viernes, diciembre 31, 2010

Vacuidad 2011.




Imagen tomada de Internet

Solo espero que esto no nos suceda al despertar el año que viene....
Felices Fiestas a todos.

Me levanto tarde, debo de hacer tantas cosas. Demasiado trabajo para un solo día, pienso.
No me extraña que el despertador no haya sonado, me falla en tantas ocasiones. Tengo prisa y me visto sin ducharme, afeitar y ¡ni masturbarme! Tampoco desayuno. Claro que... ¿qué desayuno?, cuando la nevera está vacía. ¿No la dejé llena la noche anterior? No, lo he soñado. Cojo el móvil para hacer unas llamadas urgentes y se acabó la urgencia. Está sin batería. Me apresuro a depositar alimento a mis canarios y la jaula ¿está vacía? ¿Han volado? Busco a Loli, la gata traviesa, temiéndome el peor de los desastres y tampoco la encuentro. Pienso en Teutón, mi perro alsaciano. Voy a su camastro, sé que es dormilón pero... ¡no está! Imposible que haya despertado por su cuenta. Las cosas no cambian tan rápido, me digo. Y en mi hogar algo se está alterando en instantes. ¿Mi mundo me abandona?
Por casualidad miro a la pecera y ¿dónde están mis carpas de colores? Lo que siento a continuación es, aparte de inquietud, un desasosegante escalofrío.
Atrapo la chaqueta y la encuentro rara, descolorida. Pero peor es cuando se me ocurre contar los billetes para asegurarme de cuánto dinero llevo. Son papeles viejos que nada tienen que ver con el dinero que ayer saqué del cajero. ¡Pavor! Corro a mirarme con detenimiento en el espejo y mi semblante es ¿el de un octogenario? Rugoso y acartonado, poblado de canas. ¿Dónde está mi deliciosa juventud? ¿Quién o qué clase de desgraciado ha osado robármela?
Corro hacía la puerta, un insufrible dolor me detiene y compruebo que soy incapaz de ir más rápido; cojeo de una forma grotesca. Agarro el pomo de la puerta y en lugar de ceder se queda entre mis manos. Y yo, permanezco ahí, temblando, como un bobo ante la puerta. Entonces sucede.
La puerta chirría, cede lentamente y detrás... ¡no hay nada! Es decir; sólo un vacío vasto y blanco, lleno por completo de una silenciosa vacuidad...


José Fernández del Vallado. Josef. Arreglos dic 2010.
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martes, diciembre 28, 2010

En mis sueños y en mi vida... Cuba.


Fotografía tomada de Internet.


Una vez alguien, no recuerdo ya quien ni cuando, me pidió si podía esbozar mis impresiones sobre Cuba. Ahí dejo eso...


En España era conocida como La Perla del Caribe, se sigue llamando Isla de Cuba, pero no era nuestra perla, tampoco de los Estados Unidos, quienes la ambicionaron y a punto estuvieron de apropiársela. No es de Fidel y ni siquiera llegó a ser del Che, quien la tuvo en su corazón, sino de quien siempre ha sido y fue: Del pueblo cubano.
Nunca he estado allí pero en mi interior reconozco su aroma dulzón y salobre, pues llevo Cuba impreso en la sangre, ya que una pariente de raza negra era de Cienfuegos. Así que aunque mi aspecto sea el de un blanco de ojos azules, mi sangre también es de otra raza y me siento muy orgulloso de mi ascendencia cubana.

Muchas veces soñé que me encontraba en Cuba, caminaba por sus playas de arena blanca y pura y sus aguas cristalinas color turquesa, surcadas por bandadas de gaviotas y fragatas, lamían con dulzura mis tobillos. Recorría plantaciones de tabaco, en esos días en que la humedad es tan intensa que tu cuerpo transpira como una fuente de agua, permitiendo que el denso aroma a tabaco invadiera mis pulmones mientras me detenía a degustar jugos de caña de azúcar. Y luego, otra vez a escapar de las insoportables aunque hermosas bandadas de periquitos. Deteniéndome en pueblos donde bailar al ritmo de la rumba y el son es comunicarse y vivir.
Pero sobre todo he soñado con aquella novia cubana que nunca tuve y que, siendo mucho más pobre que cualquier ciudadana del mundo, es mucho más culta y sabe más de humildad y de dar a cambio de nada que nadie...
He soñado con la cubana que a veces me escribe expresándose como un ángel, y he reflexionado en cómo será, en cómo vivirá, y en todo lo que podría aprender de ella a cambio de amistad por amistad, y me he dicho que sería maravilloso ir a verla algún día, si el destino o el tiempo lo conceden...

Cuba nunca pasó desapercibida para mí; es más, recorrí kilómetros de mi mente sobre su territorio. Presenciando devastadores ciclones, hambre y abatimiento, pero siempre me topé con el buen humor del cubano y su disposición a atender con los brazos abiertos a cualquier persona que tuviera necesidad, intenciones pacíficas y de entendimiento. Ojo, saben cómo es el mundo y han aprendido a no dejarse engañar. Ni mucho menos por tener poco se es necio. La suya es la pobreza mejor informada del mundo, por eso solo espero y deseo una cosa; que salgan adelante, porque lo merecen, pues han sufrido como ningún otro pueblo y necesitan ayuda, amor y amistad. Ellos, por naturaleza, saben dar y nunca es necesario pedirles.

El pueblo isleño sabe luchar, aunque prefiere mil veces la paz...

Abrazo a cuba, mañana estaré en ella, para dejarme acoger y aprender de su felicidad de su estilo de vida y juntos, de nuestra vida en común.

José Fernández del Vallado. Josef. Diciembre 2010.
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lunes, diciembre 27, 2010

Apocalipsis...

Ilustración tomada de Internet.

Cuando el sol no salió más, cuando el océano se transformó en emulsión, cuando la energía eléctrica colapsó, cuando los recursos hídricos se agotaron...
cuando los mercados cerraron sin género, cuando la guerra se autodestruyó, cuando el último pacifista se trastornó, cuando los exaltados se asesinaron entre ellos, cuando las prostitutas se volvieron frígidas, cuando los presidentes se escupieron a la cara, cuando las modelos se quedaron en cueros, cuando a los yuppies se les llenaron las corbatas de pulgas y los hippies se instituyeron en presidentes, cuando hallaron la última pepita de oro, cuando mi mujer me dejó... oriné por última vez y caí seco como un Palo Santo. Entonces el sol estalló y la tierra se convirtió en guirnaldas y chirivitos.

¿Era de nuevo... Navidad?

José Fernández del Vallado. Josef. 27 diciembre 2010.
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miércoles, diciembre 22, 2010

Crónica Confidencial III.


Sugiero, a los verdaderamente interesados en leer esta historia, lean sus tres capítulos que ocupan la integridad del relato.
comenzar por Crónica Confidencial, seguir parte II y parte última, III...


Pero ahí no acabó la historia, solo hizo que empezar. Cuánto tardé ¿días? o fueron semanas el tiempo que invertí en abrirme paso hasta dar con una pista. ¡No lo sé! El hecho es que aquellos momentos, los que habité, dormí y me alimenté en la selva, los recuerdo como la experiencia más dura y dolorosa de mi vida. ¿Cómo fui capaz sobrevivir? Ni siquiera hoy alcanzo a comprenderlo. Mi ropa acabó hecha jirones de deambular perdido en la maraña. Como estiletes, los espinos laceraban cualquier fracción de mi cuerpo, hasta que mi carne llegó a ser una masilla podrida y sudorosa, llena de heridas que olían a muerto y dolían como si me atravesaran con púas los tendones. Sólo fui capaz de superar aquel trance mediante una voluntad desconocida y aún hoy difícil de imaginar.

Durante el día el calor me hacía sudar y deliraba, de noche me recogía entre las rocas, siempre con temor a ser mordido o picado por un reptil o insecto venenoso. Mientras, los mosquitos, me chupaban la sangre a placer.
Pero si había algún dolor insoportable ése fue el dolor mental al que estuve sometido. Veía brillar sus ojos. Ojos de fieras que pasaban cerca, y en muchos casos no entenderé por qué me descartaron como potencial alimento. Hacía un calor sofocante de día y casi frío por la noche. Me detenía solo las veces que mi cuerpo extenuado me obligaba a alimentarme para no morir de hambre o para descansar y no reventar de agotamiento. Me alimentaba de cualquier cosa que al azar se pusiera a mi alcance; ya fueran insectos, gusanos o raíces. Así era mi dieta y me daba igual qué comiera y si era o no repulsiva. En cuanto al Colt, aparte de no tener puntería, preferí reservarlo para otras necesidades, como por ejemplo defenderme de “Éso” si se decidía a atacarme.

Vivía siempre con miedo y por las noches, las noches que la pesadilla duró, percibí su presencia y supe que estaba ahí: escrutándome, o quizá jugando conmigo como si yo no fuera más de lo que en realidad era o sentía ser: Una débil presa al borde del colapso. Pero lo logré. Alcancé una pista. Una de esas pistas desiertas y kilométricas que jalonan la selva. Y una vez allí, primero comencé a esperar con aliento luego a desesperar. Aguardé días y noches de luna llena e impactante claridad, en las que nunca dejé de tener presente que del lado de la maraña “Éso” continuaba observándome...

Sentado como alma en pena miraba de reojo hacia el lugar donde escuchaba ruidos, chasquidos extraños. No podía dejar de temblar porque tenía miedo y estaba enfermo y también porque al final tampoco tenía esperanzas de sobrevivir. ¡Seguro! Un día más y hubiera muerto.
Pero esperé, supe esperar hasta el día en que encontrándome al borde de la locura y el desfallecimiento, me recogió el camionero.

