domingo, diciembre 28, 2008

“La Araña”

Le sucedió un atardecer; Luis García Montalvo era escalador. Aunque no se trataba del alpinista ejemplar, ese alpinista que usualmente se halla en los manuales donde podemos verlo adecuadamente equipado con gafas, guantes, gorro, gruesas botas, forro polar, chaqueta térmica, mochila, piolet, crampones, mosquetones, arnés, cuerda, pantalones impermeables, piolet y demás modernidades. No; a Luis García Montalvo, le bastaba únicamente con equiparse y valerse de tres instrumentos: Los sutiles pies de gato, un saquito de magnesio para empolvar sus manos y sus propias manos. Ya que Luis garcía Montalvo, desde jovencito, comenzó a desarrollar de una forma obsesiva la afición de encaramarse a toda clase de objetos. Así pues, cuando creció, llegó a convertirse en el rey de la escalada libre. Tanto es así, que lo llamaban “La Araña.”

Ya de niño tuvo –lo que para él fue la fortuna – de beneficiarse de un padre rico, laborioso y ambicioso; de esos que gustan de acumular los dineros computándolos no por miles, sino por millones, y vivir en un magno caserón de techos altos y paredes gruesas como las de una fortaleza, cuyos extensos armarios poblados por múltiples estantes, en ocasiones, sobrepasaban los tres metros de alto. Pues bien, allá, en las cimas ignotas y oscuras de aquellos monumentales armarios, se alzaba Luisito y no había dios que lo bajara. Muchas veces, incluso, era necesario proveerse de una buena escalera y arrancarlo de su posición, como quien arranca un resistente mejillón de un acantilado rocoso. Luisito bajaba llorando, aupado en brazos, desconsolado, como si en la cima de la estantería hubiera dejado parte de su vida.

Solitario creció Luis, ya que pocos o ningún chico de su edad se atrevía a seguirlo en sus empinadas e ilustres aventuras. Aunque él tampoco hiciera esfuerzos por buscar la amistad de sus congéneres. De los armarios progresó a los árboles y de los árboles a los grandes peñascos. Hasta que llegado cierto día, a sus padres, no se les ocurrió mejor idea que llevarlo de excursión a “Picos de Europa:” Grandiosa cordillera del norte.
Era pleno verano y el sol crepitaba en las cimas de los picos con soberbia e inclemencia, pero aún así, allá arriba – habían subido en un potente Land Rover por caminos de más de un 22% de desnivel – las punzadas de un viento helado, se dejaban sentir.

Se detuvieron en un prado, bajo unos imponentes farallones que alzaban sus cimas tan finas como agujas de hilar. Afanados, los padres, comenzaron a disponer todo el material que llevaban –mesa portátil incluida – para acomodarse, disfrutar de la mañana, y comer. Llevarían apenas un cuarto de hora distraídos en organizar el material cuando oyeron unos gritos y a continuación una gran carcajada proveniente de la imponente pared. Nerviosos, aunque más que nada temblorosos, sabedores de que algo no andaba bien, pues de pronto la voz les sonaba a quién por unos instantes habían olvidado, cubrieron las frentes con sus manos, ya que el sol les quedaba justo delante, y alzaron despacio, oteando, el lugar del cual provenía aquella risa de inimaginable felicidad, sus ojos al cielo. Y allá, en lo alto de una, no de cualquiera, sino de la aguja más alta y afilada, se recortaba a contraluz la figura de Luisito.

A continuación la madre sufrió un desmayo y el padre un ataque de nervios; de los cuales hay que manifestar, que afortunadamente ambos, salieron bien adelante. Pero aquel acto de inocente rebeldía le costó a Luisito un par de años en un internado, durante los cuales, no pudo escalar. Aunque una vez probado el dulce sabor de la manzana prohibida, la mente y el espíritu de Luisito ya estaban prendidos en lo alto de aquellos farallones.

A los diecisiete años sus padres habían tirado la toalla, y las hazañas de Luis García Montalvo “La Araña” empezaban a correr de boca en boca. Luis crecía y con su edad aumentaba la necesidad de encaramarse a riscos más altos y peliagudos. Hasta que llegó aquella tarde en el “Karakorum.” Luis vencía uno de los mitos, una de las paredes o la que decían era la pared más difícil e inaccesible de cuantas existían. “La Pared sin Nombre.” Así era nombrada, porque nadie la había escalado jamás. Luis solo hizo que llegar a su cumbre y sentarse a esperar algo, no supo bien qué. Pues siempre había estado aguardando en silencio, su vida – nunca comentó con nadie dicha impresión – era una larga espera de no saber qué. Soplaba un vendaval de mil demonios allá arriba y Luis iba más arropado que de costumbre, pues calculó que estaba a unos ocho mil metros de altura.

Sucedió de repente; el viento dejó de soplar, se hizo la oscuridad y una voz sobria, precisa y acentuada, que unas veces se extendía con la cadencia de un tenor, otras con la gravedad de un bajo o el estruendo de una cascada, e incluso abarcaba las notas más altas de una soprano y sobrepasaba sus registros, hasta adquirir el agudo y limpio tintineo de un manantial, y que en cierto modo, en ocasiones, llegaba a resultar inquietante, se dejó sentir. Era una voz fantástica que no venía de ninguna parte y de todas a la vez, y que en algunos instantes se desleía y mostraba un poso amargo de nostalgia, que afloraba de un mundo oscuro y desconocido y lo rociaba de su melancolía, pero al mismo tiempo también, lo seducía. Luis llegó a experimentar la desconcertante sensación de que la voz lograba mover los objetos inanimados, como la cima de aquella montaña. Pues de pronto se empezó a zarandear y tuvo que agarrarse y hubo rocas que se desplazaron de lugar. En cuanto a sus pies de gato, si ya no estaban calzando sus pies, fue porque habían emprendido su exclusivo rumbo y ahora flotaban o parecía que flotaran en una rara penumbra a su lado. Así era la voz tras la cual se escondía algo etéreo, sutil e impalpable. Porque no lo veía y pese a que los ojos de Luis se acostumbraron pronto a la oscuridad ¡siguió sin poder verlo! Sabía o creía saber quien era aquel ser porque lo había intuido en su visión. Curiosamente, el hecho de no poder verlo, circunstancia que para una gran mayoría de hombres resultaría, si no terrible, sí descorazonadora, no le inquietó lo más mínimo. Porque con la voz a su lado repentinamente dejó de sentirse solo, dejó de estar perdido y sobre todo y por primera vez en mucho tiempo, no fue prisionero de sí mismo. ¡Era libre! Libre porque la voz se lo decía, o más que eso, se lo enseñaba. Le señalaba el camino hacia la libertad, aunque ahora todavía fuera un vulgar prisionero y esclavo de la montaña. Y esa voz le decía:
Luis aquí estoy. Bien hecho. Has trabajado duro, muy duro para llegar hasta aquí. Ahora ya puedes bajar para siempre. Abandona las cimas, pon los pies en tierra firme sal de tu soledad y busca ese calor que tanta falta te hace.”
Y al mismo tiempo que hablaba, de fondo, un eco suave y persistente llenaba la atmósfera con estas palabras:
“ Amor.”
“ amor.”
“ amor.”
“ amor...”


(Continuara. Tan sólo queda un capítulo más con el desenlace final.)

José Fernández del Vallado. Josef dic 2008.




Queridos amigos, compañeros y amados bloggeros/as, mañana me voy a un lugar cercano a  esos que tanto disfruta Luis García Montalvo: "La Araña." Estaré fuera cerca de una semana. Os deseo a todos disfrutéis de un muy feliz año nuevo en compañía de vuestros seres queridos y familiares (o no queridos, medio queridos, o queridísimos). Dejo la continuación de "La Araña" como entrada programada. Sed muy felices donde quiera que estéis, y gracias a todos porque a mí también me hacéis feliz cada dia con vuestros blog y comentarios. El año que viene habrá más y mejor... Por lo menos se intentará. Un abrazo.


