sábado, noviembre 29, 2008

Georgia en Garamond.


Georgia es el tipo de letra en el que Lars suele escribir. A veces se levanta muy temprano, aunque por lo general suela hacerlo tarde y a destiempo. Se despierta con pereza, no le gusta nada encontrarse con una cucaracha en el baño, pero si es rubia, la tolera y no la aplasta, pues le produce náuseas apachurrarlas tan pronto.


Se afeita con cuchillas gillette, de las baratas. Sí, de las de usar y tirar. Antes solía hacerlo con maquinillas, porque se las regalaban, ya no. Se acabaron los tiempos de patochadas, ahora es mayor, casi viejo y nadie le regala chuchas a un viejo.

Dejó su último trabajo hace meses y con el dinero ahorrado se puso a escribir. Trabajaba en una ilustrísima y bribona financiera de su país. Su misión transferir de la forma más suave y honrada posible los embustes que ellos, los jerarcas, creaban para sí y por el bien de la sociedad; su sociedad, claro está. Hasta que se dio cuenta. Todo consistía en que mientras ellos se forraban él y un tropel de desgraciados mentían sin cesar para hacer crecer la gran compañía.
Un día les dijo que se iba de viaje por motivos de familia y le guardaron el puesto. Y todavía lo aguardan, pues llama advirtiendo que volverá. No quiere que ningún desgraciado ocupe su lugar. Además, le confesaron que invirtieron demasiado tiempo y dinero en transmutarlo en mentiroso de primer orden. Lars cree que en el fondo les agradaba su forma de engañar a los clientes; al final era realmente competente. Incluso había días en que se sentía capaz de mentir por un tornillo mal colocado.

Cuando dejó el trabajo no echó de menos a nadie, eso fue lo más curioso. Excepto tal vez el cuerpecito apañado de Shiwa, una hindú de nariz ganchuda y ojos negros de metal que parecía un robot de porcelana. A Shiwa la despidieron; resultaba demasiado sobresaliente para sus intereses. Revolvía al personal y ellos necesitaban algo funcional y manejable. Tampoco era el caso de Alena, una israelí trepa, que se follaba a todos los jefes que se oponían a su cruda manera de trabajar.

Nada como un trabajo así para descubrir la sobria vanidad de aquellos directivos que vivían a su costa. A veces llamaban y se desenvolvían de tal manera:
- ¿A su servicio?
- Soy Pedro Alcántara Director General de Castilla la Mancha. Ponme de inmediato con tu jefe o jefes.
- ¿Con Juanma?
- Sí, venga. Ya. ¡Rápido!
- Lo siento, no está en este momento.
- Oye chico, pues ponme con quien le sustituya, con quien sea ¡ya!
- Soy teleoperador, no soy ningún chico.
- ¡Oiga! Páseme con sus jefes o va a tener problemas. Ya.
- ¿Ya…? Se dice por favor más bien. ¿No cree?
- Pero… pero… ¿Quien se cree usted que es?
- Eso mismo digo yo. ¿Quién se cree usted que es Señor Directivo?
- ¡Joder! Vaya. Dime… Dígame su nombre por favor.
- ¿Ahora dice por favor? ¡Y un carajo…! Listo. ¡Clik!

Como es natural al hacer aquello se arriesgaba a que lo pescaran si hacían escuchas. Pero tuvo suerte y nunca lo pillaron. Y como su apariencia era tan pulcra y educada jamás pensaron que él era el atrevido que ponía en evidencia a los capullos.

Todas las mañanas tomaba un asqueroso café de máquina en un cuartucho que denominaban, cafetería. Mientras, soñaba con estar allí afuera, al otro lado de la calle, tomando entre sus brazos la digna cintura de una bella muchachita. Y casi todas las mañanas se topaba con Ramón, un fantoche de tres al cuarto, que se había empeñado en ser su amigo y estaba incluso más extraviado para la sociedad que el mismo Lars. Ramón quería un ascenso. Habían entrado hacía tan sólo tres meses y ya exigía el ascenso. Y, para colmo, en una compañía de embaucadores, estaba claro a donde lo iban a ascender. Y lo ascendieron. No tardaron en ascender su nombre al listón de expulsados.

Pero él siguió acudiendo a ver a Lars. No se sabe qué monos había visto en el pobre Lars, pero deseaba a toda costa hacerse su amigo. Para darle satisfacción Lars salió un día con él, fue un completo desastre. Ramón acabó borracho y Lars lo dejó en un taxi. Resulta que fuera de las oficinas de la empresa se desdibujaba y perdía su encanto. A las chicas les gustaba, pero a Lars le fastidiaba. Ramón tenía una novia. Hablaba con ella empleando los teléfonos de la empresa, pues le salían gratuitos. Siempre le decía “preciosa.” En una de sus charlas Lars le oyó decir cerca de cuarenta veces preciosa. Le pidió que se la presentara y lo más que llegó a ver de ella fue la foto de una mujer demasiado bonita para un tipo mediocre como aquél. Lars pensó que le engañaba en lo de la foto ¿y tal vez en lo de la novia? Entonces sospechó que era invertido. Un pobre y tímido invertido.

Le entristeció acudir a su primera fiesta corporativa de fin de año. Sabía que aparte de ser un don nadie, tampoco iba a ligar. Pero lo hizo. Más que nada para ver el grado de compañerismo que podía existir en una empresa donde llevaban años trabajando. Y se sorprendió. Allí todos, o casi todos, eran desconocidos entre sí. Daba pena observar como se esforzaban por sonreír cuando resultaba evidente que muchos de ellos en el fondo se odiaban.
No habló con nadie más de cuatro palabras seguidas, ya que de alguna forma, todos sabían que Lars no era un competidor. Él era distinto, de otro pellejo. De un mundo diferente y al que daban la espalda, porque ellos estaban enquistados en su particular carrera por obtener más beneficio material.
Cuando Lars dejó aquella empresa lo hizo respirando profundo y sin volver la vista atrás; al fin y al cabo un tosco borrón en la vida lo tiene cualquiera… y más de uno.

A la mañana siguiente despertó y se sentó en la terraza frente a su portátil. Se puso a redactar en Georgia, aunque en el interior de su mente todavía no sabía con claridad sobre qué deseaba escribir. De pronto sus pensamientos se transportaron a Georgia, un territorio en el que jamás había estado. Entonces le pareció buena idea expresar algo sobre ese lugar. ¿Y por qué no? A veces el lugar donde uno no está puede ser el mejor para empezar a anotar… Y lo hizo, escribió sobre Georgia, pero esta vez cambió y lo hizo en Garamond.

José Fernández del Vallado. 14 Marzo 2007. Arreglos Nov 2008.


viernes, noviembre 28, 2008

Segando el jardín del Señor Salvatore.

La segadora avanzaba sobre el jardín del Señor Mario Salvatore. Era mediodía y un calor implacable caía a plomo sobre el terreno. Tomás dirigía la máquina, se protegía con un sombrero panamá de alas anchas, roídas, y sudaba sin cesar. De tal modo, su cuerpo se había transformado en una cascada grasienta y su frente, envuelta en una secreción ácida que rebosaba las defensas de sus cejas y dañaba sus ojos, le forzaba a detenerse para secarse de forma casi contínua.

Ante su vista se extendía la grandeza inabarcable del jardín. Estaba en la parcela más grande de la colonia Roncesvalles; un prado que abarcaba una dimensión de quince hectáreas.
La segadora escalaba montículos, se internaba en valles, sorteaba palmeras, vadeaba estanques, búnkers de tierra, aglomeraciones de tulipanes, rosas, claveles, pensamientos, filas de aligustres cuidadosamente podados, pinos, palmitos, etcétera...
En breves instantes el cielo se fue ennegreciendo y todo se oscureció. Cuando estalló el primer trueno, como una inmensa y palpitante raíz arrancada de cuajo, un relámpago fibroso iluminó el firmamento y, procedente de la costa, una brisa fresca inyectó en el ambiente un salobre incienso oceánico. Aliviado, Tomas no se detuvo y avanzó con mayor empeño si cabe, deseando finalizar su ingrata labor bajo aquel manto de inesperada y agradable protección.