Era de noche cuando subí al vehículo de un hombre sobre todo valiente. Sí, porque ahora sé que para recorrer esa ruta de noche hay que ser o valiente o un loco. Y... ¡no! No quería mirar atrás porque sabía que “Éso” estaría ahí, observándome, contemplando cómo me iba si es que no se había encaramado al camión. De golpe volví la vista atrás. Lo sé. Reconozco que sólo el hecho de sugerir esa posibilidad provocó que el miedo me venciera.
¡Estaba ahí! En el camino. Justo en el lugar donde segundos antes me había recogido.
No, por supuesto. No le dije nada al hombre; ni una palabra. ¿De qué habría servido? ¿Para que se riera de mí o para estimular su codicia?
Pero por desgracia no hizo falta que yo hablara. ¡Lo juro! Él mismo lo descubrió sin que yo se lo dijera. Y avivado por la curiosidad o su propia e inmensa idiotez, nada más vislumbrarlo – yo lo había juzgado un hombre sensato – empezó a girar. Quería... pretendía volver a encontrarse con el horror. ¡Por Dios! ¡Eso nunca!
— Por favor... No lo hagas.
Le supliqué al principio con moderación, y a continuación, como seguía en sus trece, se lo advertí. Le sugerí con dureza:
— ¡Retrocede! Retrocede ahora. ¡Aún puedes hacerlo!
Entonces murmuré.
— No... No me harás volver otra vez al infierno.
Me miró con sorpresa, y no entendió o no quiso hacerlo. Como Otto, como Litongó, y como todos los hombres de su clase vivía a su aire. Tomaba lo que quería sin respetar más que lo que dictaba su antojo. Esa era su ley. El abuso. No hubo tiempo para explicaciones ni reflexiones. Jamás ¡nunca podría permitírselo! Pero no se dignó escuchar. Y esa vez tuvo que ser la primera, créanme, que al percutir el gatillo, no sentí dolor ni desesperación, ni tan siquiera un leve malestar por lo que hice sino sólo – y así fue en realidad – un profundo alivio.

Fin

José Fernández del Vallado. Josef, 2001. Arreglos diciembre 2010.
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lunes, diciembre 20, 2010

Crónica Confidencial II.

fotografía tomada de Internet.

A primera vista no me resultó complicado darme cuenta de la clase de hombre que era Otto; solo creía en lo que experimentaba. En resumen era un hombre ambicioso que vivía al orden del día. Así pues, en lo que atañe a aquella leyenda o superstición, mientras no hallara forma de sacarle partido, carecía de su total interés.
Por lo demás, y pese a su incredulidad, el hecho por el cual nos unimos a ellos era obvio. Conocían la selva y sabían desenvolverse en el medio.
Cualquier animal que se situara en la mira de sus fusiles podía ser un blanco idóneo. Todo era comestible y tenía un precio, aunque su objetivo principal eran los gorilas. El esqueleto y la carne de un gorila representaba el doble o el triple del salario mensual de un trabajador.

Todo discurrió sin incidentes hasta la tercera semana.

Una noche, Otto nos despertó. Durante el día ambos habían estado colocando trampas sin cesar, mientras, con una sonrisa remarcada en la comisura de sus labios, observaban las porciones de cielo a través de las copas de los árboles. Sabíamos que en cualquier momento llovería, pero no logramos entender y tampoco nos decidimos a preguntar a santo de qué su entusiasmo.
Esa noche lo entendí.
— Los gorilas. ¡Están aquí!
Nos dijo Otto radiante. Y nos invitó a seguirle.
Salimos a rastras de la tienda. ¡Diluviaba! La selva era un caldo espeso que rezumaba aromas desiguales. El suelo, cubierto de hojarasca, crujía a nuestro paso. Nos dirigíamos por señas pues apenas podíamos oírnos, ya que el estruendo del agua al batir sobre la maleza hacía imposible cualquier esfuerzo por comunicarnos. Lo tuve claro. Bajo la lluvia, tanto el olor como el alboroto que hacíamos resultaban imperceptibles, del mismo modo los gorilas no advertían las trampas.
Escuchamos los gemidos cuando estábamos encima. Delante estaba Litongó, sostenía una lanza y se reía de forma desagradable. A sus pies la silueta ensangrentada de un gorila... ¡no! de una hembra gorila, gemía igual que un humano. Y aferrado a ella, su cría, se revolvía asustada. Lo confieso. Por entonces no estaba lo debidamente insensibilizado como para presenciar algo así. Era joven e inexperto y hasta la fecha había permanecido gozando del bienestar de la ciudad. Sí, nunca había visto nada semejante. Por eso mismo en aquellos instantes la escena se me insinuó brutal, como puede serlo y de hecho – ahora lo sé –  es el suplicio de un hombre indefenso. Conmovido me volví hacia donde se hallaba filmando Pérez y lo encontré tan pálido como yo.

Abriéndose paso entre nosotros a empujones Otto separó a la cría de la madre. Fue en ese instante, cuando haciendo valer sus fuerzas, el gorila soltó un alarido. Y Litongó, por primera vez asustado, le clavó de forma violenta el venablo en el corazón.
Volviéndose a nosotros, Otto dijo satisfecho:
— ¡Buena pieza! Por éste diez mil...
— ¡Diez mil francos! Exclamé.
— Sí, diez mil...
Un aullido interrumpió sus palabras. Unos golpes retumbaron en la selva con la gravedad de un alboroto de tambores. El follaje comenzó a restallar se abrió y de su oscuridad surgió un gorila de espalda plateada que moviéndose con insólita rapidez se abalanzó sobre Otto y de un empellón le arrebató la cría, volviendo a reintegrarse en la espesura.
Otto se desplomó con la mirada vacía y la cabeza reposando como un colgajo sobre el tórax...

Absorto, Litongó se acuclilló junto al cuerpo de su jefe.

Debo reconocer que contemplar a un gigante como aquél consternado y cabizbajo, sin dejar un solo instante de gesticular y mesarse la cabeza con nerviosismo mientras, con el desconcierto de un niño se volvía a mirar una y otra vez el cadáver de quien había sido su Patrón, y en cierto modo – imaginé – un padre para él, aparte de dejarme perplejo, me hizo reflexionar sobre lo qué posiblemente rondaría su cabeza. Quizá se preguntara: Su jefe… ¿dejarse el pellejo de una forma tan absurda? Pero la desgracia de Otto no era sino el desenlace inevitable al que todos estamos abocados, el traspaso del velo oscuro de la muerte. Su bocaza se abrió unos instantes, me dio la impresión de que intentaba comunicarse, de su interior brotó un murmullo que de forma gradual aumentó hasta convertirse en un lamento desgajado. Alzó la cabeza y nos miró, o ni siquiera lo hizo, pues parecía incapaz de ver. Sus ojos inmersos en una contemplación extraviada parpadeaban de forma patética, mientras sin conseguirlo, se esforzaba por recuperar la lucidez.
Solo duró un par de segundos, lo recuerdo con claridad, pues así es como lo vi. Detrás de esa mirada de forma fugaz fui capaz de captar la tristeza y el dolor más conmovedor y sincero que jamás haya visto en un hombre.
Volvió a incorporarse y soliviantado comenzó saltar ¿o tal vez danzaba? Como resortes metálicos sus piernas le obedecían con precisión. Con ojos desorbitados se dejó llevar por el odio, pues estaba saturado de odio. Empezó a caminar y sin contenerse echó a correr en pos de su demonio: el gorila que de golpe acababa de segar la estabilidad de su vida. Iba dispuesto a encontrarlo y de hacerlo no había dudas sobre lo qué haría, cuando algo le hizo detenerse. Y así permaneció: Inmóvil. Como si se hubiera estrellado contra un muro invisible de cemento.

De entrada no advertí lo qué sucedía ya que todo se desarrollaba a una velocidad tal que superaba mi capacidad de reacción. Entonces... lo vi. ¡Estaba ahí! Ante nosotros. Cerrándole el paso a Litongó. Era un bulto informe, oscuro y denso como una fronda de espesura. El africano lo observaba indeciso. Hasta que un gorjeo, una retahíla incomprensible se liberó de su interior y congestionado por la ira o lo que ya era demencia cerval, arrancó blandiendo la lanza contra él ¿Kuhá? Porque al parecer aquello era...
No lo sé... Ni puedo explicar con exactitud como ocurrieron las cosas, pero en un abrir y cerrar de ojos el cuerpo del africano era carnaza. Sucedió tan rápido. Quise reaccionar y vi a Pérez esforzándose en escapar. Se deshizo de la cámara como de un juguete infectado y echó a correr, pero lo hizo... o más bien no lo hizo en la dirección adecuada, ya que quizá ¿sin saberlo? fue a parar donde estaba. ¿Acaso no lo vio? ¿No fue capaz de descubrir aquella inmensa oscuridad?

Por desgracia cuando a uno le puede el miedo deja de lado razones, sentimientos y cautela. Y Pérez cegado por el espanto ni siquiera debió ver y tampoco fue capaz de detenerse. Fue un roce. ¡Lo juro! Y con la levedad de un muñeco de trapo voló, golpeó contra un árbol y allí quedó, desarticulado.

Tras el delirio de esos momentos el lugar permaneció en silencio. Ya no llovía. Solo estábamos “Éso” y yo. Estaba oscuro pero vi brillar lo que parecían ser… ¿sus ojos? Se detuvo en la penumbra delante del cuerpo inerte de la hembra de gorila, lo observó y olisqueó con curiosidad. En cuanto a mí ¿qué hice?
No, no pienso mentir ni exagerar ¿de qué serviría? Sencillamente me mantuve paralizado. Por el contrario yo sí podía pensar, y quizá demasiado. Pero hay situaciones en las que abstraerse no conduce a nada. Sobre todo cuando uno se queda sin valor ni margen de maniobra aceptable para reaccionar. Esa era mi situación. Estaba aturdido y en tensión; de hecho me sentía incapaz de dar un paso adelante. Ya que presentí que si lo intentaba el ser se abalanzaría sobre mí. Aunque dadas las circunstancias me dio igual, pues estaba seguro, las piernas tampoco me iban a responder. Me encontraba a su merced. A fin de cuentas ese instante resume lo que en adelante ha sido mi vida. Moviéndome en todo momento con cautela, e incluso a veces sintiendo con vergüenza mi impotencia para afrontar las situaciones. En realidad igual que cualquier hombre a merced de la naturaleza. Y aquella cosa ¿diferente...? o parecida a mí ¿era una fuerza más del ecosistema?
Supongamos ¿y si estaba enfermo? Pongamos por caso que tuviera las fiebres y aluciné. Pudo no haber sido más que eso, y lo que en realidad estuvo a mi lado fue solo un gorila. Quizá mayor de lo normal, pero de algo estoy seguro. Debía de ser endiabladamente ágil, porque sin apenas hacer ruido lo tuve junto a mí.
Estaba casi a mi altura cuando se detuvo y me escrutó con curiosidad, o temor. ¿El mismo temor que yo experimentaba? Tan próximo que pude escuchar su profunda respiración. Tan cerca que pudo triturarme con sus extremidades. Y yo, no supe hacer otra cosa que gemir. Y aquel gesto... ¿me libró? El hecho es que de algún modo ese “ser”, aquella pesadilla deforme no llegó a tocarme. De repente fui consciente. Entre mis manos estaba el arma. No sabía cómo había llegado ahí, pero de hecho ahí estaba. Empezó a deslizarse entre mis dedos sudorosos se me escapó y fue a parar al suelo. Solo hubo un leve contacto luego la detonación y en un abrir y cerrar de ojos o yo desperté de un sueño o el Kuhá ¡se había esfumado! Lo irónico del asunto es que ni siquiera fui capaz de utilizarla.

