martes, diciembre 29, 2009

Chous Reales.


Estos últimos domingos al presenciar el programa de Jesús Calleja me he dado cuenta de lo rápido que pasa el tiempo y lo certeramente que... ¿involucionamos?
Recuerdo hace años – finales de los setenta (siglo pasado) – cuando una pelí tocaba el tema de las emisiones televisivas en directo y las mostraba como un despreciable asunto del futuro.
El film trataba como captaban en directo las últimas semanas de un hombre aquejado de cáncer. La persona que lo acompañaba – una vez ganada la amistad o el amor del protagonista – se hacía instalar una cámara en el globo ocular. De tal forma el personaje principal no podía saber nunca que estaba siendo filmado en directo, y delante de millones de personas, iba desgranando sus sentimientos más íntimos hasta llegar a la agonía.
Por cierto, lamento No recordar el título de tan espléndido metraje.

En la actualidad los “Reality Show” (Chous Reales) son un hecho de tal magnitud que muchas de sus emisiones se cuentan entre las más populares de nuestra masificada sociedad.
¡Aviso! Para quien no se haya dado cuenta a “estas alturas:” Ya estamos en el futuro. Y el morbo, la muerte en directo, las peripecias por las que nunca seremos capaces de atravesar debido a nuestros físicos laxos, mentes débiles, y mal preparadas en nuestra distorsionada actualidad, nos atraen igual que a las moscas la mierda.

Es más, soy de los que creen que tras presenciar el programa del Señor Calleja habrá una serie de lamentables casos que espero no se traduzcan en muertes irresponsables. Debido a que quienes presencian dichos programas no están, para nada, involucrados en su realidad; sino dulcemente recostados sobre un sofá tomando una ración de Telepizza con Coca Cola, patatas fritas y palomitas.
Temo que tras presenciar la aparente desenvoltura con la cual nuestros héroes culminan sus hazañas, creyendo asimilada la lección que el Señor Calleja nos imparte, algunos, de forma irresponsable, decidan lanzarse a la aventura por sus propios medios.

Aviso: ¡La montaña no es moco de pavo!
Y más cuando yo mismo, de forma irresponsable, me apunté a escalar un volcán de sólo: 2.845 metros en Chile, en el que si no fallecí en parte se debió a una gran dosis de fortuna.
Así pues me limito a recomendar a quien de repente le entren las inusitadas ganas de vivir una aventurita, antes de nada, se inscriba en un buen club de montaña y permanezca, como mínimo, un par de años preparándose con personas experimentadas.
La realidad no tiene que ver con los Chous Reales.
Finis coronat opus: “El fin corona el esfuerzo realizado.”

Un abrazo.

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José Fernández del Vallado. Josef 2009.





jueves, diciembre 10, 2009

Siete Llaves y El Templo.


Siete Llaves y el Templo narra la controversia que se desencadena en la ciudad de Toledo (España) y más allá de las fronteras, por acceder al Templo –secreto – de Hércules. El cual está protegido, en primer lugar, por la Iglesia; en segundo, por la hermandad de los Discípulos de Hermes, que pese a haber sido denunciada y perseguida en tiempos pasados por el Santo Oficio (inquisición), muestra el mismo interés – tiene sus razones – en que el Templo no salga a la luz.
Interviene de forma activa un chico que se queda en el paro y trata de ayudar a una de las fieles adeptas de la hermandad por quien se siente intrigado. En tercer lugar tenemos a la Policía Científica, que desarrolla un papel fundamental en su labor por desentrañar los crímenes que la secta maligna: Los Hermanos de las Tinieblas, cometen.
Dicha congregación tiene como objetivo capturar las siete llaves (cada persona representa una llave) que preservan las puertas del templo, mediante ritual sacrificarlas y extraer sus claves ocultas...

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jueves, diciembre 03, 2009

Sigo caminando.




El jueves, salgo a dar una vuelta. Hace una gélida pero reconstituyente brisa del norte.
Camino decidido por un altozano que mis ojos reconocen de siempre. Nada ha cambiado excepto matices. Los árboles parecen más viejos. ¿Son los mismos o cayeron tras el último incendio? Tal vez no, siempre renacen. Da igual, es imprescindible caminar...
Sucede en un instante; me despisto, me enredo en unos matorrales, estoy fuera del camino. ¿Dónde estaba el atajo? Me inquieto y en seguida me doy cuenta: No pasa nada. No hace falta fijarse una ruta y tampoco es necesario atajar. Es cuestión de olfato e intuición.

Sigo caminando mientras degusto aromas a libertad, creo que – justo ahora – estoy en una época adecuada para disfrutar; justo cuando el mundo se queja del mundo. Es cierto. Nunca pasé una temporada tan a gusto como hoy al saberme a solas conmigo mismo.
¿Hay crisis? Se me olvidaba. Bien... Nos abrochamos el cinturón y tiramos para adelante. Después de todo, nada es tan grave como vivir una conflagración, dentro de lo que cabe ni siquiera me ha tocado aguantar la cruz que soportaron mis abuelos. Ahora vivimos cómodamente instalados en la paz de un bullicio actualizado. Además, hace tiempo que no discuto con nadie, claro que casi nunca tengo a nadie que aguantar; es raro... ¿verdad? Y aún así las cosas se presentan ¿difíciles? Y qué es la vida sino un manojo de dificultad.

Sigo adelante. Me detengo unos instantes y disfruto del aroma de un arbusto de tomillo.
No... Quizá lo parezca pero tampoco estoy enamorado aunque el amor esté cerca, me ronda, puedo intuirlo detrás de cada nueva fragancia. Tampoco hay que ponerse histérico por no encontrar el amor deseado. A fin de cuentas, luego acabas atado.
Ahora puedo ser plenamente egoísta y disfrutar de mis recuerdos, alimentar ilusiones y viajar con las manos dentro y fuera de mis bolsillos, sin agarrarme a la cintura de nadie. Me gusta la soledad, me costó empezar a disfrutarla. Al principio me quejaba de ella, mi vida era demasiado social. Ahora soy un ser libre que campa a sus anchas sin que nadie le tome una sola fotografía escribe y el día menos esperado se perderá en las páginas de un libro.

Estoy solo y amo la vida, me gusta observar a la gente y estudiar sus reacciones.

Descubro una pradera llena de florecillas sin pisotear y avanzo con cuidado por ella. Soy el primero en llegar a este curioso edén de la naturaleza.
Pienso en lo que dejé atrás con la tranquilidad de saber que cerré una etapa de mi existencia y que la vida continúa.
Tal vez cuando muera siga caminando por el mismo prado inviolado. A lo mejor la vida no consiste nada más que en eso, en sentirse uno mismo completo y sin fisuras, compacto y seguro, mientras avanza en libertad recorriendo las vastas extensiones de la historia...
Mañana tal vez no salga el sol. Es igual, buscarlo donde quiera que esté es y será mi misión en la vida.

Hasta siempre.



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José Fernández del Vallado. Josef. Dic 2009.



domingo, noviembre 29, 2009

Avenida Marítima.



Solía ver a Silke y a su acompañante – un hombre alto y de mayor edad – en la playa, junto al malecón, y por la tarde en el bar. Se sonreían, jugueteaban se besaban y hablaban en un murmullo mediante su ininteligible alemán.