Escalaba el más alto de los montículos cuando sintió la transformación... o lo que fuera.
La brisa se transformó en torbellino los truenos y relámpagos compusieron un cataclismo y el metal de la segadora se recalentó hasta casi quemar en sus manos. Como inducido por una fuerza misteriosa, Tomás no las retiró de las manillas y prosiguió su implacable marcha hacia arriba y en contra del vendaval. En unos instantes ascender se convirtió en una batalla tenaz, en la que ganar un solo metro de terreno era un sacrificio de coraje. Finalmente, resollando satisfecho, alcanzó la cima, y de sopetón chocó con la sorpresa de un paisaje despejado y sereno. Allí todo estaba en calma. Su asombro se acrecentó al volver la vista hacía la otra vertiente. Abajo descubrió un lago infinito y desconocido. Sus aguas centelleaban bajo la luz de un sol radiante, no existía el más leve indicio de que hubiese habido tormenta. Una brisa oreaba perfumes de aromas insólitos y sensibles. De pronto los vio. Cómo no verlos. ¡Había miles! Se hallaban bordeando las orillas o en el agua. Mientras pescaban emitían un clamor semejante a un concierto de violines desentonados. Se trataba de... Pterosaurios del Jurásico. Con tranquilidad descansaban junto a una superficie de la que sobresalían infinidad de nenúfares gigantes.

Dueña de la situación, la máquina comenzó a descender la ladera sin cesar de segar, Tomás la siguió aferrado a sus manillas. En un primer momento su ronroneo no pareció alterar a los reptiles. De repente recelaron y una nube de brazos alados que giraba en círculos concéntricos se comenzó a remontar. Más que volar planeaban, pues si algo les resultaba complicado era elevarse. Pero una vez ganaban altura se desplazaban con ligereza y prestancia admirable, dado su tamaño. Los había de muchos tamaños, constató. Estaban los “Gnathosaurus” de unos dos metros de envergadura, buscaban los alimentos filtrando el pico a ras del agua; los “Gallodactylus” de metro y medio, parecidos a “Peterodactylus,” con dientes que aparecían en el extremo delantero de las mandíbulas, alargados hacía delante, muy útiles para atrapar peces; los “Germanodactylus,” de fuertes garras para encaramarse a los árboles, y muchas especies desconocidas. 

Algo se posó en su hombro, Tomás miró de reojo, extasiado examinó a una libélula que se
alejaba bastante de los cánones ordinarios, pues mediría cerca de treinta centímetros y era de brillantes tonalidades escarlatas. Trató de atraparla, a cambio recibió una inesperada punzada de dolor y encontró aferrado a su palma a un diminuto y voraz Pterosaurio. Lo atrapó, y lo obligó a abrir sus mandíbulas, pequeñas, pero agudas. Lo observó detenidamente y recordó sus estudios de zoología prehistórica. Probablemente se tratara de un “Anurignathus”, apenas era más grande que la libélula, pero era un potencial depredador de aquélla. Lo soltó. Caracoleando en el aire como un murciélago el reptil se perdió en su horizonte visual.

Alessio del Piero, el mayordomo de confianza del Señor Salvatore, halló momentos después a Tomás desmayado en la pradera. La máquina de segar estaba carbonizada, en cambio la parcela se hallaba perfectamente segada.

¿¡Va bene, va bene!?

Inquirió desaforado. Dio la vuelta al muchacho y lo situó boca arriba.
Con una plácida sonrisa grabada en su semblante Tomás abrió los ojos y descubrió las facciones alarmadas del hombre.
Sintió los filamentos de su cabellera erizados y un cosquilleo le recorrió el espinazo.
Se incorporó hasta sentarse, y al apoyar las manos sobre la hierba sintió un dolor en la palma izquierda. La observó atentamente y allí estaban estampadas. Dos hileras de puntadas de las que brotaban rotundos puntos de sangre.


José Fernández del Vallado. Sept 2006. Josef. Arreglado nov 2008.




jueves, noviembre 27, 2008

Hacia el fin del mundo.


Conduje toda la noche sin detenerme. ¿Un objetivo? Alcanzar el fin del mundo si era preciso, ya casi lo olía, lo entreveía. Cielo caprichoso. A veces parecía encapotado, otras libre, con claros que me permitían contemplar las constelaciones brillantes cual basiliscos relucientes en movimiento. Brisa fresca de noche, ronroneo constante con sabor a diesel, olores irreconocibles invadiéndome de forma inalterable; caminos nunca vistos, oscuridad ciega, permanente...

Atrás... la dejé a ella. Cerré la ventanilla sin permitirla introducir su cabeza delgada, frágil, angulosa. Se quedó allí arrastrándose, gritando a la noche: ¡No te vayas! ¡No huyas! ¡Español! ¡Te quiero! Debía haberlo presentido. Yo no era carne de su tierra y ni siquiera nací en su religión...

Hay un puerto de montaña en el camino, no aparece en los mapas. ¿O sí? Me vuelvo, busco a Lathia con desespero pero ella ya no está a mi lado.

Me dijo: “Elige entre una vida aquí, en Marruecos, junto a mí, o huye ahora...”

- ¡Sus ojos verdes! -

Asciendo a lo alto del puerto, allí me deslumbra una claridad reveladora, es la luna, me mira con amargura. Aquí no hay almas benditas. Me detengo un momento a orinar. Antes – ¿hubo otros tiempos? – Sí, en que por estas laderas señorearon leones con melenas imperiales...

- Su cabello negro y espeso, como el de aquellas míticas fieras del Atlas, pero quizá mil veces más delicado… -

¿Les llevaré suficiente ventaja…?
Se trata de los seis hermanos de Lathia, no creo que esto les haya encantado. Vendrán pisándome los talones; conocen bien el terreno. Están en su casa. En cambio yo. Claro, por el puerto. Por el puerto a nadie en su sano juicio se le ocurre meterse en pleno mes de febrero.

- Amor dime. ¿Que buscas en mí?
- Solo eso… Amor -

Voy en dirección correcta ¿verdad Lathia? Sí, sí... Ella me lo dijo. 
¡Vaya! Algo rechina bajo el coche. Me asomo por la ventanilla y las descubro. Son planchas. Planchas mortales de hielo acechan en cada curva de descenso del puerto. Lo sé. Sé lo que debo hacer. No frenar bruscamente, no perder el control...

- Su piel… oscura, suave, tersa. No debiste perder el control. Demasiada idiotez ¡Demasiada vida tentándome! Sus senos…eran dulces, maduras, frutillas. -

Cuidado, esa curva cerrada. ¡Vaya! Estuvo cerca.

Llego abajo. Me basta con marchar a todo tren hacia el norte, alcanzar la general, el Ferry, y a España. ¡Menuda aventura!

Transcurridas un par de horas sé algo más. La cosa no va bien. Continuo en marcha toda la noche sin detenerme, hasta que lo entiendo. Voy en dirección equivocada. Pero en fin, se lo debía a Lathia. Era lo que yo había querido hacer siempre, así se lo expliqué mientras la amaba. Ella supo entenderme. Y ahora, al fin iba a encontrarme de forma definitiva con el fin del mundo. Dios lo había querido.

- Y Lathia… ¿Me comprendió realmente? -

Los pueblos, había pueblos… Ni siquiera eran construcciones a base de ladrillos sino curiosas edificaciones de adobe ubicadas entre palmeras. Empezó a amanecer. La floresta se desvaneció absorbida en las sombras y pasó a transformarse en roquedos que con las luces del alba originaban tonalidades del ocre al marrón. Luego, esos mismos roquedales escasearon, disminuyeron de tamaño, y en su lugar una arena fina invadió lentamente el asfalto hasta hacerlo desaparecer en algunos tramos cubriendo todos los espacios.
La carretera ascendió una colina descendió y cuando llegó hasta su base se internó en una enorme explanada donde progresivamente fue desdibujándose hasta desparecer por completo.