José Fernández del Vallado. josef. dic 2010.

continuará....

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domingo, diciembre 19, 2010

Crónica Confidencial.


Fotografía tomada por el Autor.

He decidido subir este relato porque, pese ha haberlo publicado con anterioridad en mi blog Cúspide, acabo de hacerle unos arreglos que me han gustado bastante. También quiero hacerlo como dedicatoria a esta étapa de la selva y para de momento, dar fin a mi viaje sevático que no solo ha sido físico, sino también en gran parte, espiritual.
Para no hacerlo demasiado pesado lo subiré en dos o tres partes.
Espero que os guste.
I-
Lo encontramos en la cima de una colina.

Su talla de más de un metro noventa sobresalía por encima de una roca donde, con expresión de soberbia, se mantenía erguido y silencioso.
Con la brisa de la mañana sus cabellos dorados se ondulaban como un océano embravecido, y en su semblante, sus facciones anglosajonas se ajustaban a su nariz aguileña. Un machete reluciente, pantalones de miliciano, la camisa color ocre y una mueca maliciosa cincelada en su semblante. Pero sobre todo, escrutando la selva como si fuera su propiedad, cabía resaltar sus ojos; profundos como el vacío de una sima.

Se llamaba Otto Van Deer Bruck, también conocido como Otto el cazador de gorilas. Y se rumoreaba que aparte de cuadrumanos, había despachado a algunos hombres.
Y a su lado, en cuclillas, un gigante de ojos saltones, cuello de toro, labios carnosos como larvas, y las manos más grandes que jamás haya visto, nos escrutaba con una sonrisa velada. Era su ayudante: David Litongó.
Dándose la vuelta Otto clavó su mirada glacial en nosotros. Mi compañero y cámara Juan Pérez y yo, José Mari Forner, estudiante sin otro historial que el que me estaba forjando.

Preguntarse qué hacíamos perdidos junto a aquellos hombres en la selva del Camerún, es algo que meditando con la inconsciencia que me confiere el hecho de hallarme encerrado en una mazmorra de la prisión general de Yaundé, no deja de atormentarme. No, aún no estoy tan mal como para que la debilidad me impida escribir, pero como siempre he vivido al límite, adivino mi probable fin confuso y saturado de lagunas.

Pese a todo aún soy capaz de formularme preguntas inevitables. La primera: ¿Qué indescifrable trama me condujo a creer que el “Kuhá” no era una ilusión? Y la segunda. ¿De dónde o de quién partió la ocurrencia de viajar al África con la intención de filmarlo?
Más tarde, si consigo refrescar la memoria, trataré de volver sobre tales disertaciones. De momento creo estar seguro de algo. Sostenido por mi afán de presentar una tesis deslumbrante que pusiera un broche de oro a mi carrera de Antropología Física, yo fui el inductor de mi destino. Aunque admitir semejante incongruencia es algo que mi mente se niega a exteriorizar.

Antes de continuar me siento en la obligación de aclarar una cosa. No sé qué me mueve a anotar este suceso. Quizá lo haga para reconstruir un incidente que ya jamás podré olvidar, aunque a lo mejor es mi costumbre de escribir por escribir. Pero hay otra pregunta, quizá más importante. ¿Aquel sueño – o mejor dicho – pesadilla, fue real?
Por increíble que parezca nunca he estado seguro. Debo reconocer que incluso alimenté la esperanza de que todo fuera un delirio. Pero como mi mente se empeña en recordarme lo contrario, no me queda más remedio que admitirlo. Y aunque me cuesta trabajo, sé que ocurrió...

Y ahora, si de algo estoy seguro, es de un detalle: No consentiré que este documento vea la luz. Lo cual significa que bajo ninguna circunstancia se hará público.

Aclarado este punto me limito a seguir.

Un vaporoso día de febrero del año mil novecientos ochenta y tantos, estábamos allí, emocionados, casi en posición de firmes, igual que un dúo de inexpertos cadetes ante sus superiores. Ofreciendo nuestra más conciliadora disposición, y por qué no decirlo también, alarmados. Mientras, a nuestros pies, la selva más fascinante que haya visto, florecía.

Antes de lo que voy a contar sucediera anduvimos durante semanas y presenciamos hechos y situaciones ante las que cualquier hombre con una ápice de dignidad debería sentirse avergonzado. Para empezar fuimos conscientes de un pormenor: La selva estaba amenazada. ¿Qué virus la devastaba? Estaba claro: Nosotros, los hombres...
Las compañías madereras talaban sin tregua. Grúas, apisonadoras, motosierras y enormes bolas de acero, abrían túneles y pistas. Modestos poblados de nativos que la maquinaría no respetaba eran arrasados. Sus hombres engañados, sus mujeres obligadas a degradarse en burdeles de ciudadelas improvisadas, a donde después de emborracharse, acudían los obreros de la tala. En cuanto a las nuevas generaciones de nativos, al verse forzados a abandonar sus tradiciones, desorientados, sin un sentido o rumbo claro en sus vidas, se convertían en parásitos, sin más salida que adaptarse a la civilización o morir.

Con semejante panorama podrán hacerse una idea sobre nuestro estado. Además de la sensación de inseguridad que nos indujo a sospechar toda suerte de desgracias, a medida que conocíamos a aquellos hombres, nos dimos cuenta de que si bien tenían cualidades: – parecían valerosos – prevalecían sus defectos: Eran violentos, inconstantes y ambiciosos. Excepto – claro está – si lo que atendían era de su interés.
El hecho de acompañarlos nos supuso desembolsar una buena cantidad de dinero. No obstante, sus aires de contrariedad me revelaron algo que no esperaba. Aceptaron el pago; pero pese a mis continuas aclaraciones lo consideraron, digamos, como un insulso adelanto. Su instinto de usureros y especuladores les incitaba a exprimirnos al máximo. Por lo tanto, si decidían que ya no éramos – por decir de algún modo – útiles, ¿qué podía ocurrirnos? Comencé a cavilar ¿qué podrían obtener de nosotros? Y sobre todo ¿de qué manera? Lo cual a su vez me indujo a establecer una premisa: ¿Hasta dónde transigirían los límites de su honestidad respecto a su ambición?
Intranquilo y sin que nadie lo supiera, ni siquiera Pérez, una mañana me encaminé al mercado de Yaundé y en la trastienda de un deteriorado bazar, por un precio razonable, conseguí hacerme con un Colt idéntico a los de las películas del Oeste. Según me aseguró su vendedor era capaz de abrirle a cualquiera un boquete respetable. No me preocupé por su funcionamiento ni se me pasó que mi vida podría depender de semejante artilugio.

Debo hacer un inciso para aclarar algunas circunstancias.

Como dije antes el objeto de nuestra misión era encontrar y si nos fuera posible filmar, por vez primera, – si existía – al Kuhá. Por cierto Kuhá en dialecto fular significa, sombra. Lo sé. Se estarán preguntando: ¿Qué clase de animal u organismo era? Pues bien, ahí radicaba el enigma. Dado que ni nosotros teníamos una ligera noción. Ateniéndome a los datos que reuní en los poblados que visitamos conseguí hacerme una idea, que dada la situación pasó a engrosar el fardo de preguntas sin respuesta. Y fue:
¿El espécimen o variedad en cuestión – en tanto se tratase de un ejemplar – podría ser un pariente cercano a los homínidos?
En consecuencia, y si mi suposición era acertada ¿estábamos ante una insólita variedad de eslabón perdido vivo?
Atendiendo a su descripción que resultó (exceptuando matices) similar por parte de los nativos que aseguraron toparse con la criatura, “Éso” – en cuanto a dimensiones me refiero – debía de ser colosal. Pues deduje que su envergadura (insisto, en ningún caso eran datos dignos de fiar) podría ser parecida a la de... ¿un par de gorilas adultos? Aunque lo extraño del asunto y que me resultó inverosímil, fue que ni un solo hombre me supo facilitar, es más, ni siquiera precisar el perfil del animal o de lo que se tratase.

Tales incertidumbres me condujeron a un punto: La realidad estaba siendo distorsionada. Por lo tanto todo era embuste o una quimera. Pues la unión perjudicial entre miedo e ignorancia modifican cualquier hecho o visión fuera de lo habitual en una ilusión extravagante.
Pero todavía era joven y soñador y pese a la frustración que me supuso confirmar tales ambigüedades, un hecho me animó a seguir creyendo: Los avistamientos del espécimen nunca se originaban en un mismo lugar. Así pues y si al final era cierto, debía de tratarse de un animal desconfiado y huidizo. Pero quizá (y aunque hoy me parezca sensiblería inmadura) el argumento que me impulsó a continuar fue una corazonada. Lo presentía. Dicho ejemplar existía. 

José Fernández del vallado. Josef. 2010.

Continuará...
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jueves, diciembre 16, 2010

Hará unos cinco mil años. Sigo Adelante


Foto tomada por el Autor.


Hará unos cinco mil años, no tanto como parece, el hombre decidió abandonar para siempre las selvas y bosques que lo vieron nacer. De alguna forma llegó a un punto en que resolvió que ya era independiente y adulto, y por lo tanto, autosuficiente entre la naturaleza que lo rodeaba.

No se sabe y tampoco creo que se haya estudiado con la debida minuciosidad... por qué dimos ese paso. Todo lo que sé es que según se nos enseña, hubo un progreso y un cambio o una: “humanización” decimos; en la que pasamos de ser cazadores a recolectores.

