miércoles, febrero 26, 2014

Cita con el Dentista.




Primera hora de la mañana, visita al dentista. Caí en la cuenta enseguida. Antes, excepto la vez que estuve sentado frente al gran Francisco Umbral, me desagradaba ir. Por entonces él tendría mi edad y me pareció un señor serio y sobre todo mayor e intocable, al que yo miraba de reojo y con cierta sugestión. No podía dar crédito que un individuo al que siempre había visto al otro lado de las pantallas de un mundo orwelliano, existiera en realidad. Esos eran algunos de los chismes que pensaba. En cuanto a lo que debió de pensar él sobre mí —si llegó a hacerlo— nunca lo supe. Supongo que me miraría como lo que yo era por entonces, un joven imberbe, propietario de un negocio de restauración, mentalmente alejado de la literatura. 
   

 Jamás imaginé que años después mi vida daría un giro de ciento ochenta grados y hoy me iba a hallar donde él se encontró. 

   No hice sino oír la voz modulada de la auxiliar, alzar la mirada, fijar los ojos en aquella figura de blanco esmaltado, con unos cabellos rojos como un crepúsculo en llamas, y me di cuenta: acababa de perder los papeles. De pronto ni siquiera recordaba y menos tenía claro quién era yo, allí acomodado, mientras escuchaba aturdido la voz de aquella preciosa sílfide. Solo atesoraba una certeza. La de profesarme un hombre recto, incapaz de ser atraído por nadie, porque la edad del amor había prescrito dentro de mí y para mí... 
   Me tendió una mano y me invitó a seguirla. En aquel instante tuve ganas de orinarme de vergüenza y no quise pensar, pero lo hice, en las personas que habría en la sala, y el escarnio que supondría que presenciaran como delante de todos, me derretía como un viejo buque tocado en su línea de flotación. Sentía sus miradas clavarse en mí como los afilados caninos de una jauría de perros asilvestrados. Así que, con el apremio de un chiquillo descarriado, tomé la mano que me ofrecía, me levanté de una sacudida chirriante y la seguí por un largo pasillo. 
   Entramos en una sala. Me invitó a acomodarme en un extraño sillón electrohidráulico y se marchó. Más desahogado, permanecí pensando en cual sería el doctor que me iba a tocar en gracia, me arrepentí de mi rebeldía, negándome a visitar al dentista cada seis meses, tal como estaba prescrito, y hacerlo solo cuando mi dentadura lastrada por el deterioro me lo pedía mediante punzadas de un dolor mortificante. 
   El misterio no tardó en descubrirse. Derramando sus cabellos como una pavesa encendida sobre mis hombros, la joven que había tomado por auxiliar, clavaba sus ojos claros en mí. Mirándome con un ademán sedante, me dijo: 
—Soy la doctora Regina, relájese. Enseguida habremos terminado. 
   Dejé escapar una sonrisa nerviosa. Inclinó su cuerpo y sentí sus pechos afirmados sobre mi tórax, me abrió la boca y palpó mi lengua con la suya, ungiéndonos en una fricción esponjosa y complaciente. Su aroma impregnó mi alma y su voz me preguntó. 
—¿Cómo se encuentra ahora? ¿Siente dolor...? 
—Niguno… weno... Zi, el de mi corazó... 
    
Sus manos acariciaron mi nuca, se puso a horcajadas sobre mí, y de forma pausada comenzó a hacerme el amor y me volví a sentir joven y lleno de energías...  

   Abrí los ojos. La doctora no estaba. Una auxiliar bajita, con un semblante adorable, me dio unos cachetes en la cara, un vaso de plástico y me dijo. 
—Enjuáguese la boca y pase por secretaría. 
   Al volver a cruzar la sala de espera, los allí presentes me miraron como deslumbrados ¿era respeto o temor? Me pareció oírlos cuchichear a mis espaldas. 
   Seguía sin saber quién era yo. ¿Y la doctora... dónde estaba? 
   Alcé los ojos y la vi sentada detrás del mostrador de secretaría. Sus cabellos escarlata estallaban como fuentes revueltas sobre sus hombros. 
   Me hizo el recibo y me preguntó. 
—¿Satisfecho con el trabajo del doctor Luis Riaño? 
   La miré confuso y respirando acalorado, proferí. 
—¿¡No es usted la doctora Regina!? 
   Sus ojos se volvieron hacia mí con franqueza. 
—No, señor. Yo sólo soy la secretaria Paula Antón... 
   