Por cierto ¿Conoceis a Klau? (pincha para entrar)? bueno es igual... podéis hacer el favor de pasar por esta web (pincha aquí) y leer?

Klau, es una amiga argentina, con una incapacidad laboral, tiene niños y uno con parálisis cerebral y se le ha roto el Pc.

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Gracias

viernes, diciembre 26, 2008

En abril volvió a brillar el sol.

En abril volvió a brillar el sol. Entraba por las crestas del pico de Abantos, asolando los campos con rayos de un matiz blanco y enérgico. Fue una primavera de calor, reptiles que despertaban y salían de debajo de las rocas y pájaros que volvían a trinar. Yo estaba sentado en la baranda del pantano, observando a una serpiente de agua, inmóvil, sobre la cañería de desagüe de la presa, cuando él se interpuso en mi mirada. Pasó caído, sobre sus huesos de viejo, con la mano apresando la botella, y una sonrisa torcida mostrando un diente de oro. Tenía los ojos marrones, sin pestañas, un pelo desaliñado y ralo, nariz chata, boca de labios agrietados, y la piel del color de las setas de cardo que mi madre cortaba y ponía a freír en aceite con ajos en una sartén. Vestía una chaqueta negra y desgastada, unos pantalones de pana de un tono oscuro, y cubría su cabeza con una boina, también negra. Me ladeé y lo seguí con la vista. Se detuvo más adelante, despachó la botella, sacó una cuerda y sin dejar de canturrear comenzó a hacer un atado de ramas de pino. Estuve allí, observando, hasta que al cabo de una hora se echó los troncos a la espalda y desapareció monte abajo, luego volví a casa. Por el atajo vi el cielo teñirse primero de azul, luego de rojo, después oscuro y en instantes titilaron las estrellas.

Se llamaba Tomás y durante años seguí viéndolo, recorría el pueblo entrando y saliendo de bar en bar. Vendía la madera y las piñas que recogía o bien las cambiaba por vino. No había mujeres en su vida y apenas disponía de vocabulario para darse a entender. Los días de feria los dedicaba a caminar por las calles del pueblo, y a tomar chatos y aceitunas en la barraca que había en la plaza del Ayuntamiento.

El día de la Romería de la Virgen de Gracia volvíamos de la ermita y lo encontramos gimiendo en el camino. Mi madre se acercó a él y le dio de beber de la bota de vino. Tomás sonrió, le hizo un guiño, y se echó a roncar complacido. Luego, en la plaza, la orquesta comenzó a tocar la gente a bailar y entre ellos, con una colilla en las manos, saltaba y reía Tomás. Hasta que alrededor de las doce de la noche llegaron los Martínez Cava. Eran cuatro hermanos que de malos, nada: Peores. Eran aves de rapiña. No comprendían que un payo fuera analfabeto y borracho. Eso estaba reservado a sus eternos enemigos: Los gitanos; y Tomás, todos lo sabían, no se detenía a meditar las diferencias entre un gitano y un payo. Sólo por eso, cuando lo veían, consideraban un deber arrearle, y sin misericordia, le atizaban una paliza. Una vez terminaban, se iban a beber chatos de vino. Aquel día comenzaron igual… no; tan violentamente, que la orquesta cesó de tocar, la gente calló y hubo un instante en que los golpes llegaron a ser tan duros que resonaban como si azotaran a una saca de esparto llena de tierra; y nadie hacía nada.

Tuvo que ser, como casi siempre, mi madre. En una de sus manos cogió la escopeta del guarda forestal que estaba “abandonada” en el puesto de tiro; y en la otra, una botella de cognac. Se acercó a los hermanos y le plantó la boca en los riñones al “Pajuelas”, el mayor y el mas violento. Ninguno dijo nada. Al ver la situación, los otros, se retiraron en silencio. Se inclinó sobre Tomás le puso en los labios la botella y le obligó a beber un par de veces. Reanimado, Tomás liberó una especie de improperios en su idioma particular. Se incorporó, y renqueante, se encaminó rumbo a su choza de piedra y retamas a las afueras del pueblo.

Nadie volvió a verlo más. Dicen que los Martínez Cava acabaron con él cuando lo cierto es que dispusieron de una coartada sublime que los liberó de toda culpa. La guardia Civil los detuvo y mantuvo en el calabozo durante el resto de esa noche.
Además, el cuerpo de Tomás jamás fue encontrado. Después hubo varias tesis. Luján, el pastor ovejero, lo daba en el pueblo de Mata del Bierzo. Mientras que Pedro, el lechero, afirmaba que debió de llegar hasta la misma Sierra de Gredos... La opinión de mi madre era, aparte de la menos enrevesada, la más áspera. Sólo lo dijo una vez, pero todos pudieron oírlo:

“¿Qué dónde está Tomás? ¿Ynecesitáis saberlo de verdad? Está claro. Se fue a donde ningún jodido humano le haga la vida imposible... Y ese lugar jamás podremos encontrarlo...”


José Fernández del Vallado. Josef. Dic. 2008.




miércoles, diciembre 24, 2008

Mi Único Público.

Hundía el talón hacia arriba saltaba y machacaba el aro sin compasión, y el tablero, hecho trizas, saltaba difuminado en mil pedazos: Ése era mi sueño.
Eran muchas horas de práctica y soledad. Mi único público, mis abuelos, observando desde su porche, sentados en sus hamacas, y yo sin ir a saludarlos.

Todas las tardes salía del autobús del colegio, me cambiaba, cogía el gastado balón de cuero de baloncesto y me ponía a hacer fintas imaginarias a mi propia sombra y al gran Brabender, les echaba partidos y los derrotaba. Al poco de estrenadas, destrozaba las zapatillas. Mi madre empleaba muchas horas en remendarlas antes de comprar unas nuevas.
Un día, por fin, mi profesor de deportes me lo dijo; contaba conmigo. Me seleccionó para jugar la final del campeonato de baloncesto con el equipo del colegio. Me cambié, estaba más nervioso que un flan, y cuando salí todavía más. Las gradas estaban repletas de gente. Me senté en el banquillo, tiritaba de nerviosismo y espanto. Pasó el primer tiempo y a inicios del segundo, el profesor me indicó que saliera. Por primera vez de verdad había público y coreaban mi nombre. Yo siempre había deseado tener público, muchísimo público, y ahora que lo tenía sentí mucha vergüenza.
El primer balón que me pasaron me quemó en las manos y lo perdí; el segundo, un pase adelantado, también se me escapó; el tercero me escapé en solitario y con la canasta a mi disposición salté esmaché y el balón salió propulsado hacia fuera; el cuarto balón se me estampó en las narices; no hubo quinto, me retiraron.
Lástima que nadie llegará a saber lo buen jugador que fui, excepto mis abuelos. Aquel atardecer cuando llegué mis padres no estaban, desconsolado, no quise salir a entrenar. Llamaron al teléfono, atendí de malhumor, era mi abuela. No me preguntó por el partido, en cambio, me dijo.
“Pepe es hora de entrenar. Nosotros, tú público, como todos los días, esperamos con ilusión que aparezcas.”
Instantes después estaba con el balón bajo el brazo, visitándoles. Me invitaron a un chocolate con churros. Años después me convertí en un gran experto en baloncesto; hoy sé mucho de ese deporte y de otros. Pero sobre todo sé que para ganar es fundamental aprender a disfrutar de muchas y buenas derrotas...

José Fernández del Vallado. Dic 2008.




domingo, diciembre 21, 2008

Mi grabación navideña...


ME VOY TRES DÍAS. ESTARÉ FUERA DE INTERNET. DEJO ALGUNA ENTRADA PROGRAMADA. MAÑANA SALDRÁ. ESPERO QUE OS GUSTE. FELIZ NAVIDAD A TODOS!!!


Make on Snapvine



POR FAVOR DETEN EL REPRODUCTOR DE MÚSICA Y ESCUCHA UN MOMENTO.