El caso es que de pronto, un día, salimos de las selvas y bosques y nos fuimos apiñando en poblados cada vez mayores, que durante el imperio romano pasaron a llamarse civitas o urbs. Tampoco sabemos la razón exacta que nos indujo a considerarnos “seres superiores.” Pero hoy esa creencia, ese error milenario, se mantiene y arrastra a nuestra civilización al exterminio, y es y fue clave para que un ser humano enaltecido, se alejara del resto de la naturaleza, dejara de tener la cabeza y los pies en el suelo y comenzara a cavilar en asuntos que le indujeron a desarrollar una faceta quizá más que ninguna otra: La Ambición.

La verdadera cuestión del tema es, lo queramos o no, seguimos siendo animales. Y en ocasiones quizá tan vulgares como el macaco más ignorante. Nuestro mayor error radica en que nos creemos inteligentes, y tal vez solo seamos una pobre aberración de la naturaleza; puesto que ¿qué ser inteligente es aquel que se muestra capaz de llevar al auto exterminio a su propia especie?

Cuando me alejé de la tribu de los Yaguas infectada por el mal monetario, y acompañado por Jorge Luis y John me adentré por primera vez en mi vida en la selva más impresionante, pude darme cuenta de lo lejos – mentalmente – que estamos de los lugares a los cuales pertenecimos. Me bastó una sola mañana y cuatro horas de caminata para, chorreando sudor y felicidad, comprender que el lugar al cual había llegado, una laguna preciosa en medio de la selva, era o también fue nuestra casa. Jorge Luis me devolvió la conciencia y supe que fuimos capaces de vivir arropados en la selva, sin destruirla; de tomar sus regalos con respeto; sin menospreciar o insultar nuestra desnudez, puesto que nuestros físicos, tal cual, siempre fueron bellos y mantuvimos respeto por ellos; y, por supuesto, me di cuenta también de algo esencial: la gran mentira de nuestra sociedad: No se necesita apenas nada para vivir. En cambio, hoy subsistimos bombardeados por océanos de noticias que nos ofrecen ¿avances? De acuerdo. Bravo por la medicina, si es que progresa. Pero ahora mismo por qué nos hace falta tener ¿cámaras, impresoras, relojes, móviles, neveras, ordenadores, automóviles, bicicletas, mp4, Ipad, dvd, televisores, radios, antenas parabólicas, etc...? Por qué tantos cachivaches. ¿Para hacernos felices? Eso no es felicidad, sino enfermedad.

He vuelto a mi hogar en Madrid. Miro esos objetos y me pregunto ¿¡por qué tengo tantas cosas inútiles!?
Ellos me impulsaron a que los comprara y ahora solo valoro una clase de objeto realmente: Los libros. Me permiten soñar, y soñar es una de nuestras cualidades más hermosas. Me detengo un instante reflexiono y con pavor me pregunto: ¿Es cualidad o defecto? ¿Por qué? ¡Ya está! Del sueño a la ambición apenas hay un paso... pero no podemos dejar de soñar sin ser ambiciosos; en cambio, sí se puede ser ambicioso sin soñar. Luego ¿Es la ambición una enfermedad de nuestra inteligencia? Tal vez. Soñar consiste en saborear un estado que te llena, pero sin alcanzarlo, en cambio ambicionarlo es desear convertir ese sueño imposible, en real. La ambición desmedida arrastra a nuestra especie al vacío porque mientras que los sueños siempre podrán existir no así las ambiciones. Me pregunto ¿La ambición es un estado perjudicial y erróneo en sí? Claro que una vez el hombre soñó con llegar a la luna, ambicionó alcanzarla y lo logró. Hoy todavía estamos a tiempo de soñar con un mundo equitativo y feliz, pero la ambición desequilibra el concepto y lo desbarata. Una pena que el hombre sea, por no decir ambicioso,sí un soñador delirante...

Fin del viaje astral...


José Fernández del Vallado. Josef diciembre 2010.

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domingo, diciembre 12, 2010

Quince minutos. Yaguas. Sigo Adelante.

Fotografía tomada por el autor. Comunidad de los Yaguas.

Mi primera caminata en la selva me lleva apenas quince minutos. Cuando llegamos al Lodge: “Hotel de chozas selvático,” no sé si ellos, pero desde luego yo que cargo con la mochila (me robaron la que llevaba al llegar a Lima, y no pienso desprenderme de la que tengo) sudo por los cuatro costados...


He experimentado sudoraciones y entre las más agresivas están, por supuesto, las del deporte. Cualquiera que practique ejercicio a destajo (un partido, o lo que sea) durante veinte o treinta minutos, acabará sudando a mares. Sin embargo cuando caigo derrengado sobre el sofá ¿me encuentro cansado? Sí... o no. Esa no es exactamente la sensación. Es cierto que el calor baja la tensión, pero yo ahora sudo por el mero hecho de caminar en un ambiente parecido a una sauna. Es cierto. Llevo una mochila, pero tampoco puede achacarse a eso mi exagerada forma de sudar, sino a los 40º C y noventa y cinco por ciento de humedad. Todavía es peor que en Iquitos. Nos ofrecen un jugo de papaya y deseo beberme tres. Me contengo, pues todo lo que ingiero lo transpiro de inmediato. Jorge Luis en cambio está acostumbrado. Es indígena, se encuentra en forma, demuestra un entusiasmo infinito y habla y habla sin cesar. Yo en cambio solo deseo quitarme esa sensación pegajosa de encima. En definitiva, me gustaría desnudarme, salir corriendo y lanzarme de cabeza al río Amazonas.

Tratando de captar la más mínima corriente de aire me siento sin apoyar mi espalda en el respaldo y no me muevo un centímetro. Sé que efectuar un leve gesto me supondrá sudar más. La mala noticia llega en ese instante: No podremos ocupar nuestras habitaciones hasta después de la comida. Y yo me pregunto ¿quién tiene hambre con este calor?

Tras almorzar me encuentro en mi habitación quitándome la ropa mojada de forma casi frenética, me meto en la ducha y permanezco allí cerca de tres cuartos de hora. Después aún me queda tiempo para salir, echarme un rato sobre la cama y reflexionar acerca de mi situación. Disponemos de un par de horas, sobre las cinco iremos a visitar una comunidad de Yaguas cercana.

Nos ponemos en marcha. Nos internamos por un camino apenas inapreciable, pero que se abre paso en la selva de forma constante. No puedo evitarlo, estoy emocionado. Siempre soñé con participar en un encuentro entre culturas.
Cuando llegamos al poblado me siento entre admirado y defraudado. ¿Acaso esperaba encontrarme hombres prehistóricos de aspecto retrógrado y miradas abúlicas? ¿Era eso? No lo sé. En cambio nada es lo que parece. Los Yaguas son conscientes de lo que queremos ver reflejado en ellos: Sus atuendos, y una cultura que se detuvo en el tiempo. Y sin embargo, me encuentro un poblado en el que todos sus miembros trabajan elaborando collares y diversas piezas de manufactura bastante avanzada, en realidad me recuerdan a los hippies, pero además hay otro detalle que choca con todo, su mirada inteligente y despierta. Son ellos quienes nos estudian a nosotros, y quienes en realidad nos ofrecen sus productos. Tras una prueba de tiro con cerbatana y un baile para distender la tensión del encuentro, todos se encuentran sonrientes, aunque yo me sienta descorazonado. Pues enseguida comprendo lo que les está sucediendo; han caído en las redes del capitalismo. Esquilmada la zona de selva que habitan, ahora necesitan unos soles para poder abastecerse de alimentos y demás utensilios en la ciudad o en los centros que controlan los hombres dueños de la “civilización.” Ya no dependen de ellos, sino de nosotros; ya no son “salvajes,” sino indígenas instruidos que sacan el máximo partido de su situación. Pero aún así los cincuenta míseros soles que obtienen tampoco parecen satisfacerles leo en sus rostros y adivino que, sin pretenderlo, ya forman parte de la ruleta universal del capitalismo. Están atrapados. Durante un instante me pregunto si adquirirán sus chozas en piezas desmontables en Ikea, mediante créditos, ¿con qué aval contribuirán? ¿Dos caimanes y un jaguar serán suficientes?

Aún así cuando logro reunirlos para tomarles una foto (a cambio de unos soles) fascinado, durante unos instantes me transmuto en uno de aquellos descubridores de principios del siglo pasado, quienes sí tuvieron la verdadera fortuna de entablar relaciones con culturas intactas y honorables. Lástima, que por entonces, nuestra “cultura occidental” hubiera dejado atributos como la decencia, el decoro y la honestidad, enterrados hace mucho tiempo...

Continúa…

José Fernández del Vallado. Josef. Diciembre 2010.
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martes, diciembre 07, 2010

Agencias. Navegando en el Amazonas. Sigo Adelante.