Me cruzaba con ella bastantes mañanas en la Avenida Marítima.
Era alta, estilizada, de porte elegante. Pasaba a mi lado caminando rápido, con paso decidido; los cabellos rubios, formando bucles sobre su frente, ondulándose con la brisa estival, el semblante sonrojado y su fuerte aroma a violetas. Sonreía a la calle a los árboles y al mundo.
A menudo solía verla sola en las temporadas invernales en las que él se ausentaba. Durante los días de galerna se sentada en el bar, pedía té con limón, leía libros y no hablaba con nadie; nunca supo español.
Dicen que en la casa donde vivían, en lo alto de la loma, frente al océano, organizaban grandes eventos a los que acudía gente influyente.
El mismo año en que falleció el Generalísimo* aquel hombre desapareció.
Dicen que la abandonó…

Tal vez a la espera de su regreso siguió viviendo en el pueblo. Solía cruzarme con ella bastantes mañanas, en la Avenida Marítima.
En un par de años dejó de parecer alta, adelgazó, los cabellos rubios le encanecieron y el semblante sonrojado se tornó pálido y demacrado. Pasaba a mi lado con un andar indeciso, ya no sonreía y su mirada era similar a un grito desesperado.
Dejó de vivir en la casa de la loma y comenzó a hacerlo en mi edificio, en la misma planta que yo, justo en la puerta de enfrente.
La mañana en que por primera vez llamó al timbre de mi puerta, lo hizo para suplicarme por señas que pidiera una ambulancia.
Fue verla y supe que se encontraba muy enferma.

Le detectaron cáncer de páncreas. Tres meses duró su enfermedad. Suficientes para conocernos, amarnos y hacerla recobrar su autoestima.
Junto a mí Silke volvió a ser hermosa, volvió a sonreír, y aunque casi no nos comprendiéramos conversábamos durante largas horas sin cesar de reír, mirarnos, acariciarnos besarnos y luego hacer el amor… hasta que su cuerpo dijo basta.

Organicé pagué y acudí a su sepultura… a solas. Deposité un gran ramo de violetas.

Dicen que el hombre al que amó era un criminal y asesino, un ex nazi alemán de las Waffen SS, y que ella fue su ramera. Yo, en cambio, nunca le concedí importancia al detalle, y en el escaso margen de que dispusimos jamás hablamos de él ni de su pasado. Para mí Silke fue sólo una mujer que de forma involuntaria se comprometió a amar lo incomprensible. E incluso, pienso, que tal vez nunca lo supo o su mente se negó a abrir espacio a una realidad pavorosa.
Yo la amé desde el primer instante para siempre, y aún hoy la sigo amando durante los días de galerna, en los momentos en que pensativo me detengo y contempló su lugar vacío en mi bar...



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Generalísimo:* Dictador, Francisco Franco.

José Fernández del Vallado. Agosto 2007.



viernes, noviembre 27, 2009

Enamorado...




¡¡Rummm Rummm Rummm. Trakla, trakla, trakla!!

Martín Prieto abrió los ojos a un nuevo día y se levantó de la cama.
Hacía un sol espléndido, un rayo de luz que atravesaba su habitación dividiéndola en dos trazos desiguales corroboraba su impresión. Se asomó al ventanal que daba a la vega donde se extendían las cosechas de maíz y cebada. Había polvo por todas partes. Las grúas habían empezado a hacer su trabajo y destrozaban sin miramientos las frondas de la naturaleza; la civilización llegaba veloz. Sólo dos semanas habían tardado los regidores de la comunidad en planificar el nuevo trazado de la M-90.
Volvió la vista hacia la izquierda y allí estaba la vieja vereda que durante más de treinta años había utilizado para ir a visitar la casa de Susana. Aún no la habían tocado, no tardarían en hacerlo, y entonces Susana y con ella el pasado de su vida, se desmoronarían en un abrir y cerrar de ojos.
De no haber existido Susana ¿qué habría sido su vida? se preguntó de repente. Resultaba inquietante pensar como a veces una persona puede marcar el destino en la vida de otra. Y a él le había sucedido. Susana sin duda le había dado la fe y la energía, pero sobre todo las alas necesarias para sobrevivir en este mundo. Y sin embargo, ahora, apenas faltaban minutos para que la brusca sacudida de un brazo metálico segara su unión y sin ella ¿qué le quedaba a Martín Prieto?
Los ochenta y cuatro años que soportaban sus huesos eran un récord inimaginable para él. Jamás soñó con la posibilidad de alcanzar semejante longevidad, pero sabía que si aún estaba ahí sin duda era gracias a ella.
Volvió a mirar la vereda y ahí estaban: Sesenta años antes, él y ella subiendo el repecho que conducía a la iglesia de Don Juan, cargados con los fardos de arroz, las pesadas bíblias y los libros de estudio; jóvenes, fuertes y alegres. Volvió a contemplar la vereda treinta años después, marchando hacia el norte se perdía en el horizonte camino de otras ciudades. Y él, al igual que muchos jóvenes del pueblo, anheló recorrerla.
Jamás llegó más allá del hogar de Susana. No fue capaz de despedirse de ella, ni de escupir falsas promesas de retorno. Sobre todo, viéndola allí cada día, tan pura y lozana, recostada sobre el marco de su ventana.
Después de un tiempo Susana se fue. Volvió al cabo de unos años. Se desposó con otro hombre, un afable granjero del norte. Pero nada había cambiado y él siguió esperándola. Por alguna razón sabía algo desde siempre: Su vida estaba ligada a la de ella y no podría amar a nadie más. Domiciano, el marido de Susana, murió en un triste accidente de tráfico. Ella tardó en superarlo, pero transcurridos unos años volvieron a ser los de antes; es decir, a estar juntos. Cada cual en su casa, pero juntos...
Así fue como Martín Prieto vivió enamorado toda su vida y ahora la civilización llegaba veloz, con el antifaz de la muerte estampado en los brazos metálicos de sus magníficas máquinas. Y también con un recado letal escrito en aquella hermosa mañana de mayo...


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José Fernández del Vallado. Josef 2009




miércoles, noviembre 18, 2009

Tras los pasos de Shackleton.




Detrás de mí sentí un resuello. ¡Tenía miedo! Estaba sin rumbo. ¡Perdido en la oscuridad de la noche boreal!
Había cavado un hoyo en la nieve helada donde me había ocultado y arropado huyendo así de la presencia de feroces depredadores que me acechaban desde hacía semanas, meses o más...
Encerrado en mí mismo recordaba el aliento cálido de Roxana mi mujer, y la risa fácil y preciosa de Milena mi hija, ambas extraviadas en cualquier lugar de un planeta desmadrado desde no sabía cuando.

Me recogí en posición fetal, para no perder un solo grado del calor preciso para sobrevivir.
De pronto detrás de mi el resuello tomó forma y habló. Pasó a ser una voz en mi subconsciente que me alentaba:
“¡Come! Tienes que alimentarte. Si no morirás de anemia y deshidratación.”
Afortunadamente debido a la experiencia de los hombres de Shackleton – el inglés expedicionario del antártico – sabía como hacerlo.
Yo estaba en el ártico pero daba exactamente igual. El hielo no podía chuparse ni lamerse directamente, pues estaba tan frío que con que lo hicieras pasar sobre los labios podía quemarte como si fuera hierro candente. Pero si se vertía en un vaso por la noche unas doce horas, se derretía y podías beber un estimulante trago de agua.
Sucedía cada vez que lograba beber. Me sentía más a gusto y relajado, casi tranquilo, con el bienestar necesario. Y el sueño se repetía.

Yo seguía acurrucado sobre mí y de repente gateando por el angosto túnel aparecía ella… Roxana. Llegaba hasta mí se ponía de rodillas me daba un beso en la frente y me preguntaba lo mismo:
“Cariño… ¿Que tal estás?”
Yo la miraba y una vez más me cercioraba de que era ella. Entonces trataba de contestar. Y cuando iba a hacerlo me daba cuenta de que algo, como una bola muy grande de bilis, aprisionaba mi garganta y tan sólo era capaz de balbucir una serie de gemidos aislados.
Despertaba sudando en el interior de aquella horrible caverna de paredes blancas y gélidas y gritaba, chillaba ¡aullaba desesperado mi absoluta soledad! A continuación lloraba y callaba, callaba y callaba temblando. Mientras aguardaba el momento en que el depredador o las fieras alertadas por mi estúpido estruendo entraran a devorarme.


