viernes, septiembre 09, 2011

La Flor Fértil.


Imagen tomada de Internet.

Estaba sentado sobre un taburete en el bar de la Cala del Moro y su físico enfundado en dos ligeras piezas permanecía estático a unos metros de mí. Me dolía la muela. Para aplacar el malestar pedí otro trago de ginebra. Los pinchazos cedieron solo cuando mi instinto reincidió sucumbiendo al influjo seductor de aquella preciosidad.

Acababa de salir del psiquiátrico. Tras dos intentos frustrados de violación tres años les parecieron suficientes. Obligado, como terapia, soporté sesiones visualizando una selecta variedad de cintas de la industria del porno. Al principio me excitaban, después, tras presenciar dos, tres, diez, cincuenta veces la misma escena, asqueado, vomitaba. En sinceridad, lo lograron; acabaron por destruir mi delicada naturaleza, dejé de enardecerme y me sentí restablecido o eso supuse hasta que ahora, de nuevo, un familiar cosquilleo nacía en la entrepierna. No noté el más leve síntoma de aversión, en cambio mi estado era puro desenfreno.

La playa estaba casi vacía. Tan sólo “Ella” y algunos chiquillos que jugaban a hacer castillos de arena. Era principios de octubre y las temperaturas no habían descendido lo suficiente. Hacía mucho calor, quizá demasiado y me dolía tanto. Se volvió boca arriba y sus senos resplandecieron. Para aplacar el dolor y la sed de ansiedad bebí el tercer chupito, me volví y vociferando con voz agresiva, exigí más. El camarero me miró con recelo, dudó unos instantes y aún así, me atendió. Contemplándola recordé a Carmela, y la primera vez que asesiné. Era joven y magnífica. Lástima que los elementos de piel negra le produjeran aversión. Yo no le gustaba. Traté de hacerla ver que ser zángano y mulato es diferente, pero ella, contemplándome con malevolencia bosquejaba una agria sonrisa y no cesaba de señalar nombrándome: “Negro.” No la desnuqué por eso, aunque tampoco me importó demasiado. Lo hice por su belleza. Resultaba inaguantable, igual que su pasión por la flor de adormidera.

Luciendo un abdomen brillante la mujer de la playa extrajo de una bolsa un recipiente y con delicadeza comenzó a untar sus senos al descubierto. Abajo, mi órgano palpitó, y en el pecho mi corazón, por lo general indolente, se desentumeció de forma salvaje.
Maika era diferente, se dejaba hacer y sabía hacerlo, pero era muy delicada; mi perla de cristal. Lo sé, sin discernir la diferencia entre sexo y amor me propasé. La asesiné y solo entonces mis ojos compuestos se abrieron y echaron en falta la intensidad del placer que acababa de sellar. Con el alma partida la penetré y eyaculé varias veces, anhelando engendrar la criatura que nunca tuvimos. Volví a casa y con el gesto afectado, sin cesar de gemir, reconstruí y elaboré un alveolo. Regresé, y entre las tinieblas de la noche – jugándome el tipo – le organicé el entierro que ella hubiera deseado.
Sigo feliz de que no la hayan encontrado, y continúo admirando el hermetismo que una belleza como ella llegó a forjarse. Se alejó de su pasado, familia, amigos... hasta el punto de vivir en solitario. ¿Por qué? Nunca me lo dijo pese a ser, según ella, su único afecto. No su amor, claro, su “amigo” y nada más. ¿Qué ocultaba? Lo que fuera murió con ella...

Tuve suerte de que endosaran mis crímenes a Honey Bee (Abeja de Miel). Lo vi en una ocasión. Su rostro era el estigma del infortunio. Por otra parte, el inspector de homicidios... No entiendo. ¿No se fijó? Al lado de mis obras los crímenes que Honey perpetró no eran más que chapuzas.

La mujer de la playa se incorporó. Sugestionado presencié sus cabellos castaños con mechas, sus hombros ondulados como toboganes, su torso delicado, su cintura versátil como el cuello de un ánfora todavía húmeda y recién elaborada, hasta llegar a una pelvis estrecha y unas piernas ágiles, con tobillos de porcelana... El dolor abandonó mi hueso parietal y se instaló en mis testículos. Definitivamente era una Honey Barbie (Muñeca de Miel) y estaba follable.