Fotografía tomada por el Autor


— ¿Son muy distintas unas agencias de otras?
Me da por preguntarle a Roosevelt.
Sin dejar de atender el floreciente tráfico de motocarros, el chofer asiente y alega.
— La diferencia está precisamente en sus guías, su atención, sus Lodges en la selva... Pero todo depende de lo que quieras hacer, hay multitud de propuestas.
—Y ¿cómo sabré lo que quiero? ¿Qué es un Lodge?
— Un hotel... ¡Tranquilo! Ellos te lo aclararán y te propondrán diversas opciones.
Nos detenemos ante la puerta de una sucursal. Sobre un logotipo naranja, leo: Paseos Amazónicos. De repente me siento frustrado, esto no es lo que me esperaba. Turismo de masas... ¿aquí? En todos los sitios es lo mismo: ¡El turismo! Trato de darme la vuelta pero Roosvelt me anima a seguir adelante y me convence. Al fin y al cabo yo soy un turista je...
Dentro me recibe un tipo que me saluda con expresión de primate. Desde un primer instante no me fío de sus intenciones. Me conduce a un lugar apartado y susurrando, comienza a proponerme diversos recorridos. Tras unos instantes me confieso abstraído, poco o nada me interesa lo que diga ese señor. Sin embargo, es la apariencia del hombre que hay a sus espaldas, sentado a la mesa escritorio, quien me llama la atención. Qué clase de ser humano es: ¿Un dandy de la selva? ¿Un indígena juppy extravagante? Unas lentes oscuras se asientan sobre su cabello lacio y lustroso. Sin prestarme atención repasa un conjunto de archivos.
Cuando regreso a mí, insaciable, el primate ha comenzado a proponerme una exuberante excursión de cinco días por la selva. Cansado, estoy a punto de mandarlo al carajo. Sólo entonces se percata de mi forma de mirar al hombre que hay tras él. Se vuelve, esboza una sonrisa constreñida, y señala.
— ¡Ah! Disculpa. Te presento a Jorge Luis. Será tu guía. Si te animas, claro.
El dandy se acerca a mí, nos damos la mano. Permanezco mirándolo desorientado. Hay algo en su expresión inteligente y abierta que vence mis reticencias. Me agrada la sinceridad y decisión que intuyo en ese hombre.
— Bueno, qué me dice. ¿Acepta? Me apremia el primate.
— De acuerdo, afirmo sin titubear, y pregunto.
— ¿Cuánto puede costar la de cinco días?
— Bien. Las comidas y parte de la bebida están incluidas. Únicamente el bar, y cualquier cosa que consuma que deberá pagarse al momento...
— Ya. ¿A cuánto asciende todo? Insto.
— Veamos... Seiscientos ochenta.
— ¿¡Dólares!? Pronuncio sobresaltado.
Sin dejar de mirarme, con una fina ironía animal, el primate rectifica.
— Soles, por supuesto, y añade.
— ¿No es caro, verdad?
—No lo sé. Depende.
— De qué.
— De quien sea el que vaya. Yo vengo de Europa y al cambio doscientos euros quizá resulten bien... para mí (y habrá que verlo) pero ¿qué opinan sus paisanos?
Se ríe y contesta.
—Ah, ya entiendo. Desde luego. Somos pobres los peruanos. Suelta una sonrisa cínica y me da la mano sin añadir nada nuevo.
Está claro. La situación de sus compatriotas le importa un bledo. Además, no tiene arreglo. La pobreza viaja sola, sin ayudas...

Al salir Roosevelt se ofrece para llevarme al embarcadero.
Imagino un lugar pulcro con olor a río y vegetación y lo que me encuentro es precisamente lo opuesto. Debido a las subidas y bajadas del río no existen muelles en el Amazonas. Sólo un terreno arenoso y sucio, lleno de desperdicios, que me recuerda a una playa en mal estado. Desciendo y embarco en la curiará que me llevará a la selva, o a lo que quede de ella.
Instantes después se presentan cinco acompañantes y Jorge Luis, nuestro guía.
Arrancamos y de inmediato comienza a instruirnos sobre la situación amazónica, y lo que nos cuenta no es demasiado halagüeño. La selva y el río están siendo utilizados de la misma forma que una mina sobreexplotada. Se extrae demasiada pesca, se cazan muchas especies animales, se talan cantidades ingentes de floresta, y en fin, los estados que deberían protegerla esquilman sin tener en cuenta que todo tiene un límite.
Los resultados empiezan ya a verse. Por ejemplo, un pez: El paiche o la arapaima gigante, ha tenido que ser protegida con urgencia, su situación está próxima a la extinción. Lo mismo sucede con el caimán negro y muchas especies de loros, monos, e incluso bellas especies de mariposas.
Le pregunto si, tal como he oído, todavía existen zonas inexploradas. Se ríe con ironía, y mirándonos fijamente, nos pregunta.
— ¿Que pensáis?
Cuando le replicamos mediante un escueto interrogante: “¿Tal vez...?” Señala hacia arriba y contesta.
— Mirad al cielo, surcado por infinidad de aviones, helicópteros, y satélites con cámaras de una resolución asombrosa. ¿No pensáis que habrán cartografiado hasta el último rincón de selva?
Asiento con seriedad. Prosigue.
— Una cosa es casi segura. Ya no quedan tribus por descubrir tal como ciertos alarmistas afirman. Otra cosa es que algunos indígenas con tal de alejarse de la lacra de nuestra civilización, se adentran más en la espesura y cuando de nuevo son localizados, nuestra embustera y propagandista civilización difunde que se ha dado con una tribu desconocida.
De repente se alza sobre la barca y exclama.
— ¡Allí! ¡Delfines del Amazonas!
Me vuelvo y apenas consigo verlos, y menos tomar una fotografía. Desaparecen enseguida. En cambio, una nueva sensación se apodera de mí. ¿Estoy realmente donde me propuse? Desde luego. Quizá sin ser consecuente de donde me voy a meter. Pero he llegado al Amazonas; y el río, impresionante, me recibe desplegando su amalgama de sorpresas...

Continúa...

José Fernández del vallado. Josef. Diciembre 2010.

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viernes, diciembre 03, 2010

Señor J... Sigo adelante.

Fotografía tomada por al Autor.


¿Señor J..?
Mareado, miro a ambos lados. Giro sobre mis talones y a mis espaldas encuentro al hombrecillo. Tiene el pelo gris, barriga prominente, y la cara surcada de cicatrices de viruela. Parece de raza blanca, aunque tengo dudas razonables, sobre todo en un lugar donde hay un mestizaje del 70%.
—Sí, soy yo.
Me mira de arriba abajo, sonríe y pronuncia con cortesía.
—Roosevelt para servirle. He venido a llevarlo a su Hotel. Permítame.
Toma mi mochila sin aparente esfuerzo y le pregunto.
— ¿Siempre hace el mismo calor por aquí?
Asiente.
— ¿Y cómo pueden soportarlo?
Deposita la mochila a mis pies. Nos hemos detenido junto a un Peugeot destartalado. Abre la puerta trasera, y me dice.
— Sabe... A veces hace incluso más. Cuarenta o cuarenta y pico. Está de suerte, hoy solo son treinta y ocho, disfrute... Siéntese y espere. Debo recoger a dos más.
— ¿Dos más qué…?
—Pasajeros. Ahora vuelvo. No se mueva.
Entro en el coche. Cierra la puerta y se marcha. Permanezco en silencio, sin moverme un centímetro, con la mochila sobre mis piernas. Tal vez así... ¿disfrute? Una gota de sudor se desliza por mi frente, al cabo de unos segundos me encuentro empapado. Abro la puerta, dejo la mochila en el asiento, salgo y trato de respirar el aire fresco inexistente. Al cabo de unos minutos – dentro de lo malo – estoy mejor.
Roosevelt (no el presidente) aparece con dos ¿holandeses? Nos damos la mano. Subo delante.
Cuando el vehículo arranca la brisa que entra por la ventanilla restablece mi estado.
— ¿Mucho mosquito? Pregunta la irlandesa holandesa.
— No. Responde el chofer.
Y qué hay de la malaria aprovecho para intercalar. ¿Hay malaria por aquí?
Asiente con la cabeza y murmura.
— Sí, por desgracia. Pero sabe... A nadie le conviene decirlo demasiado, si no los americanos y europeos dejaríais de venir.
—Ya, comprendo. Humm... ¿Las pastillas de Malarone, funcionan?
— ¿El qué?
— ¿Las conoce?
—Sí.
— Y sirven... para algo...
— Sí por Dios tómelas. Si va a ir a la selva tómelas por lo que más quiera. No me gustaría que le pasara lo mismo que al americano de la semana pasada.
— Qué le ocurrió.
— Nada... o todo. Se fue unos días a al selva y cogió las fiebres. Se puso malísimo. Se lo tuvieron que llevar a la capital.
— Pues no me da usted ánimos. Pensaba ir a...
— Vaya... ¿De verdad? Merece la pena. Es maravillosa. Mire, mañana paso a recogerle y le llevo a alguna agencia. Por cierto, ya estamos en su hotel.
— ¿Es esta cosa?
— Que ocurre ¿no le gusta? También hablaremos de eso. Mañana a las nueve. ¿Le parece?
— De acuerdo.

En recepción me atiende un brasileño o tal vez portugués. Más tarde me entero de que se trata del dialecto que hablan allí. Una mezcolanza entre español y portugués.
Tras juguetear a intentar comprendernos durante cerca de media hora, me acompaña a mi habitación. Nada más abrir la puerta descubro una especie de antro con un par de ventiladores, sin ventanas exteriores. La verdad, no me agrada demasiado pero todo parece estar limpio y además ansío tomarme una ducha y acomodarme al amparo de la brisa de los ventiladores.

Una vez a solas me desnudo con premura, entro en el plato de la ducha, abro el grifo corro las cortinas y me dejo rociar con un agua templada, giro sobre mí y me congelo. En la pared, cómodamente instalada, acechándome desde que entré, distingo el bello espectáculo de una tarantulita peluda y simpática. Es curioso, hasta ese instante no se me había ocurrido pensar que la ciudad en la que estoy es una isla en medio de la selva, y es previsible – aunque yo no haya previsto nada – encontrarse sorpresas así. Salgo apurado, el bicho no se mueve un ápice de su posición. Agobiado abro mi mochila y revuelvo en su interior hasta encontrar el relec anti parásitos, y cuando me dispongo a rociar, observo que ha tomado las de Villadiego. El artrópodo es listo, o al menos lo aparenta. Rocío todas las paredes con relec, y cuidadosamente vuelvo a introducirme bajo la cebolla de la ducha.
Cuando salgo y comienzo a vestirme, me doy cuenta de la exigua eficacia del baño, me asfixio de nuevo. Enciendo ambos ventiladores al tiempo, el del techo y el del suelo, el cual enfoco hacia la cama procurando que alcance los puntos vitales de mi cuerpo. Una vez me aseguro, me acomodo y por primera vez disfruto de mi llegada ¿al paraíso?
La noche es lo más parecido a un infierno, escuchando los motores de los ventiladores como si fueran las hélices de un bimotor. Algo me pica en el tobillo, fuera del radio de acción del ventilador, quien causa mi primer tatuaje de guerra ¿será la preciosa arañita, o el famoso Anopheles gambiae? Me rasco y apuesto por el Anopheles.