   Enamorado de su figura, volví tantas veces como excusas imaginé. 
  Un día no la encontré. Se había marchado, me dijeron. Quise buscarla. No supe por dónde empezar. Peor fue cuando pregunté por una supuesta doctora Regina. Otra de las secretarias, que atendía por el nombre de Amalia Quintero finalmente se compadeció de mí, y ojeando en los registros, me supo contestar. 
—Hubo una doctora. Su nombre era Regina Rodríguez—. Se detuvo turbada, alzó la mirada y dijo—. Pero eso fue hace varios lustros. Al parecer no se limitaba a curar a sus pacientes; hacía algo más. Ciertos favores —dijo, mientras su cara se teñía de embarazo —y prosiguió—. Denunciada ante un tribunal le retiraron el derecho a ejercer y la expulsaron. Nadie  volvió a verla... 
   En ese momento recordé que, como era de suponer, nunca se me había pasado preguntar su dirección. La respuesta vino a mí no solo de forma instintiva, la tuve delante. En el momento en que, tras sacudir su floresta de cabellos purpúreos, fustigando mi cara y dejándola narcotizada en un baño de fragancia epicúrea, Amalia Quintero me guiñó el ojo...


 José Fernández del Vallado. Josef, Febrero 2014.

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jueves, febrero 20, 2014

La Catedral.


El sonido destemplado del despertador espoleó a abrir los ojos a Juan. Se revolvió entre las sábanas, se dio la vuelta, los cerró y trató de dormir un poco más. Se encontraba nervioso y apenas había podido pegar ojo; era el día de su boda. 
   Los abrió de nuevo. El editor fluorescente del programador, le reveló que habían transcurrido quince minutos. Alterado, salió del edredón, se sentó sobre la cama y se restregó el picor de los ojos. Estiró los brazos con pereza y se puso de pie, se acercó al ordenador, pulsó un icono y eligió una melodía de la lista. 
   Se aisló en el cuarto de baño; se ducho, se afeitó, pulsó un automático y ordenada, su ropa estuvo lista para su confirmación. Comparó los datos en un gráfico, marcó Apto, y a continuación, utilizando un agente químico antiséptico, la desinfectó con prudencia de posibles radiaciones ionizantes. 

   Salió de la habitación, caminó por el estrecho cubículo iluminado con luz ambarina de neón, pulsó el timbre de la portezuela de enfrente. Lo recibieron todos. Su padre y ahora Padrino de velación; el Padrino de anillos; el Padrino de lazo; y como Padrino de arras, un viejo amigo de la infancia. 
   Sirvieron varias rondas de aguardiente hasta embriagarse y entonces lo abrazaron deseándole suerte; algunos incluso, con lágrimas en los ojos. 

   Juan se sintió agradecido y emocionado por tanta efusividad. Le habían contado tantas cosas hermosas sobre las mujeres... 

    Sin pérdida de tiempo partieron hacia La Catedral. 
   Subieron al ascensor, abrieron la portezuela y salieron de las entrañas de la tierra. Juan no había estado nunca en el exterior, y presenciar un paisaje al que sus superiores jamás se referían, fue recibir un mazazo que lo dejó confundido y turbado. Un astro rojo gigantesco caldeaba una extensión infinita, manteniéndola a una temperatura de aproximadamente 150ºcentígrados. Cubiertos de trajes térmicos y gafas solares anti radiación, se pusieron en marcha. 
   Abriéndose paso en un paraje muerto, caminaron durante cerca de ocho horas. Se detuvieron en lo alto de un risco y contemplaron el desierto: monstruoso, estéril y vacío, que constituía aquella tierra inhóspita. 
   Oráculos especulaban que antaño, en superficie, hubo grandes extensiones de agua, pero ¿era posible con aquel calor extremo? Resultaba obvio: No. 
   Prosiguieron durante dos días más, y al anochecer del tercero, admiraron las elevadas y extrañas cortaduras de piedra dibujándose contra el perfil de la luna. Con una longitud de trescientos metros y una altitud de aproximadamente doscientos, La Catedral se integró en sus miradas. Sin saber exactamente de qué se trataba, intuyeron que pertenecía a un pasado remoto y ya olvidado. Y dentro de aquel espacio semiderruido, construida con tela proteica, hileras perfectas y translúcidas, hechas con seda untuosa, permanecían a la espera del consorte. 

