viernes, diciembre 20, 2013

El Ruiseñor y el Mauser 98.

Hacía ya tiempo que Maxim, debido a su sordera, había dejado de escuchar, entre tantas otras cosas, el trino de los ruiseñores en la dacha. Los años habían ido pasando y dado que tampoco lograba avistarlos, llegó a suponer que debido a la contaminación, aquellas frágiles aves se habían extinguido de la región para siempre. 
   
   Por entonces su padre se hallaba enfermo de alzhéimer y postrado sobre un sofá, ya apenas hablaba.  
   
   Estaban en primavera. 
   
Un día Maxim tuvo una ocurrencia y le preguntó si había oído a las avecillas cantar durante las últimas madrugadas. El viejo, sin mirar, en un estado de aparente reflexión, se mantuvo recogido sobre sí mismo (solía permanecer horas en semejante postura) y no dijo nada. Por ello, transcurridos unos instantes, Maxim supuso que ni siquiera había prestado atención a su consulta. Súbitamente, la cabeza siempre inclinada del padre, se irguió para encontrarse con la mirada de su hijo. Sus ojos azules y cristalinos, estaban llorosos. Extendió su brazo endeble, se aferró a la mano del hijo, e imitando de forma asombrosa el trino del ruiseñor, pareció emitir unos silbidos. 
   Maxim, apenas entendió la figuración, se emocionó. Pensar en la posibilidad de que continuaran anidando en la región, le hizo abrigar nuevas esperanzas.

   Un mes más tarde y, tras desembolsar una pequeña fortuna, adquirió los primeros audífonos avanzados. Con ellos, pensó, su vida daría inicio a un universo desconocido. 

   Esa noche, sin los artilugios, todo era silencio. Sintió la vibración del despertador a las cinco de la mañana. Cogió el estuche con los aparatos, y abrigado con un grueso batín salió a su jardín; caminó hasta la mesa cenador, se sentó y una vez se hubo acomodado, siguiendo un ritual minucioso, se los insertó. 
   El primer sonido no irrumpió de inmediato, necesitó de unos breves y razonables instantes para alojarse en unos ventrículos desacostumbrados: se trató del siseo del viento. Después, como una dulce y lejana melodía, oyó el murmullo del agua, concretamente de un riachuelo que fluía bordeando su parcela, y se recordó en su niñez, capturando los insectos acuáticos. En ese momento, clamando entre el silencio matinal, surgió una cadencia que lo dejó suspendido, una vez más, en los bosques de Amur; en su dacha de entonces, junto a Vera, un amanecer de primavera de hacía algo más de veinte años. 
   
   Él, feliz, arrullado por el trino más precioso del mundo y ella, recogiendo temprano las fresas que tanto le gustaban. 
   En los árboles nacían brotes tiernos, las frondas pronto se extenderían y la superficie de la tierra, libre de nieve, recuperaría su apariencia de alfombra verde y aromática... 
   
   
    El ruiseñor cesó de cantar y un silencio disfrazado se instaló en el entorno. En tanto Vera continuaba afanada en su labor, con suspicacia, Maxim dirigió su mirada a izquierda y derecha. Descubrió al tigre apostado a aproximadamente diez metros de donde se encontraba ella. Ni siquiera gritó; no había tiempo. A su izquierda, inclinado sobre la pared y a su alcance estaba el viejo fusil de cerrojo Máuser 98, incautado por su bisabuelo a los alemanes en la contienda del catorce, en la batalla de Tannenberg; siempre estaba cargado. Lo cogió y apuntó, y la mañana se revirtió en gris y helada. Fijar la mirilla sobre un vislumbre entre claroscuros que con agilidad se deslizaba hacia Vera, le supuso un esfuerzo considerable. Se impuso templar sus nervios. Afinó y disparó. El viejo Máuser profirió un silbido agónico y reventó. No sin antes, de forma sorprendente, enviar una esquirla de muerte a la cabeza de la fiera. 
   Aislado en un zumbido que anulaba los sonidos de su mente, tambaleándose, Maxim se recuperó y se puso pie sin dejar de gritar y gesticular. Instantes después, Vera estaba a su lado, nerviosa y cubierta de sangre, pero sin cesar de sonreir y brindarle una mirada despierta y apasionada. Maxim se dio cuenta, el gatillazo de alguna forma certero del fusil, acababa de sumirlo en un mutismo angustioso. 

   El ruiseñor avisó y el Mauser retuvo a Vera junto a Maxim durante veinte años de felicidad. Después, un cáncer fulminante se la llevó sin que Maxim llegara a escuchar otra vez su alborozada risa. 
   En cambio ahora, gracias a aquellos artilugios, recuperaba el trino del ruiseñor y percibir su armonía era redescubrir para siempre a su lado, la radiante carcajada de Vera. 

José Fernández del Vallado. Josef. Diciembre 2013.


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martes, diciembre 17, 2013

LA COMODIDAD DE LO SÓLIDO. HUMBERTO DIB.






 El escritor y bloguero Humberto Dib, dará a conocer su último libro de relatos en Madrid.
El evento tendrá lugar el próximo jueves día 19 a las 20 horas en la Champanería Librería María Pandora (Plaza Gabriel Miró, 1 - Las Vistillas) y será presentado por un servidor; es decir yo: José Fernández del Vallado.

   Os invito a que os acerquéis a conocer a este escritor innovador y cordial. Y de paso nos reunamos con él algunos de quienes compartimos el mundo bloguero. Estoy seguro de que será un evento muy especial y entretenido. 

José Fernández del Vallado. josef. Diciembre 2013.


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jueves, diciembre 12, 2013

Yacimiento de Hulla Negra.

 

Hace tiempo que Leandro Vázquez Solsona, trabajador del yacimiento de carbón de Hulla Negra, no conoce el aliento, la mirada, el perfume, la voz, la piel, el cabello, el valor de una mujer... 
   Igual que cualquier día, de madrugada, sobre las cinco, tras desayunar un café con tostadas y un zumo de naranja, con el espíritu cansado, sale de su choza de madera y se encamina a la explotación. Debido a la intensidad de la nevada, la carretera semeja una lengua amoratada y brillante y, los vehículos, deslumbrándolo con ojos amarillos de dragón, lo sobrepasan y rebozan en una escarcha gélida y gris.
   Abriéndose paso en la penumbra, como un ánima impasible, Leandro se desvía por un camino de nieve endurecida y trota haciendo equilibrios, mientras canturrea melodías que aprendió de su padre, cuando todavía era capaz de acompañarlo a un trabajo nuevo y quizá prometedor. 