Quiero que sepas…

Quiero que sepas que desde hace tiempo no me hace falta atravesar fronteras lejanas, recorrer parajes extraños, o distanciarme, para llevarte dentro de mí. Que estés al corriente y sepas, aunque ya lo sabrás, que después de tu marcha una parte de mí quiso irse tras ti. Que si viví a tu sombra fue porque bajo tu paraguas me sentí a gusto y feliz. Que si te consideré más fuerte nunca fue a través de tus actos enérgicos, sino de la nobleza de tus humildades. Que juntos escalamos montañas, caminamos senderos que no percibieron ojos diferentes a los nuestros. Que durante las noches, en la tienda de campaña, me susurrabas acerca de los poderes de la vida. Que aquellos amaneceres teñidos de rojo no fueron programados. Que cuando caminábamos y resbalaba, encontraba tu mano tendida. Que aquellas horas de pesca nunca fueron en balde, ni los baños de agua templada, ni nuestros éxitos jamás culminados. Que tus primeros amores, también fueron los míos y tus desamores los míos. Que me enseñaste a amar con delicadeza. Que los abismos de la vida no existen. Que vivir es hermoso pero morir lo es también. Que no estoy perdido y tú tampoco lo estás. Que la senda está clara. Que la vida es la senda. Quiero que sepas que estés donde estés pensaré en ti y cuando encuentre el final de está senda, será momento de empezar una nueva, contigo, a tu lado, otra vez…


DEDICADO AMI HERMANO PABLO. Fallecido el 15 de mayo de 1993.


José Fernández del Vallado. Josef. 21 Dic. 2008.





sábado, diciembre 20, 2008

Sobre un Futuro...

Elena iba a hacer quince años, celebraba su cumpleaños a la vez que las fiestas del pueblo, sin saberlo. En realidad nadie estaba al corriente de que aquellas iban a ser las últimas. Todos se afanaban en engalanar el pueblo como mejor sabían. Tejían en telares finas telas que luego serían vestidos de encaje. Cubrían las calles de banderines de colores, encalaban las paredes de las casas, llenaban los balcones de flores y barrían sin descanso el polvo de las aceras. Las campanas de la iglesia repicaban en el campanario, con sus nidos de cigüeñas, alzándose como la construcción más alta del pueblo.

Por las mañanas el valle amanecía espléndido con el río Porma fluyendo limpio y caudaloso, el sol brillaba con fuerza y una brisa fresca, de pureza inusitada, llenaba los pulmones de una comunidad que permanecía en un estado de felicidad inquebrantable. Pese a todo, el pasado invierno el frío había sido intenso, colándose por las rendijas de puertas y ventanas, con heladas que crepitaban bajo las botas de los hombres y dañaban los campos y las sufridas almas de sus habitantes. Lo habían superado. Lo mismo que la sequía del año anterior, cuando el Porma, aún caudaloso, estuvo a punto de secarse. Entonces una plaga de mosquitos hizo imposible disfrutar las horas del atardecer y de la noche. Todo aquello, también pasó.

Después de los discursos del alcalde y demás personalidades, llegó la noche y el baile. La dulzaina, el tamboril, la gaita sanabresa y el rabel permitieron degustar la belleza del folcklore de Castilla y León. Elena conoció a Julio, congeniaron y bailaron durante parte de la noche, la otra parte, hasta muy entrada la madrugada, la pasaron besándose y haciendo planes sobre lo que harían de sus vidas en el pueblo cuando crecieran.
Con las luces del alba ellos y unos cuantos volvían a sus casas cuando escucharon el ronroneo. Dando tumbos por la accidentada carretera surgió la camioneta de la guardia civil. Un número descendió, llevaba unos pasquines enrollados bajo el brazo, se dirigió al tablón del ayuntamiento, saco un martillo, chinchetas, y lo desplegó. Cuando hubo finalizado volvió a entrar en la camioneta y sin mediar un saludo se puso en marcha y abandonó la población. Allí estaban prácticamente quienes componían lo que habría de ser el futuro del pueblo durante los años venideros, el pasquín decía lo siguiente:

Por orden del Ministerio de Obras Públicas y debido al inicio inminente de la construcción del “Exmo Pantano del Porma” se invita a que a partir de mediados de Abril de 1968 la población de Vegamián abandone el pueblo de forma inmediata y con carácter irreversible en el plazo de dos meses. Quien se niegue a obedecer será encarcelado y desposeído de sus bienes.

Ministerio de obras públicas.

Su Excelencia, Generalisimo Francisco Franco.


Hoy en día, cuando el nivel del pantano decrece, la torre del campanario asoma sobre la superficie de las aguas. Si sopla viento, sus viejas campanas oscilan, y mediante un repiqueteo roñoso y desafinado, durante unos instantes, devuelven las voces de los espíritus de antaño...

José Fernández del Vallado. Josef 2008.


jueves, diciembre 18, 2008

Brisa cálida,Tifón.

Brisa cálida, azul intenso, océano de ensueño. Jorge llega a la playa es un día entre semana de finales de septiembre; no ve a nadie más. Hace buen tiempo, un aroma a algas y sal envuelve sus sentidos y lo traslada hasta una infancia ya desconocida. Despliega la sombrilla mientras entre sus pies se escurre una arena de platino. De su mochila saca una toalla verde con estrías de colores azulados, la extiende, se tumba sobre ella toma un paquete de Chesters rubios se prende un cigarro, a continuación extrae su tesoro, el libro de Joseph Conrad Historias del mar: Tifón, y comienza a leer:
El capitán Mac Whirr, del vapor Nan-Shan , tenía una fisonomía que, a juzgar por las apariencias materiales, era una réplica exacta de su carácter…


Oye retumbar a su espalda. Se incorpora a medias sobre sus codos, gira la cabeza y la ve. Es una mujer de pelo rizado pelirrojo y suelto pero arreglado. Al verla curtida por el sol, Jorge se da cuenta que debe acostumbrar a dejarse caer por la playa, pero… ¿desde cuando? La cuestión, su fisonomía es admirable, presenta uno de esos arquetipos “multinacional Coca – Cola” en el que despuntan delirantes valles y ondulaciones. Durante un instante sus atisbos se entrecruzan; ella baja la vista para observarlo, se aprecia una mirada directa en sus ojos verdes. Sobre su cabeza porta una diadema de paño oscuro, suave y sedoso. La acompaña un perro “baset” que va a investigar a Jorge sin recelo, con cortesía sincera, mientras su rabo no cesa de ondularse. Jorge lo acaricia, ella lo llama, su voz deja entrever un acento indígena; tal vez holandés, o alemán.
Para sorpresa de Jorge la mujer no se aleja demasiado. La ve acomodarse a unos metros de distancia. Vuelve sobre su lectura.
El capitán Mac Whirr, del vapor Nan-Shan , tenía una fisonomía que, a juzgar por las apariencias materiales, era una réplica exacta de su carácter…
- ¡Perdgón!
Alza la vista y descubre, primero el pubis, cubierto por una pequeña pieza roja, luego, unos senos de impresión. La mujer, sin rubor, se ensalza ante su cuerpo inclinado sobre la toalla.
Vuelve a alzarse sobre los codos, deja el libro a un lado.
- ¿Sí?
- ¿Tiene un cigago? He visto como tu fumas y me muego del mono, dice ella con una sonrisa marciana.
- Oh sí… Tome. Llévese un par.
- Gracias. Usted es bueno. Sugiere ella.