   Manteniéndose a una distancia razonable, se arrodillaron y despidieron. 
   Calzado con el equipo anti adherente, Juan escaló unos veinte metros y tensa, aguardando en el centro de la tela, divisó a su mujer. Se llamaba  Haplopelma Lividum, le habían informado. Tuvo oportunidad de constatar que se trataba de una fastuosa hembra azul cobalto del orden de las tarántulas. La llamó con natural desconfianza. Haplopelma acudió a él y lo envolvió con sus extremidades. Y mientras la penetraba, inmerso en el primer y último orgasmo de su vida, con toda certeza, Juan averiguó el misterio y a la vez el acontecimiento más trascendental de la existencia. 
             Solo un hecho importaba: cubrir con éxito el ciclo vital... 

      José Fernández del Vallado. Josef. Oct. 2011. Arreglos Febrero 2014.


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jueves, febrero 13, 2014

Los Ojos Grises


El piso se quedaba en buhardilla y la cama era una rinconera de estuco adosada a la pared. Era un verano de días sofocantes y noches sin estrellas. Despertaba cansado, encogido de través junto a Alicia. 
   Despeinado, afrontaba el estrépito de la Calle Santa Ana, y a su chusma de peristas vendiendo artículos y joyas robadas a los turistas, apenas unos metros más allá, en la cercana Plaza Mayor. 
   
Sentado en la cafetería “El Brocal,” recogía la mosquita que había caído en el café, cuando ella cruzó. Pasó caminando deprisa, el labio mordido, un collar de perlas grises y un matorral de cabello azabache sujeto con un pañuelo verde. Se detuvo un instante, sacó un móvil y siguió caminando. 
Pagué, me levanté y la seguí. 

   Aquel día averigüe que trabajaba en la peluquería “afro” que había en la esquina de la Calle Mesón de Paredes con Embajadores, y se llamaba Belice. 

   En aquella época yo tenía un pequeño negocio de restauración en el centro. Aparte de trabajar catorce horas diarias, comprar, servir a los clientes y yacer con Alicia sosteniendo un amor insostenible, no hacía nada relevante, excepto emborracharme y vomitar amaneceres... 
   Desde entonces, cada día, yo estaba sobre las diez sentado en el bar El Brocal para verla pasar al otro lado de la cristalera con el cigarrillo en la boca y la mirada perdida. 
   Un día, Alicia quiso hacerse un peinado, le sugerí la peluquería “afro,” me dijo que ir sola le causaba embarazo. Esperaba que lo dijera. 
   Entramos, nos envolvió un perfume denso. El mismo aroma desprendía Belice cuando me acomodé a su lado. Por primera vez, cohibido, la miré a los ojos: Eran torbellinos de pasión de un gris intenso. Ella, en cambio, era cálida y negra como el betún, y su piel relucía como un espejo en la noche. 
   Belice era de un país de África, no recuerdo cuál. Hay tantos, todos tan pobres y desdichados... 
   Trabajaba tarareando una melodía que repetía sin cesar. 
   Desde aquel día cambié de peluquería, me cortaba el pelo Belice. Siempre pensaba en decírselo; en invitarla a salir, la palabra nunca brotó de mis labios. ¿Fui cobarde o sincero? Era cobarde porque no la amaba a ella sino a su sensualidad, y sincero, porque sin amar el amor nunca es fiel de verdad. 