   Una hora después, mientras los primeros rayos del alba alancean su físico de obrero mutante, se encuentra solo ante “La jaula.” Así designan al montacargas que deberá sumirlo en las profundidades y llevarlo a las puertas de oscuras galerías que él mismo se encarga de alumbrar. 

   Una vez dentro, se dispone a presionar el botón, cuando Emeterio, el capataz encargado de personal, llega a la carrera –y no va solo– le sigue una princesa resplandeciente. Mientras atiende con ojos de pasmo clavados en la hermosa efigie que se encuentra a su altura, el patrón le va explicando. Se trata de una periodista que desea escribir una columna sobre la faena de los trabajadores en el yacimiento de “Hulla Negra.” Coartado, Leandro intenta hacer recaer la responsabilidad en los compañeros que llegarán una hora más tarde. La joven, radiante, se da a conocer como Laura, y sin cesar de sonreír con cierto aire de donaire, y tal vez incluso –¿regocijo?–, manifiesta su intención de presenciar la apertura de la mina desde su primer movimiento. 

   Instantes después, ambos se encuentran descendiendo los seiscientos metros del pozo. Leandro mira a cualquier lugar menos a Laura –sin lograr sustraerse de ella– pues su aroma impregna sus sentidos, sumiéndolo en un estado de turbación. Mientras tanto, ella lo acorrala a preguntas en tanto clava su mirada en él de una forma casi descarada.  
   “¿Cuantos metros baja este cacharro? ¿Es seguro? ¿Cuántas horas al día trabajáis? ¿Es cierto que tenéis los sentidos más desarrollados que cualquier hombre de la calle? ¿Cuál es el salario medio anual de un minero?”  
   Necias cuestiones que Leandro evita responder. Desconcertada por las torpes respuestas y escamoteos taciturnos de su silencioso acompañante, la muchacha cesa de hablar. 
   
   La primera galería los recibe establecida en un silencio impresionante. El mismo que todos los días saluda y acompaña a Leandro, y casi lo único que aprecia en su vida. Con meticulosidad –uno tras otro– conecta los fusibles de los cuadros de cada uno de los seis niveles del yacimiento.
   Tras enchufar el último, alborotada, Laura le ruega si es posible darse una vuelta por las galerías. El minero, tras percibir la emoción y ansiedad de la joven, por primera vez advierte dentro de él una mezcla de orgullo y seguridad que jamás experimentó ante ninguna mujer. Ahora, quien dispone es él, y ella —dentro de sus límites de conocimiento—, es solo un alma acongojada. 
   Complacido accede. 
   Suben a una vagoneta y con velocidad moderada se deslizan por larguísimas galerías. Sobrepasan zonas de paredes negras que brillan como el azabache; otras, presentan su bóveda cubierta por afiladas libreas que forman estiletes de roca calcinada; algunas, se apelmazan en placas y forman las páginas del libro de los muertos. 
   
   Finalmente, alcanzan una sala amplia y abombada. Leandro detiene el volquete, desciende y camina rápido hasta la lámpara Davy de seguridad grisumétrica, la recoge entre sus manos, contempla la aureola de la llama y comprueba que se halla en cincuenta y ocho milímetros de altura. ¡Demasiado grisú en el ambiente! Se gira para advertir a la periodista y la descubre con el cigarrillo en la boca y la cerilla entre sus manos. Salta tratando de detenerla. De pronto todo cruje tiembla y se desploma. Siente como si su estómago se despedazara; sus tímpanos zumban como taladros. Luego, excepto los chasquidos de esquirlas al rebotar, todo permanece en relativa tranquilidad. 
   
   Con lentitud regresa de su conmoción y se acuerda de Laura. Oye un gemido y la encuentra. Sus brazos se atenazan a él por la cintura; está justo delante. Siente su respiración y, en cierto modo feliz, comprueba que han sobrevivido al desplome. Tras varios intentos de liberarse, se da cuenta de la situación; las piernas de ambos están atrapadas. A continuación, esperanzado, piensa en sus compañeros. No tardarán en llegar al rescate. 
   Al cabo de un par de horas y gracias a sus afinados oídos, al otro lado de la galería detecta un lejano murmullo. ¡Están ahí! Emocionado se lo dice a Laura, que empieza a sollozar. No lo ignora. Él también está asustado y tiene ganas de hacerlo, pero con ella a su lado, a duras penas se contiene. 

   Al cabo de seis horas ¿todo se ha perdido? No... Continúan ahí, acercándose y además, hacía tiempo que Leandro Vázquez Solsona trabajador del yacimiento de carbón de Hulla Negra, no conocía el aliento de una mujer. Ahora, en cambio, lo reconoce cálido y vivo sobre su rostro; la mirada, no necesita ver para entender su belleza; el perfume, su aroma se sobrepone con deleite al acre olor de la roca carbonizada; la voz, hace horas que ambos dialogan emitiendo un murmullo suave, a través del cual, Leandro le confiesa el sueño que representa sentirse junto a ella; la piel, con suavidad ella tantea su brazo y luego lo besa en los labios. Él acaricia sus cabellos..., y reconoce el valor de una mujer de verdad. 

   Horas después una perforadora se abre paso entre las rocas y una luz los ilumina. No se mueven. ¿Han fallecido? 
   Emeterio, el capataz, los observa desalentado. Arrastrándose se aproxima a sus cuerpos tiznados de carbón y descubre la realidad. No están muertos. Agotados descansan, mejilla contra mejilla, placidamente abrazados. 

   José Fernández del Vallado. Josef. Diciembre 2013.

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sábado, diciembre 07, 2013

Sucedió un Verano de 1980.


Fue en el verano de 1980. Ella era taheña, con el pelo rizado, los ojos azul cobalto, la nariz con unas aletas sobresalientes, y una mirada clara y despejada como un cielo abierto. De complexión delgada, y tan alta o más que yo. Era extranjera, de algún país nórdico: Dinamarca, Suecia o Finlandia tal vez... 

