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Pulsa II Para detener el Reproductor

Noticia y Felicitaciones.

viernes, diciembre 30, 2011
64 libros abiertos

 Hola lectores, amigos míos y de mi blog.

Si de momento no publico y tampoco os visito no es porque no lo desee, sino porque estoy enfrascado en un proyecto complicado pero muy interesante. Trato de sacar un nuevo libro a la luz. Y, por ahora, no sé si más adelante, el trabajo exige toda mi atención. Con esto quiero decir que me está costando bastante arrancar, y todavía no sé cuanto tiempo me llevará. Desde luego, me propongo acabarlo dentro de un plazo, más o menos, razonable. 
Os mantendré informados.

      Os deseo un ¡Muy Feliz Año Nuevo!

 Un gran abrazo.


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Desde La Butaca.

martes, diciembre 20, 2011
36 libros abiertos

 Detén el Reproductor, pon el vídeo, comienza la lectura...

Me acomodo en la butaca, frente al ordenador. Entro en youtube y la busco. Está ahí, alta delgada y preciosa. Envidio y adoro su éxito.
Y su voz... acaricia mi sien y me cautiva. Está ahí, vestida de negro, sus melodías idílicas y su mirada extraviada en un lugar indefinible. Un espacio invisible nos distancia y separa. Su voz, eterna, hurga en mi cerebro, remueve mis emociones y las moldea en partículas inmaduras. Juega conmigo, me hace suyo, me libera, se sincera por mí y para mí. La deseo, quiero que comprenda, oiga, mire... Una mirada suya y me consumiría...
Nunca aprendí su idioma pero la entiendo, sé lo que dice y como... Sé a quién o qué se refiere. Es la clase de hechizo que anhelé cuando las ilusiones vagaban en mí...
La admiro desde la butaca. No estoy solo. Mi blog, mi perra, los sueños, la vida... Hay vida dentro de mí. Qué más quiero, ¿qué necesito? A ella. Su voz, sus gestos, sus ilusiones junto a las mías...
Su voz...
Emerge de la nada, se alza, y alcanza cimas desconocidas. Tiemblo... no es miedo, sino placer, energía vital y belleza; intensidad, sed de vivir alimentándome de un deseo glorioso, inalcanzable, acariciando mis neuronas. Y ella. Está ahí, alta delgada y preciosa... Envidio y adoro su éxito. La quiero, sé que es así...  
Un detalle me entristece y me hace ser diferente, me ayuda a seguir adelante. Ella nunca llegará a saberlo. El día en que amé su voz, su imagen e incluso, la idolatré.

Entonces ella fue religión, único dios...

José Fernández del Vallado. Josef, diciembre 2011.



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La Danza de los Delfines.

jueves, diciembre 15, 2011
50 libros abiertos

 