Charla en el despacho del doctor Higueras Landa:

— Y bien señora Roxana ¿cómo encontró hoy a su marido?
— Si le soy sincera doctor ¡creo que ha mejorado! Ahora me mira con más atención y sé que me reconoce. Lo percibo.
— Sí, es cierto. Puede que la reconozca. Pero me temo que aún no ha salido de su trauma y sigue refugiado en su estado catatónico.
— Sí. El accidente fue muy grave. Yo nunca hubiera podido resistirlo. Quedarse encerrado así, en el congelador del barco pesquero donde faenaba mientras hacían escala en Terranova. Uf… Fue un accidente terrible y desafortunado.
— Lo sé y lo siento de veras señora Roxana. Lo que no entiendo es cómo se le ocurrió meterse ahí. Sabiendo que la puerta si se deja abierta se cierra de forma automática a los quince minutos. Y además, era su turno de guardia y la tripulación estaba fuera, ya que libraban durante cuarenta y ocho horas.
— Oiga, Doctor... Cuénteme una cosa.
— Diga Roxana.
— Cómo... ¿Cómo se salvó? ¿Cómo lo encontraron? Lo cierto es que entre la policía y algunos marineros me han contado tantas versiones ya que me gustaría saber la verdadera... Si es que la hay una, claro.
— ¿¡Pero cómo!? ¿No lo sabe?
— Ja… Pues la verdad. Estoy hecha un lío.
— Verá, su marido es muy sagaz señorit… Hum señora López. Cuando la puerta se cerró su marido sin duda supo que estaba perdido dentro de aquel compartimiento insonorizado y a menos 40ºC. Pero no desconocía que aparte del congelador central para el pescado había otro para la carne que estaba a menor temperatura.
— ¿A qué temperatura?
— A menos 10ºC tan solo, y el llevaba una pelliza y guantes. De modo que se introdujo allí, se encogió como pudo y aguardó a la providencia. Sin embargo la suerte no lo ayudó demasiado pues ni uno solo de sus compañeros se adelantó; sino al contrario, llegaron con seis horas de retraso. Y cuando lo descubrieron estaba en un estado lamentable. Por cierto hay algo que me llamó la atención.
— Diga doctor.
— Llevaba un volumen de la expedición de Shackleton a la Antártida. Estaba tan fuertemente aferrado a él que nos costó quitárselo de las manos. Es más, cuando lo hicimos, se puso a gritar como un endemoniado. ¿Sabía usted algo de su afición a los polos?
— ¿A los polos? ¡Ah! Pues sí... Le gustaban, le encantaban los polos de chocolate. Pero ¿el frío y esas cosas? Porque se refiere a eso ¿no?
— Sí señora. A eso voy...
— ¡No! No por dios. Eso le horrorizaba. Le volvía loco de espanto.
— Gracias Roxana ya puede marcharse. Y descuide, por ahora su marido está en las mejores manos. Fíjese que cuidamos de que se alimente cada día y parece escucharnos. Claro que nos hemos dado cuenta de que no conviene hablarle de frente. Es mejor hacerlo por detrás y pegado a su oreja. Entonces parece escuchar. ¿Que tonterías verdad? ¿Me estaré volviendo loco? Ja…
— No me diga más doctor... Así es la vida.


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José Fernández del Vallado. Agosto 2006.


lunes, noviembre 02, 2009

"La sangre sobre la nieve es más roja".





La sangre sobre la nieve es más roja. Debieron elegirme mientras dormía. El amanecer me sorprende. El redoble de los sablazos con los miembros insensibles apenas es nada. Las piernas se separan como rodajas de camembert. La respiración es como un fuelle desbocado. Los gritos en la niebla resultan etéreos, el tiempo no existe; el hambre es atroz, el corazón está en mi cabeza, en mi boca hay un sabor acre a café pero es sangre y sus miradas no expresan emoción mientras devoran mis piernas congeladas. Ya no me impresiona.

José Fernández del Vallado. josef 2009.


miércoles, octubre 14, 2009

A todos.


Queridos amigos, muchos, algunos o todos habréis advertido algo; mi producción se ha detenido.
Esto significa dos cosas; una buena y otra mala. La mala es que de momento me he cansado de escribir más relatos, pero si ha sido así es por culpa de la buena. La buena es que hace más o menos una semana comencé a escribir un libro del que, de momento solo puedo daros un par de referencias. Es novela negra mezclada con “Dark;” es decir, satanismo. Y no pienso decir más. De momento llevo unos diez folios y me está costando bastante; la novela es el rey de la Narrativa, es lo más difícil y si he decidido enfangarme en un camino tan difícil ha sido porque ahora, por fin, me encontraba preparado, para escribir algo de cierto nivel (espero).
Por otra parte hoy me traslado al sur una semana o diez días. Allí seguiré escribiendo en una chalet junto al mar donde espero estar más inspirado y con los sentimientos más acordes a la novela.
Así que no os preocupéis, cuando vuelva quiero intercalar algún relato o tal vez un capítulo de la novela. Daré señales de vida y por supuesto leeré vuestros blogs, necesitaré hacerlo para ver en qué estáis metidos también.
Os adora y necesita con todo el respeto del mundo.

Josef.

José Fernández del Vallado. Josef. 14 octubre 2009.






lunes, octubre 05, 2009

Cosas que no deben hacerse a la ligera.




Me convencieron el día anterior. La ascensión estaba tirada, me aseguró un hombre con labia y cara de saberlo todo. Le creí. Pagué por adelantado.

Me despedí de M con un “hasta luego” y a las siete de la mañana estaba ante un grupo de rostros nerviosos y desconcertados.
Nos dieron a todos lo mismo: Un forro polar, guantes, unas gruesas botas, pantalones impermeables, piolet, crampones. Llevaba también unas gafas, un gorro y una mochila con dos sándwiches, chocolate, un par de plátanos y dos naranjas. Preguntaron si alguno estaba afectado del corazón, hubo un problema con alguien, tardó en resolverse un par de horas de inútil espera. Al final excluyeron al hombre que, empeñado en subir y también en morir de un paro cardiaco, no cesaba de quejarse y protestar.

Nos pusimos en camino y me di cuenta enseguida; me molestaba todo. Hacía un día soleado pero traicionero; un viento cálido y racheado barría las alturas y se transformaba en glacial. Las botas pesaban un quintal, los guantes eran demasiado calientes, los crampones dolían en la espalda y la mochila era incómoda.
Comencé a subir y comprobé que caminando entre lava descompuesta no me desenvolvía tan mal; es más, en una hora mi cuerpo había entrado en calor y me sentía más animado. Nos deteníamos a veces y comprobábamos como un mar de nubes comenzaba a formarse a nuestros pies.

Tras marchar durante un tiempo indeterminado empecé a darme cuenta; la cosa no iba a ser tan sencilla. De vez en cuando nos cruzábamos con gente a la que bajaban resollando, con el rostro desencajado, la mirada perdida y el tobillo torcido o una pierna rota.
Me dije a mí mismo que a mí eso no me iba a suceder.
Al cabo de cuatro horas alcanzamos una impresionante pared de hielo y nos detuvimos a almorzar. Tras lo cual sacamos los crampones y con ayuda del guía nos los fijamos supuestamente bien a las botas. Para tranquilizarnos nos dijo: “A veces se marcha mejor con crampones y otras peor.”

¡Y un carajo! Cuando comenzamos a ascender por la pared de hielo la cosa cambió. Las piernas se convirtieron en losas que, a cada movimiento de avance, se clavaban y había que extraer con dificultad. Me di cuenta enseguida. Gastaba las energías que antes había conservado.
Las bajas comenzaron a sucederse. Primero un abandono, luego dos más, y hasta cuatro. Seguíamos ascendiendo y a medida que el frío se intensificaba el guía parecía hallarse más inquieto. De pronto estuvimos envueltos en un paisaje blanco en el que vislumbrar a los compañeros era una hazaña, y comenzó lo peor. El guía se puso nervioso. Quería hacer cima cuanto antes y empezó a caminar a un ritmo excesivo. Yo me situé detrás y lo seguí como pude. Mi corazón se convirtió en una máquina express, mis piernas eran troncos de madera podrida y el dolor muscular, el dolor muscular ¡Ohhh! Mentalmente podía seguir, mi mente me decía adelante, pero físicamente estaba roto.