  
Me saludó sin apenas levantar la vista, sin detenerse en el arduo trabajo de liar su petate de tabaco. No pareció preocuparle que yo me acomodara a su lado. Tampoco le interesó saber mi nacionalidad y si tenía estudios o trabajaba, y todos esos chismes que suelen aludirse para iniciar el principio de algo, cuando no se sabe bien qué. 

   Comenzó a dar chupadas a su cigarrillo, concentraba su mirada en las olas y el mar y pensaba en asuntos muy distantes de mí. 
   Permanecimos en silencio largas horas. Era una época diferente, en la que los móviles todavía no perturbaban el silencio del tiempo, y uno podía habitar recluido en sí mismo, con entera libertad y confianza. 
   Fue un verano de mil novecientos ochenta, sí. Recuerdo sus manos preciosas, como los delicados cordajes de un violín, ejecutar pausados y precisos movimientos acompasados siguiendo una singular melodía que tarareaba, y aquel semblante lozano y rubicundo que llegado el atardecer y después de tomar el tercer té, volviéndose a mí, me dedicó una sonrisa. 

   La noche cayó ante nosotros como un manto de franela y un baile fugaz de disfraces de oro y plata fogueó el firmamento. Éramos dos perfiles que nos observábamos como marionetas insólitas que anhelan conocerse, sin reconocerse siquiera. 
   Sombras fugaces de perros y gatos nos asediaron cual chacales; olores extraños, unas veces de gigantes oceánicos, otras provenientes del estrecho, traspasaban nuestras papilas olfativas como desarropadas conjeturas. 

    A medianoche una brisa fresca comenzó a azotar nuestros semblantes disminuidos por una tristeza contagiosa. Entonces la sentí hablar. Se había levantado de la silla y acercándose a mí me proponía algo que yo no supe traducir, porque sencillamente no podía entender aquel acento de acero de tierras sobrias y lejanas. Lenguaje, que sin embargo, produjo en mí un sopor narcotizante, que fui incapaz de controlar. 
   Me tomó de una mano y sonriendo me invitó a acompañarla. Mientras, yo, inmerso en un estado cercano a lo catatónico la seguí, o me limité a dejarme llevar suavemente, como una res se deja arrastrar al matadero. 
   Caminamos por la playa hasta internarnos en un insondable abismo de oscuridad, cuando comenzó de nuevo a hablar y esta vez creí entender lo que decía. Pronunciaba un remoto y sublime conjuro dedicado a los dioses de la noche... 
   Desperté de mis extravagantes alucinaciones y me encontré desnudo, haciéndole el amor a mi peculiar acompañante en una tienda de campaña. Ella gemía y lloraba de forma desconsolada. 
   Le pregunté si estaba bien de mil maneras y, asintiendo, me dio a entender que no era nada. Sólo entonces intuí su dolor, y supe que su llanto no era de felicidad, sino debido a una amargura desgarrada. Conmovido quise saber algo más. 
    
   Pareció comprenderme y tras pensárselo, extrajo un atado de cartas del que fue sacando fotos y a la luz de una lámpara de gas, empecé a conocer la vida de mi sensible acompañante.
   Había una familia: un marido y unos hijos sonrientes y radiantes. Todo eso, fui descubriendo a continuación, se lo habían tragado las aguas para siempre. Por razones inciertas, fueron una familia que hizo del mar su bandera, y desplazándose de puerto en puerto, habían disfrutando de las emociones que esa clase de vida conlleva, pero acabaron expuestos a los riesgos inevitables de un océano ingobernable y cruel. 
   La desgracia se cebó en la familia en los inicios de aquel verano, navegando por aguas gallegas. Al franquear la costa de la muerte una galerna los sorprendió, y saqueó el barco en una lucha desigual. Se sucedieron quince horas de fatiga y, en las que como si de un angustioso episodio por entregas se tratase, aquella Valkiria nórdica, presenció como uno tras otro, el mar le arrebataba a sus seres queridos. 
   
Y ahora estaba sola. Vagaba arrastrando su espíritu roto por las costas españolas. No era sino los restos de una mujer transfigurada en alma en pena, que apenas hablaba y había dejado de creer, y todo lo que hacía era llorar su dolor como hizo durante las horas siguientes. Apoyada sobre mi hombro o recostada entre mis brazos, y yo mimándola, admirando aquella belleza perdida, erosionada por un dolor infinito... 

   No dormí hasta altas horas de la madrugada. Abrazado a ella como una lapa; besándola, tratando de mitigar su profundo desconsuelo y suturar una cicatriz sin remiendo y cubierta de pus. 

     Las primeras luces del alba me despertaron tendido sobre la arena de la playa. 
    Había recogido la tienda y se marchaba a ningún lugar o a cualquier rincón desconocido. Quién sabe, tal vez cruzara el estrecho y recalara en África. Perderse allí de forma definitiva podría ser fácil. Sobre todo adentrándose en el inmerso camposanto de pasiones dilapidadas que conforma el desierto del Sahara. O quizá volviera a la civilización, para llevar una vida insustancial diluida en el solitario anonimato que concede la multitud. 

     Un beso breve y seco por despedida. Unas frases enigmáticas, internacionales. 
   Me sentí incapaz de moverme. Mi organismo, dominado por un nerviosismo frenético, no cesaba de temblar. 
   A lo lejos un silbato. El ronroneo del autobús al arrancar y después un silencio eterno, repentino y tranquilizador. 
   Volví a cerrar los ojos y la realidad intensa de la vida, se convirtió en una losa de gratino imposible de quebrar... 

   José Fernández del Vallado. Josef Arreglos Diciembre 2013.


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miércoles, diciembre 04, 2013

Luces de Fulgores Apagados.



 La oscuridad de la noche —una noche más— se convierte en descolorida, o es mi vista la que apenas da más de sí. Las notas de una vieja canción se difuminan en mi mente... 
Llegué a esta ciudad sin nombre siendo muy joven. ¿Por qué tuvo el tiempo que marginarme? 


Recuerdo que una vez dije algo. Ocurrió en una época lejana. No temía los presagios de la vida y amaba, pero ¿llegué a entender lo que realmente significa el amor? Dirigiéndome a ella, le dije: 

“Si pudiera amarte siempre, jamás moriría.” 