Me miré en el espejo retrovisor. Mis ojos estaban poblados de arterias enrojecidas. Conducía como una máquina. Ese amanecer tuve el extraño convencimiento de que había dejado de pensar para siempre. Hasta que tuvo que suceder...
Pisé a fondo el pedal del freno. Debía ir a más de setenta. El coche chirrió derrapó y por fin se detuvo atrapado en la arena.

- ¡Carnes curtidas y maravillosas! - Brazos enlazados a mi cuerpo, suspiros, fragancias de otro amanecer. –

Salí en silencio y comprendí. No iría más lejos. Estaba a las puertas del fin del mundo. Me subí al capó del auto y fascinado contemplé el desierto más grande que jamás haya visto. Había dunas infinitas como olas en el mar. Dunas de colores tornasolados, blancos, amarillos grises…

- Y Lathia. ¿Dónde quedaban sus besos con sabor a dátiles a miel a promesas? -

Permanecí así hasta las doce del medio día. Fue cuando oí chirriar las ruedas de varios coches a mis espaldas. No me volví. Comprendí que eran ellos. Estaban detrás de mí.
Lentamente me incorporé y sin volverme grité.

- ¡Decirle esto a Lathia! ¡Decirle que Juan sin Fronteras encontró el fin del mundo! ¡Y decirle también que nunca la dejé! ¡Que allí la espero!

Y ofreciéndoles las espaldas comencé a caminar hacia el interior del desierto. 

- ¡Te amo Lathia y siempre te amé…!-


José Fernández del Vallado. Abril 2006. Arreglos Nov 2008.



viernes, noviembre 21, 2008

Ruleta Rusa.


Mi mente vacía acude a ti de nuevo. Apenas han transcurrido dos años desde que me dejaste perdido en esta selva de humanidad, arterias y células, que vagan sin rumbo por mi cerebro. Me echaste de tu lado, me alejaste de ti con perfidia y desdén, sin reparar en mis sentimientos ni sentir un minúsculo brote de lástima. Hoy, por fin, formo parte del espectáculo de la vida y la muerte; domino mis impulsos, soy dueño pleno de mi destino. El tacto del metal, muerto, del revolver que manejan mis manos apenas esconde secretos para mí, y menos el tambor de seis balas donde sólo una, guardada para el perdedor, atiende a su uso.

Entendí que si me dejaste por él quiso decir que él fue más fuerte y llega el momento de demostrar lo que yo no vi escrito con sangre.

Está sentado frente a mí. No ha razonado como un caballero, me he visto obligado a inmovilizarlo y amordazarlo, dejándole tan solo un brazo útil para que haga uso correcto de él y martille el percutor sobre su sien, pese a ofrecerle la libertad si colabora, y demuestra ser el elegido. Ambos tenemos las mismas posibilidades, sólo una bala nos une y separa de ti. He soñado tanto este momento. Sé que lo entenderás, porque sabes de justicia. Verás que no hice trampas, pues aquí transcribo todo según sucede. Para dar a tu amor una primera oportunidad de seguirme amando, empezaré por mí mismo. Dirijo el cañón del revolver a mi sien y...

Pulsé el percutor y aquí sigo, mi amor. ¡No ha pasado nada! Me dirijo a tu querido. Dios. Está pálido, hecho una lástima, no parece encajar las reglas del juego. Se niega a tomar el revolver, claro que tras un par de bofetones y la sutil amenaza de arrancarle una oreja, acepta. Recibe el revolver y llora, llora y me ofrece... dinero. Pobre materialista, si piensa que es lo que busco. ¿Dinero? No parece un hombre sino un niño grande que ni siquiera entiende de qué va la cosa: De ser fuerte. Se lo explico y me contesta que “ya he ganado.” “¿Que soy el más fuerte?” Alterado, le apremio a que oprima el percutor y...

Lo hizo. No... No pasó nada. Todavía sigue ahí, y hasta sonríe. ¿Del alivio? Para demostrarle que yo no soy cobarde, empuño el revolver y...

Otra vez, sigo aquí. Se lo entrego y ya está, de nuevo. Esta vez se niega a disparar...

¡Ah! El traidor fue listo y rápido de reflejos. Lo volvió y lo utilizó ¡contra mí!

Pero sigo aquí. La bala tampoco quiso salir... Mala suerte. Riéndome, le digo que por inútil le toca de nuevo y desconfiando le apunto con otro revolver y le aconsejo que de no hacerlo lo haré yo por él. No entiendo por qué actúa así. No, no es valiente tu chico, al contrario. La muerte parece desesperarlo; suda mucho, huele a orines, y da pena mirarlo. Es el retrato de un cadáver. Permanezco observando sus ojos azules fijamente, se han vuelto grises, su cabello también. Quiero ver como se aferra a la vida mientras se le escapa lentamente de sus manos, pero está más muerto que vivo. Temblando ligeramente, lentamente, eleva el revolver hasta su sien, orienta el cañón y...

¡Dios! El fogonazo desparramó su cerebro y la sala se puso perdida. ¡Vaya! Hay que reconocerlo, supo morir con valentía. Encontraste un buen muchacho, lo admito. Claro que ahora... lo idealizarás, lo considerarás un héroe y entonces... ¿yo? ¿Pasaré a ser el culpable de todo? ¡¿El asesinó?! No... mi amor. No permitiré que llegues a tramar semejante aberración, no podrás amar su cadáver, su alma, no podrás amarlo apagado, yo estaré ahí para vigilar tu destino, nuestro destino, nuestra unión permanente en vida y muerte. ¡Allí estaré yo! Abro la boca, me llevo el cañón del revolver y...

Traspaso el velo oscuro de la muerte. Ahora te esperamos al otro lado, aquí seguiremos el juego, pero en otras condiciones. Tu amado desea matarme, pero ya no puede hacerlo. Hay un pasillo muy largo, sin final y en dos direcciones. Nos sentamos en un banco y aguardamos...

La vida se vive en un día y es una ruleta rusa. Mañana estarás con nosotros...

José Fernández del Vallado. Josef. Nov 2008.


miércoles, noviembre 19, 2008

Banshees.

Sucedió cuando la empresa en la que trabajaba me destinó a Irlanda. La firma alquiló un viejo chalé junto a unos acantilados. Era el terreno más árido, pero también el más cercano al trabajo: Una industria petroquímica. Y el más alejado de cualquier población. Se trataba de un lugar sombrío, pero presentaba una ventaja. Unas escaleras labradas en la roca te permitían descender a una oculta y misteriosa cala, en medio de la cual un peñasco oscuro, de dimensiones razonables, enterraba su mascarón de proa en el oleaje.

Recuerdo haber descendido allí aquel día de noviembre, antes de las Navidades, embargado en sensaciones incoherentes. Entonces vi su cabello, negro. Estaba acurrucada con las piernas flexionadas, una mano descansaba sobre una rodilla de aspecto suave y terso, la otra afirmándose sobre la roca, y la mirada vuelta hacia el mar. Me aproximé a ella en silencio, giró su cabeza y vi sus ojos anegados, el maquillaje corrido. Lloraba afligida. Mantuve el respeto y la distancia y no me atreví a preguntar.

Los días pasaban rápido y los fines de semana eran apenas breves pausas de mutismo, viendo partidos de rugby que hacían estallar mi adrenalina en una resultante de latas y latas de cerveza. Después, sumido en sueños turbulentos, oía sollozos... o el viento.
Aquella tarde también había derby, pero me tocaba guardia en la fábrica y cuando terminó la primera parte, malhumorado, apagué el televisor y oí los gemidos; provenían de la cala.