Nubes blancas de algodón condensado se acolchan unas sobre otras en el cielo y presagian lo que sin duda será un día espléndido de finales de  verano. Salgo del tantas veces vilipendiado Palm Beach figurando dirigir la proa de mi embarcación hacia donde siempre mantuve mi sueños: La Habana.
Recuerdo aquellas tristes Navidades del 58, en las que mi padre, funcionario de un podrido Estado del dictador Fulgencio Batista, llevándonos a todos, nos impuso abandonar nuestra tierra. Y yo, con veinte años, dejé atrás aquellos parajes de ensueño e inequívocos aromas tropicales, y también a Yoslaine.
La mar está revuelta, debería haber comenzado a faenar; en cambio, trato de dominar el timón. Olas grises vomitan espumarajos de babas sobre la cubierta de proa y en apenas unos segundos, trazando espirales sobre sus crestas, me encuentro cercado por un portentoso y multitudinario baile de delfines mulares; nunca vi tantos reunidos, jamás conversaron conmigo. ¿Hoy lo hacen? Arrimados a ambos lados del barco me obligan a bregar en dirección sur sureste, y así continúo unas horas.
El mar se serena y un sol de otros tiempos ilumina y dora mi rostro. En medio de ese océano tranquilo, a brazadas de donde me encuentro, balanceándose en chalecos salvavidas, un conjunto de hombres grita y ríen eufóricos. Según los subo a bordo mi asombro va en aumento. Dicen ser los pasajeros de un aeroplano de la marina estadounidense, un Martín P5M. Son diez hombres que ahora se abrazan y ríen felices.
No creo que lo sepan y no me decido a contárselo. Leí la noticia hace años. Desaparecieron en 1956, deduzco que ignoran el largo periodo transcurrido. El Triángulo de las Bermudas les ha jugado un enredo y han perdido o desperdiciado cincuenta y pico años de sus vidas; lo mismo que yo. Sin embargo no han envejecido y tal vez el tiempo no cuente para ellos, para mí ha sido malvivir en una prisión con barrotes encarcelando mi cerebro. Aún así, cuando regresen, no encontrarán a muchos de sus seres queridos, serán infelices y en cierto modo se sentirán desarraigados...
Ni siquiera es una idea, tampoco una solución. A través del paso del tiempo he seguido de cerca la evolución de Cuba y entiendo que es el único lugar del mundo que no progresó y se detuvo en aquellos ¿dorados o inmorales? años cincuenta. Y estos americanos, apenas tuvieron ni tienen idea de Fidel Castro y su Revolución, la vergüenza de Bahía Cochinos, o la Crisis de los Misiles... Y, además, ¿quién conoce el temperamento de nosotros, los cubanos? ¡Quizá incluso me reciban como a un héroe...!
Sin que ninguno lo aprecie, mansamente enfilo rumbo a La Habana.
Entonces pienso en los días felices que viví junto a Yoslaine; sus cabellos cobrizos, su piel negra como la brea, sus ojos con iris de miel, y me pregunto ¿por qué no lo hice antes...?

José Fernández del Vallado. Josef. Diciembre 2011.
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Claudia.

sábado, diciembre 10, 2011
46 libros abiertos

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Invitado por la Società Geográfica Italiana, me desplacé a Roma para exponer mis teorías sobre la Tectónica de Placas. Me llamo Raúl y soy catedrático en geografía. Durante los primeros días todo se desarrolló con equilibrio. Roma es un lugar apasionante y una gran exposición de monumentos.
Mientras por un lado dedicaba mi tiempo a las conferencias, emprendí las salidas a la ciudad con cierto desorden. Más bien por casualidad que por acierto, dediqué primero mi tiempo a ver las obras de Roma renacentista, después me enfrascaría en la clásica.
Empecé por sus calles y plazas más características: La Piazza di Spagna, la Fontana di Trevi...  Para terminar en San Pedro del Vaticano. Hasta ahí todo fue bien.

El desasosiego se produjo cuando visité la primera construcción romana: El Castillo de Sant´Angelo.
Encuadrado en un grupo de diez personas, me condujeron a la cámara de las  cenizas. Sin detenerse, el guía encadenaba anécdotas y sucesos, como la epidemia de peste que asoló la ciudad en el año quinientos noventa. Entonces, clavada en mi nuca, sentí la mirada. Un acusado mareo me llevó a perder el equilibrio. Encorvándome, me apoyé a los pies de una escultura. La sensación duró unos instantes, luego cesó. Con angustia y cierta precaución, me aventuré a mirar a mis espaldas, y la vi. Se trataba de una mujer alta, de complexión muy delgada. Una túnica con un capuchón y unas gafas de lentes oscuras, ocultaban sus ojos y parcialmente el semblante. ¿Estaba allí desde mi entrada en la sala? No había advertido su presencia. Tal vez formara parte del personal que velaba el monumento. Así debía ser. Se dio la vuelta y caminando con ligereza, se introdujo en el vano de una estatua. Impresionado, me disponía a dirigirme hacia el lugar, cuando el guía me instó a seguirlo.
Transcurrieron unos días. Comencé a impartir conferencias presididas por duras polémicas. Proseguí con mis salidas programadas. Visité El Coliseo, las Termas de Caracalla, El Foro Romano y el Palatino.