La calle huele diferente. Un grupo de muchachas jóvenes pasan a mi lado. Ni siquiera se fijan en mí. ¿Me habrán visto? Claro, no existo para ellas. Soy viejo. Muy viejo... 

Por aquel entonces, por un lado, creía en ciertos argumentos inverosímiles, como la existencia de ciudades devoradas por la selva; tesoros ocultos en lugares insólitos; mamuts perdurando vivos bajo la capa helada de permafrost de Siberia; volcanes que conducían a mundos interiores bajo la corteza terrestre; islas perdidas, colonizadas por una fauna exótica y desconocida. 
Y a la vez no creía en nada, y menos en la existencia de un camino que condujera a una ciudad extraviada en el desierto. En la selva ocultarse de la vista de cualquier desaprensivo resulta sencillo, pero y en el desierto ¿cómo hacer pasar desapercibida una ciudad de un millón de habitantes sin que la humanidad lo descubra? 

Cuando llegué todavía era joven. Vine siguiéndola como un perro en celo. Era una indígena de rasgos mestizos, figura voluptuosa, y un poder de seducción que anulaba mis convicciones y en conclusión, mi sentido del razonamiento y del riesgo. 
Entré respirando el polvo irrespirable de esta ciudad y la amé durante años. 
Un día, tuvo que decirlo. 
Estaba tumbado en una hamaca, disfrutaba del duermevela de un sofocante atardecer. Se dio la vuelta y habló así: 
—No existes. Ya eres polvo del desierto... 
La miré con incredulidad e ironía. Supuse que se trataba de otra de sus bromas. Contemplé sus ojos y no encontré en ellos el menor atisbo de humanidad. Ansioso, me levanté para abrazarla y cuando lo hice se desmenuzó entre mis brazos, quedaron en el aire unas palabras. 
—En cuanto a mí. Nos soy más que un espejismo de tu mente. 

Me suponía joven y no creía en nada que no tuviera sentido. Como, por ejemplo, aquella ciudad incoherente en la que me hallaba atrapado. Y si por entonces alguien me lo hubiera dicho, tampoco hubiera apostado porque a través del amor la vida podría eternizarse sobreponiéndose incluso al glacial olvido de la muerte... 

José Fernández del Vallado. Josef. Diciembre 2013.
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lunes, noviembre 18, 2013

Blatta.



Había transcurrido un año desde que dejó de hablar y garabateó la última letra... 

El invierno regresaba de nuevo y no estaba dispuesto a consentir que una vez más congelara su interior, adormeciera su organismo, y lo comprimiera en una emulsión de translúcido formol... 

Lo cierto era que apenas quedaban ya lugares donde refugiarse, como tantas veces hizo. Presentía que el período que se avecinaba sería aún más frío, y se vería obligado a cavar cada vez más profundo, con tal de escapar de una superficie helada, deslizante y mortal. 
La búsqueda había terminado. Tenía su guarida y mantenía las esperanzas, pero el éxodo continuaba. Pese a todo, seguía percibiendo que vivía de prestado, subsistía, o trataba de hacerlo en un mundo precario y atroz. 
Volvió a ponerse los mitones. Estaban mugrientos. Apestaban a transpiración y enfermedad. Ahora —no recordaba cuándo ni cómo... no recordaba— reconocía la vida desde una perspectiva diferente. Sentía la marca de su huella, y como si se tratara de suturas abiertas en carne viva, veía nacer los milagros que se iban grabando en la superficie de su lustrosa y regenerada piel. 

Se acercaba un nuevo periodo invernal y continuaba sin existencias. No se refería a su abastecida despensa. Tenía alimentos en abundancia. Pero no con quien compartirlos. No acertaba a vislumbrarlo, pero adaptarse a las circunstancias cada vez se hacía más difícil, como si se tratara de algo que nunca hubiera realizado con anterioridad. 
Hubo una época en que supuso que los alimentos allí eran saludables. La verdad es que dados los tiempos que corrían, no le parecieron mal. Se dio cuenta de que algo no iba bien cuando la piel comenzó a desprendérsele igual que tiras de cuero viejo... 
Entonces se impresionó y preocupó. Después, paulatinamente, dejó de pensar o no le fue necesario. Todo estaba dentro de él, formaba parte de un instinto innato y básico. Y ahora, ciertos estados, como los sentimientos, eran  rechazados con violencia desmedida, cuando no olvidados... 
No necesitó pensar. Se limitó a coger el arco, se echó a la espalda el carcaj con dardos envenenados, y salió. 
El efluvio exterior se había convertido en algo habitual: hedores a herrumbre, azufre, diversas materias oleaginosas, escorias, y ciertos olores que su mente había dejado de reconocer. 

Escaló la colina. Era un día plomizo y gris. En lo alto del promontorio el viento se hacía glacial y cortante. Nubarrones de vientres densos y matices añiles, remolcados por un turbulento huracán, transitaban veloces. 
A lo lejos divisó el perfil desarbolado de la Central. 
Intuía que una vez se había tratado de un lugar peligroso y, sin recordar el porqué, percibía que actualmente había dejado de serlo. Allí era donde ahora se concentraba su sustento.

Tras una fatigosa marcha siguiendo los rieles de lo que una vez se llamó línea férrea, encontró las piezas del convoy. Se hallaban desmanteladas cerca de la Central. 
Como solía hacer de forma habitual, se ocultó y esperó. 
A veces no sucedía nada durante semanas. Otras venían... 
Arrastrándose entre los resquicios de la chatarra con una habilidad desconocida, los detectó con entusiasmo. ¡Habían vuelto!
Sin dejarse llevar por el nerviosismo apuntó y atravesó limpiamente la extremidad de uno de ellos. La víctima profirió un alarido de dolor y cojeando trató de correr. Los demás hicieron lo mismo, dejándola pronto expuesta a su suerte. Realmente eran ágiles. Aún sufriendo el espécimen se desplazaba más rápido que él. De no ser por el efecto del veneno paralizante, ahora mismo, sería una pieza perdida. 