El guía se detuvo miró en derredor y comentó: “Esto está feo.” Entonces preguntó: “¿Continuamos?”
Ni siquiera pude contestar a su pregunta, lo cierto es que no era capaz ni de hablar. Mis dientes castañeteaban, estábamos envueltos en medio de la tormenta. Los otros cuatro que quedaban, asintieron. Y él dijo “adelante.” Arrancaron y yo no pude moverme un centímetro. Se empezaron a difuminar en la blancura de la nieve, grité cualquier cosa. Me respondió una voz sepulcral tras un velo de bruma. “Quédate ahí. Un compañero mío va para allá, te bajas con él.”
Así me encontré solo en medio de una tormenta de nieve a unos dos mil ochocientos metros de altura. Lo más curioso es que no sentí miedo, creo que tampoco tuve fuerzas para pensar en las posibles consecuencias de mi situación. En cambio, recuerdo, me sentí extrañado de encontrarme en un lugar tan parecido al ártico. Era algo fascinante y tan peligroso. Logré caminar unos seis pasos a mi derecha y sentí dolor por todo mi esqueleto.

Surgiendo de entre las sombras, como un ángel sombrío, apareció un ser humano y me habló.
“Quítate los crampones y me sigues.”
Ni siquiera le respondí, lo miré confuso y alucinado.
Cuando me saqué los crampones descubrí que con aquellos guantes de esquimal me resultaba imposible abrir la mochila y meterlos. Me los quité, abrí la mochila y de repente me di cuenta. Llevar a cabo una operación aparentemente sencilla me estaba costando muchísimo. Sentí un dolor insoportable en mis dedos y supe lo que estaba pasando: Se congelaban. Logré meter los crampones a la primera cerré la cuerda con dificultad y cuando me puse los guantes no sentí las manos. Comencé a golpearlas contra las piernas y en unos segundos noté dolor, luego picor y en instantes se restableció la circulación.

Comenzamos a descender por un canal, como si fuéramos pingüinos o críos resbalando por un tobogán... ¡de hielo!
Cuando por fin alcancé la zona de tierra tenía calambres por todo el cuerpo y creí que no podría seguir. Pero poco a poco proseguí el descenso, atravesé las nubes, y me sentí renacer, lo había conseguido. La broma casi me había costado el pellejo.

Pero por fortuna estoy vivo y hoy, después de algunos años, os lo pude contar. Esta aventura sucedió en realidad.

Un abrazo.

José Fernández del Vallado. Josef. Octubre 2009.


sábado, octubre 03, 2009

Segundo Round.




Perdimos de nuevo. El chauvinismo y las ínfulas de superioridad del madrileño medio se estrellaron, y con ésta van dos, contra la realidad planetaria: Madrid no es el centro del universo. Tan solo una ciudad de segunda línea y del orbe. Ni siquiera se encuentra en la lista de las principales ciudades de nuestro planeta. “Las ciudades con las que ha caído Madrid (Londres y París en Singapur, Río en Copenhague) están en primera línea del concierto mundial.” Esto no sólo lo afirmo yo, lo dicen medios de prestigio, aquellos que saben contrastar la realidad con las apariencias, y quienes viajan por el mundo.
Hay una serie de ciudades, en Europa: Londres, París, Berlín, Roma, Barcelona, Estambul, Atenas y Moscú. En Asia: Tokyo, Singapur, Pekin, Bangkok, Hong Kong, Nueva Delhi. En África: El Cairo, Johannesburgo. En Norteamérica: Toronto, Los Ángeles, New York y Ciudad de México. En Sudamérica: Río De Janeiro y Buenos Aires. En Oceanía: Sydney (quizá me haya dejado alguna pero hay pocas más) que tienen ese estatus.
Seguir intentándolo está en nuestra mano; se puede lograr. Pero hay que tener humildad y reconocer que ascender ese peldaño no depende solo de nosotros, sino del prestigio y reconocimiento que obtengamos en el mundo.
Hasta la siguiente oportunidad.
¡Un abrazo!

José Fernández del Vallado. Josef. 2009.


jueves, octubre 01, 2009

Valparaíso: Valpo.


Valparaíso es una ciudad muy antigua; con sabor a añejo. En la zona denominada El Plan se encuentra una calle que por las noches se transforma en un canal lóbrego e intransitable de una sola dirección. Si me preguntaran cien veces su nombre no acertaría a pronunciarlo; sencillamente no lo sé, pues nunca lo evoco y siempre lo olvidaré; excepto cuando regreso a la fascinante ciudad. Es una calle con magia; la magia de la historia, las batallas y el paso del tiempo, pero sobre todo el hechizo de la sabiduría y la vejez.

Estuve allí con la brujita que amé. Ella me la descubrió, perdiéndonos en su arquitectura interna caminamos por sus aceras calientes, revestidas de lava, bordeadas por abismos insondables, asediados por ratas grandes como gatos, gatos grandes como tigres, perros sabios y una comunidad compuesta por personajes reciclables descendientes de diversas etnias y nacionalidades, que suben y bajan como termómetros alterados de El Plan a los Cerros en unos elevadores que son sarcófagos de lujo.

Si buscas la calle de la magia no la encontrarás, pues de día se transforma en cualquiera, en cambio, de noche no sé ve. Se adivinan las formas y perfiles de las sombras, el aroma o el tufillo es importante para diferenciar la maldad y la ignorancia de la sabiduría. De vez en cuando, cuando no hallas el sabor de un beso perdido, un zarpazo de aire abrasa tu piel.
Sin embargo, lo más asombroso te sucederá si te aventuras a pasar una noche en una de sus pensiones. No son tal sino laberintos de mil pasillos y cien mil estancias sin iluminación, donde toda la luz la irradia una única bombilla; la de tu corazón. Ves porque eres sincero y porque amas, aunque ella, sea una brujita.
Dicen que si logras pasar una noche habrás conseguido el billete para volver no sólo a ver la ciudad, sino a renacer otra vez. Nadie sabe dónde ni con quien. Pero eso, naturalmente, no es lo más importante. ¿Verdad...?

José Fernández del Vallado. Octubre. Josef. 2009.


miércoles, septiembre 23, 2009

Sensaciones al borde del tiempo...


Desde un principio tuve una sensación; quien conducía no era yo. Había vehículos cuyos haces de luz se concentraban y formaban extravagantes trazos de rutas sin orientación ni sentido. Era un amanecer diferente. Una luz ocre y opal envolvía el firmamento de un matiz que desataba nostalgias fáciles, de origen netamente desconocido, diferente a otras veces. No, esta vez nada era igual. Todo resultaba incuestionable y anodino, de una tristeza absurda y sentimental, como un amor soberbio lo es en su recta final...
Quien manejaba era yo o quizá no; aunque en el fondo daba igual, pues sabía que mi vida no estaba ligada a mis manos, nuca lo estuvo. La ruta se adentró en un pasaje encerrado en árboles ralos y enfermos, ascendió colinas yermas, recorrió explanadas como desiertos calcinados de temperaturas mortales, hasta alcanzar la estructura de poliuretano sintético en la cual se introdujo.

En su interior vehículos tripulados por un solo conductor, por lo general trajeado y cuando no exhibiendo un gabán blanco mate, se arremolinaban y giraban sin aparente sentido. Miles de haces de luz brillaban en una procesión solemne, distante y angustiosa, que se prolongó por espacio de días, semanas, años...
Agobiado por una sensación de pérdida, olvido y sinrazón, alcancé el núcleo central y me di cuenta. Tanto mi vehículo como yo éramos absorbidos en una espiral que lo devoraba todo. Entonces lo hice. Metí segunda, pisé a fondo el pedal del freno y ¡logré detenerme!
Los demás hicieron lo mismo. Y aquella nave gigantesca, de millones de metros cuadrados, por primera vez en decenios se paralizó en el más absoluto silencio. No así los faros de los autos que seguían encendidos contemplándose; y tras sus lunas, los rostros crispados de tripulantes que ni siquiera se atrevían a moverse.