Seguí pensando en los días anteriores a cometer el primer error. Era libre cual avecilla libidinosa. No cesaba. Había días en que practicaba el onanismo más de quince veces, desde luego, espaciados por minutos de descanso. Era apicultor y trabaja con las abejas realizando controles de población y extracción de miel. Durante el invierno el trabajo consistía en la preparación del material de madera donde alojaría las nuevas familias, así como advertir posibles enfermedades o plagas para poder tratarlas a tiempo y sobre todo, la cría de abejas reina. Criar reinas era una actividad especializada que requería de ejemplares jóvenes genéticamente mejorados para que las colonias de abejas fueran más productivas, por eso la cría y el cambio de reinas eran prácticas apícolas importantes. Si la reina no era intercambiada la producción no solo bajaría por no contar con reinas jóvenes, sino que, además, las poblaciones de abejas tenderían a africanizarse con el paso del tiempo, lo cual era perjudicial y muy peligroso.
Visitaba empresa tras empresa, con el fin de convencer a un manojo de idiotas de que mis productos eran los mejores. Ciertas furcias empecatadas, disfrazadas de ejecutivo, me daban el trato de un perro sarnoso, pero cuando las forzaba con la mirada, desbaratadas en su singularidad, se dejaban hacer...

Se metió en el agua despacio y las olas, pequeñas y suaves, como solo saben serlo las del Mediterráneo, forjadas de espuma de caramelo, lamieron y abrazaron sus contornos. Comenzó a nadar, moviéndose con estilo en un elemento del que sin considerarlo, también formamos parte.

Encontré a Sandra en Atocha. Estaba sentada en un banco. Una maleta verde y cuadrada con forro escocés que abultaba más que ella misma, descansaba junto a la falda gris de pliegues que cubría sus piernas. Volvía la cabeza de forma nerviosa. La vi como a una estudiante de primaria en estado de shock. Encendí un cigarrillo y le pregunté si esperaba a alguien. Negó sin hacer mucho caso. Sin pedir permiso me acomodé a su lado y di unas caladas. Me preguntó la hora. Se la dije. Me dijo que su tren estaba en el andén cuatro y saldría a Sevilla en cuestión de minutos, pero ella no quería ir a una ciudad donde le esperaba un marido que la maltrataba. Me confesó que tras permanecer en Madrid unos días había encontrado la paz. Era pintora. No ganaba mucho con las exposiciones y daba clases de arte en la universidad de Sevilla. Tenía una hija de trece, pero no se llevaban bien y prefería permanecer bajo la tutela de aquel padre abusador que un día acabaría por follársela. Horas después seguíamos en el mismo lugar. Me di cuenta, estaba desesperada, lo cual la hacía incluso más deseable. Tome la maleta llamé a un taxi subimos y solté una dirección al vuelo; no sabía qué hacer, por primera vez improvisaba. Al cabo de diez minutos rondábamos la zona sur de Madrid. Vi la puerta de un hostal y detuve al taxista. Salimos, pagué por anticipado una habitación, subimos en ascensor hasta la tercera planta en silencio y cuando las puertas se abrieron, nos encontramos ante un pasillo mal alumbrado. Era más de media noche. Comenzamos a caminar hasta que ella se detuvo dándose cuenta de lo que hasta aquel instante había estado temiendo: Ni siquiera me conocía. Giró y me encontró bloqueándole el paso. Su blusa, blanca como la nieve, dejaba entrever la belleza de unos pechos irreprochables. Sus labios rojos ocultaban una lengua carnosa que ansiaba saborear. Sin darme cuenta me había puesto a cien; sudaba y jadeaba y probablemente mi expresión enajenada revelara claramente mis intenciones. Dejé caer la maleta la abracé y sin dejar de forcejear, la empujé sobre la moqueta mientras cubría su boca con una mano. Levanté sus faldas me desabroché los pantalones saqué el aguijón y en ese instante me mordió. Retiré la mano y profirió un alarido aterrado. No sé como lo logré. Bajé los escalones de tres en tres y desaparecí corriendo como una flecha. Transcurrieron meses, cometí mi segundo error y la suerte me dio la espalda.