Lo encontró un par de kilómetros más adelante. Se trataba de un buen ejemplar de hembra humana. Tal vez sobreviviera... En caso de hacerlo, le haría compañía durante el invierno. Incapaz de hacer un movimiento, los ojos de la humana lo miraban con la intensidad del terror. 
Le daba igual si se acostumbraba o no a su presencia, deseaba tenerla a su lado y al final del invierno, en tanto devoraba su carne fresca y jugosa, copular enérgicamente... 
Aguardó unos instantes. Esperaba oírla emitir algún sonido en aquella frecuencia que -sin entenderlo- le cautivaba. Ávido y ansioso, de forma atropellada la despojó de la pelliza con que se cubría y contempló su débil y tierna piel blanca. Tras tantear sus protuberancias glutinosas con sus antenas filiformes, baboseando de placer, la recogió y amarrándola bien, la depositó sobre su caparazón oval. 
Naciendo del vacío de su mente una melodía se abrió paso hasta instalarse en un lugar de su menguado cerebro. Comenzó a tararearla y mientras, dando tumbos se mezclaba en un paisaje cubierto de escombros que los residuos de humanidad que perduraban dentro de él reconocían como «chatarra radiactiva»  regresaba a su guarida, la letra de aquella vieja canción, repicaba en su mente:

“La cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar, porque no tiene, porque le falta, marihuana que fumar…” 

Se desplazaba tan rápido como sus seis patas le permitían cuando el afilado punzón atravesó su carcasa quitinosa. 
Cogiéndolo con sus patas largas, aplanadas y espinosas, Cefalón lo contempló con sus pequeños y miopes ojos compuestos, y volviéndose excitado,  le dijo a su compañera. 
—Cutícula ¿te has fijado? ¡Otra Blatta orientalis!* Por aquí uno se encuentra bastantes. 
Ella se acercó y señalándolo con sus antenas, advirtió. 
—¡Vaya! Y ha atrapado a otro insecto humanoide. Parecen ser su plato favorito. 
—Pues para nuestra raza: Gromphadorhina grandidieri* no, desde luego, dijo Cefalón con repulsión y exclamó—. ¡Son tan venenosos estos asquerosos bichos blancos! 
Separando a la humana, la arrojó al suelo con desprecio. A continuación, llevándose a sus piezas bucales la Blatta orientalis, comenzó a masticar con fruición. 

José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2013.

Blatta Orientalis*: Cucaracha común.
Gromphadorhina Grandidieri*: Cucaracha gigante de Madagascar.


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jueves, octubre 17, 2013

Radiorama de una Chingada.



La melodía que modula el himno de mi patria en el móvil me despierta. Me encuentro cansado y tenso. Contesto y recibo la noticia con una mueca de alivio que termina de aplacar mi ansiedad. 




  Y aquí estoy, tendido: cual culo de vieja,* sobre una cama revuelta. El cuero que me ha hecho la labor reposa arrimada a mi lado como si nada, y menuda guila* ¡qué onda con la playera que le compré en Alemania!, no se la quita ni para chingar*. En cambio de ahí para abajo, y sobresaliendo sobre el embozo de la sábana, exhibe su papaya* pelirroja y rizada cual tierna y bella flor a la brava*. Me ha dejado la verga hecha un pingajo. Pero güey*, ¡merecía la pena! 

  Me asomo por el ventanuco. Otra mañana nomás. Haré cualquier babosada*. Ahora nada me pilla por sorpresa ¿Por qué cambiar de apariencia si todo me está saliendo al pelo? 
  Apago el radiorama* de un manotazo y salgo del catre, me incorporo, me estiro con furia, camino hasta la bañera y dejo que el agua tibia reconstruya mi organismo amodorrado y molido por el ajetreo de la noche anterior, y lo devuelva a la realidad chida* que es mi vida actual. 
  
  Otra mañana, una más de un calendario interminable y que a veces puede resultar de la chingada,* pero ésta en el fondo es especial. Soy un chachalaca*feliz. Tengo un trabajo, amigos, y me muevo en los círculos adecuados. No sé por qué hay momentos en que llegué a dudar, fueron un borrón en mi existencia y no deberían de existir y en realidad pronto se irán. Por lo demás soy normal. Apenas me diferencio en nada de los millones de güeys que se reúnen y achuchan en la ciudad. Excepto en un detalle. Yo siempre aspiro a más... 
  
Una cosa es cierta. Últimamente mi vida se había torcido hasta el punto en que obedeciendo órdenes cada vez más locas, perdí mi autoestima y casi dejé de creer. Estuve a punto de hacerlo, pero nunca me aparté del camino. Hoy sigo teniendo presente, que mientras Dios bendiga mis actos, todo irá como es debido. Y ahora disfruto chingándome los mejores cueros.* 
   Salgo de la ducha, me detengo unos instantes delante del espejo y ¡por Dios, güey! ¡Estoy pa mearlo!* Mi cuerpo ya no es el de antes, sino el de un arruinado pendejo*. Los brazos una vez musculosos, son pura mierda*; mis pectorales no existen, mi vientre está hinchado. ¡Ni pedo!* ¿Demasiadas francachelas y comilonas? En cuanto a mis piernas hinchadas y cubiertas de tatoo*. No vayan a creerlo. No son simples dibujitos, sino símbolos que me protegen y forman parte de mi ser. Hubo una época en que las imágenes me hablaban. Yo les preguntaba y ellas me mostraban el camino. Hoy ya no me hace falta. Sé con certeza hacia dónde pinche dirijo mis pasos. 
  
  Mi jefe mantuvo su área de influencia en más de diecisiete estados. Lo cual me llegó a parecer un apañón* sin precedentes. Aunque hoy, al lado de lo que estoy a punto de hacer, se vaya a quedar en nada. 
  Abro el armario secreter y saco mi colt modelo «Gold Cup National» calibre 45, bañado en oro, con brillantes incrustados y las cachas en oro blanco. Un tesoro que no tiene precio. Lleva ya doce muescas grabadas, y algunas le van a nacer. 
  Me calzo los votos camperos, me pongo mi traje de franela, sí, el que le compré a mi amigo Versace. Me ajusto el corbatín americano y mirándome fijamente al espejo, cuidadosamente, ladeo sobre mi cabeza mi sombrero vaquero dos montañas. 
  