Temblando, me decidí. Abrí la portezuela me encaramé al capó del auto y divisé el mar de carrocerías. El grito surgió de mi interior, descomunal, desgarrado. Con un extraño matiz de estupor y de rabia engendrada a través de generaciones habituadas a funcionar con la precisión de relojes; generaciones sometidas al oscuro rencor del trabajo sin conocer el porqué; sometidas al lema del produce y obtendrás. Viviendo bajo terminologías necias, ansiosas, como: Tala, esquilma, extrae, obtén, aprovecha, promueve, remueve, detenta, toma, coge, quédate, posee, tuyo, puede ser tuyo, no te detengas, sigue, corre, despierta, la vida puede ser tuya… ¿Qué vida?

Por eso grité y vomité:

Hasta aquí he llegado. ¡Basta ya de hacer el idiota! ¡Hoy es mi cumpleaños!

Y el imparable avance de la humanidad se detuvo. El planeta conocido como Tierra se detuvo. El Sistema Solar se detuvo. El Universo se detuvo. Y ya nada tuvo sentido, excepto la inexistencia de una nada irreconocible.

Y en efecto, hoy es mi cumpleaños jajaja…

José Fernández del Vallado. Josef. 23 septiembre 2009.


lunes, septiembre 21, 2009

Raíces de silicio.




Al sexto año de casarme con Julia y adquirir Internet, cuando me conecté, no supe como desligarme. Durante las noches mi cuerpo navegaba revolcándose entre páginas porno, páginas fashion, páginas de literatura prohibida, páginas revolucionarias y controvertidas, y en definitiva, las páginas que no les gustan a los políticos porque les dejan en evidencia.

Salía a la calle con los ojos parpadeando como un router y las chicas creían que les hacía guiños, los hombres que era invertido, y las viejitas me lanzaban besos al aire. Entraba en las tiendas y adquiría cables usb, pentdrive, y para no perder la información acumulada, algún que otro disco duro.

La primera vez que caminé por la banda ancha de Internet la noté rugosa y granulada; me tropezaba. Iba de un lado a otro haciendo correcciones, cambiando letras aburridas que pesaban un quintal, juntando frases, uniendo palabras de amor, luchando contra el odio.
Me costó conocer a la familia de Protocolos TCP/IP; cuando me presenté ante ellos me observaron con cierta reticencia, después ya no hubo problema.
Permanecía aferrado a mi ordenador de sobremesa y mis uñas crecieron como ganchos, mi lengua se hizo un cable usb que conectaba con el disco duro, mis ojos dos ranuras verdes, y me fundí en su interior.

Julia lloró mi abandono, mientras yo sentía el cosquilleo de los primeros puertos usb que se abrían en mi espalda, el olor profundo de los diodos de germanio, la avidez de mis raíces de silicio.
Cuando ya el tiempo ha doblado la edad de mi mujer y apenas puede hilar una aguja, sigo resolviendo problemas; soy siempre el mismo. Pero ella no me olvida. A veces, echo de menos el uso del habla para decirle que estoy ahí, a su lado, rozando su semblante cuando me enciende. Creo que ella escucha mi susurro, por eso viene a sentarse todos los días un par de horas; y mientras oye mi música, lee y relee una y otra vez la carta que le escribí hace mucho tiempo, cuando pedí su mano.


José Fernández del Vallado. Josef. Sept.2009.


sábado, septiembre 19, 2009

La cuchilla está desgastada... afilémosla.



La cuchilla está desgastada…afilémosla. Me afeito con parsimonia, pienso en Elisa ¿dónde estará? y ¿por qué el tiempo ha cambiado? Me encuentro mucho más delgado. Debí hacer los deberes ayer. No logro estudiar... y la Constitución oh, la Constitución me vence. ¿Qué debo hacer para ser rey? Lo dice el artículo no sé cuantos: Basta con ser ciudadano español y tener el carné ¿o la carne? en regla. ¡OH Dios! Quiero ser rey y que todos me aclamen a cambio de una sonrisa real.
Pero en qué demonios pienso, debo afeitarme, afeitarme y conectarme al ordenador. Es un Pentium Windows XP CPU 2,80 GHz 3,00GB de Ram y pensar en como voy a encontrarla de nuevo. Claro, el Facebook, buscaré en Facebook, debe estar ahí.

Me afeito deprisa, las orejas me molestan, quizá no debiera tenerlas. Me corto dos veces, me paso papel higiénico – lo cual no es nada higiénico – sobre las heridas. Después voy al ordenador, accedo al Facebook y... ahí está. Después de treinta y dos años sin vernos, no está mal, volver a encontrarla; es justo lo que necesitaba. Lo primero que compruebo: Sigue siendo pintora. Hay una obra suya, se llama: “Cabo de Gata.” Pero no hay una foto donde pueda contrastar su semblante, y dudo si se trata de ella en realidad. Aunque todo parece coincidir. Y Aquella noche ¿por qué recuerdo ahora algo que sucedió treinta y dos años antes? Es agua pasada... pero aquella noche ¡por Dios! Nunca se me olvidará la belleza de su mirada de gata egipcia. Me vigilaba y amaba en la oscuridad y pude verlas, las tumbas de los faraones. Y allí estaba ella, junto a mí, formando parte de mi vida, quizás la única vida que exista y ahora, por qué la echo de menos, por qué echo de menos a ciertas personas que conocí hace tantos años. Me gustaría verlas, saber de ellas, y volver a compartir una cerveza aunque ya no beba y sea abstemio; todo cambia, el tiempo no perdona y me ha condenado, sí. A veces es una condena sin retorno. Solo hay lugar para escribir tu historia a la primera, una sola vez, un solo golpe y si te equivocas, la mayoría de las veces ya no podrás rectificar. A veces me gustaría ser un Dios omnipotente, irresistible, imponderable... y no soy más que un mocoso que se cree mayor cuando se siente y ve como un niño.

Entro a su página, soy un ente de la web, ella no está pero permanece su esencia, es otro ente más de la web. Se dará cuenta de que entré porque dejaré un rastro visible, podría no hacerlo pero quiero que ella lo sepa; que estuve, que vi su última obra, que la sigo de cerca, que la sigo queriendo, como quiero a otros tantos, que mi amor está con aquellos humanos que me hicieron bien en la vida, y si desea llegar a mí, podrá hacerlo; que yo nunca olvido a los que me hicieron feliz que sigo y seguiré siendo su amigo hasta la eternidad, que no, que no paso página, que la historia está para recordarla no para olvidarla, que de ella, de sus errores y lecciones, aprendimos, aprendemos y aprenderemos siempre.
Añado a mis favoritos su página y me siento mejor. Voy recuperando mi historia perdida y ahora decidme. ¿Hay alguien que no desee recuperar esos momentos que le hicieron feliz? Yo, personalmente, lo dudo.
Un abrazo a todos aquellos que aman y aprecian respirar esta vida tan rara, misteriosa ¡y espléndida! a fondo.

José Fernández del Vallado. Josef. Sept. 2009.


viernes, septiembre 18, 2009

Martes.




Es martes. La calle está oscura, no hace fresco y hay poca gente. En una esquina del cine una chica joven, rubia, ni guapa ni fea, aguarda ¿tal vez a su novio? ¿Quizá a un nuevo amigo?
De nuevo vuelvo a ir al cine: sólo, y un tanto apático. Me revuelco en una soledad indeseada y prematura. Saco una entrada para Millenium 1, acabo de terminar de leer el libro, y no estuvo mal.
Después (tengo tiempo) me dirijo a cenar al restaurante que hay en la planta de debajo. La camarera – tampoco está mal – tras charlar animadamente al final de la cena, me pasa su teléfono en un papelillo (nunca me había sucedido). ¿Puede ser el inicio de una aventura? ¿Le resulto tan encantador como para confiar?