Hace ademán de irse… Se detiene, y retorciéndose los dedos, añade.
- Sabe…
- ¿Qué?
- No todo los españoles como tú… Recalca dibujando una mueca de Gioconda.
- Ah ja. Sonríe Jorge, mostrando un rictus de estupefacción.
- Chao…

El bombón regresa a su lugar empleando un trotecillo desgarbado. Nadie es perfecto, piensa Jorge. Y retoma la lectura…
El capitán Mac Whirr, del vapor Nan-Shan , tenía una fisonomía que, a juzgar por las apariencias materiales, era una réplica exacta de su carácter…
Una risa frenética lo distrae de su atención. Ella otra vez. Está de pie. Ha sacado de una bolsa de flores una pelotita amarilla, como de tenis, y se la lanza al perro que corre tras ella. De pronto se lleva las manos a la cintura, sujeta la piecita roja, se contorsiona y se desnuda por completo.
A continuación profiriendo gritos y a saltitos, entra en el agua, el perro la sigue a nado entre las olas sin aparente temor.
Al cabo de diez minutos sale. De pronto mira en dirección a Jorge y lo saluda batiendo ambas manos sin cesar de sonreír. No es tonta ni ingenua, sabe lo que se hace, piensa Jorge, en tanto se descubre mirándola con embeleso. Saluda con timidez y prosigue:
El capitán Mac Whirr, del vapor Nan-Shan , tenía una fisonomía que, a juzgar por las apariencias materiales, era una réplica exacta de su carácter…
Trata de centrarse de nuevo.
El capitán Mac Whirr, del vapor Nan-Shan , tenía una fisonomía que, a juzgar por las apariencias materiales, era una réplica exacta de su carácter…
- ¡Hola!
¡Es ella! Ahora está tumbada a su lado. ¡Desnuda! Jorge no se atreve ni piensa en moverse mientras la mira de reojo como un insecto al acecho. Ella se ha dado una crema y su piel reluce brillante como la de un delfín.
- Sabez…
- ¿Sí?
- Mi llamo Franciska krammenkerk
- Ah… Yo Jorge.
- Encantida. Mi Germany.
- Ah…
Sonríe Jorge, quien ya es un raro espécimen de bicho palo totalmente tenso.
- Sabez…
- ¿Sí?
- Mi… ¡Gustar tú!
Avergonzado, Jorge muestra un claro rictus de estupor y pánico a lo desconocido. Nunca le ha pasado nada semejante. Qué ocurrirá con María. ¿Tendrá que contárselo? Él nunca la ha mentido. ¡Jamás!
- Vaya… Murmura.
- Vaga… Imita ella. Mientras brota una risita de su garganta. Le toma una de sus manos y acaricia sus dedos.
- Y… ¿Qué hace tú ahoga hoy aquí solo?
- ¿Yo? Nada. Sólo leo…
- Sólo lee… ¿solo? Pregunta ella. Le acaricia el pecho y añade
- Me gusta, mucho tu pelo. Y se ríe.
Ella separa las manos, las mueve cimbreándolas de forma expresiva y pregunta.
- ¿En qué tú trabagas?
- ¿Yo?
- Sí tú. Quién va a ser... Istamos solos…
- Bueno… Hem. Soy panadero.
- ¿Panadego?
- Sí. Yo hago pan “bread” o “broad”. Cómo se diga. Youuuu… understand me?

Ahora está de rodillas. Jorge puede ver con el rabillo del ojo el abundante vello de su pubis color zanahoria. Ella tuerce el torso hacia atrás y lanza una carcajada.
- ¡Oh! Clago… Panadero. Pan, pan, pan… Siiii clago. Mi comprende.
- Verás… Trabajo por las noches y duermo por el día…
- ¡Ah! Y cuándo… Cuándo vive mi niño. ¿Tú no haceg el amorrr nunca de noche? Tú… ¿igual vampiro?
- Bueno yo…
Se ríe
- ¡Claro! Tú guapo. Mucho guapo vampiro.
- Ya…
De pronto su expresión cambia.
- Oye.
- ¿Qué?
-Tú ¿Tiene otgo cigago?
Jorge asiente y le ofrece el paquete. Solo quedan cuatro cigarrillos. Ella lo mira cariacontecida.
- ¡Oh!
- ¿Oh qué? Dice él muy serio.
- ¡Solo cuatgo! Deja ¡deja ya…!
- ¡No! ¡Toma, todos para ti!

Los ojos verdes de la chica brillan de emoción. De un rápido gesto toma el paquete le da un beso en los labios y sale corriendo hacia su lugar. Jorge trata de leer de nuevo:
El capitán Mac Whirr, del vapor Nan-Shan , tenía una fisonomía que, a juzgar por las apariencias materiales, era una réplica exacta de su carácter…
Pero se siente incómodo, le falta algo. ¡Es el tabaco! No… ¡Es ella! Da igual aún le quedarán tres y seguro ¡volverá! Aun le resta el aperitivo más deseado piensa, desea. Sigue leyendo.
El capitán Mac Whirr, del vapor Nan-Shan , tenía una fisonomía que, a juzgar por las apariencias materiales, era una réplica exacta de su carácter…
Pero… ¡¿Cómo?! ¿No vuelve? No la tenía tan... ¿cautivada? Mira en su dirección. ¡Allí sigue! Se ha echado sobre la toalla y parece estar muy relajadita. Es igual, tendrá que ir él.

Se incorpora. Se acerca a ella. El perro sentado a su lado comienza a gruñir y le enseña los dientes. Ella lo mira, y le sonríe con expresión… ¿preocupada? Se incorpora y rápidamente se cubre el sexo con la toalla.
- Sí… ¿Pasa algo?
Jorge se encuentra un poco desarmado. Y sólo acierta a decir, mientras mira en todas direcciones.
- No, nada de importancia…
Ella lo mira como si se sintiera incomoda.
- ¿Pues entonce qué?
- Nada…
- ¿Nada? Interpela ella.
Bueno ya que somos amigos… Esperaba que vinieras y…
- ¿Y…? Inquiere ella. De pronto chasquea los dedos y añade.
- ¡Ah! ¿Tú piensas que ahora yo a follarrr contigo ¿verdá?
- Bueno… No exactamente, dice Jorge mirándola empequeñecido.
- ¡¡Jajajajajajaj…!! Lo sorprende ella con una risa macabra e incluso algo, histérica.
- ¡Todos hombre igual! Yo digo gusta tú y tú piensa, amo contigo.
- Oye. Perdona… Yo solo quería pedirte… un cigarrito.
- ¡¿Cigago?! ¿Cuando tú regalas a mí caja? ¡No!
- ¡Vete! ¡Vete ya! ¡Malo hombre!
Jorge la mira extrañado, ofendido, sin entender. Y contesta.
- ¡No me da la gana!
- Bueno… ¡¡Pues mi sí voy!!
Con rapidez inusitada ella recoge sus cosas, se termina de cubrir con un pareo. Llama a su perro y se marcha.

Jorge vuelve a su lugar y se tumba. Frenético, lanza puñados de arena, atrapa la mochila la arroja al aire cae abierta y un montón de objetos se desparraman por la arena. Tras quedarse cruzado de brazos un buen rato, comienza a recogerlos, y de repente descubre la otra cajetilla de Chesters completa. Claro… ¡Ni se acordaba! Rápidamente la abre prende un cigarrillo y traga con ansiedad.
Al cabo de un rato, calmado, recoge el libro de nuevo, se acomoda, y empieza a leer Tifón:
El capitán Mac Whirr, del vapor Nan-Shan , tenía una fisonomía que, a juzgar por las apariencias materiales, era una réplica exacta de su carácter…


José Fernández del Vallado. josef. 2008




miércoles, diciembre 17, 2008

Con las primeras luces del Alba.

El Parque brilla con las primeras luces del alba, la escarcha cristaliza sobre la vegetación y transmuta los árboles que me envuelven en un quebradizo palacio de hielo.
He salido fuera, a respirar un poco de aire y a permanecer ¿al lado de ella? Tal vez. Me enciendo un cigarro mientras recuerdo que cuando estábamos en el “Terra” ni siquiera tomamos una copa. Pero para qué si ya no quedaba nada entre nosotros.
Contemplo su rostro violáceo, hace instantes me hacía una felación. No pude soportarlo, se parecía demasiado a Gabriela, incluso en la sonrisa forzada y en las mentiras. Ahora es sincera de verdad, la muerte no es traicionera, sino sincera, cumple su eterna promesa: Terminar con el ciclo. Y para bien o para mal, su ciclo se ha cerrado.

