor figuraba en el anverso con el nombre de: “Cide Hamete Benengelí;”el idioma tampoco pasó desapercibido a sus cualidades lingüísticas, lo abrió y comenzó a leer:
“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor...”
Dudó, y no le convenció. Aquel principio le recordaba a algo que había leído o tal vez escrito, pero ¿a qué...? Volvió a depositar el manuscrito sobre el anaquel, se dio la vuelta, comenzó a caminar y mientras paseaba, sintió el desfallecimiento y el pinchazo. Se dio cuenta al instante; el párrafo acababa de insertarse en su mente de forma indeleble, y comprendió. ¡La novela merecía la pena! Rápidamente giró, estaría a unos cincuenta metros. Agitado, abriéndose paso entre la multitud, regresó hasta el humilde puesto y el corazón le palpitó. Un hombre manco, por su aspecto, cristiano, sostenía la obra abierta en su mano mientras... ¿leía? A pesar de su angustiado estado de ánimo, de la forma más discreta posible, se dirigió al desconocido.
- Perdone, ese libro me pertenece.
El hombre alzó la mirada y lo contempló tras sus ojos marrones. Su espesa barba grisácea fluctuó, su boca se abrió dejando entrever una sonrisa irónica. Y respondió.
- ¿De verdad? Y a su vez preguntó. Y entonces ¿de qué forma ha llegado a mí si ya es suyo de antemano?
Lucrecio titubeó y añadió. Bueno, la verdad señor...
- Miguel... Miguel de Cervantes, para servirle. ¿A quién tengo el honor y el placer de conocer?
- A Lucrecio Borgiano, de profesión letrado y la verdad... es que – destapó sus cartas con apremio – me disponía a comprarla de inmediato.
El señor Cervantes cerró el volumen, y mientras acariciaba con la punta de su dedo índice su barba con meticulosidad, permaneció observando con atención durante unos instantes, y preguntó.
- Ya... Y dígame usted, letrado Borgiano ¿cómo calificaría esta obra?
Lucrecio dudó y sin echar las campanas al vuelo, opinó.
- Es sin duda una rareza digna de estudiar por un erudito. Y añadió.
- Como yo.
El señor Cervantes carraspeó y alzando el tono de voz, agregó.
- O... tal vez ¿yo mismo?
Exasperado, Lucrecio Borgiano, moviendo el brazo con agilidad, agarró el libro por una de sus esquinas. Se produjo entonces un acalorado forcejeo que solo finalizó cuando la voz del tendero se interpuso entre los jadeos de ambos.
- ¡Por favor, señores! Van a desgarrar el volumen. Díganme ahora, o llamaré a la guardia. ¿Lo va a adquirir alguno de ustedes?
Dándose cuenta del ridículo, ambos se detuvieron. Recargada de vanidad, sumándose a la algarabía de la mañana, la voz de Lucrecio fue la primera en vocear.
- ¡Está bien, letrado Cervantes! Quédese con el libro. De todas formas, no le servirá de nada.
Dejó escapar una sonrisa burlona y caminando, de forma circunspecta, abandonó el escenario.

Durante días sucesivos a Lucrecio Borgiano le fue imposible pegar ojo, escribir y menos, arrancar de su mente aquel pegadizo párrafo; es más, su deseo habría sido proseguir con la lectura de aquel manuscrito. Pero jamás volvió a saber nada sobre el tal Miguel de Cervantes.

Tres años después la pandemia de la peste se extendió por Europa y Lucrecio, rodeado de perros y pulgas que saltaban de las ratas a sus huéspedes, fue fácil presa de la enfermedad.
Yacía en su camastro cuando, un valiente amigo y doctor que apesadumbrado, presenciaba impotente como su amigo se consumía, con la intención de que se distrajera con algo, le regaló un libro. Se lo entregó asegurando.
- Mire, esto le gustará. Es bueno que aparte su alma de la maldad que corroe su cuerpo.
Afiebrado, y con voz débil, Lucrecio quiso saber.
- ¿De qué se trata?
Y el doctor, con satisfacción, exclamó.
- ¡Es la mejor obra de caballerías que nunca haya escrito nadie en el mundo!
Impresionado, Lucrecio se incorporó en el camastro, abrió el tomo, leyó el nombre que había impreso en el anverso y de repente, profirió una agitada exclamación, y a partir de ese momento ya no pudo cesar de carcajearse y llorar durante toda esa tarde y la noche, hasta que su estado empeoró y agotado, ese mismo amanecer, susurrando la palabra: “Cervantes” con delirio, falleció entre convulsiones...


José Fernández del Vallado. Josef. Septiembre 2008.