Era de noche cuando bajé, errando entre encajes de bruma una luna cobriza alumbraba el escenario. La distinguí sobre la roca, con la mirada perdida. Envalentonado por el alcohol, desafiando un bramido sepulcral, me encaramé a su lado y pregunté:
- ¿Por qué lloras?
Dejó de hacerlo, me tomó de las manos, y dijo.
- No vayas...
- ¿A dónde?
Quise saber, desorientado. Sus ojos negros, fijos en mí, me taladraron. Otras sombras me envolvieron. No estaba sola. A mi izquierda descubrí a una y a mi derecha otra más. Olvidé mi valor y me encontré acorralado y atemorizado. Dominado por un terror implacable, liberándome, eché a correr de forma inconsciente. A mis espaldas, agudos graznidos chirriaron.
- No vayas...
Un aleteo poderoso rasgó el aire, sentí un golpe seco en mi sien. Volví en mí sobre la arena. Miré el reloj de pulsera. Pasaban las nueve de la noche. ¡Debía estar en la fábrica!
Subí al auto, arranqué, y el paisaje nocturno se iluminó con un fulgor de fuegos de artificio. Lo supe al instante. ¡Era un desastre! La fábrica había reventado.
Y aquellas mujeres... ¿aladas? Me lo desveló poco después un viejo excéntrico y borracho, de ojos desorbitados, su boca de labios cortados, pronunció: Banshees. (*)

(*) Hadas de la muerte.

José Fernández del Vallado. josef. Nov 2008.

viernes, noviembre 14, 2008

La Estatua de Afrodita.


Ella, esbelta, sosegada. Ojos incisos, incrustaciones de almendro anegadas en almíbar. Palpar, apresar sus senos blancos y grises, destellos de luna sesgada. Suspiros. Sus piernas entrelazadas desvelan un perfil torneado en gasas de tul. Semblante suave, cavila y sugiere... alienta. Arrebato, borrachera de humor radical. Labios de pulpa cautivada, cabellos intrincados e intrínsecos, mirada de trueno. Suplica caricias que ensalzan un creciente temblor inenarrable. Mis brazos se extienden mientras trato de erigirme sobre su monte de venus. En cambio ella, continúa esbelta, fría, alzada en su pedestal de Afrodita. ¿Sigue sin desearme?




Cielos, otra vez ¡no! Me doy la vuelta, el rostro demacrado, los ojos semi cerrados, con la pintura corrida. Desciendo de la escultura. He vuelto a fracasar. Ella nunca romperá su mutismo y dejará de ser esfinge para volver a mí, a su amor más fiel: su marido.

Yo, Hefesto, llevo buscándote desde el siglo V antes de Cristo. Primero, nada más contraer matrimonio, tuve que luchar contra quienes quisieron arrebatarte. La primera vez me pretendiste dejar por Ares a quien sorprendí en la cama y atrapé mediante una red de finas cadenas. Luego Adonis, a quien logré castrar y dar muerte convirtiendo a su rival, Ares, en jabalí. Y finalmente al implicarte en el juicio de Paris provocaste la ira y la guerra de Troya. Pero desde que el maldito Pigmalión – todos creen que tú infundiste vida a una estatua que creó, y fue él quien te transformó en estatua – vago buscándote a través de una maraña de siglos, para encontrarte hoy aquí, instaurada y tristemente abandonada, en el Parque de Bagatelle, en París.
Estoy ya sin fuerzas, mañana volveré...

II
Tras una agradable noche en El hotel Résidence Bassano, en el famoso barrio de los Campos Elíseos, me despierto con nuevas energías, pues sé que el día decisivo ha llegado. Tras algo más de veintiséis siglos de espera, hoy voy por fin a recuperarte.
Llamo a recepción y encargo que me suban, junto con el desayuno, el diario Le Monde. Pues hace poco acaba de ascender al puesto de Presidente de Francia un tal Nicolás Sarkozy y deseo informarme de cuales son los proyectos de este hiperactivo hombrecillo de la derecha francesa.

Un botones, trajeado de llamativo “bleu” se encarga de servirme un carrito bien surtido, me entrega el diario en mano, y con una buena propina, silencioso, se retira.

Desdoblo el diario y en efecto, allí en primera página, veo la noticia o… ¡las noticias! Porque encuentro dos que merecen mi atención.
Hay una foto en primera plana, en la que el Presidente Sarkozy aparece, sonriente, acompañado por una hermosa dama. Según leo, se trata de una ex modelo y cantante llamada Carla Bruni.

Pero mi corazón da un pálpito cuando me traslado a la segunda noticia en el margen derecho del periódico. Su enunciado dicta: Robo de la estatua de Afrodita del Parque de Bagatelle.
A continuación enuncia una serie de pistas, todas sin fundamento, del posible robo. Al instante lo sé. De alguna forma, mi Afrodita ha vuelto a resucitar. La cuestión es saber ¿dónde estará? 
Doy un sorbo a mi café y me atraganto. Pues de forma instantánea mi pregunta obtiene respuesta mientras examino y reconozco los ojos gélidos y hermosos, pero llenos de codicia, de la mujer que acompaña, un paso por detrás, al mandatario. No hay duda, ha vuelto a hacerlo, se ha reencarnado: Afrodita es ella: ¡Carla Bruni!

José Fernández del Vallado. Josef. Nov. 2008.



jueves, noviembre 13, 2008

Carta de Zoa a quien quiera...


Me llamo Zoa, tengo pocos años una vieja “compu” y una gran amiga que vive en un país pobre. Sí, de esos que cada día proliferan más, porque los poderosos del mundo antes que ayudar a los débiles prefieren hacerse cada día más ricos y soberbios. Deben pensar que con ofrecer promesas de felicidad y fortuna a la gente pobre del mundo a la cual anuncian por la tele: “su tele,” medio que en lugar de ayudar lleva cada día más a la bobería e incultura de nuestro mundo, basta para tenernos satisfechos con la generosidad del sistema: –“su sistema”– que continúan llamando “democracia,” aunque yo por más y más vueltas que le dé ¡y se las doy! sólo puedo llamar “absurdocracia.”

Esto, por supuesto, no lo vi en televisión. Me lo dijo un profesor muy listo que se las ingenia para enterarse de los trapos sucios del mundo y nos enseña que esos ricos, en tanto le ofrecen migajas de pan a los pobres, sentados en limusinas que mueve el petróleo: -“su petróleo”-construyen fábricas de vehículos y encubiertas otras tantas de armamento: – “su armamento” – y cínicamente proclaman que habrá paz: – “su paz” – en tanto se forran a vender armas a los pobres del mundo para que nos matemos entre nosotros.

Paso mucho de los ricos, de quien no me olvido es de mis queridas amigas. El caso es que a Dala que tiene una amiga gordita y simpática que se llama Zoa – sí, como yo – hace unas semanas le ocurrió algo.

Dala estudia mucho, quiere ser profe de atletismo, es buena deportista – y no es que el deporte esté en un momento boyante, pues los atletas en lugar de competir dignamente andan todos “dopaos.” – para poder pagarse los estudios da clases de ¿se dice motricidad? a discapacitados menores de edad en un destartalado centro de su ciudad del fin del mundo.

La cuestión comenzó cuando su amiga Zoa, creyendo que el secreto del amor reside en adelgazar unos kilos, lo cual, ante los ojos burlones de los chavales del barrio la pondría más guapetona, decidió utilizar los ahorros que gana en el puesto de verduras del mercadillo: lugar donde trabaja sin sueldo fijo ni contrato, y se apuntó a unas clases de flamenco – ese baile español tan folcklórico, resultón y también agotador – y a las primeras de cambio se quedó sin zapatillas ni dinero. Entonces Dala tuvo que prestarle las únicas que tiene, quedándose a su vez con unas sandalias gastadas.