La película me gusta menos que el libro, pero no resulta mala sino diferente. La personalidad de Lisbeth Salander está conseguida; es una chica extraña, con sus defectos y virtudes. Sinceramente yo no la podría aguantar ¿o a lo mejor sí? Reflexionando descubro que un amigo mío se comportaba de forma parecida. Resultaba misterioso y atractivo. Se lo llevó un accidente para siempre. Lo eché de menos. O sea, uno nunca sabe...

A la salida del cine no puedo dar crédito. Es ella: La camarera, está esperándome. Cuando me encuentro a su lado compruebo que es casi tan alta como yo, morena, con un claro acento colombiano y claros y bellos rasgos de sangre india. Antes no me di cuenta. ¿Efectos obvios del alcohol? Lo cierto es que estaba achispado pero tras una película de dos horas y veinte minutos, me siento cambiado.
Apenas intercambiamos un tímido saludo. De camino a mi coche rompe el silencio y me pregunta qué me ha parecido. Le digo que estupenda; refiriéndome a ella – le aclaro. – Reímos ambos, liberando la tensión.
Dentro del coche, justo antes de arrancar, me sorprende al abrazarme y besarme de forma no solo apasionada, sino imperiosa. Tras una refriega que dura unos diez minutos por fin puedo murmurar una pregunta que suena impertinente.
— ¿Lo necesitabas?
Baja la cabeza y sincera, contesta.
— Llevo un año sin sexo.
Sonrío y resalto.
— ¿Ah sí? Pues yo voy camino del segundo.
Se ríe. Luego cambia, me observa de reojo de nuevo y me dice.
— Ya. Un hombre… ¿tan guapo?
Complacido y en el fondo avergonzado, le resto importancia a su opinión.
— ¡Bah! ¿De verdad me encuentras así? Si soy un paquete.
Y añado
— Verás... No siempre es cuestión de belleza.
Vuelve a mirarme de forma inquisitiva y me pregunta.
— ¿Tienes... un lugar que no sea el auto?
— Sí.
Arranco de inmediato. Me siento excitado y revuelto. Lo entiendo, ya tengo edad suficiente. No todo es sexo en la vida, pero... hoy me siento... ¿como decirlo? ¡Me siento a flote y vivo de nuevo...! Mañana, Dios dirá; dirá: ¡Impenitente!

José Fernández del Vallado. Josef. Sept. 2009.


martes, septiembre 15, 2009

Cazador Experimentado.



Hasta ese momento de su vida, el cazador experimentado Ángel Cardoso, había cobrado prácticamente toda clase de piezas y recibió multitud de condecoraciones. Su historial se había convertido en una leyenda; e incluso llegó a ser apodado: “Sombra acechadora.”
Partidario de la reproducción de las especies al natural, Ángel Cardoso ni siquiera pensaba en la posibilidad de su extinción.
Preguntado por la situación de la fauna en el mundo, escéptico, contestaba mediante interrogantes a quienes mantenían que la desaparición de muchas especies, no sólo era inminente, sino preocupante. El pilar de sus creencias se fundamentaba en cuestiones del tipo:
“¿Por qué continuaban existiendo las interminables manadas de Ñues? ¿Por qué resultaba imparable la expansión de las ratas? ¿Por qué había cocodrilos en los sumideros de algunas grandes ciudades, pitones en algunas zonas pantanosas de los EEUU, y zorros y jabalíes en zonas densamente habitadas por el hombre? Era eso extinción o crecimiento.” Contemplar las caras de desconcierto de algunos ecologistas, le hacía sentirse seguro de la veracidad irrebatible de sus teorías.

Cierto día, mientras trataba de calmar su aburrimiento en tanto fraguaba nuevas aventuras por los deliciosos parajes del África, caminaba por las montañas de Toledo al acecho del faisán y la perdiz.
Tras avistar a una bandada de perdices, fue retirándose hasta internarse en un paraje frondoso, y cuando quiso darse cuenta, resultó estar tan apartado y escondido, que se encontró perdido en medio de un insólito roquedo.
Se detuvo a descansar sobre una de sus rinconeras, y divisó un claro por el cual discurría un arroyo. Y, en un extremo, deslizándose en silencio y con delicadeza, descubrió al ejemplar.

Se encogió tras las rocas. Sin proyectarlo, su mente de ojeador, se concentró en la cacería más apasionante de su vida. Pues sin ser consciente acababa de situarse en el lugar idóneo para abatir a una de las presas más codiciadas que faltaban en su voluminosa colección, y que a continuación tuvo en el encuadre de la mira de su escopeta: Un lince ibérico.
Se trataba de un espécimen increíble, estimó. Mientras que su pelaje moteado se confundía con las finas espigas que lo rodeaban, los pabellones auditivos acababan en largos y suaves pinceles, y a ambos lados de su barbilla, sobresalían hermosas barbas amarillas. En tanto, sus extremidades cubiertas por gruesas almohadillas, progresaban anteponiéndose unas a otras con la sintonía de un ballet silencioso.

El animal se acercó con cautela hasta el espacio abierto donde las aguas del manantial formaban una poza, se detuvo, alzó la cabeza y oteó con detenimiento. El cazador sonrió, pues la fortuna había querido que se hallara contra el viento. Finalmente la presa inclinó la cabeza, comenzó a lamer con delicadeza y Ángel supo que aquel era el momento. Situó el dedo sobre el gatillo, estaba listo para disparar, cuando escuchó el trino de un jilguero. El felino levantó la cabeza y aguzó las orejas; finalmente pareció sosegarse y liberó un leve maullido. Tras una roca se percibieron unos chasquidos, y dando tropiezos contra las raíces salientes de los árboles, ante el encuadre de Ángel, surgieron tres preciosas crías y fueron a reunirse con la madre.

Ángel Cardoso había presenciado toda clase de escenas sin enternecerse jamás. Y, ahora, sin comerlo ni beberlo, delante de él tenía a la que tal vez fuera la última camada de linces en la sierra de Toledo. Aunque ¿quién le aseguraba tal cosa? Nadie. Excepto lo que sabía desde su niñez. Sus abuelos le hablaron siempre de la existencia de aquellos hermosos animales. Luego, en su adolescencia, vio ejemplares capturados y se hizo la promesa de hacerse con la piel de uno de ellos. Pero pese a sus innumerables correrías, en toda su juventud, nunca logró toparse con uno; hasta ese momento. Y, Dios. Resultaban increíblemente... delicados y ¡preciosos!

Aquel verano “Sombra Acechadora” suprimió su habitual cita de muerte con África. Y, en su pueblo, semejante aplazamiento fue motivo de sorpresa y habladurías. Hubo quien aseguró que se hallaba enfermo de cáncer, otros dijeron que se había arruinado, y algunos afirmaron que estaba enamorado. El hecho es que ese año Ángel Cardoso no escudriñó un solo elefante, hiena, león, leopardo o antílope; y tampoco olió el olor acre de la pólvora, pues ya no le hizo falta volver a empuñar un rifle de mira telescópica. En cambio, se hizo con una cámara y aguardó largas mañanas al acecho, con objeto de presenciar el momento en que la familia,con las crías cada vez más crecidas, hicieran su aparición en la poza para beber y remojarse. Entonces, con sumo cuidado, observaba a través del ángulo de mira de la cámara, apuntaba y disparaba.

José Fernández del Vallado. Josef. Sept. 2009.


viernes, septiembre 11, 2009

Escalada y mutación.