  Mientras desayuno por primera vez pienso en mi patrono Jesús Malverde* que tantas gracias me otorga y, luego, no sé por qué, en «El Señor de los Cielos*» y la vez en que me invitó a su rancho y me propuso que controlara su flota de aviones Boieng, donde transporta su “polvo de ángel*” a gringolandia. Le dije que me lo pensaría. Lo que no sabía ese güey es que yo no soy ningún culero*, y mi deseo era trabajar para mi patrono Jesús Malverde*, y no para un pinche mamón.* 
  Fue una buena idea recomendarle mi médico para lo de la cirugía plástica. Salió mal por desgracia, repaso mientras bajo las escaleras de mármol de Carrara y me dirijo a mi sedán blindado de cristales ahumados. Ahorita mismo, pienso con regocijo, ahí arriba o en un término medio y neutral, Dios y el Diablo, se estarán peleando por no acogerlo en su seno. Mientras aquí abajo, yo mismito, me voy a encargar de que la paz se extienda por mi preciosa nación mexicana. Pues ya casi puedo considerarla así: mi nación. 
  Yo que nunca he sido guapo, pero soy buen pedo.* 
  Cuando llego al precioso rancho de mi jefe, su imponente fachada principal, taladrada por las perforaciones de las balas, parece un queso gruyere. Diseminadas aquí y allá todavía se escuchan las detonaciones y el traqueteo metálico de los cuernos de chivo.* 
  Los minutos se suceden; finalmente mi lugarteniente Beltrán Cuarón, sale del interior del edificio. Con él lleva, bien atado, a mi ya antiguo jefe. Ni siquiera lo miro a los ojos cuando le descerrajo el tiro en la nuca; ya estaba muerto. A continuación desenvaino mi katana tipo Oda Nobunaga, —que según dicen, perteneció al maestro legendario Hanzo Hattori— decapito de un mandoble la cabeza y, acompañada de una suculenta suma en metálico, se la envío al General Juanjo Bustos, máximo líder de la lucha contra el narcotráfico en México. Se encargará de difundir la noticia como una victoria más del gobierno. 

  Mientras tanto yo, tras unir los mayores cárteles, paso a ser dueño de cuarenta estados; en total, las tres cuartas partes de México. No tardaré en recibir al “Presidente” el cual, ansioso sin duda, deseará conocer mis inquietudes sobre una nación que siendo un hombre joven y ambicioso y encontrándose solo, sin el poder de mis panchólares* y mi apoyo directo, nunca podrá gobernar. 

José Fernández del vallado. Josef. Octubre 2013. 

Relación sobre el argot mexicano: 

Culo de vieja:* Doncella agraciada. 
Güey: Suele ser usado en la jerga Mexicana como cliché. Es algo así como el ché en argentino.
Guila:* Prostituta, furcia. 
Chingar:* Joder, follar. 
Papaya:*Vagina. 
A la brava:* Descuidadamente, desconsideradamente. 
Babosada:*Imbecilidad, tontería, disparate. 
Radiorama:* La cadena que une a México. 
Chida:*Estupenda, maravillosa. 
De la chingada:* De lo peor, malísimo. 
Chachalaca:* Persona locuaz. 
Cuero:* Hombre/mujer guapo/a. 
Pa mearlo:* De aspecto desagradable. 
Pendejo:* Idiota. 
Pura mierda:* Basura. 
¡Ni pedo!:* Ni modo. 
Tatoo:* Del inglés, tatuajes. 
Apañón: Acto en el que una cierta autoridad descubre in fraganti a algún manoseador de leyes (o de muchachitas de menos de quince años) y, también fuera de la ley, se aprovecha de la situación para incrementar su riqueza personal. 
Jesús Malverde:* Es conocido como "El Santo de los Narcos". 
El Señor de los cielos:* Amado Carrillo Fuentes, apodado “El Señor de los Cielos” por su innovador sistema para transportar cocaína en una flota completa de aviones Boeing 727. Murió en 1997 durante una cirugía plástica que se realizaba con el fin de no ser identificado por las autoridades. 
Polvo de ángel:* Cocaína. 
Culero:* Miedoso, cobarde, traidor. 
Pinche mamón:* Persona rastrera y con aires de grandeza. 
Buen pedo:* Buen rollo. 
Cuernos de chivo:* AK-47. 
Panchólares:* Peso mexicano.

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miércoles, octubre 09, 2013

El Puente de Trajano.




Nada más jubilarse, el maestro Camilo Saelices se retiró a vivir en su pueblo: La Asunción. 
  Ocioso, y sin saber exactamente qué hacer, los primeros días decidió escribir su autobiografía. 
  


  Finalizó el primer mes, y estancado en un foso de falta de inspiración, la página en blanco se mantenía inmaculada ante su mirada embobada. Sumido en una apatía creciente, llegó a una conclusión: necesitaba respirar aire fresco. 
  Comenzó a pasear por los alrededores. Pero cada día recorría un trecho más corto. Ya que con las primeras nieves del invierno, el camino fue cubriéndose de un manto de blancura, que enseguida alcanzó un considerable espesor. 
  Su casa estaba algo alejada del centro. Aún así, aburrido, comenzó a frecuentar el bar de Manolo. Para volver tenía que cruzar un viejo puente tallado en piedra. Se decía que había sido construido en épocas del emperador de Roma: Trajano. Argumento que Camilo rebatía, y no acababa de tomarse muy en serio. 

  Aquel día de mediados de enero, la tarde era espléndida. Enardecido por unos chatos de tinto, la partida de dominó, y una charla farragosa sobre fútbol y política, se entretuvo más de la cuenta. 
  Cuando salió anochecía, y los objetos antes nítidos eran ahora vagas sombras sin relieve. Patinando embriagado sobre la cubierta nevada, progresaba con una energía insólita. Algo le indujo a detenerse; pues a cierta distancia, o en su mente, creyó escuchar una deliciosa melodía. Temeroso e inseguro, se giró en ambas direcciones, resguardó su cogote bajo el cuello del abrigo, y continuó caminando; y según progresaba, la melodía regresó. Y ahora lo hizo transformada en un admirable relincho. Levantó la cabeza y en la parte más alta del puente, distinguió la silueta: las crines, sin cesar de ondularse, bailando a derecha e izquierda; los belfos, despidiendo efluvios de vaho; y la testuz, coronada por un cuerno de marfil reluciente. Galopó hacia el extremo opuesto y penetró en un halo de luz cegador. 
  Deslumbrado, Camilo solo pudo seguirlo. 
  Al otro lado se halló a plena luz del día. Pasmado, observó como sus botas apelmazaban una tierra seca y rojiza. Un calor abrasador le obligó a quitarse el abrigo. Se lo echó sobre el brazo y vacilante y sin dejar de sudar, siguió caminando. Solo entonces tuvo consciencia de la magnitud del paisaje. Su mirada se encontró perdida en un dilatado universo en el que los matices glaucos y esmeraldas de la maleza, variopintos rojos y marrones de la tierra, y los azules del firmamento, se integraban y fundían en un entorno de fragancias. Y algo más cerca, bajo un árbol, cuyo tronco era un grueso y gigantesco tonel, contemplándolo en silencio, descubrió al conjunto de humanos. 
  