Aunque ése no fue el problema. Lo verdaderamente malo empezó cuando en el vestuario... bueno, más bien “animalario” donde Zoa iba a flamenco, se contagió unos hongos en los pies. Y como las “zapas” las usaba también Dala, pues ambas se los traspasaron. Y ahí empezó lo grave.
Como ya dije su país es pobre y las cosas no funcionan bien, sino al contrario. De tal forma la “Seguridad Social” que debería abarcar a toda la población se ha convertido en “Inseguridad Social” y sólo “cubre” (lo cual es un decir, como no) a los que tienen dinero para pagar. O sea: “a los ricos.” Por lo que ambas para cubrirse los gastos de las caras medicinas para la cura tuvieron que echar mano, en el caso de Zoa, del resto de sus ahorros, con lo cual dijo adiós al flamenco. Mientras que Dala gastó tal cantidad de su ínfimo salario que no le alcanzó para matricularse en atletismo y perdió el año.
Y así quedaron las dos, curadas de espanto o de milagro, pero con una “depresión” de aúpa. Puesto que de golpe se quedaron sin sueños.

No se rindieron, y decidieron infundirse ánimos. Para hacerlo un atardecer quedaron en el centro, que es la zona más rica y segura de la peligrosa ciudad donde sobreviven, y en realidad la única transitable. Caminaban cabizbajas cuando algo les hizo detenerse. Se trataba del escaparate de una preciosa tienda. Mientras lo miraban permanecieron clavadas en el lugar, fascinadas. Allí había de todo, bueno, casi todo cuanto una persona puede desear y más. ¿Se le ocurrió primero a Zoa o a Dala? Ni lo recuerdan. Pero para acabar de una vez con sus penas tuvieron una idea radical: Decidieron desvalijarla. La cuestión es que como ninguna era ducha en el tema tuvieron que recurrir a Mohai. Un ladronzuelo habituado a serlo por aprietos, pero la necesidad le indujo al deseo y el mismo al provecho y la ambición. En sus tiempos de mozuelo había sido novio de Dala y tras sopesar la propuesta le gustó y se decidió por ayudar. Aunque tampoco le importara atribuirse como propia la responsabilidad de semejante fechoría.

A la noche siguiente, con ayuda de un camión y su panda de vagos no les resultó complicado dejar limpio el bazar.
Al día siguiente Zoa y Dala salieron a pasear vestidas como ¡payasas! Sí, por muy elegantes y emperifolladas que se hubieran puesto así es como en realidad se sentían.
Tomaban un refresco en un lujoso local del centro, como es natural a escondidas, pues no querían que nadie del barrio las identificara disfrazadas de damitas y les hiciera preguntas indiscretas, cuando al lado de ellas se sentaron una mujer y un hombre. La mujer, sonándose con un pañuelito de seda, no paraba de lloriquear de forma desconsolada. Entre espasmos le narró al hombre su desgracia:
Habían robado su tienda y sin su negocio ya no dispondría de dinero para saldar la deuda del alquiler, con lo cual daba por perdido el local y no tendría más remedio que cerrar.

Al salir, impresionadas, ambas coincidieron. Aunque llorona, la dueña les había parecido una mujer sincera y honrada. Caminaban pensativas, pues algo las inquietaba. Un par de manzanas más adelante de súbito se volvieron y llegaron a la increíble conclusión. Lo que les había gustado no era el hecho de poseer los artículos de la tienda, sino contemplarlos expuestos. Sí, lo que les había maravillado había sido la belleza del bazar, y en cambio ahora lo habían destruido para siempre. Y al hacerlo, no habían hecho sino contribuir a desarrollar el odio y extender la pobreza de una sociedad cuya existencia estaba en equilibrio y malherida, a la vez que acababan con uno de los pocos rincones hermosos de su humilde ciudad.

Esa misma noche, sin mencionárselo a Mohai, quien en cierto modo era un buen chico, pero se había ido transformando en un hombre posesivo y sobre todo, acostumbrado a acumular como un ratoncillo más bien de ciudad que de campo los artículos de sus robos, con fines de reinserción, cometieron el despropósito. Robaron las llaves del almacén y de la camioneta donde de momento ocultaban los objetos obtenidos tras el asalto, y de madrugada volvieron a poner casi todo el material – excepto lo que no pudieron cargar, claro está – en la tienda.

Días después Dala me llamó por teléfono. Fue sólo una corta llamada de apenas cinco minutos (lo cual ya es bastante). Me dijo que para poder matricularse el año que viene necesita ahorrar, ha tenido que vender su “compu,” por lo cual ya no podrá conectarse conmigo. Apenas le dieron cuatro perras por el cacharro pero algo es algo ¿no?
Ya que soy de un país – no mucho – pero un poquito más rico, me rogó si la podría ayudar en lo que me fuera posible; y en eso estoy.

Y puesto que los ricos prefieren tener sus millones a buen recaudo y cuentan y recuentan sus ganancias mientras los demás nos morimos de hambre y de enfermedades que no nos es posible curar por falta de dinero, yo salí a la calle, me situé junto a un semáforo con cinco mandarinas y comencé a hacer malabarismos. Algo que aprendí – ¿servirá de algo ir a la cárcel? – la vez que estuve un par de meses encerrada, cuando me detuvieron por robar en un Super. Así, poquito a poco, y si antes no se me hielan las manos con el maldito frío invernal, tal vez consiga reunir un dinero y enviárselo a mis amigas. Lo necesitarán de verdad. ¿Querríais echarme un cable? ¿Sí? Pues de momento me basta con que hagáis una cosa: Os pongáis a pensar en cómo salir del atolladero en que estamos todos metidos. ¿De acuerdo? Hasta la “proxi.” Un besote.

José Fernández del Vallado. Josef. 19 Octubre. 2007. Arreglado 12 Nov 2008.

miércoles, noviembre 12, 2008

El Converso.

Llevaba un par de años esperando y aquella mañana la carta llegó. Anticipaba que mi liberación estaba próxima. Había aguardado mucho  tiempo el momento, en ella se condensaban mis esperanzas. A partir de aquel día un rayo de luz iluminó de nuevo mi camino y mi comportamiento, cambió. Dejé de sentirme condenado y sin rumbo y comencé a realizar los trabajos con brío; incluso encontré sentido en los actos de mis carceleros. Los Infieles también tenían familias, sueños, sentimientos; no eran inhumanos. Algún día también ellos abrazarían mi fe.

Seguí acarreando piedra tras piedra en la construcción de la fortaleza.

La segunda carta era distinta. Supuso un golpe a mis convicciones. Cómo podía invitarme Dios a que me uniera a las plegarias de aquellos Infieles. Nadie podía siquiera imaginar cuán lejos estaban mis dueños de civilizarse; eran amantes de la crueldad y el salvajismo.

Durante las noches, hermosas mujeres nos traían alforjas cargadas de alimentos y odres con reconfortante bebida. Y mientras nos alimentábamos, entonaban melodías que incitaban a perderse en las oscuridades del Averno. En ocasiones lloraba aterrado, entonces ellas, como diablos lascivos, me montaban e inducían en mí el pecado de la lujuria.

Pese a todo lograba mantener mi fe. Y todos los días, trabajaba de sol a sol con empeño, pues sabía que Dios nunca me iba a abandonar.

La tercera carta supuso un desastre. Mis amigos, mi vida, mi fe, ¿me abandonaban? Ni siquiera pensaban en cobrar mi rescate. Tan sólo añadían que tuviera fe en la victoria; pues iba a ser nuestra. ¿Nuestra? ¿De quién? ¿Del diablo?
Confuso, no pude soportar tener que adivinar qué se pretendía de mí. Recompensado por mi trabajo, disfrutaba de múltiples noches de placer, y comencé a dudar de qué lado estaba el mal. Necesitado de ayuda hice llamar al ulema, e invadido por el desconcierto y la curiosidad le pedí el libro de El Corán. En poco tiempo, con su ayuda aprendí a descifrar los pasajes de aquel volumen extraño, que en mi país nombraban de infernal.