   En Semana Santa, en Madrid, a todos les da por viajar, Alicia no era la excepción. ¿La echaba de menos? No, para qué. Tenía el colchón para mí y, además, a Belice. 
   Luego regresaba, y cuando le hacía el amor pensaba en Belice; tras el trabajo salía, tomaba una copa en un bar y me quedaba observando fijamente a las muchachas, y cualquiera de ellas o todas, se convertían en Belice; caminaba y oía la melodía de Belice; comía y Belice estaba a mi lado; me duchaba con Belice... 
   De pronto nada importaba sino estar al lado de Belice. Empecé a necesitar ir todas las semanas a la peluquería para cortarme el cabello y sentir las manos de Belice, el aliento de Belice, el sudor de Belice, la sonrisa de Belice, hasta que acabé sin cuero cabelludo y rapado y sin embargo, eso tampoco me inquietó. 
   Un día desperté y descubrí, primero con estupor y a continuación con regocijo, que Alicia había desaparecido y en su lugar olía a Belice. Giré sobre el colchón y todo estaba blanco y limpio. Se abrió la puerta y Belice entró portando una bandeja con el desayuno, la depositó a mi lado, me acarició la nuca y dijo: “Desayunas y luego te vas a la peluquería. Te espero.”  
   Aprendí a vivir en armonía. Estaba con ella a todas horas. Me bañaba, me daba el desayuno, la comida, la cena, hasta que dejó de llamarse Belice y pasó a ser la celadora de un hospital, y yo me recuperé de la enfermedad. 

   Volví a mi barrio. Encontré la buhardilla conservada y pagada; nunca supe por quién. No volví a ver a Alicia. 
   Vagué sin rumbo hasta que comprendí que sólo me sustentaba un deseo: Volver a ver a Belice. No supe a quién recurrir ni qué hacer hasta que alguien me dijo lo de la ONG en África. 
   Estuve en muchos países y tropecé cincuenta, cien veces, con Belice. Nada más verla corría a ella, la tomaba de las manos, se giraba y me encontraba con unos ojos negros como simas que me miraban gentiles o furiosos, y no eran nunca los de ella. 

   Desalentado y sin saber qué hacer terminé por recurrir a un chamán. 
   Cuando supo que buscaba a una persona me pidió un objeto de su pertenencia. Le di el collar de perlas que me había regalado. Una vez lo tuvo en sus manos, se le volvieron los ojos en blanco, experimentó una sacudida, volvió a mirarme y preguntó: 
—¿Tiene los ojos grises, como las perlas del collar, verdad? 
Asentí. La expresión de su semblante cambió, echó la cabeza hacia atrás, gorjeó, me volvió a mirar y preguntó: 
—¿Cantaba? 
   Ilusionado, asentí otra vez. 
  Su boca se abrió y de su voz nació una melodía y finalizó. Cerró los puños y proclamó: 
—Es Dahomey, un cántico de adoración y ayuda a los espíritus. 
Prosiguió: 
—Si tiene ojos grises es porque nació entre las perlas grises del Níger. Es un alma resucitada por un hechicero y vaga con una sola razón: robar el corazón de quienes enamora. No vuelvas a ella. Está poseída, funde el collar, es su corazón. 
Tomándome por un brazo, siguió: 
— Escúchame. Sólo dos clases de hombre tienen los ojos grises. Unos, los mercenarios blancos que asesinan, y otros, los «kikongo nzambi».* Suelen ser mujeres y hombres de aspecto saludable que vagan por el mundo. 
   Sonrió y me invitó a que lo siguiera hasta el oscuro interior de la choza, se dio la vuelta con un tarro, y me dijo: 
—Aquí hay diez mil novecientas cincuenta semillas obtenidas de una planta para que la magia del vudú sea blanca y tenga efectos apacibles que oculten tu enfermedad. No dejes de tomar una un solo día de tu vida y vivirás feliz durante los treinta años que te duren. Si se te acaban y sigues con vida, mejor será que mueras o vuelvas a buscarme. Seguiré estando aquí, siempre ha sido así. 
   
   Regresé a España, abrí un negocio, me casé y fui muy dichoso, nunca le conté mi secreto. Al segundo año tuvimos una hija. 

                                                           Sus ojos son grises...

NOTA: Kikongo nzambi:* zombi 

   José Fernández del vallado. Josef. Abril 2011. Arreglos, Febrero 2014.

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sábado, febrero 08, 2014

Campo de Hielo Sur.

Imagen: Alexei Tofimov.
 Hace una mañana soleada, de una pureza sin límites. Sin rumbo fijo escalo los escarpados riscos de una región que no reconozco en el mapa. El lastre de mi mochila me hace caminar despacio y encorvado. Aunque estoy muy cansado, me siento libre y satisfecho. 
   Una vez alcanzo la cima encuentro el refugio. ¿Estuve alguna vez en este lugar? 
   