El temblor se produjo cuando admiraba la cúpula del Panteón. Una grieta comenzó a nacer y atravesarla. Pensé que todo había terminado. Me encogí, me protegí la cabeza, y aguardé a que la violencia del desplome me enterrara. No sucedió así. En cambio, una viejita risueña, me preguntó si me encontraba bien. Retiré las manos y respondí de forma afirmativa. Sonrió y me explicó que hablaba mi idioma desde la guerra civil, donde luchó con las fuerzas de la República.
Anochecía, decidí tomar algo en el Caffe Della Pace, es un lugar agradable y multitudinario, cercano a la Piazza Navona. Conclusión tras el extraño suceso: Tal vez padeciera fobia a los espacios cerrados.
Comenzaba a encontrarme relajado, cuando integrada entre la afluencia, vi pasar a la misma mujer. Resuelto, bebí de un trago la infusión y salí tras ella. El camarero, un muchacho con la constitución de un boxeador, me detuvo y me exigió pagar la consumición. Naturalmente la perdí.

Impartía mi última conferencia en la "Università de La Sapienza." Todo iba bien, mejor aún, de maravilla. El auditorio se encontraba a reventar. Exponía algunos matices que había añadido a la teoría de la “Deriva Continental” y sentí un ligero mareo. Alcé la cabeza y acomodada en una de las butacas centrales, la descubrí. A partir de ese instante mi discurso remitió en una serie de balbuceos. ¿Escuché aplausos? No, abucheos. De la primera fila a la última, los asistentes comenzaron a levantarse y desalojaron la sala. Al final sólo quedábamos ambos. Dejé de pronunciar incoherencias y me dediqué a escudriñarla, un creciente interés nació dentro de mí. Descendí del estrado de un salto, corrí hacia ella, la abracé y ardiendo en deseo, la besé. No era un espíritu. Estaba allí, entre mis brazos, como si desde siempre hubiera sido así, y de repente, no estaba...
Me descubrí tendido en la camilla de un hospital. El dictamen de los doctores: “Desvanecimiento debido a la intensa presión sufrida durante la conferencia.”
Esa noche dormí agitado por pesadillas en las que la imagen de una mujer de mil novecientos años, invocando a los dioses de Roma, fluctuaba ante mí manteniendo siempre una distancia insalvable...

Días después me disponía a viajar y recibí la visita de Giacomo, un colega italiano. Apenado por mi fracaso se empeñó en llevarme al único lugar que no deseaba ver: Las Catacumbas. Ante su reiterada insistencia, no encontré fuerzas para negarme.
Nos adentramos en pasillos claustrofóbicos, cercados por celdillas donde los cristianos de antaño, enclaustraban a sus muertos.

En todo momento me muevo con cautela, sin separarme del grupo. Tras recorrer el tramo final nos disponemos a salir y entonces, surgiendo del interior de la galería, me llama una voz de mujer. Giro, avanzo unos pasos. “Por favor...” No puedo ver con claridad. Dudo y concluyo: “Está en tu mente. Jamás ha existido.” Vuelvo a centrarme en el espacio que me resta para salir; apenas diez metros. La voz, de delicadeza innegable, repite. “Por favor...” Me doy la vuelta y permanezco inmóvil, en realidad incapaz de dar un paso. Siento un vaho helado, un silencio infinito, un aroma a algalia y agua de rosas me envuelve y cautiva. Braceando como si me ahogara, inquiero. “Está bien. ¿Dónde estás? Necesito verte.” Repercutiendo entre las paredes de la necrópolis, el  murmullo de una cascada, se transforma en la algazara de una muchacha. La voz pronuncia. “El amor es ciego.” Y me pregunta. “¿Me amas... todavía?” Entregado, confieso: “Sí.” Seguidamente, de mi interior surge una revelación asombrosa. “Hace mil novecientos años. ¿Recuerdas, Claudia?” Una caricia. Su mano al estrechar la mía. Unos labios al acoplarse a los míos... La voz completa. “Puedes irte. Te estaré esperando...”