Cuando terminé, embargado de emoción le comuniqué que estaba dispuesto a abrazar el Islam, pues  había  superado las pruebas, y estaba preparado para ser uno más.

Sonrió, y mirándome con afecto me dijo que así era. Pero puesto que era un Converso, para no desviarme nunca del camino, tendría que ser necesaria toda mi fe en el empeño; debía vencer una última prueba. Le pregunté de qué se trataba. Me contestó que era el influjo de las tinieblas.

Me sacaron los ojos y me pusieron en libertad.

Ahora vago por las calles, pido limosna, y aunque todos vean en mí a un Converso iluminado, por desgracia he aprendido una lección: Creo en mí mismo antes que en los demás...

José Fernández del Vallado. Oct. Josef. 2008.



martes, noviembre 11, 2008

Cuidando a Rocío. ¿Quién cuida de Rocío?


Todas las mañanas beso a Tesa con cariño. Sale al trabajo, se levanta antes que yo. Es una mujer inteligente, está de gerente en una empresa de manufactura de productos sintéticos.
A continuación me levanto despacito, muy cansado, y en silencio le doy el biberón a Rocío, nuestro bebé de dos meses y medio, hago las camas, lavo a mano la vajilla de la cena de la noche anterior, barro y friego la casa. Recibo al cartero con la esperanza de que entregue la carta con la noticia que espero – los años pasan y el deseado premio en un certamen, o la noticia de la publicación de alguno de mis libros en una Web o una Editorial, nunca llegan. –

Dejo a Rocío en la guardería “El Caballito” y me encamino al mercado de San Miguel. El pescadero, que debe encontrarme cara de “trucho”, me intenta colocar una trucha asalmonada por salmón. Discutimos y tras una agria disputa desisto del salmón. Un defensor de la naturaleza que pretende saber más que yo, se lo queda. Deambulo ojeando, me acerco a la modesta pescadería de Paco, me decido, y le compro kilo y medio de bocartes. En el puesto de congelados me atienden Paula y María, una bella rubia y una preciosidad morena que me miran directamente a los ojos, sin timidez, y me hacen recordar a mi ociosa juventud, aquella en la que soñaba con tener a mi lado a jovencitas como ellas. Les compro cinco rodajas de chuleta de palo. Después, en Mateo el verdulero, regateo una lechuga; en el frutero elijo kilo y medio de tomates y salgo de allí bien cargado.

Recojo a Rocío y vuelvo a casa eludiendo a los transeúntes con el cochecito o atropellando a quienes se lo merecen. Le cambio los pañales, le doy el biberón y la dejo acostada. Preparo la comida. Los bocartes rebozados, chuleta a la plancha y una ensalada de lechuga y tomate; todo sencillo. Tampoco sé hacer mucho más.
Como. Luego unos instantes de relax y de zapping frente al televisor. Por la tarde paseo a Rocío en su cochecito. Me detengo junto a Sandra, la gitana. La única que me habla sin reservas. Charlamos sobre el invierno y las navidades que se acercan. A las ocho ya estoy en casa bañando y acostando a la niña.

A las nueve y media Tesa vuelve. Cierra la puerta de golpe, entra como un ciclón y barre sobre el sofá. Satisfecho de verla me acerco a darle un beso. Me pone una mano en el pecho, me aparta y me hace una pregunta.
- Dime ¿Para cuando piensas trabajar?
La miro en silencio. Y en bajo, contesto.
- Cariño, ya hemos hablado de eso.
Me mira de frente, y me dice.
- Lo sé pero... ¡Esto es una mierda!
- ¿El qué?
- Todos se ríen de mí.
- ¿Por qué?
- De que te comportes como un vago y no hagas nada.
Me quedo unos instantes absorto. La miro sin saber qué decir. Finalmente opino.
- Sabes... Creo que yo también hago algo ¿no?
Se da la vuelta y agresiva me pregunta
- ¿El qué?
Levanto los brazos y alego.
- Hago la casa y escribo por las noches, ¿no es suficiente? Estoy agotado.
Se da la vuelta en el sofá, se echa las manos a la cara se pone a gemir y me dice.
- Ya... Lo sé. Pero es tan difícil para mí asumir a un marido “Amo de casa.”
Permanezco confuso, vacilante. Y añado.
Y justamente soy eso: “Amo de casa.” La miro con ternura y algo de de dolor y le confieso.
- Y acaso crees que a mí me resulta fácil serlo.
Se da la vuelta y con ojos irritados, dice.
- Pero es que... ¡eso lo hace cualquiera!
La miro con sorpresa y digo.
- ¿Cualquiera cuida de nuestra hija Rocío?
- No. Pero... Pero hay personas experimentadas que muy bien pueden sacar el trabajo adelante...
La abrazo y le digo.
- De acuerdo. De ahora en adelante tendrás a tu “macho en su puesto de trabajo.”

A la semana siguiente encuentro empleo en una empresa. El horario es partido, permanezco allí de la mañana a la noche. Ponemos a una interna para que se ocupe de la casa y cuide de Rocío. Ahora gastamos el doble, pero así resulta la cosa.
Durante años Rocío crece con unos padres distantes, enfrascados siempre en sus respectivos trabajos, los cuales, como disculpa o pretexto a su falta de atención le consienten toda clase de deseos y nunca le niegan nada de lo que exige. Rocío, por tanto, crece rodeada de juguetes, consentida a sus caprichos y envanecimiento.

Un día rocío cumple los dieciocho y sin siquiera despedirse abandona el hogar. 

Así sucede hoy en día. Parece que el hombre nunca podrá llevar a cabo el trabajo de una mujer. ¿Por qué? Algunas mujeres afirman que no sabemos hacerlo, pero todavía más sorprendente es escuchar como muchos hombres aceptan semejante razonamiento y reniegan.
Honestamente hablando, creo que el problema reside en que la situación todavía no está asumida ni por la parte machista de la sociedad, ni por la feminista.
Y así funcionan las cosas...

Un saludo.

José Fernández del Vallado. Josef. Nov. 2008.



sábado, noviembre 08, 2008

Policías y Ladrones.



A finales de los años cuarenta, mediados del siglo veinte, Varsovia era una ciudad libre y preciosa con aires frescos de campo. Los chicos jugábamos a policías y ladrones y los mayores nunca se cansaban de reír.




De repente, un día, todos se hablaban a gritos, como los policías cuando se encuentran con los ladrones. Lo malo, es que yo no era capaz de diferenciar a policías de ladrones.

Condecoraron con una estrella de oro a mis papás y les aconsejaron que nos guareciéramos en sótanos. Estaban oscuros, olían mal y estaban llenos de ratas; pero, según parece, había tantos ladrones que no se podía hacer otra cosa.

Misha Czerniaków era mi hermana. Cuando llegó la primavera decidió salir a juntar un ramo de flores. No la vi más. Me dijeron que los ladrones se la llevaron. Desde entonces papá no volvió a reír y mamá se quedó triste y silenciosa. Al final ambos fueron a buscarla y dejé de verlos para siempre.

Hoy sé que han pasado unos años, pues un compañero a quien veo ciertos días en ciertos lugares, me lo asegura. Pero ya no hay problema. En mi nuevo hogar todo está limpio y cuidado, vivo con unos ángeles que visten todos de blanco ¿por algo son ángeles, no? No hay ratas, los policías se llevaron a los ladrones. En cuanto a mi hermana, supongo, se habrá buscado una casa grande y preciosa, llena de flores hasta la bandera.

Cuando mi jefe me condecore con una preciosa estrella de oro y me convierta en policía, pienso irme a vivir con ella...

José Fernández del Vallado. Josef. Nov. 2008



viernes, noviembre 07, 2008

¿El Ciclo...?