Su cuerpo es delgado, la cara redonda, sus piernas largas y pulidas. Pero lo que más me fascina son sus manos, de dedos finos y delicados. Y qué tipazo. Se ponga lo que se ponga siempre le quedará bien. El pelo es castaño y la nariz un poco chata y cielos, es tan guapa ¡guapísima! Aunque quizá esté demasiado flaca. Quizá no sea mi tipo, me digo mientras trato de consolarme. La dejo. Me voy... Pero de golpe, un impulso irrefrenable embriaga mis sentidos y me obliga a dar media vuelta, y a la carrera, con el corazón palpitando, acudo a verla otra vez. Sigue ahí. Pero ya no sonríe ni habla. Y los pendientes que le regalé hace unos instantes, siguen estando a su lado; sobre la piedra dónde los dejó. Para ella sólo eran... ¡baratijas! Claro, no me quería. Debía detestarme. Y es por eso que me vi obligado a echarle una mano. ¡No! No podía dejarla así: Sola, desprotegida y tan desdichada. Bajo esas tres farolas. Con esas arpías que dicen ser “sus amigas.” ¡Cínicas! Me revientan esas putas. Pero sobre todo no podía permitir que cuando yo ya no esté, cualquier individuo sin escrúpulos, la embauque. Aunque hay algo que todavía no entiendo. Y por más y más vueltas que le doy continúo sin comprender. ¡NO SÉ! cómo a pesar del cariño y calor que les doy, mis regalos, y a que siempre trato de amoldarme a las circunstancias – sean duras o aceptables – por las que atraviesan, acaban todas... odiándome.

Vuelvo al coche. Arranco y pongo música, apago y vuelvo a encenderla. Ha sido una mala noche. Conduzco como una máquina sin rumbo. ¿Hacia dónde? Hacia la nada. Pero... ¿estoy en la nada? Sí, tal vez. Adiós, le digo. Adiós, me contesta su voz desde dentro. Siento las manos entumecidas, mi boca expulsa vaho, conduzco hasta el parking de Vicálvaro. Entro en la estación de cercanías. Recojo el billete que sale de la ranura con gesto ausente y mientras me dirijo al andén, escucho los chirridos metálicos de las compuertas de entrada. Me acomodo tumbado en un banco, me siento viejo y cansado. La entrevista es a las ocho y cuarenta y cinco. Un vaivén brusco y breve, el sonido férreo “traca trak” del arranque. Al otro lado, risas, entrecortadas y tímidas, las primeras del día...

Doce minutos después, me dispongo a descender los peldaños en la estación del Pozo de Vallecas, hay un fogonazo y algo o todo, tiembla con violencia. Trato de agarrarme a los soportes metálicos de la entrada y salen disparados, volando ante mis ojos asombrados. Suceden dos, tal vez tres segundos, poco más; y todo ha terminado. De forma inexplicable, el único o lo único que aún sobrevive en pie a la brutal deflagración, parezco ser yo.
Luego viene el caos. La policía, bomberos, sanitarios y demás voluntarios. Me someten a un chequeo. Y nadie ¡nadie! se explica cómo no presentó un rasguño; es más, es como si no hubiera estado, o como si una fuerza misteriosa y protectora me pusiera a salvo del desastre.

Tengo tiempo y llego a la entrevista. La mujer que me interpela es bonita, permanece atenta y nerviosa a las noticias, y pasa por alto detalles que podrían resultar engorrosos, como el que resalta mi ficha, remarcando que tras cumplir pena de cinco años por robo con estupro, acabo de ser dado de alta en prisión. Pero me he reinsertado.
Minutos después, sin el menor rastro de emoción, acojo una noticia extraordinaria. Recibiré del gobierno una ayuda económica por daños y perjuicios en el terrible atentado terrorista de este jueves, once de marzo, del año dos mil cuatro.

José Fernández del Vallado. Dic josef. 2008.

martes, diciembre 16, 2008

El crimen del señor Tiziano.

No hay el menor asomo de fantasía o desvarío en lo que voy a contar, es un hecho real. Tomaba una ronda de ron junto a la hermosa Katia y su novio Tim, en el chiringo del mono. Acababan de volver de un extraño viaje por los remotos rincones de Europa. Me lo contaron tal como a ellos se lo narró el viejo europeo que los invitó a pernoctar. 

Sucedió en un país mediterráneo, durante un verano que no fue tal. Una noche en la que no hacía frío o calor, brisa, ni viento, se oía la estridencia de los grillos, no circulaban coches, y menos había festejos nocturnos. Por no escucharse, ni el alarido de un mísero perro, pues los vecinos de enfrente, que por entonces tenían a su disposición todos los canes del barrio, estaban en el cortijo del sur, y se habían trasladado con su arsenal de perrería incluido.

Ahora imaginen una urbanización de treinta y cinco mil metros cuadrados en completo silencio y oscuridad, pues tampoco había luna y hacía una espléndida luna nueva. Y vislumbren – si son capaces de hacerlo– al hombre caminando en bañador en la oscuridad de su jardín a media noche, solo, aburrido, con el deseo de cumplir el vago propósito que había rondado su mente durante las horas del día sin éxito: realizar una cloración. Operación que consiste en verter sobre la superficie del agua (generalmente una piscina o una depuradora de aguas residuales) una cantidad específica de cloro granulado o en polvo, con el fin de mantenerla libre de impurezas. Sumido en el letargo de un verano de tedio y silencio el señor Tiziano, quien no tenía que ver con el ilustre pintor, olvidó ponerse los guantes. Tampoco esa parece ser la razón primordial de lo que sucedió a continuación, pues por lo general no solía ponérselos. 

Nuestro hombre, una persona metódica, tenía contabilizados mentalmente cada uno de los arcos de piedra que conformaban el muro de la mansión en donde habitaba; así como los ciento veintidós escalones que había de ascensión desde el cuarto de la depuradora, donde recogió el bote de cinco kilos de cloro con sus manos sin guantes, hasta la piscina. Hasta ahí, todo normal.

Indudablemente conocer el número de escalones dada la oscuridad suponía una clara ventaja. Otra cuestión consiste en adivinar por qué no utilizó la linterna. Según recordaron Katia y Tim, pensó que en la oscuridad de la noche la visión se adapta fácilmente, y con objeto de vislumbrar el perfil de las formas en la distancia, caminar sin linterna, podía resultarle ventajoso. (Hecho probado y cierto). Lo que no pasó en ese momento por su cabeza, fue que con luna nueva y el cielo encapotado – como parecía hallarse – por mucho que uno se esfuerce no podrá ver una sombra a más de dos palmos de distancia. 