Seguía exponiéndome, no había un cómo o un porqué, estaban las emociones, las reacciones internas y de autocontrol, eso era lo primordial. Ascendía con Arne, un noruego afable y silencioso; lo trascendente no era hablar entre nosotros sino sentir el feeling de que estábamos haciendo lo correcto y el organismo respondía.
El proceso de crecer y creer en uno mismo tomaba forma.
Todos me preguntaban por qué lo hacía, pero no había respuesta, estaba dentro de mí. E incluso Celia, mi novia, me reprochaba y consideraba que exponerme de esa forma era invitar a la muerte. Pero estaba dentro de mí…

Durante una temporada Arne y yo compusimos la cordada casi perfecta, todo cambió cuando le propuse dejar la Escalada Clásica y adoptar la Big Wall, consiste en atacar grandes paredes. Suele durar varios días, por lo que hay que subir hamacas de red para dormir, víveres, etc.; se puso algo huraño. Además estaba mi costumbre de descender realizando un Salto de Base; hasta la fecha lo ejecutaba desde las pequeñas alturas que coronábamos: Acantilados, farallones y peñascos. Desplegaba un paracaídas direccionable y me sentía yo mismo.

No sé por qué, pero me ocurría. Cada día que pasaba advertía un ansia y un hambre voraz por conquistar nuevas vías. Voracidad solo interrumpida cuando me detenía para entrenar y adoptar estilos inéditos.
Decidí poner en práctica mi experimento. Ascenderíamos la cara oeste del Karakorum practicando: Solo Integral; sin soga ni seguros, ni ningún tipo de protección que pudieran salvarnos si cometíamos un error. Tomar esa decisión supuso un mes de estancamiento y “cambio de piel.” En realidad llevaba años ensayando ese estilo, y aunque Arne me acompañaba, nunca pareció compartir mi afición con la misma ilusión que yo; estaba dentro de mí…

Esta vez la ascensión no iba a ser de doscientos o trescientos metros, sino de unos mil doscientos.
El primer tramo no fue sencillo, poco a poco fuimos progresando.
Mi primera noche echado sobre la hamaca de red fijada a la pared fue toda una experiencia. A la mañana siguiente me sentí diferente y escalé con más soltura.
La segunda noche pude ver la vía láctea refulgir con una claridad pasmosa y me di cuenta de lo solos que estamos en el universo y a veces, aunque tengamos los pies en el suelo, también sobre la tierra.
El tercer día de escalada ya no había miedo dentro de mí, pero tampoco hicimos cima como esperábamos. La siguiente noche un espíritu indomable habló con mi esencia doblegada, y me reveló que me faltaba convicción.
La séptima noche la pasamos refugiados, oyendo los bramidos de los truenos, viendo aterrados colisionar los rayos contra los escarpes y el golpeteo del granizo sobre nuestros sacos.
La cuarta semana, vencido por la fatiga, Arne comenzó a recular hasta que abandonó; yo en cambio, cada vez más involucrado, proseguí. No podía dejarlo; estaba dentro de mí...
Entonces sucedió. Comencé a sentirme realmente libre y diferente. Una mañana me deslicé sobre la húmeda pared de granito hasta hallar el lugar.
Al segundo mes mi crisálida estaba adherida junto a la cima. Con el paso de los días la visión dejó de ser tenebrosa y se tornó en translúcida.
El envoltorio se resquebrajó con el primer rayo de sol. Encogido y pugnando salí a la luz de la mañana.
Estiré mis brazos y extendí las alas; caminé unos pasos y estuve en la cima, batí un par de veces y dominé las cumbres más abruptas.
No volví a bajar nunca ¿para qué? Si había conquistado el universo…

Dedicado a Oscar Pérez. Montañista español fallecido el pasado mes de agosto en el Latok II en Pakistán.

José Fernández del Vallado. Josef. Sept 2009.





martes, septiembre 08, 2009

Costa de la Muerte.




El jueves, primer jueves de septiembre, guiado por la orientación de un olfato casi perdido llego a una pequeña localidad situada en la “Costa de la Muerte.”
Dejo la mochila en un Hostal modesto y salgo a respirar aire puro al malecón y lo primero que descubro, por fin, es su paz.
Adquiero una lata de Nestea, me acomodo en un banco al aire libre, y respiro libertad.
Llevo mucho tiempo entrampado tras los muros de mi casa y una salida a un otoño naciente y al mundo es liberarme de unas cadenas invisibles y ya casi roñosas.
Pero mi sorpresa no radica sólo en eso, sino en la realidad de su paz. Existen la Costa del Sol, la Costa Brava, la Costa Blanca, la Costa de la Luz, etc., pero... ¿qué eslogan publicitario es hoy día capaz de anunciar: “Disfrute en la Costa de la Muerte?” Me complace que nuestra sociedad siga acatando tabúes, pues el turismo brilla por su ausencia y ni siquiera la temible “Burbuja Inmobiliaria” coloniza y arrasa un lugar que permanece inviolado.
Unos chicos se divierten patinando en el malecón, y a su lado, los pesqueros descargan el producto de su esfuerzo; unas chiquillas pasan ante mí esbozando sonrisas de auténtica y sana felicidad; la satisfacción de quien es pobre y sin asuntos absurdos que resolver.

Comienzo a caminar, salgo de la población y me dirijo hacia una ermita sita a seis kilómetros de allí, y por primera vez en un largo espacio de tiempo, lejos de cualquier medio de transporte, utilizo mis piernas; lo echaba de menos.
A medio camino hay una cala: -increíble- y desierta. Hace un día de nubes y claros. Entre sus blancas dunas de arena las gaviotas descansan con holgura y pereza. Desciendo hasta el arenal y antes de alzar el vuelo prefieren apartarse; hay espacio sobrado para todos.
Me desnudo y con algo de reparo me entrego a sus temibles olas gélidas y efervescentes. Salgo, me desplomo y rebozo sobre la arena, cierro los ojos y cuando los abro me siento rodeado de sílfides que me abrazan y miman con amor. Todo es belleza de nuevo. Hacía tiempo que no lo experimentaba. ¿Cuánto? Encuentro la perfección en la vida y de la vida. ¿Quién dijo que no existe? Yo, seguramente... Basta con volver a nuestros ancestros y formar parte de aquella comunidad que vivió de cara a la naturaleza, y no de espaldas, como ahora.

El ¿sueño? dura dos días. Puede ser la extensión de una vida. Y qué si se es feliz ¿para qué seguir viviendo? Mejor morir inmerso en un sueño feliz en la Costa de la Muerte, que amargado en la Costa del Sol.
Subo al autobús y sé que volveré. No sé cuándo ni cómo; pero volveré a encontrarme con ese estado de serenidad, placer y adhesión, que dejo aguardando. Aunque sepa que puede hallarse en cualquier lugar. Pero si uno lo desea de verdad, de vez en cuando, es bueno llevar a cabo ciertas escapadas metafísicas.

José Fernández del Vallado. Josef. Septiembre 2009.


miércoles, septiembre 02, 2009

Aguas arriba.




Ningún occidental sabía lo que había aguas arriba.

A partir de la tercera bifurcación el río se volvía angosto y oscuro, las ramas de los árboles llegaban a acariciar la superficie y la selva lo engullía casi en su totalidad.
Llevaba días rumiándolo. Estaba cansado del calor, de las aguas estancadas y de no encontrar más que sanguijuelas intercaladas entre pepitas de oro, tan diminutas, que apenas daban para comer y bajar al poblado a gozar de las jóvenes guaraníes. Estaban limpias. Pero necesitaba una nórdica rubia, de dientes blancos como la leche, educada en una universidad de prestigio y que pudiera enseñarme arte, literatura, y a follar como es debido.

Cargué lo indispensable en la canoa y partí rumbo a lo desconocido. No es que lo inexplorado me llamase la atención, pero precisaba romper mi demencial rutina selvática.

Había consultado con un jefe. Me recomendó remar sin descanso durante las dos primeras semanas. Sólo a la tercera las aguas se despejarían, me indicó; entonces habría de tener cuidado con los indígenas. Había tribus que no habían visto jamás a un hombre blanco.
La perspectiva de encontrarme con ellos no me asustó, sino al contrario. Tal vez supieran decirme donde encontrar lo necesario para poder abandonar la selva para siempre. Llevaba ciertas chucherías: Espejos y collares de cuentas de colores a las que no podrían resistirse.