A la mañana siguiente descubro la mesilla de noche donde dejé la envoltura de un caramelo y el estuchito con mi audífono infestado de unas hormigas tan diminutas como jamás las he visto.
El susto me lo llevo al abrir el estuche. Los insectos son tan minúsculos que han sido capaces de colarse por las ranuras de la cremallera, hasta alcanzar mi audífono abierto con la pila depositada a su lado, e incluso deben de haber entrado en él. Preocupado cojo el aparato y lo reviso de forma metódica. La situación es complicada; si no quiero perder mi oreja no puedo desinfectarlo con lejía ni rociarlo con antimosquitos. Cuando me aseguro de que está libre de bichos descubro un detalle que me sorprende. El instrumento parece estar milagrosamente limpio. ¿Es posible que las hormigas hayan devorado cualquier resto de cerumen o impureza hasta dejar el audífono limpio como nunca lo tuve? Superadas mis reticencias me lo pongo y salgo al pasillo.
En recepción descubro que lo del desayuno incluido es una falacia. Decido no ponerme nervioso; tampoco hay por qué. Me encuentro bien y tranquilo y además de momento ¡no sudo!
Pregunto al recepcionista donde puedo encontrar un lugar para desayunar. Me acompaña a la calle, y sin dejar de hacer aspavientos, me indica que caminando dos cuadras luego yendo a la derecha, para finalmente volver sobre mi izquierda – finaliza de informar satisfecho – encontraré el mercadillo de “Santas Pascuas.” Asiento como si no hubiera problema, pero estoy tan perdido como Jesucristo en el desierto.
Me pongo en marcha. Aún es temprano y caminar me vendrá bien.
Hace una mañana espléndida y además la ciudad que voy descubriendo no deja de sorprenderme; todo es nuevo y a la vez tan antiguo... Es como si hubiera retrocedido en el tiempo hasta principios del siglo pasado, y me encontrara en un lugar similar a, por ejemplo, Nueva Orleans. Hay casas preciosas con paramentos cubiertos de azulejos verdes, azules, marrones. Definitivamente esto no es el Perú, sino un lugar que se congeló en el tiempo tras la opulencia del caucho.
Doblo una calle y encuentro a los escribas. Maravillado permanezco observando como debido al analfabetismo, la gente recurre a ellos para que les redacten documentos y cartas.
Sigo caminando y al fondo de una calle diviso un bullicio exagerado. Instantes después me introduzco en un mercado que se extiende en variadas especialidades. Se venden desde retales hasta piezas de maquinaria, verduras, carne, animales y toda clase de utensilios irreconocibles. Pero es en la acera de la calle, evitando pisar a grupos de indígenas e indigentes que se arremolinan en el suelo, donde descubro el milagro. En un extremo de la calle hay pequeños mostradores con banquetas donde sirven café con jugos y dulces variados. Me acomodo en uno de ellos, y sin dejar de observar al cliente que se encuentra ami lado, excepto un café con leche en un tazón espléndido, pido todo lo que va encargando. El desayuno finaliza con un jugo de guayaba, plátano, mango, chayote y leche. Por apenas dos soles salgo nuevo y renovado como un Toro.

Nada más llegar al hotel me encuentro con Roosevelt esperando a la puerta. Le pido tiempo para arreglar la mochila, liquido el hotel y salimos a buscar un medio de transporte hacia la selva…

Continúa...

José Fernández del Vallado. Josef. Diciembre. 2010.

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martes, noviembre 30, 2010

Aterrizaje en Iquitos. Sigo Adelante.

domingo, noviembre 28, 2010

Terremoto. Sigo adelante.

Trato de razonar lo que sentí aquella madrugada a las tres y media, cuando desperté dentro de mi habitación en aquella ciudad del desierto.
Me observo a mí con perplejidad y desconcierto, mirando con pasmo el bamboleo de las paredes del apartamento. Todo parecía ondularse a un ritmo acompasado y febril: La cama, el suelo, los muebles. ¿Acaso estaba en un buque? Y el ruido; similar a un gorgoteo subterráneo. Absolutamente todo moviéndose con frenesí en el umbral del descalabro; y yo, con ambas manos crispadas sobre las sábanas, los ojos incrédulos y los pies titubeando.
La cuestión es que no sentí miedo, en realidad no me dio tiempo siquiera a experimentarlo. Luego supe que si el seísmo hubiera sido según la escala Richter, unas décimas más enérgico, quizás hubiera fallecido con una expresión de estupefacción grabada en mi semblante.
Sin embargo la oscilación se detuvo. Me asomé a la puerta y escuché. No se oían gritos de pánico ni ruidos anormales, todo parecía seguir una pauta preconcebida de antemano. Era un silencio de miedo y muerte. El silencio que crea la oscuridad para llevarse a los débiles y a los peor preparados. Así sucede en esos lugares del mundo donde la pobreza es sinónimo de muerte; sin atenciones ni ayudas.
Tuve un mal presentimiento. No sabía cómo había llegado a instalarme en aquella ciudad del desierto, aunque tampoco anhelaba quedarme en aquel hotel por más tiempo y más tras observar las grietas que el temblor había causado en sus muros y tabiques.
Salí apresurado, en bañador y chanclas, un polo y la mochila a cuestas. En recepción, por sorpresa o de forma premeditada, no había nadie. Escapé hacia afuera y nada más surgir del inmueble los vi. Todos, o casi todos estaban ya fuera. Situados a razonable distancia proferían gritos de pánico y lloraban presas del miedo y la histeria. Algunos, entre los que se encontraba el recepcionista, me felicitaron, ya que realmente acababa de nacer, me comunicaron con aire solemne, pues el edificio estaba en muy mal estado.

Hacía un frío impresionante por la noche en aquel desierto – ciudad; supongo que lo mismo sucede en los demás lugares. ¿Alguna idea sobre a donde ir? Estaba vivo luego, excepto seguir adelante con aquel viaje disparatado, no se me ocurrió nada mejor...

Durante unos instantes pensé en presentarme en casa de mi amiga, antes novia y muy querida, aunque por aquellos tiempos se había transformado en una mujer ocupada en sacar adelante a sus hijos. Deseché la idea cuando supe que estaban a salvo; pues me llegó un mensaje de su sobrino interesándose por mí. Además, estaban acostumbrados a esa clase de vida. Si es que es posible acostumbrarse a vivir aguardando con miedo e impotencia el golpe traidor de un próximo temblor.
En cambio yo, debía seguir adelante. Había otros lugares, me esperaban, y no había tiempo que perder. Más tarde volvería sobre mis pasos y me reuniría con mi amiga.

Tuve suerte en la estación de autobuses. Algunos salían de madrugada con destino a la capital. De modo que me embarqué y antes de ser consciente de mi estrella, una joven y preciosa peruana se acomodaba a mi lado.
— ¿A dónde vas? Me preguntó.
— A Lima, le dije molesto y sin ningún deseo de hablar.
— Ah. Yo a San Vicente de Cañete. Lo conoces.
— No.
— Ya... Lo suponía. ¿Extranjero verdad?
— Sí...
— ¿De dónde?
— ¿Acaso eso tiene importancia a estas alturas?
— No, no por supuesto. ¿No te habrás irritado? Me preguntó mirándome con preocupación.
— Oh, no, para nada. Es que lo del terremoto no solo me preocupa, también me ha desconcertado del todo. Es algo... tan extraño…
— Sí, son ondas sísmicas. Es como un oleaje terrestre. ¿Lo has percibido?
— Sí, así ha sido...
— Verás... El lugar al que voy es una pequeña población que se encuentra muy cerca de Lima .Necesito saber si todos se encuentran a salvo.
— Te comprendo, le dije. Yo en tu lugar haría lo mismo.
Y giré la cabeza con desconsuelo.
Nos dispusimos a dormir. Apenas había entrado en un leve sopor cuando sentí sus brazos rodearme. Abrí los ojos, me miraba fijamente. Me dijo.
— ¿Cansado de estar solo?
Asentí. Y la oí decir.
— Yo también.
Cerré los ojos y percibí sus labios presionar sobre los míos, su lengua al acariciar mi paladar y fundirse con la mía; comenzamos a besarnos. Mantuve los ojos cerrados, no deseaba abrirlos y estropear llenando de realidad aquel momento de ilusión casi irreal...

El viaje duraba unas seis horas, permanecimos tres reconociéndonos; luego nos dormimos. Después el autobús se detuvo. Oí gritar de forma repetida: ¡Cañete, Cañete, Cañete! Ella cogió su equipaje de mano y me dijo.
— Me llamo Chaska. En quechua significa: “La de cabellos largos y crespos.” Si quieres volver a verme, búscame en Cañete, suelo estar por aquí...
Besos... Le dije adormilado y con tristeza.
Me dio un beso y se marchó.

Cuando llegué a la estación de autobuses me senté con cansancio y de forma abstraída me fijé en una de sus paredes. Un cartel publicitario anunciaba: ¡Iquitos, la ciudad de la selva! Visite sus maravillas.
Lo cierto es que nunca se me había ocurrido que en el Perú hubiera selva. Cuando uno oye hablar del país en cuestión lo primero en lo que piensa es en Lima, el Altiplano andino, el Machu Pichu, y poco más. A continuación me enteré que Iquitos es la población más grande asediada de selva e inaccesible por tierra que existe en el mundo. En la ciudad viven unos ochocientos mil habitantes.
Tomé un taxi al aeropuerto. Y tres horas más tarde estaba acomodado en la butaca 17D junto a la ventanilla, con destino a Iquitos….

Continúa.

José Fernández del Vallado. Josef. 27 noviembre 2010.

A MIS LECTORES: Una de mis escritoras favoritas: Lauren Groof, dice: "Al fin y al cabo la ficción consiste en contar la verdad pero mediante mentiras."
Yo en cambio más bien lo veo así: La ficción consiste en contar la verdad y adornarla con un toque fantástico, pero nnunca una verdadera mentira. Puesto que muchas veces la realidad supera a la ficción.
Así pues este relato es en parte realidad y en parte ficción, pero nunca una mentira ni una absurda irrealidad. En sí se trata de nuestra existencia; sus reveses y fortunas... Así es la vida ¿no lo creeís?

Un abrazo.
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jueves, noviembre 18, 2010

En el altiplano. Mitificando la Mitología.

Estuve tanto tiempo vacío de cualquier sentimiento; vacío de pasión por escribir, de ilusión por vivir, pero sobre todo anhelando sentirme caliente y con vida entrelazado junto a una mujer, amándola. Odio esa fase de la existencia en que la fiebre de la sensualidad decae y uno se convierte en “añoranzas de un pasado que nunca existió,” o en cucaracha desganada que subsiste para alimentarse de los desperdicios que la miseria le concede. Puedo asegurarlo, muchas veces me odio a mí mismo, sobre todo cuando me transformo en un patético y asexuado ser que observa a las parejas con aversión y envidia ¿de qué? ¿De que puedan acariciarse libremente mientras yo permanezco prisionero de mi ilustre y marcial reputación? Me repugna ese estado de mi mismo, soy joven aún, y todavía bulle dentro de mí la llama del amor...