Llevaba horas, tardes, semanas meses ¿años, decenios? sin pensar. Quise abrir y el pasador no cedió. Grité pidiendo socorro y no recordé nombre alguno por remoto que fuera y tampoco pude oírme. Miré o quise mirarme a mi mismo sin encontrar ni recordarme; el tiempo me excedía y mi conciencia y mi memoria estaban limpias. Pero y yo… ¿estaba vivo? Más allá, una luz blanca y dolorosa penetraba en mis tejidos. Alguien me sujetó con violencia y tiró de mi cuerpo, me ahogaba, la cuerda rodeaba mi cuello y me estrangulaba. De pronto todo fue gélido, embarullado y brutal. Pensé en volverme a refugiar, pero una garra tremenda me tenía atrapado de una pierna y la cabeza me dolía a estallar. Algo produjo en mí un dolor extremo y mi percepción se estremeció como nunca; abrí la boca y grité, y por primera vez... ¡pensé!: “La vida es hostil.”

Ahora llevo horas, tardes, semanas, meses, años decenios, siglos pensando en una única cosa con obsesión: Quiero salir. Pero esta terrible y mortal oscuridad ciega mis pensamientos ya corruptos. El picaporte no existe. A menudo grito y pido un auxilio inexistente, pues los hombres y sobre todo los amores a quienes conocí ya no están. Miro o quiero mirarme a mi mismo y sin embargo me aterra el simple hecho de hacerlo, porque mis recuerdos exceden los límites del tiempo y se pierden en épocas remotas. Recuerdo a aquellos que me depositaron aquí; sus miradas, sus lloros, sus brazos extendidos hacia mí. Algunos, todavía me... Entonces por qué lo hicieron, ¿por qué me enterraron? Es curioso... me cuesta volver a recordar la palabra y cada vez que lo hago siento un dolor cercano a la liberación. ¡Sí! la clave es... “Amor.” Ahora - de pronto - tras décadas de silencio, soy capaz de evocar la dimensión de su importancia. Su aroma me colma, penetra mi cerebro o sus excrecencias de polvo ahuecadas y las cubre de un sutil aroma a… ¿Vida?

Llevaba horas, tardes, semanas meses ¿años, decenios? enteros, pensando en nada. Quise abrir y el pasador no cedió. Grité pidiendo socorro y no recordé nombre alguno por remoto que fuera y tampoco pude oírme. Miré o quise mirarme a mi mismo sin encontrar ni recordarme; el tiempo me excedía y mi conciencia y mi memoria estaban, limpias…

José Fernández del Vallado. Josef. 2008.

lunes, noviembre 03, 2008

Daniela D´orsay, mi Bella Amada Francesa...

Volví a despertar, me asomé al tragaluz y allí estaba otra vez, tal cual la dejé: En medio de la noche, reflejada contra la pálida luz de la luna...
Los ojos como estelas. Alta, grácil, como una grulla majestuosa. Elevada sobre una duna, con los cabellos ondeando al céfiro; una túnica traslúcida y aquellas manos largas y finas. Daniela D´orsay, mi bella amada francesa...

Aguardaba durante días abrasadores a que Rafat regresara con las piezas para reparar el blindado, los auxiliares de la cruz roja para atender mi herida de metralla, y el abastecimiento de fuel necesario para unirnos al resto del ejército inglés en la línea de Gazala. Odiaba el lugar donde me encontraba. Sólo estaba aquella arena amarilla que se filtraba por doquier, víboras del desierto, escorpiones, y aquel sol implacable. De momento disponía de dos cantimploras de agua, unas latas de raciones en conserva, y un aparato de transmisiones semi averiado, con el que no podía conectar pero sí escuchar los partes de guerra; y según discurría la cosa, la contienda estaba perdida. Así que más nos valdría poner pies en polvorosa cuando volviera. Ya que el Mariscal Erwin Rommel avanzaba imparable en un desierto que parecía conocer mejor que cualquiera de los torpes generales anglo americanos.

Al cuarto día comenzó a preocuparme el olor; no de mi herida, sino el de Carter, mi compañero de viaje. No... No lo eché de menos, me resultaba un ser grotesco y desagradable. Despreciaba sus estúpidos juegos de palabras, sus risotadas insulsas, sus actitudes groseras. Pero sobre todo que se burlara de mí y de mi querida Daniela alegando que me ponía los cuernos. Y, además ¡qué diantre! El cabrón había tenido suerte hasta en la hora de morir. ¿Que mejor que hacerlo cazado de un limpio balazo en la frente?

Fue al alba de la primera semana, creo. El simún barrió con fuerza el desierto, no se veía a dos palmos de distancia, cuando aquello. Esa cosa blanda y gelatinosa, rozó mi semblante. Traté de ver qué era y no pude. Me asusté. Sí, lo confieso, no suelo impresionarme fácilmente. Pero en aquel momento me sentí confuso y aterrado. Cómo pude abrir la escotilla de la tanqueta deslizarme a rastras y salir del interior, es un misterio. Desde luego – estaba claro – no pensaba quedarme allí dentro un instante.

Sin embargo, una vez fuera, fui consciente de algo esencial; había salido pero ya no era capaz de entrar. Quiero decir… el dolor de la herida, sin ninguna droga que lo aliviara, resultaba insoportable y me impedía desplazarme so pena de sentir que me dejaba el vientre en el intento. Aparte sentía las piernas adormecidas; sin duda algo afectaba a mi sistema nervioso o a mis órganos sensitivos. Aunque lo peor de todo no era haber salido, al contrario, me alegraba de haberlo hecho y poder respirar aire puro, sino que en mi precipitada huida hubiese tenido la pobre ocurrencia de tomar sólo una cantimplora.

Me recosté bajo la sombra que me proporcionaba la mole del blindado y desde allí no cesé de observar la cima de la duna. El lugar sobre el cual, por las noches, solía ver a mi amada...

Maldije cien mil veces mi pueril arranque patriotero. Me había dejado engañar como un imberbe. Bebiendo pintas de cerveza, aullando hurras a la patria, y a un honor que ni tan siquiera me había sido desenmascarado. Aunque luego, más tarde, en el campo de batalla, supe la verdad. ¡OH sí! Descubrí de qué materia está surtido el honor y también, donde puede quedar condenado. Cuando toneladas de bombas y metralla desahogan su armonioso concierto en “Do Mayor espeluznante”, y vomitas de puro terror. Sí, en Mersa Brega inauguré un glorioso historial de dignidad destripada por dosis de espanto. Allí perdí a Eric, a Tomy... Paul. A partir de ese momento dejé de evaluar. ¿Para qué evaluar? Menos indagar en los rostros de los recién llegados. Conocía de sobra la carga de miedo y desconcierto que soportaban. De modo que para qué preguntar nombres, prefería llamarlos de “tu.”
Comenzó una larga estampida con Rommel pisándonos los talones. Después vendría Trípoli, Cirenaica… y todo continuaba igual, con su imperturbable secuencia de derrotas, sangre, cañonazos, hierros, sudor, sangre, horizontes de lágrimas, puestas de sol ardiente, cuerpos despellejados, lamentos...
Conocí a los hombres del desierto; eran silenciosos en un lugar silencioso. ¿Alguien me puede explicar por qué hay que guardar silencio dentro del mismo silencio?
- “Tal vez yo pueda.” Contestó el deplorable Carter.
- A ver, dime.
- “Pues está claro. Porque el silencio en sí impone su propio y abrumador respeto.”
Y sonrió de forma estúpida. Aquello fue tal vez lo único razonable que salió de su boca en su insulsa vida.