Con precaución y casi haciendo equilibrios, el señor Tiziano comenzó a subir mientras contaba los ciento veintidós escalones que en suave pendiente lo encaminaban a su piscina. Y como hasta a un hombre inductivo y racional como él la mente puede jugarle extrañas pasadas, sucedió.
Tras finalizar la ascensión esa vez no contó ciento veintidós, su mente se detuvo en... ¡cuatro mil! Sudaba. ¿Sudaba? Y cómo no hacerlo. Si calculó que habría estado ascendiendo durante cerca de tres cuartos de hora. Se detuvo mientras trataba de adivinar lo que tenía delante: Total oscuridad y algo quizá diferente. El olor. De todas formas, mientras subía, había caído una fina llovizna, y como es sabido la humedad impregna de aromas nuevos – y preciosos – la atmósfera, y en ocasiones incluso crea ambientes desconocidos. 
El señor Tiziano no era la clase de hombre que se formule demasiadas preguntas, en cambio era capaz de encontrar explicaciones para todo aquello que no se ajustara plenamente a su razón. Y en ese momento las halló. Acababa de cumplir setenta y cinco años y por las mañanas sus huesos chirriaban cual oxidadas vigas de hierro mal engrasadas. Todo fue obvio en su mente. Había sido el cansancio, el tedio y su irreconciliable y mal llevada vejez. Estaba claro, de forma mecánica su cerebro había prescindido de la primera cifra: El uno, para a continuación sumar ambos doses, crear un cuatro y añadir tres ceros que no eran sino sutiles metáforas insertas en su rostro como gotas de sudor y agotamiento.
Cesó de resollar. Presentía el camino ante él. Estaba ahí, en alguna parte. Prosiguió. Y aunque no le pareció el mismo trazado que estaba acostumbrado a recorrer, se hizo una pregunta que lo liberó de dudas y tensiones: “¿En la oscuridad qué es igual a qué?”A trancas y barrancas atravesó un arco oscuro, y de pronto se encontró en un recinto a cuyo alrededor altas cúpulas con terminaciones acabadas en finas agujas, señalaban a la noche. 
Se detuvo, y se rascó la cabeza con inquietud. ¿Por qué de repente tardaba tanto en asimilar lo que su empobrecida vista de anciano creía ver? ¿Y por qué creía estar donde no estaba cuando en realidad estaba allí, en su piscina? La vio. Allí, en el centro. Quizá pudiera parecer – y así fue – más grande de lo habitual, pero sin duda era la piscina. 

Depositó el bote en el suelo y procedió a abrirlo con cuidado. Aún así el polvo del cloro se introdujo en su garganta y le causó un escozor irritante. Para evitar las arcadas se giró. Sin mirar, aunque de todas formas no viera, tomó el vaso con medidas que había en su interior y sólo tras llenarlo un total de diez veces logró finalizar una vuelta completa a la piscina. Sí, todo estaba claro. Con la vejez las distancias en lugar de menguar se alargaban, lo mismo que el tiempo. En cuanto a la oscuridad, se convertía en solemne y preciosa, y los aromas resultaban subyugantes y sinceros. Concluyó que había sido una gran experiencia realizar el proceso en plena oscuridad.
Cerró el bote y descendió. Esta vez tardó algo más de quince minutos, pero ya no se inquietó, pues llegó a la edificante conclusión de que se acostumbraba rápido a su estado de vejez. Dejó el bote en el cuarto de la depuradora, cruzó el jardín, entró en la casa y agotado, se acostó.

A la mañana siguiente tras desperezarse fue a echar un vistazo a la piscina y se encontró con la sorpresa. Estaba sucia, y apenas olía a cloro. Era como si la cloración no hubiese surtido el menor efecto. Aunque no se alarmó, pues imaginó que la lluvia habría afectado al PH. Más tarde vería que hacer.
Mientras tanto desayunó y salió hacia el pueblo. Compró el periódico y una vez alcanzó la plaza central, se acomodó en el bar de los filipinos, pidió un café con leche, y procedió a ojearlo. Y allí, en primera página, encontró una noticia que lo desconcertó por completo.

Los créditos del artículo decían:

“Salvaje atentado en templo jainista en la colina de Shetrunjaya. Estado de Jugarat, India.

Y proseguía: 

“El mayor pecado para la religión jainista consiste en causar daño a cualquier ser vivo. Los jainistas practican la no violencia. Su religión presenta una perspectiva igualitaria de las almas de humanos, animales y organismos microscópicos. Respetan a los insectos y muchos ascetas llevan incluso mascarillas para evitar tragárselos accidentalmente."

Arovechando la noche de luna nueva el eco-terrorista, penetró en completa oscuridad en el estanque sagrado del templo de Adinath. Según los investigadores realizó una minuciosa cloración que acabó con la vida de las más de seis mil carpas, renacuajos, e insectos acuáticos que lo poblaban.

Una espectacular ceremonia por la masacre, que tendrá una duración de una semana, sume en el dolor a los ascetas de los más de mil doscientos templos que se encuentran diseminados por la cima de la colina.”

A la noche siguiente, con la esperanza de escuchar otra historia por lo menos tan buena, regresé a tomar un trago al chiringo del mono. Llevaba dos horas sentado y mientras esperaba sin éxito a que Katia y Tim se presentaran, bebía. En una mesa a mi lado tres hermosas damitas no cesaban de reír. No cabía duda, lo estaban pasando muy bien. De pronto, alterada, una de ellas se incorporó gritando.
-¡Oh! ¡Una araña! Se me ha subido una araña... 
Con nerviosismo se hurgaba en sus largos cabellos. 
No lo pensé. Me levanté dispuesto a ayudar. Y cómo no hacerlo si además, la chica era preciosa. De repente la vi y le advertí.
- ¡No te muevas! Está sobre tu hombro. 
Volvió la cabeza y soltó la mano con intención de aplastarla. La intercepté en segundos en el aire, mientras con la otra recogía al bichito y lo depositaba con cuidado en la pared. Desapareció a toda prisa, moviendo sus ocho patitas como sutiles palillos maleables. Me volví hacia ella y sonriendo le dije.
- ¿Ves? No se puede dañar a los bichitos. Viven con nosotros y son nuestros amigos.... Y permanecí sonriéndola con cara de gandul idiotizado, los brazos en jarras. 
Ella se alisó los cabellos y recompuso su desmadejada figura. Sólo entonces me habló.
- ¿Ah sí? Pues mira... Tienes razón. Claro. No eres un bicho precisamente. ¡Sino la cosa más paranoica que se ha cruzado nunca en mi camino!
Y me abofeteó un par de veces en la cara. ¡Mujeres...! Pierden los nervios y...

Dos años de relación y nos casamos. Para celebrar nuestro encuentro en nuestro viaje de novios decidimos visitar la célebre colina de Shetrunjaya, en el Estado de Jugarat, India. 
Fue todo un éxito. Jamás la toqué, ni discutimos, ni me hizo falta hablarle fuera de tono, la quería y nos llevábamos de maravilla. Aunque debo reconocerlo, a ella aquello le encantó... demasiado. Se separó allí mismo de mí y se convirtió al jainismo. Y nunca, nunca jamás que yo sepa, ha vuelto a intentar matar a una sola araña y menos pisar a una hormiga... 

En cuanto a mí, pues aquí estoy de nuevo, en el chiringo del mono. Espero a Katia y a Tim, regresan de uno de sus viajes. Mientras degusto una copa de ron me da por preguntarme si esta vez volverán ambos, uno sólo, o ya jamás volveré a disfrutar la inocencia de sus bellos rostros sonrientes... 

José Fernández del Vallado. Josef. Octubre. 2007. Arreglos Dic 2008.



lunes, diciembre 15, 2008

Y Tú... ¿De Dónde Eres?

Tu andar desenvuelto, equilibrado, sustentado por piernas armoniosas, preciosamente curvadas, tu cuerpo delgado y esbelto, tus cabellos de platino, tus manos quebradizas, surcadas de nervuras como vetas de amatista, y tus ojos como dos brillantes relumbrantes, de mirada orgullosa y sagaz, traspasando las amplias salas donde desfilabas luciendo prendas de infinito valor que sobre tu cuerpo de escultura, apenas destacaban. Y yo, siempre, detrás...


Londres, Viena, Shangai, Buenos Aires, Santiago, Lima, Caracas, Madrid, Nueva York, París… ¡París! Channel, Versace, Lancome, Lacoste, Chevalier, Tucchi. Algunas de las mejores firmas siempre a tu lado, como yo. Sólo que ellas jamás sabrían apreciar el infinito valor que evidenciabas, en cambio, yo supe verlo y evaluarlo aquel día; la vez que me firmaste el primer autógrafo y te detuviste a mirarme un instante, e incluso me llegaste a preguntar: “Tú... ¿de dónde eres?” Y yo te dije: Soy ciudadano del mundo. Y tú me dijiste: “Yo soy Milla, Milla Jojoviniç”

Ahora lo sé. Sé que sin duda reconociste en mí a tu par y yo fui perfectamente consciente. No lo dudé. Liquidé mi empresa de informática y comencé a seguirte por el mundo, a ser testigo de tus éxitos. Y desde luego, para mí fue todo un honor y un placer comenzar a servirte. Finalizado un desfile los más exuberantes ramos de rosas eran los que yo te enviaba, los mejores regalos, los míos. Y después, en los restaurantes, los cavas y champagnes también los costeaba yo.