  Antes de darse cuenta, una abigarrada multitud lo rodeaba. Chiquillos de piel negra cantaban y reían, y le ofrecían sus tiernas y frágiles manitas. 
  Instantes después, se halló frente a un viejo aún más viejo que él —o quizá era solo una impresión—, el cual, sin cesar de fabricar gestos en el aire, gorjeaba en un idioma incomprensible. Terminó de hablar, se incorporó y caminando a paso ligero, se retiró dejándolo ante unos cien muchachos que, sentados bajo el árbol, atendieron la clase que Camilo impartió a continuación durante un par de horas: de forma sencilla, sin pizarra, tizas, ni hojas. Expresándose mediante divertidas alharacas, murmullos y cloqueos, con la mente despierta y un gran regocijo. 

  Finalizó y se descubrió solo frente al puente. Dio unos pasos y se internó en el invierno de La Asunción. 

  A la mañana siguiente, despertó tendido sobre su cama. Hechizado por un frenesí embriagador, se puso a buscar una interpretación al suceso. Debido al vino ¿había disfrutado de aquella extraña y reconfortante ilusión? O viceversa. No acababa de creerlo. ¿No había sido un sueño fascinante? Pasadas unas horas, derrotado por el esfuerzo mental, no tuvo más remedio que reconocerlo. No había pasado de ser un sueño. Pero tan real y quizá... ¡diferente! Una enorme nostalgia asedió su alma en una tristeza inconsolable. 

  En días sucesivos, de forma involuntaria, realizó los mismos movimientos. Acudía al bar y tras emborracharse, caminaba hacia el puente lo franqueaba y no ocurría nada. 
  Sin darse cuenta de que sus borracheras iban en aumento, una y otra vez repitió el mismo proceso. Vencido, dejó de jugar y se limitó a permanecer en un rincón, sin cesar de beber y mascullar acerca de su maravilloso viaje al África, cuando todos sabían que las andanzas del profesor, apenas habían trascendido más allá de los límites de la capital. 
  Murió al final del invierno, de congelación, tras bañarse a media noche: desnudo y bebido en las heladas aguas del río. 
  Nadie acudió en su ayuda. En el pueblo todos eran viejos, y estaban cansados de soportar sus desórdenes. De todas formas, organizaron un entierro digno. 

  Al atardecer, portando a hombros el ataúd, el aire y los corazones de los hombres se impregnaron con una melodía etérea. Y dando el do mayor, como una suave contracción o risa de felicidad contagiosa, se impusieron los elegantes relinchos del Unicornio. 
  Se detuvieron unos instantes y santiguándose de forma arrebatada, iniciaron la marcha ascendente. Cruzaron desprendiéndose de los abrigos y abanicándose entraron en África. La comitiva, acompañada de las loas de cien jóvenes vestidos con sus mejores atuendos, se encaminó hasta el baobab secular. 
  Depositaron el féretro en la fosa excavada en sus raíces. 
  El viejo, solemne, gorjeó unas palabras ininteligibles, que todos pudieron entender. 
  A continuación se volvieron, y en silencio atravesaron el puente de nuevo. 

José Fernández del vallado. Josef 2011. Arreglos, octubre 2013.

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domingo, octubre 06, 2013

Siempre Nos Equivocamos.


Foto: Kiyo Murakami.





Conocí a Kazumi cuyo nombre significa: paz y belleza, en el año 2018, en la isla de Shikoku, prefectura de Ehime. Almorzaba sentada a una mesa en una casa tradicional de comida japonesa, cerca de la desembocadura del río Korkuyo. 





Desde que a finales del año 2015 mi país —desmenuzado en mil pedazos— se escindió de forma definitiva de la Unión Europea, y pasó a formar parte del entorno del Asean: Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, mi espíritu, hasta entonces volátil, soslayando torrentes de nacionalismos, buscó certidumbres a las que agarrarse. Desde luego no iba a encontrarlas en una Europa vieja y desgastada, y cada vez más perdida en la marea creciente de los fanatismos. 

De modo que dejé un continente con un corazón roto, y volé a Japón. En principio desorientado, me aferré al budismo y a las cualidades de la shanga. Y así deambulaba por aquel país, tratando de dejar atrás un pasado incierto y oscuro. Practicaba el buen camino, la senda de la honradez y por ende de la lógica, o eso creía. Hasta ese punto había llegado cuando la encontré. 
Hambriento y cansado pedí permiso para sentarme a su lado. Me miró de reojo y asintió. Pedí un sushi y comencé a comer sin hablar. Se detuvo y sin dejar de mirarme sonrió ante mi torpeza con los palillos. Quien la miró de reojo ahora fui yo. Estaba demasiado acostumbrado a que se burlaran de mí, de modo que no hice caso y proseguí. Entonces la oí decir. 
—Nunca te acostumbrarás... 
Sin dejar de masticar alcé un poco las cejas y pregunté. 
—¿Por qué dices eso? 
—Somos muy diferentes dijo, mientras apoyaba el mentón sobre su mano. 
—¿Eso crees? —repuse. Y argüí—Quizá te equivoques. 
—No lo creo dijo, mirándome con una sonrisa de irreverencia. Me di cuenta de que era bastante joven, desde luego más que yo. Y por lo tanto, también impulsiva. 
No contesté, y seguí comiendo. 
Con voz irritada, me censuró. 
—¿Cómo es posible que no te hayas dado cuenta?— y enardecida, añadió—. ¡No hay nadie! Nadie te va a perdonar los pecados que hayas cometido en el pasado. Ni siquiera nuestra filosofía oriental podrá quitártelos de encima. 
Ante su descaro, el sushi se me atragantó y me interrumpí. Por primera vez detuve mis ojos en ella. Tenía una piel muy blanca, de aspecto pálido, pero no macilento, sino limpio y casi metálico. Unos ojos negros me miraban centelleando como tachuelas llameantes. Su cabello liso, largo y lustroso, de un azabache radiante y seguramente suave, brillaba con los rayos del sol que entraban por el ventanuco que quedaba a nuestra izquierda. 
—¿Qué pasó contigo respecto a tu Dios? —disparó a bocajarro. 
—¿Te refieres a la Iglesia Católica? —respondí titubeante. 
Asintió con vehemencia. 
Me pasé la servilleta por los labios, bajé la cabeza, volví a mirarla y los resaltes de mi boca se movieron sin pronunciar una palabra. Seguía esperando. No podía defraudarla. Así que finalmente, dije. 
—Ni siquiera me dio motivos para creer. O mejor dicho, uno tras otro, me los arrebató y se los llevó consigo. Ahora los custodia con sus riquezas. La Iglesia se ha convertido en un viejo museo abarrotado de oro y brillantes, sin lustre, estancado en un lugar llamado Vaticano. 
Sonrió y dijo. 
—De modo que piensas que nuestro viejo budismo es más ¿civilizado, avanzado, espiritual...? 