Tres horas más tarde el avión sobrevuela el Mediterráneo.

Mientras me alejo, a través de la ventanilla, contemplo en silencio el perfil de bota de Italia. No es para siempre comprendo, y me olvido del miedo. Al otro lado del velo oscuro de la muerte, un viejo amor y una vida eterna, aguardan mi retorno definitivo.  

José Fernández del Vallado. Josef. Diciembre 2011.
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Necesito Unos Zapatos Nuevos.

miércoles, diciembre 07, 2011
32 libros abiertos


Pintura tomada de Internet

Necesito unos zapatos nuevos. Adecuados, útiles, resistentes. ¿Dónde encontrarlos? Una palabra habitual alumbra de pronto mi sentido: El corte Inglés. ¿Chocante que se me haya ocurrido? No. Es ya una facultad implantada que los peninsulares almacenamos en nuestros cerebros.
Llegar, perderme y perder mi automóvil en las entrañas de un garaje que nunca acabaré de dominar, resulta tan sencillo...
Las escaleras mecánicas se me dan mejor de lo esperado y en breves instantes, mil aromas, efluvios, emanaciones, sugieren que estoy en el gigantesco hormiguero. Entro en el supermercado y mirando de reojo o tal vez ávidamente a las impolutas señoritas que atienden diversas secciones, me dirijo a la de calzado. Una vez allí voy al barracón de rebajas, donde se aglomeran en desorden los pares en oferta. Tengo suerte, solo nos encontramos yo y una joven de aspecto inocuo: es rubia y delgada, con una boquita que es casi un piquito de pichón. No está mal. Rebuscó de forma tranquila. Mi competencia, al principio al otro lado del cajón, se ha ido acercando y ahora se encuentra junto a mí. 

Me olvido de su presencia y prosigo. Veo un zapato precioso, lo cojo, lo miro, me encanta. Tengo el pie izquierdo, ahora solo falta el derecho. Alguien me pellizca en el hombro, vuelvo mi vista y la veo o más bien lo veo, sostiene en sus manos el que hace el par que necesito. Amablemente doy las gracias, lo agarro y tiro sin resultado. Levanto la cabeza y observo su perfil afligido. Un trino de ruiseñor se eleva y declara. “Perdón... ¿Me puede alcanzar el otro?” Me paralizo. Permanezco aferrado al zapato y balbuceando, susurro. “Se trata de mi zapato.” Ella entonces amplía. “No. Es justo el calzado que necesita mi hijo.” Corrijo. “Se equivoca. Son los zapatos que necesito, yo. Los he encontrado antes.” Corrige. “Creo que el equivocado es usted, los vi yo primero.” Vaya, la chiquita es tenaz, pero está buena. Hagámosle un favor. Cambio de expresión y le digo. “Escuche.” Asiente. “Podemos resolver esto por las buenas. ¿De acuerdo?” Asiente. Prosigo. “Mire. Le ofrezco justo el valor de la mitad del calzado y listos. ¿Le parece bien?” Sonríe, va a aceptar. Claro, es exactamente lo que pensaba. Todos tenemos un precio. Además la chica tiene un polvete y... 