Todo consistía en una carrera de repliegue de pozo en pozo; es decir, de oasis a oasis. Había muchos tipos de oasis. Los que conformaban un precioso vergel y todos conocían, por lo cual no eran aconsejables, pues sus aguas solían estar pulcramente envenenadas; y los pozos en sí. Un pozo solía hallarse perdido en medio de un erial de rocas, y era apenas divulgado por dos o tres malditos tuareg; los cuales, o estaban de nuestra parte o de la de Rommel. El juego maestro consistía en lidiar con los hombres del desierto. Aunque a menudo fueran ellos quienes lidiaran con nosotros: “engreídos hombres de una desbocada civilización en ruinas.” Los había que detestaban tanto a los alemanes como a nosotros. Y si cualquiera se perdía, ya podía ponerse a rezar para no encontrarse con una partida de camelleros. Pues por lo general, si nos apresaban a solas, no solían tratarnos como a dignos caballeros. Aparte de robar nuestros enseres, les agradaba despellejarnos y dejarnos morir, como quien dice, a fuego lento.

Durante días tuve la inexplicable sensación de que nuestra tanqueta navegaba. Resulta curioso como el desierto puede llegar a parecerse al océano. En la mar navegas sobre las olas y en el desierto lo haces sobre las dunas. Es igual. Había momentos en que el horizonte se reducía a una impresionante escala cromática de dunas danzando sobre dunas. Y si las observabas con detenimiento, te dabas cuenta del detalle. Jamás cesaban se moverse. E incluso unas a otras se atacaban con furia tratando de tragarse, y lo hacían. Las mayores devoraban a las diminutas. En cambio cuando soplaba el simún… cuando soplaba aquel maldito viento, todo era diferente. Si no nos deteníamos, acabábamos perdiéndonos y volver a reorganizarnos nos llevaba horas e incluso, días. No obstante al zorro nada parecía afectarle. Invariablemente surgía de la nada y moviéndose como pez en el agua nos hostigaba, nos desangraba, nos arrancaba las carnes… nos martilleaba con sus baterías...

Sucedió después de aquel ataque alemán, en medio del simún. Nos dimos cuenta que habíamos perdido contacto con nuestro destacamento. Le pedí instrucciones a Rafat, nuestro guía, para que nos condujera al pozo de Ben – Asar. Intuía que estábamos cerca, y así parecía ser. A quienes no presentí aquel amanecer fue a los hombres del desierto. Apostados tras las dunas abrieron fuego contra la tanqueta. Carter tuvo suerte, ni se enteró. El primer balazo penetró por la mirilla y lo fulminó. Por fortuna tuve tiempo de localizarlos y un par de andanadas bien orientadas los alcanzaron de lleno. Menos al valeroso chico que cometió la locura de desplazarse hasta el blindado y colocar la anti tanque. ¿Fue un acto de valentía o de locura insensata? Lo abatí de dos disparos. Él, en cambió, mientras agonizaba, murmuró un “Al Hamdu Lellah” (gracias a Dios) y sonrió. Me di cuenta al ver en sus ojos el triunfo. De pronto estalló el universo y me desmayé. Cuando desperté Rafat estaba junto a mí; había tenido más suerte. Me había puesto una gasa en el abdomen y me escudriñaba impertérrito. Él no temía al desierto. Estaba en casa, y cerca estaba el pozo. Iría a por lo indispensable, me dijo. Le creí, creía en la palabra de los hombres del desierto. Si la concedían a otros hombres de su condición era férrea y sincera pensé entonces. Pero ¿y a nosotros? Éramos invasores de su desierto. De aquel lugar que creíamos el más seco y estéril del mundo. Y en el que, sin embargo, ellos podían vivir y desenvolverse con soltura. Porque al contemplarlo, su mirada no se topaba sólo con dunas y arena, sino con un laberinto repleto de accesos invisibles para nosotros que funcionaban como claves para acceder a un caudal de alimentos inagotable. Todo se basaba en aprender a observar. El interior de cada duna almacenaba secretos inconcebibles. Y, ahora, nosotros estábamos allí, para robárselos, debían suponer; y con razón. Ni pensarlo. No estaban dispuestos a dejarse engañar. Por eso, la mayoría admiraron a Rommel. Porque en el fondo él comprendió y descifró algunas de las claves secretas del desierto. Su desierto.

Permanecí mirando inmóvil, abrí y cerré los ojos varias veces. No. Esta vez no se trataba de un espejismo. Estaba allí. ¡La palmera! La punta de la datilera sobresalía de detrás de una duna. Había vaciado el agua de la cantimplora hacía horas y me hallaba sediento. Debía alcanzar el árbol. El pozo, mi única salvación, estaba a menos de cien metros. Pero no podía hacerlo a pleno sol o moriría abrasado y de sofoco. Sediento, con la lengua hinchada como un andrajo inútil, aguardé al atardecer. El sol comenzó a declinar, me sentí ligero y con fuerzas. Ya no veía la palmera, pero estaba en ese lugar. Tras la duna.
Comencé a arrastrarme. Sobre los antebrazos progresaba con mayor lentitud de la que inicialmente supuse. ¿Me hallaba tan mal? Creo que tardé cinco o seis horas cuando mi cabeza chocó contra algo. Por fin, el árbol. El agua estaría debajo. Tan sólo debía excavar. No tenía una pala. Me dio igual, sólo era fina y suave arena. Me concentré en sacar tierra; extraía sin cesar y mientras, pensaba en un baño colmado de agua.
De pronto me detuve y con aterrador desaliento fui consciente. No había palmera, solo una roca. Había abierto un hoyo inútil, de tamaño considerable, junto a un peñasco redondeado y macizo. Comencé a reír como un mandril con histeria y perdí el sentido.

Volví en mí y comprendí la situación; iba a morir. Miré al hoyo de soslayo, y en el fondo vi ¿el espejo? No, ¡era agua! Primero, en un susurro, canté, y a continuación lloraba y vibraba de alegría. ¡Lo había logrado! Había vencido. Me volví boca abajo dispuesto a saciarme y de pronto el silencio de la oscuridad se quebró con el angustioso piafar de un corcel. Enmudecí. Giré lentamente sobre mí, y allí estaba otra vez, en medio de la noche. Reflejada contra la pálida luz de la luna.
Los ojos como estelas. Alta, grácil, como una grulla majestuosa. Elevada sobre una duna, con los cabellos ondeando al céfiro; una túnica traslúcida y aquellas manos largas y finas. Daniela D´orsay, mi bella amada francesa...

Está vez el corcel no se limitó a disolverse. Al contrario, comenzó a descender. Galopaba con elegancia y ella, envuelta en aquella tela de satén traslúcido.
Una vez junto a mí, se detuvo. Su mano larga, preciosa y quebradiza, surgió de debajo de la tela y se me ofreció. Admirado, realicé un esfuerzo ímprobo, pero no baldío. Empleé minutos, quizá un cuarto de hora, y logré alzarme sobre ambas piernas. Con deleite tomé la mano la besé y descubrí aquel tacto frío y blando adherido al instante sobre mis labios. Pasé una mano para secarme la boca y la hallé cubierta de larvas; blancas y repugnantes. Entonces lo supe. Daniela D´orsay, mi bella amada francesa ¡estaba muerta!
Proferí un lamento angustioso. Y aquella mano, revirtiéndose en piedra caliza me rechazó. Comencé a efectuar equilibrios al borde de la zanja. No duró siquiera un instante. No quise hacerlo, fue un acto reflejo. Miré directamente el rostro y como si me insertaran alfileres el rayo punzante penetró en mis pupilas y vislumbré las cuencas oscuras de la muerte. Perturbado, perdí el equilibrio, y me precipité en la fosa medio anegada: La cabeza bajo el agua, las piernas paralizadas. Y no pude hacer otra cosa sino beber; tragar agua y más agua y así perecí: ahogado. Saciado de sed a reventar en el desierto más árido del mundo.

Y mientras lo hacía, pensé en bajeles desorientados, océanos de plata irascible, y en como habría discurrido mi vida junto a Daniela D´orsay, mi bella amada francesa...


José Fernández Del Vallado. Josef. Arreglo: Nov 2008.







Post más visto

Otra lista de blogs