Y desde luego, no pensaba en sucumbir a la desidia y la abstinencia, ni siquiera encontrándome extraño. Estaba allí, a cuatro mil metros de altura, quizá un poco menos, en la cuna de la cultura quechua, y aunque me sintiera aturdido mis ojos no eludían las miradas bien intencionadas o mal intencionadas que ciertas jóvenes indígenas me dedicaban. Estaba claro, yo era su objetivo, el forastero rico, y me sentía complacido por ello. Para ellas juntar varios soles al día ya era un milagro, pero ¿y si mediante un golpe de suerte lograban cincuenta o cien soles? Qué suponía ese dinero para mí. Nada. Y, además, cuando estuve en otro continente lo hice sin reparo con algunas diosas de ébano, hasta el punto de caer rendido, fue algo genial y excitante. Luego ¿cómo dejar escapar la ocasión de experimentar el placer de fusionar mi semen con sangre de una raza antigua y noble altiplánica?

Lo sé, puedo llegar a ser despreciable. Pero lo que voy a contar es la inmutable realidad de lo que sucedió en Puno, y no lo que podría haber sucedido.

A mi regreso relaté a todo el mundo que mientras yo aguardaba en el hotel, el pardillo que me acompañaba lo pasaba bomba tonteando con unas bellezas locales. Y así fue, pero no es del todo cierto. Yo también disfruté aquella noche. En realidad, sin saberlo, mi subconsciente aguardaba a que él despejara el camino. Éramos tan diferentes. Él, un joven salido de la nada, y que por obra mía por primera vez conocía su nación, sus misterios y poderes ocultos. Yo en cambio, era un viajero solitario, que siempre supe rodearme de las mujeres adecuadas en los momentos idóneos.
El hecho es que podía haber encargado al servicio que me hicieran el favor de subirme a una prostituta a la habitación, y asunto resuelto. Si los imperialistas del siglo XXI, los turistas norteamericanos lo hacían, por qué no iba a hacerlo yo. La cuestión radica en que no soy tan soez y prefiero llevar las cosas a mi manera, con discreción, no me agrada que más tarde ciertos imbéciles se rían a mis espaldas, aunque eso tampoco hiere ni debilita mis sentimientos.

Descubrí la salida de servicio del hotel aquella misma tarde, cuando bajé a registrarme. Pregunté por los servicios, seguí a un mozo que desapareció por un pasillo al fondo de un lujoso salón que exhibía paredes decoradas con planchas antiguas, las que pesan un quintal, y las que seguramente sirvieron además de para su utilidad para solventar la situación conyugal de unas cuantas parejas de inocentes... O quizá no tanto.

Eran las diez de la noche cuando salí. El mozo de recepción ni me olió. En cuanto a mi compañero me había dejado sobre las nueve. Me dijo que regresaría al hotel en unos instantes, yo en cambio sabía que no volvería de inmediato. Le había oído masturbarse las últimas dos noches en el baño y sagazmente le presté unos soles de más. De modo que estaba listo; y yo también.

Cualquiera que no haya visto Puno será incapaz de imaginarlo. Más que una ciudad es un laberinto de colinas como terrones de azúcar negrita que se desgranan hasta el lago Titicaca. Por la noche está muy, pero muy oscuro. Y además hace frío. De modo que lo mejor que uno puede hacer es ponerse un chullo (clásico gorro del altiplano), un abrigo arropado que te cubra de los pies a la nuca, unos guantes de piel de llama, sin olvidar que te encuentras a 3.827 metros de altura, y hacer esfuerzos indebidos puede resultar aventurado.

Me puse en marcha. Sobrepasé la Plaza de Armas y me interné en los aledaños de la calle de Lima, bordeándola, no deseaba que cualquier mirón se fijara en mí; se trataba de pasar inadvertido. De pronto me di cuenta, estaba en la Avenida del Puerto. Lo recordé de repente. Ese medio día el conserje del hotel nos recomendó no recorrer esa calle, sobre todo – insinuó – por la noche, podía resultar peligrosa. En cambio yo me sentí a gusto y tranquilo, como si estuviera en un lugar conocido; hasta el momento no había advertido más inseguridad que la que me inducía el hecho de imaginar al autobús despeñándose por un terraplén de los que ascienden al altiplano. Me agradaba depender de mí mismo, ¿quería eso decir que ya era adulto y racional? No estaba claro. Pues en mi historial contaba con unas cuantas heridas de arma blanca por estar donde no debía en el momento más inadecuado. Me sentí confuso y mareado. Quizá fuera el mal de altura o la decepción de descubrir que la oscuridad, una negrura total que me impulsó a preguntarme si habría un eclipse de luna, no resultaba tan peligrosa como todo el mundo imagina, pues el hecho de ser temida empuja a la multitud a evitarla de la forma que sea.
Doblé un chaflán, al otro lado de la calle había un local sombrío como una caverna, y encima estaba en obras. Duraron apenas un instante pero las escuché, se trataba de ¿respiraciones de sofoco? No lo voy a negar, pero inmerso en mi nube de silencio aquellos resuellos apagados se captaban como el fragor de un fuelle destemplado, y como por naturaleza soy curioso, caminando en silencio me adentré pegado a la pared. No deseaba que quien se encontraba allí descubriera mi perfil. Poco a poco mis ojos se acostumbraron al escenario y me revelaron el panorama. Cuatro hombres inmovilizaban a la víctima: una mujer, y daban cuenta de ella. La violentada estaba tan aterrorizada o tan agotada, que ni siquiera tenía fuerzas para gritar o siquiera moverse.
Tras unos instantes de desconcierto dieron fin a la cuestión y uno sacó una navaja. Lo vi claro, su intención era acabar con la vida de la desafortunada. Solo entonces, de forma impulsiva, intervine.
— ¡Basta! Déjenla en paz...
Tres de ellos farfullaron algo y sin siquiera echarme una mirada desaparecieron en las tinieblas. El cuarto, un ser maligno, no se arredró. Sostuvo el arma en sus manos y me plantó cara.
— Vete, le dije con voz temblona y sonora.
Su respuesta fue un jadeo ronco y entrecortado... nada más.
Sin saber evitarlo, murmurando un lenguaje que no recordaba haber pronunciado jamás, aunque tampoco me sonó ajeno, mi garganta articuló.
— Sinvergüenza. No escaparás esta vez. Soy Illapa.*
Nos separaban unos cinco metros cuando se abalanzó sobre mí. En caso de percance ya había previsto e incluso probado mi arma, pero no conté conque fuera a resultar tan impresionante. Saqué el pulverizador antimosquitos: Relec extra fuerte, situé el mechero delante, presioné y el reguero de un lanzallamas abrasó la cara del hombre. Se desplomó sin gritar, dando tumbos, no podía hablar. Aparte del rostro, tenía la lengua y la garganta abrasadas. Acto seguido mi actitud ¿me sorprendió? En absoluto. Impresionado ante mi nivel de agresividad lo rematé a patadas y pisotones, un ladrillazo de adobe resultó definitivo.

Me dirigí hacia la muchacha. Estaba sucia y desnuda, revuelta en el barro. Cuidadosamente saqué y desenvolví mis paquetes de clínex. En cuanto estuvo lista me encontré ante mí a una deidad indígena o ¿¡la hija del mismo Dios Viracocha!? Era... ¡bellísima! Exhausta, sus ojos almendrados y negros, me contemplaban extraviados en terror. Solo el hecho de examinarla me produjo un placer inexplicable, tan lujurioso, que antes de hacerlo pensé que con tal de evitar aquella mirada, prefería acabar con su vida. Pero no fui capaz, o algo me lo impidió. Sin contenerme, me abalancé sobre ella como el peor maleante y la besé y acaricié con lascivia. Cuando terminé me incorporé resollando. Ella ni siquiera me miró, había cerrado los ojos. Sin pensarlo deposité a su lado seiscientos míseros soles – una fortuna en aquel lugar – y huí como si me persiguiera el diablo.
Regresé al hotel sintiéndome sucio y miserable. Me di una ducha, me metí en la cama y permanecí dando vueltas sin sueño.
Un par de horas después la puerta se abrió. Inti* alzó los brazos y con voz alcoholizada, clamó.
— ¡Bravo! He encontrado chicas, chicas quechuas bellísimas. ¡Mañana saldremos con ellas!
Y se durmió.
Al día siguiente, Inti con resaca (de chicas nada) y yo con pánico y vergüenza, tomamos el autobús para Cuzco. Inti compró un ejemplar del diario: “Los Andes,” y como se sentía incapaz de leer, me lo entregó. Venía en la primera página. Decía así:

Misterioso “Criminal del Pulverizador” asesina al alcalde de Puno y libra de una muerte segura a su mujer, Doña Quilla.*
Según palabras de la esposa violentada, el ilustre Alcalde Señor Don Supay*, celoso de la relación – por supuesto inexistente – entre ella y Don Illapa,*(empresario textil) pretendía no solo vejarla, sino después asesinarla y....

Cuando terminé de leer me sentí mucho mejor pero permanecí pensativo. ¿Al mencionar al tal Don Illapa se referían a mí? ¿Me buscaban? ¿Cómo habían descubierto mi nombre de combate? ¡Imposible! No había dejado rastros, recordaba haber recogido meticulosamente uno tras uno todos los clínex con los que limpié a… ¿Doña Quilla? En cambio aquel nombre sí me sonaba... y de una forma sobrecogedora. Todo sucedió en unos instantes. Experimenté una sensación de descarga y entendí que de alguna forma había cumplido mi objetivo. Mi tensión interior se aplacó transformándose en relajante desahogo. Inti dormía placidamente, sus párpados despedían rayos de luz blanquecina. Oí la voz de Viracocha dándome su aprobación y me sentí tranquilo por fin. Tras un par de noches en blanco, mis ojos se cerraban, sentí un cosquilleo en mi entrepierna y volví a centrarme en el designio prioritario de mi milenaria existencia: ¡El sexo!