Nota:

He escrito este relato basándome – según informa y explica en cada uno de los capítulos de la propia novela el mismo autor – en que el Quijote es obra de: “Cide Hamete Benengeli,” se escribió en árabe, y Cervantes encontró el manuscrito en un rastrillo viejo, lo mandó traducir a no se sabe quién, y fue la traducción lo que se publicó, tampoco se conoce si de forma literal o creativa. Según esta
 habilidosa pirueta literaria metaficcional, el autor parece buscar dar más credibilidad al texto, haciendo creer que don Quijote fue un personaje real y que la historia podría tener décadas de antigüedad. La cuestión es: ¿Qué impulsó a Cervantes a hacerse con aquel manuscrito en dicho rastrillo? Es un misterio...



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lunes, septiembre 01, 2008

En el Oscuro y Viejo Desván.


Había estado todo el invierno agazapado en el oscuro y viejo desván, oteando, listo a que se le presentara el momento idóneo para realizar la captura y salir volando con ella entre sus garras.


No era una persona normal, nada de eso, Laval Lettoner era un monstruo; el característico ser de pesadilla que tantas veces nos pintan las revistas de violencia y luego las películas de terror.
La gente común, a menudo solemos pensar: “¡Uf menos mal! Solo son pesadillas de ficción.” Pero a veces, y tantas veces, por cierto, la realidad supera a la ficción. Aunque quizá nada sea ficción y las leyendas ya no existan más que en nuestros sueños...

Agazapado en aquel oscuro y viejo desván del barrio de Mont Martre, Laval Lettoner llevaba nada menos que quince años de existencia aislado en un estado larvario. Y ahora, de pronto, aquella noche de luna llena, sus sentidos antes embotados, cubiertos bajo una protuberancia que se acababa de desprender, habían despertado a la luz de un nuevo universo de inusitada crudeza. Sus colmillos afilados como finos sables de esgrima, relucían al fulgor de la luna mientras bostezaba y desperezándose, estiraba sus alas largas y cartilaginosas acabadas en sables curvados.
Lentamente, a izquierda y derecha, giraba el cráneo oval, y mientras oteaba hedores provenientes del puerto al norte, del Camposanto de Montparnasse al este, de las fiestas de San Patricio al oeste, rememoraba destellos de un lejano vestigio de humanidad encerrado y casi enterrado en su subconsciente. Conocía, porque su instinto así se lo señalaba, que ese nombre era una parte de su humanidad, lejana en todo caso, pero humanidad. Sus pabellones desarrollados y tan puntiagudos como los de un chacal del desierto, le trajeron murmullos exclusivos de presas apetecibles.

Sus zarpas se desprendieron como estiletes ganchudos, arrancando astillas de vieja madera del desván, y emprendió el sutil planear. Ahora, Lettoner, era una sombra que surcaba los cielos parisinos con maestría, sobrevolando la mítica Torre Eiffel. Dentro de su cerebro, igual que un microchip implantado, una función precisa de navegación le indicaba con exactitud hacia donde dirigirse. Con minuciosidad, seleccionando de entre los demás ruidos molestos, persiguió los jadeos y lamentos del miedo; lejanos, casi sofocados, hasta adentrarse como una exhalación en un oscuro callejón, en la escena misma del estupro, donde tres hombres, por turnos, daban cuenta de una desdichada joven.
Los individuos, ni tan siquiera presintieron a la bestia, la cual, trazando giros y contorsiones, acometió a cada uno de ellos, chupó su sangre y los vació en breves segundos, arrojándolos al Sena como carcasas vacías. Luego, se dirigió a donde yacía la chica; le pareció un buen ejemplar. La recogió, la alzó sin esfuerzo hasta la cornisa de un edificio, y la depositó en la terraza de un desastrado desván. Inclinándose, le inyectó un fluido que la dejó paralizada. A continuación, situándose sobre ella, le insertó su extraño apéndice genital y la penetró. Y en tanto lo ejecutaba, elevando su rostro a la luna, abrió sus mandíbulas y dejó escapar un aullido distorsionado y desgarrador. Su semen, más enérgico que el de los hombres, desplazaría del lugar los demás.

Cuando hubo terminado, sus ojos oblicuos y amarillos, se detuvieron sobre los de la chica. Ella, insensibilizada por el efecto del jugo, mantenía abiertos los suyos, encontrándose con los de la bestia y su aliento pútrido a escasos centímetros de su rostro; por un instante llegó a verlos brillar, mostrando una clara manifestación de arrebato.

De un ágil salto, el ser se apoyó sobre la balconada y desde allí desapareció en la oscuridad de la noche...

Dicen, quienes saben sobre tales temas, que semejante clase de bestia al cabo de dos días de fornicar, agoniza. Así de corta y cruel es la historia de estos seres ¿ultraterrenos, mágicos, o demoníacos? Nadie lo sabe con certeza, pero están ahí, representados con exactitud intachable en las viejas gárgolas de las iglesias y catedrales del gótico y el Renacimiento. ¿O acaso alguien se atreve a suponer que no existen?

José Fernández del Vallado. Josef. 2008.

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