Un dedo suyo se alza ante mí rostro y se mueve en sentido negativo. Abre un estuchito, saca unas gafas, se las pone, me escruta con detenimiento. Su boquita se abre, su rostro está colorado ¿o pálido? No, no es posible ¿cambia de color como el de un camaleón?  Comienza a hablar. “Escúchame bien macho huevón. Si crees que vas a corromper el alma de una mujer incorruptible, estás equivocado. Y ahora, por cojones, me vas a dar el zapato.” Mientras habla se ha ido acercando y está prácticamente pegada a mí. Algo punza mi estómago – ¿unas tijeras?–  Su aterradora voz se escucha de nuevo. Pero ahora clara, alta, nítida. Ha dejado de ser una mujercita tímida, para convertirse en fiera. He despertado el alma pendenciera y luchadora de una mujer avasallada, prisionera durante años de arbitrariedades que ahora se vuelven contra mí y me señalan. Señalan el machismo imperante y dominador, un machismo acostumbrado a adueñarse y violar las razones de las mujeres durante siglos.
 "¿Me los entregas, ya?"
Un intenso aroma paraliza mis sentidos. Con precaución miro a mi alrededor y me encuentro rodeado de dependientas que apoyan la actitud de la mujer. Le doy el zapato. Lo toma y se va.
Rendido, salgo del supermercado y me encuentro en la librería. Delante de mí se amontona una pila de libros, su título: “Violencia de Género.” Un volumen sale más caro que un par de zapatos. No importa, me llevo uno.

José Fernández del Vallado. Josef. Diciembre 2011.         
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Benidorm.

lunes, diciembre 05, 2011
45 libros abiertos


Hace unos días, en un arcón del trastero de casa, mi madre redescubrió unos negativos arrinconados por el inexorable paso del tiempo. Se los entregó a mi hermana y su marido, disponen de un buen escáner.
Ayer los visitamos, nos sirvieron un refresco y emocionados asistimos a unos resultados inesperados. Allí estaba yo, con apenas cuatro o cinco años, junto a mi hermano mayor fallecido, con la boquita abierta de par en par, haciendo gala de una sonrisa beatífica – tan natural en los niños – que jamás he sido capaz de volver a reproducir.
Nos encontrábamos en la playa de un Benidorm de ensueño; mi madre, junto a nosotros, era la mujer más feliz y hermosa del mundo, mientras que mi padre, fallecido el mes de junio pasado, volvía a ser joven y a encontrarse pletórico de facultades; y luego, mis hermanos menores, a quienes apenas dediqué tiempo en mi infancia...
Debo reconocerlo, me puse melancólico, deseé volver a ser niño y recuperar mi inocencia perdida. Y si pudiera, lo haría. ¿Por qué no? Volvería a esos años antiguos que una vez fueron modernos, respiraría el aire cálido y puro de un Benidorm inmaculado. Prolongaría mi infancia y disfrutaría de ella como un ser auténticamente limpio; sin prejuicios, sin ideales podridos, odios, muertes y corrupciones. Me encuadraría en aquella fotografía en la que detrás de mí una playa espléndida y desierta luce y se abre a mis brazos. Volvería a vivir sin apreturas en una naturaleza donde los seres humanos todavía no éramos plaga, pero sobre todo, recuperaría a mi familia y dejaría de existir, aunque solo fuera un instante, sin sensaciones nefastas.
De modo que me hice a la idea. Seguía con ellos. Estaban ahí, con la pala entre sus manitas, mirándome sonrientes, sin dejar de ser niños. Ignorando las guerras de los mayores, sus peleas, ambiciones y envidias. Di unos torpes pasitos, caí de bruces, y volví a sentir el sabor de la tierra – mi Tierra – dentro de mi boca, como no lo recordaba desde que fui aquel niño de sonrisa fácil y espontánea...

José Fernández del Vallado. Josef. Diciembre 2011.





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Acerca de mí

Mi foto
José Fernández del Vallado Gª Agulló. Madrid. Licenciado en la Escuela de Cerámica de Madrid. Aprendizaje durante tres años en www. taller de es-critura. com. Autor, también, de las novelas inéditas: La Esposa del Faraón 2007; Amalia Adela y Yo 2008; Siete Llaves y el Templo. 2009. El Libro de Relatos: “Los Ojos Grises,” con textos entre los años 2005 y 2009.

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