“Sera hija de Poseidón,” murmuré, mientras la observaba desenvolverse en el agua como un pez. Cuando comenzó a salir me recordó la estampa de Ursula Andrews que luego repetiría la magnífica Halle Berry en el agente 007. Bajé la mirada sobre la mesa, una vez más la ginebra se había acabado. “Estoy chupando demasiado,” murmuré. No me importaba. Mientras ella estuviera ahí podía permanecer cien años sin mover un centímetro. Una mano celestial rellenó el vasito, no recordaba haber pedido más o tal vez lo hubiera hecho. ¡Bah! Daba igual, con tal de ser libre y disfrutar de aquella obra de arte. Di otro trago y brindé por la mujer desconocida, por todas la féminas del mundo y sucedió lo imprevisto, algo que jamás me había ocurrido a mí, a un hombre vulgar que apenas levanta cinco pies y tres pulgadas, lo que equivale a 1,60 cm de altura; un ser a quien le enferma el hecho de haber descubierto que su esperma es estéril y por lo tanto es incapaz de procrear; un hombre que desde su niñez tiene problemas de tartamudeo y dislexia y es también analfabeto; un individuo que usa gafas de culo de vaso, es calvo, y en realidad la belleza siempre le ha aterrado, y sobre todo le atemorizan las mujeres...
La dama de la playa caminó con decisión mientras con desparpajo se desabrochaba y dejaba caer sus ridículas prendas. Desnuda, se detuvo ante mí. Su cabellera larga y rizada rozó mi cara, olí su aroma a miel. Se sentó en la banqueta de al lado y permitió que una pieza de madera acariciara su vagina. Suspiró, depositó sus rodillas sobre mis cuadriceps y se acurrucó contra mí, su lengua lamió mis labios, abrí la boca para saborearla y recibí el pinchazo. Una oleada de calor se introdujo en mi garganta. Comencé a sudar, el pulso aumentó, deseando recobrarme quise beber un largo trago de ginebra. No había. Miré el reloj pulsera, eran las siete de la tarde, hacía un par de horas habían cerrado el local y se habían ido a casa. La cala estaba desierta, en cuanto a la mujer de la playa ¿dónde estaba?
Tras sufrir la picadura la crisis de Delirium Tremens desembocó en shock anafiláctico. Descompuesto yacía tirado bajo del taburete, y ya no podía moverme porque estaba muerto...
¿Y ella?
Era una abeja, la abeja reina del panal más productivo, quien defraudada por mi desidia, y el estado de abandono en que mantenía su hogar, africanizada y hostil, había decidido hacer una visita.
Batió las alas membranosas, se frotó las patitas con fruición y despegó en busca de los estambres de la flor “fértil” que precisaba.

José Fernández del Vallado. Josef. Septiembre 2011.
 Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
Reacciones:

15 libros abiertos :

  1. Excelente relato que engancha hasta el final. Escrito con muy buen ritmo. Me ha gustado mucho.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Electrizante, JoseF y un final totalmente fuera de toda previsión ¡bravo!

    dos abrazos :)

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  4. La abeja siempre se aprovecha de las flores para nutrirse y en este caso se aprovechó de la libido del protagonista para llevarle en un viaje entre la fantasía y la realidad y quitarle algo de abrojos y espinas a su mente. Me gustó mucho Josef como siempre.
    Te dejo un abrazo muy grande.

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  5. Esos ojos compuestos tienen un poder inmenso.
    Besos

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  6. Pero como te pudiste dejar por una abeja picar,claro pensándolo bien si no te pica la historia no la podrías contar .

    Así que hizo bien la abeja en picar para que pudieses escribir este magnifico relato




    Si nos quedasemos si abejas desapareceríamos por no poder polemizar.

    Saludos vampíricos

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  7. Abro yo también en libro y chupo sangre...xD

    Un abrazo!!

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  8. POr un lado decirte que me encanta la nueva cara de tu blog. Se lee mucho mejor y todo está como más colocado.
    POr otro, y ya lo sabes, es que escribes genial. Ni el calor del verano te hacen como a mí, por ejemplo, destemplarte.
    Un abrazo, amigo.

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  9. Un relato interesante que engancha desde las primeras letras. El final inesperado y estupendo
    Un beso

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  10. no sé como lo haces, pero siempre consigues mantener la atencion contante hasta el final....
    que bien escribes josef..¡¡
    pero bueno...eso tu ya lo sabes
    ;-)

    abrazossssssssss

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  11. Toque el tema que toques eres una apuesta segura.

    Enganchado de principio a fin.

    Saludos.

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  12. Me encanta cuando empiezo a leer algo y desear que llegue el final, por que no puedo abandonar. Buen trabajo
    un abrazo

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  13. ¡Vaya vueltas más interesantes que le has dado a este relato!

    Desde luego tiene una tensión que se mantiene de principio a fin.

    biquiños.,

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  14. Me he imprimido tus ultimas entradas, porque se me hace más cómodo leerlas en papel, y seguro que este fin de semana pasaré un buen rato de lectura...

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  15. Uf, me quedé enganchado leyendo hasta el final, me gustó este cuento, tétrico, imprevisible, genial.

    Saludos amigo

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