No, desde luego. Jamás me agradaron esos hombres y mujeres que te rondaban igual que perros falderos. Pero entendía que eran necesarios para el desarrollo de tu éxito, y te dejé hacer porque sabía que aguardabas el momento exacto para realizarte y ser plena, independiente y poderosa. Incluso soporté y presencié como te encamabas con aquellos sexagenarios podridos de dinero. Recuerdo esos primeros días de decepción; apenas daba crédito a tu comportamiento. Pero después, tras verme encerrado días y noches de desvelo en el hotel, reflexioné que si lo hacías, era con el firme propósito de abrirte camino y despejar las puertas del poder y de la gloria, y tuve la firme certeza de que de ningún modo mancillarías tu hermoso físico – el cual sólo velabas por mí .– 

Noches de ensueño, triunfo tras triunfo, año tras año, lugar tras lugar. Recorriendo nuestro mundo, despegando, aterrizando, hoyando paisajes de ensueño, abriendo caminos a tu preciosa e inmaculada juventud. Todos se rendían. Donde llegabas ocupabas las primeras planas. Sí, tú sin lugar a dudas eras la reina del amor, la belleza celestial, eras mi diosa inmortal…

Pasados unos años comenzaste a rebajar tu calendario. Al principio me extrañó. Sólo tuve que fijarme en ti, en la seguridad que destilabas, para comprender que lo hacías porque ya no necesitabas darte a conocer y porque ya eras la más cotizada entre todas. Al principio de tu carrera habías comenzado a salir en los desfiles en primer lugar, luego lo hiciste en el centro, en cambio ahora, por lo general, solías salir al final – cierta gentuza afirmaba que el lugar natural de las estrellas era el centro – yo nunca estuve de acuerdo. Después de miles de desfiles pienso, es más, estoy seguro, que es al final cuando las estrellas lucen más, y no antes.

Hasta que un día lo hiciste. Llevaste a cabo algo que me sorprendió. Bebiste más de la cuenta. Oh, por supuesto, te embriagabas muchas veces, por diversión, y siempre estaban aquellos perrillos falderos para atenderte, agasajarte y acompañarte al lujoso hotel o a tu casa alquilada de vuelta. En cambio aquella noche ¿qué sucedió? Por qué fue diferente. Los hombres que te acompañaban se limitaron a dejarte, allí, tirada sobre la mesa del local, mientras llorabas. Y claro, yo estaba allí. Acomodado a unas mesas de distancia, con la chica de turno. Pues siempre iba acompañado. ¿Lo comprendes? Necesitaba a esas jóvenes chiquillas. Apenas eran un mero pasatiempo, mientras pensaba en la inmensa felicidad cuando llegara nuestro turno.

Despedí a la chica y te socorrí. Y tocarte, poner las manos sobre tu delicada costura y alzarte sobre la mesa apoyada sobre mí, resultó tan sublime, que estuvo a punto de quebrar mi voluntad. Pero lo hice, te llevé hasta tu hotel.
Entrar en tu habitación y averiguar el estado de suciedad y abandono en que se hallaba supuso un golpe y una decepción. Yo suponía que el “Hotel Piamontesse,” aunque antiguo, era uno de los mejores de Ravenna. Y ahora, de pronto, fui consciente; aquello no era más que un cubil nauseabundo.
No lo pensé. Te hice cambiar con tu equipaje al “Cagliari” de cinco estrellas. Ordené que te bañaran y acostaran y que a la mañana siguiente te enviaran un precioso ramo de rosas, un collar de perlas, y una botella de cava para despejar la resaca y celebrar tu nueva estancia.

Al medio día por fin me decidí. Pasé a hacerte los honores y me llevé una sorpresa, te encontré fuera de sí. Me dijiste que tú hacías lo que te venía en gana y que nadie te cambiaba de lugar. Enseguida comprendí tu razón y mi estúpido error y di orden de que te cambiaran de inmediato. Pero cuando los ordenanzas entraron en la sala y comenzaron a desmontar y a preparar las cosas para el traslado, de repente, me sorprendiste de nuevo con tu magia. Pues variaste de parecer y alegaste que por tratarse de mí, lo permitías.
Hubo un momento de éxtasis, en el que ambos permanecimos contemplándonos, y entonces, por vez primera, viniste a mí con los brazos abiertos me recibiste cálidamente y me ¡besaste! Sin duda fue el acto más grandioso que he experimentado. Yo, ¡verme agasajado por la reina! Me amabas ¡Me amabas! Sin duda no me equivoqué, lo supe siempre.

Después de algunos años nos instalamos en Madrid. Tú, la reina, no precisabas ya de Londres, Nueva York, ni tan siquiera París, para mostrar tus excelencias. Eras mi diamante. Dejaste de desfilar en aquellas horribles pasarelas y tan sólo lo hacías en mi local, ¡para mí! Pasarelas ¿para qué? No las necesitabas. Estabas por encima. Pero había necios, borrachos que expulsaba ciertas veces, que se atrevían a murmurar que qué clase de patochada era aquella de sacar a una sexagenaria vestida de luces a dar una vuelta por el escenario.
Pero ellos no lo sabían, ¡claro! No entendían de modas ni de nada en este mundo. Sólo sabían vomitar sobre fútbol. Y ¡jamás! podrían hacerse idea de que estaban presenciando un momento único. Pues sin saberlo, se hallaban ante la modelo más cotizada de la historia.

Y ahora, hoy, por fin es mía ¿para siempre? No, lo cierto es que ni yo mismo lo sé. No alcanzo a comprender el porqué; tal vez sea lo que sucedió el otro día, mientras ella descansaba. Supe que estaba teniendo lugar la pasarela de Cibeles, me dio por acercarme y la descubrí. Era una mujer... ¡sublime, excelsa y muy especial! Saben... ella firmó. ¡Me firmó un autógrafo! Y a continuación se detuvo me miró de frente a los ojos y me hizo una pregunta que me dio que pensar, me dijo: “Tú... ¿de dónde eres?” Y yo le dije: Soy ciudadano del mundo, y ella dijo: “Yo soy Giselle, Giselle Bunchen.”

José Fernández del Vallado. Josef. Dic 2008.

sábado, diciembre 13, 2008

Madrugada; seis en punto: -2º C.

Madrugada; seis en punto: -2º C. Una furgoneta Renault se detiene ante un edificio en construcción. Un operario comienza a descargar sin ayuda hasta veinte sacos de cincuenta kilos cada uno de argamasa. Termina, se detiene un instante, enciende un cigarro, da unas caladas, coge una pala y de un montón grande de arena separa otro más pequeño. A continuación, con un cuchillo, toma un saco de cemento y lo rasga por su parte superior. Lo coge, lo vuelve y lo vacía sobre la tierra. Se detiene un instante, la pala aferrada a las manos, la cara desencajada, suda a borbotones. No abre la boca mientras remueve la mezcla de cemento arena grava y agua; es adulto, peón de albañil experimentado. Al cabo de un rato aparecen cuatro más, saludan y se van a otras áreas de la construcción. Pasadas unas horas, continúa, y la gente comienza a circular por la calle, con prisas, nadie le presta atención. Amasa el cemento que servirá para construir el hogar que cobije a los desempleados en paro, los policías, los estudiantes universitarios, los jubilados, los futuros atracadores, y en los pisos más caros, algún industrial que vivirá del pelotazo y follará con una vedette del porno.