Comencé a remar y todo cambió y se despejó. Me encontraba por fin abriéndome paso hacia rumbos diferentes.
Creí que resultaría más difícil, pero avancé a buen ritmo y un día el río se abrió formando un paraje insólito y una espléndida laguna. Y en una de sus riberas, al descubierto, una tribu aguardaba mi llegada sin, en apariencia, revelar inquietud.

Saberme protagonista de un encuentro entre civilizaciones me hizo sentir por primera vez emocionado. Pero lo que además me turbó, fue descubrir que aquellos indígenas no solo estaban cubiertos de oro, sino que convivían sin concederle importancia y lo utilizaban como principal utensilio.
Confiado, les enseñé los espejos y collares de cuentas de vidrio, los miraron con aspaviento pero sin interés. A continuación me mostraron sus “collares de cuentas;” estaban surtidos con variedades de gemas y piedras preciosas, y llenos de júbilo, me llevaron en volandas a su templo de oro. Su dios, labrado en oro macizo, mediría algo más de… ¡metro y medio!
Esa noche, excitado, no pude dormir.
De madrugada desperté con la idea enquistada en mi mente y a la siguiente noche, lo hice: Robé la escultura.
La até a una cuerda y me puse a tirar pero era tan pesada que, sudando, empleé tres horas en alcanzar la embarcación.
De madrugada pude embarcarla. Estaba en el centro de la laguna y oí los cuernos dando la alarma. Traté de remar con más ímpetu pero al aligerar, debido al peso de la efigie, la embarcación comenzó a hacer aguas y se hundió.

Sólo un occidental sabía lo que había aguas arriba y ése era yo.

Horas después estaba dentro de una artesa, de las de hacer pan, de la cual sólo sobresalía mi cabeza.
En frente de mí, a izquierda y derecha, habían colocado “mis espejos,” con lo cual podía ver perfectamente mi cráneo.
Al toque del cuerno un murmullo se extendió entre los hombres de la tribu. El jefe apareció sobre su palanquín de oro, descendió, se sentó a mis espaldas y a un segundo toque del cuerno, empleando una especie de hoz, levantó la tapa de mis sesos y...

...dejé de sentir codicia para siempre...

José Fernández del Vallado. Josef. 2009.





jueves, agosto 27, 2009

Tercer Premio en el I Concurso de Relatos de maraton.es.


Este relato recibió el tercer premio en el I Concurso de Relatos de maraton.es.
Su autor es José Fernández del Vallado, ganador de un magnífico libro sobre maratón. Queremos compartir esta gran historia con todos vosotros. Esperamos que sea de vuestro agrado
.


PARA LEERLO PINCHA AQUÍ.




jueves, agosto 20, 2009

El Cartero...



Por la mañana visito a Susana, está en el jardín botánico, cuidando de sus espléndidas rosas rojas; vende a diez euros el ramo y no le va mal.
Me abraza y me invita a un café; le entrego la carta, después hacemos el amor, como todos los días.


Me despido, entro en el edificio, subo las escaleras cruzo la verja cierro el candado, recorro cien metros de pasillo oscuro, abro sin llamar y entro en el cuchitril de Rania.
La encuentro echada boca abajo, la camisa apenas le llega al espinazo y deja ver sus nalgas redondeadas; sonriendo me desabrocho los pantalones, me extiendo sobre ella, cuando la penetro, ni siquiera profiere una exclamación de placer. Me gustan ella y su físico, es ondulado y atlético, me agito y convulsiono y estallo de placer en su interior. Entonces oigo los gemidos. Miro y veo su mano extendida, intuyo sus lágrimas pero... ¡no se deja ver!
De forma violenta la agarro del cuello y forzándola la obligo a volverse. Su rostro está mojado. Trato de animarla mientras le explico que si queda embarazada de mí el trato será siempre mejor; en tanto no hable, claro. Le entrego la carta. Se da la vuelta y llora con desconsuelo.
Me abrocho los pantalones y salgo suspirando y en silencio, sin molestar.


Atravieso tres rejas más y en cada puerta, me detengo.
Primero en el recinto de Teresa, está sentada tras el caballete; fuma mientras matiza sobre el lienzo y llena de densas volutas de humo el entorno.
Abro el ventanuco, la tomo por detrás de los senos, se los sobo. Recibo un mordisco. La arrastro hasta el camastro y forcejeando la fuerzo con una violencia que me hace sentir más hombre y sobre todo, dominador.
Lanzo la carta sobre su cuerpo abandonado en el suelo y escupo sobre ella. La insulto y cuando me replica, me río.

Sudando cierro la puerta y continúo hasta alcanzar otra puerta, me asomo por la claraboya y veo el cuerpo de Rosa, la negra. Es ágil y terso y no está mal; tiene unos pezones bonitos, pero huele a negra y eso no me gusta, no soy racista pero no me gusta su olor... Además, ni siquiera hay carta para ella.


Sigo hasta alcanzar una puerta blindada al final del pasillo.
Ahí está Mariela, la gitana condenada a morir estrangulada en el garrote. Sé que necesita un buen polvo, aunque sea el último de su vida...
Meto las llaves haciendo ruido a propósito y al abrir... me desplomo.
Cuando abro los ojos estoy maniatado por detrás con mi cinturón, y tengo la boca llena. El sujetador, atado por detrás de mi nuca y sobre mi boca; impide que expulse las... medias de Mariela.
Está sentada frente a mí. Lee su carta y llora. Llora la pérdida de su marido delatado por ella misma bajo suplicio mientras su semblante se tiñe de rabia y dolor.
En una de sus manos tiene mi cuchillo de defensa y mientras llora, comienza. El dolor es insoportable pero sabe manejarse, y de un movimiento sutil, casi maestro, roba mi hombría. Nadie oye mis gritos apagados por el sofoco de las medias.
Se inclina, toma mis partes ensangrentadas, las mete en el bolsillo de mi camisa y mirando a mis ojos sanguinolentos, me dice.
— Recuerda. Si no mueres desangrado... Esto es para que no te olvides de mí. Ni de ellas. ¡Jamás...!
A continuación llama a mis compañeros.
Luego se lleva el cuchillo al cuello y de un giro se abre la yugular.

José Fernández del Vallado. Josef. 2009.





jueves, agosto 13, 2009

Mujer de otro siglo



Mujer de otro siglo
me consume no encontrarte
entre mis brazos,
haber perdido tu amor
saberme ente alado y penitente.

Sé que sin ti no soy nadie
en cambio pude haber sido
aquello que nunca fui ni seré.

Me recuesto en tu rincón
me abrazo como te abracé
la vez que sostuve tu sonrisa
sin que tú te cayeras,
y tampoco creyeras en mí.

Descubro universos que suspiran
melodías de amor susurrante
gimo entre sábanas blancas
y azules violetas sin luz.

Te echo de menos...

En la Tierra eres mi alma perdida,
en la mente una astilla
deshonrada de sangre muy tibia.

Y sigo escribiendo
hasta agotar el tintero
y rellenarlo con lágrimas
de sabor contrapuesto
a espirituosos besos de amor.

Te escapas y te recuerdo
te siento pero te escapas...

Escucho tu melodía
y te retengo un instante
entre mis brazos y nada;
juego con tus cabellos de aire
lamo tu piel de abenuz
beso tu cuello de ánfora
estás y no estás y te escapas...
y de nuevo no estás.

Lenguas de fuego incendian
terremotos de pasiones
Desastres, pérdidas, naufragios...

El baile de la vida ha comenzado
al albor de una noche encolerizada
acaricio tus cabellos de fuego
y piel sintetizada

Mujer de otro siglo
no piensas sino en sobrevivir
me dejaste a las puertas
de tu civilización intocable
Y te olvidaste de mí para siempre...

José Fernández del Vallado. Josef. Agosto 2009.






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