José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre. 2010.

Supay:* (Dios Zupay) Es un demonio de la mitología Inca. Era a la vez el dios de la Muerte y el señor del inframundo. Fue la personificación de toda la maldad.
Quilla:* Era la diosa de la Luna, también hermana y esposa del Dios Inti e Hija del Dios Viracocha. Mitos que rodean a Mama Quilla incluyen que lloró lágrimas de plata y que los eclipses lunares fueron causados cuando ella era atacada por un animal. Era representada en la forma de una bella mujer y sus templos en el Cusco eran atendidos por sacerdotisas dedicadas de los Acllahuasis.
Illapa:* (Dios Illapa) :Considerado como “Gran Señor del fuego”, también recibió el nombre de "Libiac" su colérica figura se identificaba con un guerrero celeste que al sacudir su onda producía un estallido que ocasionaba fuego. Se cree que era enormemente apasionado.
Inti:*Hijo de Viracocha, Dios del sol.





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lunes, noviembre 15, 2010

¿Señal de buena fe?

Puedo ver a través de la cristalera del bar como lentamente el relente y la oscuridad de la noche van ganando el terreno que durante algunos años mi organismo ha perdido frente a la luz de la vida. Y, sin embargo, ahora, acomodado a la mesa frente a ella, la juventud y la belleza vuelven de nuevo a impregnar mi interior de un calor desconocido. Escucho expandirse su timidez oculta tras la coraza de su belleza, deseo que el tiempo no transcurra, y borre la magia de unos instantes inapreciables, tal como suele ocurrir a menudo. Soñé con una mujer como ella muchas… demasiadas veces, y hasta redacté incompleto, porque nunca supe terminarlo, un relato que representaba a una mujer similar.

Recién regresado del Amazonas, donde mi organismo necesitó purgarse de la basura adherida a su anatomía y arterias, me encuentro limpio y nuevo otra vez como no lo he estado en años, e incluso joven, una vez más.
Me aventuro en la charla con ella inquiriendo con precaución, sin dejarla de escrutar con disimulo, deseando no herir sus sentimientos o su sensibilidad, conocedor de que la magia – semejante clase de magia – a veces solo dura unos instantes. Observo en sus pupilas despiertas colmadas de felicidad y de sueños, y las entiendo: Las mías fueron iguales.
Decidida a dar el gran salto a la vida ha elegido mi piso, aquel que habité durante unos años de felicidad irracional pero sincera, antes de que todo dentro de mí se fragmentara.
Cometo entonces el error de comenzar a hablar de mi pasado. Pues cada vez que lo hago, descubro que en mi juventud hubo de todo pero también mucho descalabro y sobre todo, tinieblas. ¿Cuanto tiempo anduve perdido? Años...
Me callo y doy un sorbo a la taza de café.
Ella permanece mirándome con ojos de asombro. Su capacidad de discernimiento aún no alcanza a desentrañar que se puedan cometer semejantes reveses; pero la vida pese a ser corta da para mucho, y yo los cometí creyendo que era feliz, cuando cada vez era más débil y dependiente de mi propia e inestable fragilidad…

Me limito a sonreír, ella hace lo mismo. No estoy dispuesto a romper el encanto de la noche relatando historias fragosas. Tampoco necesito ver otra vez a un rostro precioso, llorar. En cambio, aquella sonrisa... cada mueca suya de alegría suponen diez recuperaciones de mi corazón; diez aspiraciones de aliento; diez nuevos anhelos de vida; diez recargas de creencia ante la incredulidad; diez esbozos de pasmo infantil en mi rostro; diez inocencias recobradas; diez regresos a mi más tierna infancia... diez…
De golpe me encuentro a gusto y reconfortado, y no deseo acabar mal una historia nocturna de edades distantes. Miro la fecha de su carné. Podría ser mi hija; la hija que no tengo...
Saboreamos los cafés mirándonos satisfechos. Existe algo más que cordialidad entre nosotros. Firmamos la señal, me entrega el dinero y doy por concluido el momento.
Fuera, el frío y la lluvia me devuelven a la realidad. Caminamos hasta su moto.
Mirándome fijamente S se detiene, y como si temiera romper la fragilidad del momento coloca sus manos sobre mis hombros, se alza y me da un suave beso en los labios. Luego, mientras se pone el casco, me dice.

—Descuida, tu piso está en buenas manos.

José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2010.

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jueves, noviembre 11, 2010

Sobre la espesura de la vida.

Fotografías de José Fernández del Vallado.

Lo confieso. Antes de viajar a la selva – un lugar que de bello se puede transmutar en arriesgado – transcurrí muchas horas meditando cómo alcanzar de alguna forma el grado de liberación físico y espiritual que necesitaba. Me sentía oprimido. No sé si por los de mi especie o quizá por la insufrible rutina de una vida de escritor casero y solitario. Solo sabía lo siguiente. En España me encontraba desalentado, sin mecanismos que resolvieran una situación que se prolongaba demasiado.

Opté primero por viajar a Europa, pero por grandiosos que fueran, inmerso entre monumentos humanos, supe que tampoco iba a encontrar aquello que precisaba. Por eso escapé hacia un lugar donde probarme a mí mismo. No fue una huida, sino una puesta en marcha, un mirar hacia delante e intentar desentrañar como estaba el mundo y yo en realidad. Y descubrí sorpresas dolorosas: La pobreza, la devastación y el sometimiento al capital ante el cual el ser humano se encuentra abocado. Y hermosas: Hay en esos lugares cantidad de humanidad que a pesar de su miseria material, demuestran además de calidad humana, una enorme riqueza espiritual. Junto a ellos he aprendido a crecer un poco más, y a ser mejor. Entre otras me descubrí a mí mismo a mis apuestos cuarenta y tantos, y ahora sé con certeza algo que sospechaba: Soy vago, no tan ágil como suponía, pero conservo cierta juventud interior, y sobre todo tengo la estrella de haber tenido la oportunidad de vivir bajo la tutela de unos padres excelentes, y caminar durante unas cuantas horas por una selva extenuante a 40ºC, luchando contra el barro, las trepadoras y los mosquitos, contra los que por desgracia, no hay mucho que hacer, excepto sucumbir con estoicismo a sus irritantes picaduras.

La mañana que dentro de mí penetró esa especie de – llamémosla, sensación de euforia – no supe como aspirar la admirable simplicidad de su contexto. Estaba vivo y reformado. Y sin embargo apenas tenía conciencia de sentirme lejos de casa, y era así porque de alguna forma concebía que el océano de selva desconocida que me envolvía no me era tan ajeno, pues en cierto modo formaba parte también de mi hogar.

Jorge Luis, a mis espaldas, pescaba una tilapia tras otra, mientras que John delante de mí, hacía lo mismo. Y yo, con la caña entre las manos, me sentía incapaz de cesar de admirar el lago de aguas oscuras más misterioso y salvaje que presenciaba en mi vida. Estábamos en un lugar realmente deshabitado, a más de cien kilómetros del primer vestigio de civilización. Entonces me sentí explorador, pero actual, sin ambiciones y con un único deseo: Empaparme de imágenes y sensaciones, sin perturbar aquel entorno fascinante. Sabía que estaba ante un tesoro frágil, dejarme llevar por las nociones de mis guías era un placer; oler los aromas, respirar, y sentirme pletórico era lo mejor que podía hacer sin exponerme, dado que en la selva – alejado de cualquier lugar de socorro – un paso en falso marca la rúbrica entre continuar o dejar de existir. Dotados de una facultad admirable para localizar a insectos y animales disfrazados en la espesura, me advertían siempre con antelación, tomando sus precauciones ante, por ejemplo, el paso de las hormigas soldado, o la situación de un hormiguero de las hormigas más notables y temibles del mundo (de unos tres o cuatro centímetros) poseedoras de una mordedura que en instantes te contagia una fiebre de 43º C. Me enseñaban arañas tan voluminosas como un puño en sus madrigueras; un conjunto de murciélagos hematófagos – se alimentan de la sangre de algunos mamíferos, entre ellos el hombre – resguardados bajo la corteza de un árbol. Jorge Luis, el guía más notable, un indio distinguido y casi aristocrático, me explicaba como las hojas de una planta poseen las propiedades del yodo; las secreciones de otras sirven de protección solar; tomó dos frutos exactos, unos eran mortales y otros comestibles. Algunas variedades de plantas y en especial una enredadera, se utilizan como antídotos; otras para cosmetología o como estimulantes, etc... Encontrarme insignificante bajo la Ceiba, el árbol gigante de la selva, me dejó impresionado. Aunque en realidad te topabas con especímenes espléndidos en cualquier rincón de aquel laberinto de vergel.

Aquél día fui partícipe de una clase muy importante, o si no, según mi baremo, la más significativa de mi vida. La mayoría de las lecciones que algunos profesores impartieron a lo largo de mi juventud fueron siempre teóricas, en cambio, no hay nada como una clase práctica en el escenario más espectacular, poblado de vida no humana.

Cuando nos despedimos Jorge Luis me dijo sonriente:

“José, tienes que volver. Cuando vuelvas iremos más profundo todavía.”

Ahora sé a qué se refería. No consistía en llegar más lejos como pensé en un principio. Eso es algo tan sencillo como remar hacia delante sin un lastre que te impida avanzar, pero con los ojos vendados. Él en cambio hablaba de profundizar, con el debido respeto, en la visión de ese entorno tal como aún hacen e hicieron siempre los indígenas, y como se lo enseñaron a él desde niño. Por eso a mi manera de ver era un guía excelente, porque protegía por encima de todo a las comunidades indígenas que pueblan la selva, y a la vez, trataba de transmitirnos su forma de ver:
La selva como un organismo vivo y sensible.

Lo recuerdo embarcando sonriente en la curiara:* Barcaza indígena hecha del tronco de un árbol.
Levaba dos días con fiebre, decía que era la gripe. Luego supe que, debido a su trabajo, había contraído tres veces la malaria.
El último día lo descubrí leyendo afiebrado. Curiosamente llevaba conmigo el libro de Joseph Conrad: El Corazón de las Tinieblas. No pude evitar regalárselo. Pensé que antes que yo formaba parte de su vida, él es un hombre de la selva, y yo tan solo un enamorado de aquel paraíso a veces infernal.

José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre. 2010.
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