A la una y media finaliza de construir un tabique, se detiene mira el reloj, da un silbido y todos se dirigen a la casa de comidas: “El Pavo Asado.” Piden el menú del día: De primero, huevos fritos con patatas y chorizo, de segundo, chuleta de cerdo con tomate. De postre helado de vainilla, café y copita de brandy, invitación de la casa. Fuman, ríen y hablan sobre partido de la tarde y lo que ganan los del fútbol. A las dos y media ya están de nuevo en faena. A las siete de la tarde Pere, Yayo, Mjemet y Rukas, finalizan; Manolo prosigue hasta las ocho y media, cobra horas extras.
Cuando termina, monta en la furgoneta, sale del centro y se dirige hasta su piso en la localidad de Rivas Vacía Madrid, a diecisiete kilómetros, por una carretera accidentada y de noche.
Llega a su casa a las nueve y media, el partido ha empezado. Abre la nevera que hay en el salón – no cabe en la cocina – coge unas latas de cerveza, malhumorado vocifera a su cónyuge y exige la cena.

Svetlana, su mujer, acaba de volver del taller de costura donde lleva todo el día enfrascada. Trabaja sin contrato, no tiene papeles, es búlgara, a fin de mes recibe lo suficiente para pagar el colegio privado de su hijo Manuel, de seis años. Entre semana, Nadia, su hermana, se ocupa del niño durante la mayor parte del día. Acaba de recoger al hijo y acostarlo, pero con las prisas y el temor a su marido, al preparar la pescadilla rebozada, una gota de aceite estalla y le quema una mano.
Hambriento, Manolo o Manuel, padre, entra en la cocina y sorprende a Svetlana sentada sobre el taburete observándose la quemadura. Furioso, le pregunta.
- ¿Y qué tontá te ha ocurrido ahora?
Sin contestar ella le muestra la ampolla en la mano. Manuel o Manolo libera una carcajada de burla y dice.
- ¿Sólo es eso? ¿Tan floja soi la puta extranjera?
Y prosigue.
- Deso colecciono yo. ¡Mira!
Y le enseña con orgullo sus palmas cubiertas de ampollas. Luego continúa.
- Nunca serás capá de ser una muje como Dio manda ¿verdá?
Le agarra de un brazo, la obliga a levantarse, y le da un par de bofetadas. Luego, declara.
- Vamo. Terminaya de haceme la cena. ¡La quiero ahora mimo!
Y se retira al pequeño salón donde el voceo del comentarista y el clamor de fondo de la multitud martirizan el ambiente.

Svetlana se inclina, apoya los codos sobre el tablero de la cocina, baja la cabeza, y se mesa los cabellos mientras gime. Es jueves, lleva trabajadas más de sesenta horas semanales, los tranquilizantes y ansiolíticos ya no le hacen efecto y por las noches no puede dormir, tiene miedo y una depresión aguda. Tampoco ha ido al médico. No tiene seguridad social y no puede permitirse el lujo de pagarse un médico de cabecera. Desde el salón escucha un eructo y la voz de su marido exige de nuevo:
- ¡Puta! ¿Está lista esa cena o qué?
Y entonces comienza a pensar... ¿o no piensa? Lo realiza de forma mecánica ¿o instintiva? Coge la sartén por el mango y finaliza de elaborar el pescado, deposita el plátano, el yogurt y el vaso de zumo. De forma rápida y nerviosa, su mano se introduce en el bolsillo de sus vaqueros y saca el bote de tranquilizantes, toma cuatro pastillas y las vierte en el vaso; sale de la cocina y se detiene. Embobado por el partido, él alarga una mano y sin siquiera mirar, toma la bandeja con los alimentos. De pronto se gira de reojo, se fija y algo en su mirada se congela. No se mueve y su expresión cambia. Muy bajo, con mucho cuidado, murmura:
¿Eh..? Svetlana ¿Te pasa algo?
Ella tiembla, niega mediante un gesto espasmódico. Él se fija en sus ojos, no los reconoce. No son los de la Svetlana dulce que conoció; ni los de la enamorada que le amó; ni siquiera encuentra rastros de afecto, en cambio cree intuir un desamor profundo, visceral. Tampoco son los de una puta indefensa, sino los de una mujer embargada por el odio, pero sobre todo el miedo y el resentimiento.
Ambos permanecen en silencio, observándose, descubriéndose; distintos y extraños, en el tiempo, en los conceptos y en la vida. ¿Podría haber solución al problema? Tal vez hace algún tiempo; ahora, ya no...
Un rato después Manolo o Manuel balbucea: ¡gol! Profiere un gritito suave y un lejano “Hala Madrid”que apenas se oye surge de sus labios y se pierde en el aire enrarecido de la estancia. Entra en un profundo sopor, no puede ver, no puede oír, atrapado en un sueño inevitable...

Svetlana, lo evita, saca al niño de la cama y lo arropa. Sale a la calle y llama un taxi. Se dirige a la estación de autobuses y con el dinero que ha ido ahorrando, obtiene unos billetes para Bulgaria.

José Fernández del Vallado. Josef 2008.




miércoles, diciembre 10, 2008

Grieta.

Un hombre viejo, en el campo, con la cabeza cubierta por un sombrero de ala ancha, avanza despacio, con un saco de esparto ceñido al cinto. Con sus manos rugosas, toma la pértiga y bastonea el olivo para desbrozarlo. Las aceitunas verdes van cayendo como una fina lluvia de simiente. Se levanta y estira los brazos para sacudir la modorra. Al fondo está el cauce del río, seco, con los cantos rodados y pulidos, y al otro lado, las quebradas, presidiendo el horizonte como yelmos roídos. Y detrás una valla de alambre roñoso. Antes no había zonas acotadas, sino campo abierto y hombres que se batían palmo a palmo por una libertad bajo amenaza. Entrecierra los párpados y traga la poca saliva que le queda; una gota de sudor se desliza por su rostro y humedece y sala sus labios. 

Comenzó a ver a su madre de tarde en tarde, le acariciaba la nuca y le pedía que saliera a saludar a los hombres. Pero él no quería ver a nadie, ni comer, ni moverse, sólo distinguía a los milicianos en la grieta, cercados por el ejército fascista, sudando, sabedores de que si los descubrían, estaban listos. “No hay grieta, ni milicia, hijo”. Ella tampoco los veía. Él sí, tan estrecha, como la abertura de una cremallera. “Huid,” les decía. “Escapad,” suplicaba. Pero la noche caía como una tela de tul y allí permanecían, esperando a la muerte o al día siguiente. Cuando la fiebre lo dejó en un estado de somnolencia apareció en la puerta de la habitación, casi translúcido, el padre. “¿Los ves?” Le preguntó el viejo a su viejo. La madre contuvo un sollozo. Arrastró una silla y se sentó en silencio. El padre negó una vez; fue suficiente. De nuevo Navidad. Habría pavo confites y turrón de Mazarrón; bizcochos borrachos y borrachos tambaleándose en las aceras y en la calle. Dentro, un viejo solitario. 

Lo supo esa Navidad, no antes; el doctor vino a verlo. Lo hizo pasar a la cabaña. Se sentó frente a él en la hamaca, lo miró de frente y pidió un vaso de tinto. El viejo empezó a contarle cosas del campo, como decaían los olivos. “Habrá que remover la tierra y dejar el rastrojo. Mis padres me ayudarán...” 
- No hay padres, Don Fabián – le censura el doctor. – Son irreales, visiones suyas. Como lo de la grieta. Vendrá conmigo al hospital. 
Él se vuelve, sus ojos de un azul profundo inquieren llenos de vida. 
- ¿Cuánto…?
- No sé. Días. Tal vez un mes. 
El viejo sonríe. Acoge la mano del doctor y murmura. 
- Suficiente...
Y con voz queda, añade.
- Yo los maté. Tendré tiempo de sacarlos de la grieta y enterrarlos en el camposanto.


José Fernández del Vallado. Josef. Diciembre 2008.



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