No lo pensaba, y ni siquiera sabía con certeza qué pensar. Quizá por eso practicaba la senda de la shanga. Había elegido un camino. Otros eligen el Camino de Santiago, yo la shanga. 
En cambio pensaba que tenía razón, éramos tan diferentes. Nunca podríamos sintonizar. 
—Pues debes saberlo—siguió diciendo— el budismo no es perfecto. Es machista como la iglesia. ¿Sabes que buda era reacio a permitir que las mujeres se unieran a la shanga, y cuando lo hizo, igual que la iglesia sometió las monjas a los monjes...? 

—Dime chiquilla... 
Me miró sulfurada y dijo 
—Me llamo Kazumi. 
—Pues Kazumi ¿Dónde quieres ir a parar con tu empeño en agraviar a las religiones? 
—No las injurio. Pero te voy a demostrar que estás equivocado. 
—¿Cómo? Inquirí, cansado de la fogosidad autoritaria con que justificaba sus certezas. 
Terminamos de comer. Salimos a pasear por el puerto. Seguimos caminando y ascendimos el monte Nishi. Una vez en la cima, se volvió y me preguntó. 
—Dime ¿qué encuentras ahora aquí mismo? 
La miré fijamente. El sol comenzaba a declinar y su perfil antes duro, revelando ahora rastros de un cansancio inevitable, parecía haberse relajado. 
—Encuentro fuerza. 
—¿Y quién te proporciona esa fuerza? 
—El entorno. 
—Y qué más. ¿Qué más ves? 
—Belleza. 
—Y quién crea esa belleza. 
—El mundo que nos rodea. 
Y dime, ¿ves algo más? 
—A ti... Kazumi. 
—Y qué piensas sobre mí. 
—Pienso que eres bella, pero también terca. Porque no crees... 
—¿Es eso lo que crees, que no creo? 
Confuso, volví la cabeza. Y tras permanecer en silencio unos instantes, le dije. 
—No. Tú también crees. 
—Exacto, yo creo, dijo con orgullo casi pueril. Pero no en lo mismo que tú. 
—¿Y en qué crees tú, Kazumi? 
—Creo en lo único en que a estas alturas todavía es posible creer, contestó mirándome de soslayo. ¿No lo adivinas aún? 
Encendido alargué el brazo, volví su rostro hacia mí, y sin poder refrenarme la besé, y con una mueca de euforia, dije. 
—Está claro... Tú crees en el amor. En el fondo eres una romántica. 
 Su brazo se extendió como un látigo y su mano azotó mi rostro con violencia. 
Furiosa, contestó. 
—¡No! ¡Te equivocas! ¡Siempre te equivocas! El amor es traicionero y tú un vulgar hombre que se disfraza de monje para acercarse a las mujeres. 
A continuación, dando la sensación de encontrarse avergonzada, bajó la cabeza y añadió. 
—Yo creo en la naturaleza que nos rodea. Aunque tratemos de alejarnos de ella, encerrarnos en ciudades y fingir que estamos por encima, nuestro ecosistema nos mantiene cercados. Sólo somos peces en una pecera. ¡No te das cuenta! —y agregó—. O peor. Alimañas con el instinto atrofiado. Por eso cometemos todos los errores y desmanes que la fauna que exterminamos, nunca cometerá. Estamos abocados a desaparecer. Hemos roto las normas. 

Centró sus ojos en mí y casi gritando, dijo. —¡Y por eso...! ¡Por eso...! Desde que me has besado, creo que he empezado a amarte. Porque soy una animal necio y atrofiado, y no estoy segura de nada y también vivo equivocada. Amar es una gran equivocación: ¡una locura!, pero dentro de lo que cabe, quizá la mejor... dijo sollozando. 

Estaba bastante loca, no había duda. 
Nos abrazamos tiernamente. No hicimos el amor. Era solo el primer día, y yo era un monje, mientras que ella era muy decorosa y más respetuosa de lo que en principio juzgué. 
Como siempre yo estaba equivocado ¿y ella? Ella también: sintonizamos. Vivimos juntos unos cuantos años más de lo pensado. Lo justo para presenciar un final que estaba cantado. 
Tuvo lugar un amanecer, después de que el mundo entrara en una nueva conflagración. Desde luego fue un final sobrecogedor y alucinante, dictado por nuestra naturaleza atrofiada. 
Desde lo alto de la montaña vimos los hongos atómicos elevarse sobre las ciudades del Japón y supongo que también, en otras partes del mundo. 

La historia no se termino; empezaba otra vez. 

Entonces el hombre haría algo que hasta ese momento nunca había hecho: dejar de considerarse superior y sobre todo, el gran protagonista de la tierra. Hizo muy bien. Por una vez quizá no estuviera equivocándose. 

De todas formas daba igual. Tardaría muy poco en volver a las andadas. 

José Fernández del Vallado. Josef . Octubre 2013.

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