   He ido descendiendo a lo largo de un territorio de miles de kilómetros tan dilatados que nunca dan de sí y en apariencia no tienen principio ni fin, y he llegado a ninguna parte o a esta superficie interminable... 
   La habitación interior es infame y el ventanal diferente. Me basta echar un vistazo para darme cuenta de un hecho: podría permanecer semanas o meses aquí, arrellanado, sin ser capaz de moverme ni dormir, limitándome a mirar, sin perderme una fracción del paisaje. Hacerlo es remontarse sobre las nubes, soñar con el perfil afilado de unos riscos coronados por un cielo celeste que averiguo al otro lado de un glaciar inabarcable de contornos azul esmerilado. 
    Estoy aquí, en el sur... 
   Salgo al exterior y me instalo de forma precaria sobre un talud. Mientras bebo una lata de cerveza la espero. He vuelto a beber. ¿Es una decisión oportuna? No estoy seguro y tampoco le doy vueltas. Una pereza vaporosa llena mi espíritu de una alegría contagiosa y sin sentido. 
   Sinceramente, ni siquiera la llamé. Pero, aún así, ella debería llegar. Siempre aguardé su regreso. Pudiera ser que ahora se encuentre en la otra vertiente de una serranía tan lejana e inaccesible como unas «Cumbres Borrascosas», o se debata en el infierno asfixiante de «El Corazón de las Tinieblas». De todas formas, si uno tiene en cuenta la probabilidad de que jamás llegamos a existir como pareja, y las veces que hicimos el amor fueron fruto de una imaginación premeditada y alevosa ¡qué importa ya...! 

   He prestado tanta trascendencia al proceso —me refiero al de la imaginación— que apenas caí en la cuenta, y podría estarlo sobrevalorando o menospreciando. Me puede jugar malas pasadas. Como inventar hechos o situaciones que jamás viví; trasladarme a lugares en los que nunca estuve; inducirme a escalar cordilleras sobre las que apenas puse un pié; formar parte de una revolución haciendo frente a las fuerzas represoras en primera línea de fuego, y a la vez permaneciendo oculto en su retaguardia; transformarme en líder político y cuyo único fin —a condición de entregármelo todo— consista en suprimir el capital; saberme inmortal y seductor y amar a las mujeres que siempre deseé, y a las que tuve en mis brazos olvidarlas para siempre; concebir que he llegado a creer que me constriñe un calor asfixiante, cuando en realidad me muero de frío; e incluso inducirme a sospechar que estoy perdido en el Campo de Hielo Sur de La Patagonia, y que mis compañeros de cordada, uno tras otro fueron quedándose atrás, y murieron sin lograr encontrar este refugio que nos habría protegido de la terrible ventisca de nieve... 
   ...Y que esta cabaña en la que ahora me encuentro no es sino un destello de mi mente; y en cuanto al paisaje extraordinario que se brinda ante mis ojos, podría ser el mismo que una vez encontré en un Atlas o cualquier enciclopedia sobre panoramas insólitos. Comienzo a tener una ridícula certeza: de entrada que Manu y Cris —a quienes tanto adoré— nunca fueron hijos míos, y luego que mi mujer o aquélla con quien conviví, se cansó de mí y me abandonó. En lo que atañe a mi físico ya no siento las manos ni los dedos de los pies ¿y para qué los necesito? Mientras la exigencia placentera de cerrar los ojos y dejarme llevar por la imaginación me reconduzca, todo irá bien. ¿O podría resultar peligroso? Con todo, contemplar esta exhibición de la naturaleza me anima a sentirme privilegiado... 
      Ya me lo insinuaron:

«En el sur nada es real. Las mujeres y hombres de esa región suelen ser veletas y tienen ciertos poderes. Uno de ellos, el de desvanecerse como el fragor amortiguado de una ventisca al irse desgranando. En cuanto a las pasiones, cuando nacen, son tan ardientes que enloquecen a cualquiera hasta hacerlo capaz de matar por amor o dejarse matar por amor. En lo que respecta a los sueños, pueden volverse tan caprichosos y reales, como irreales».
  
   Despierto un instante. Sentada a mi izquierda está Martina. Me observa de soslayo y retozando se descuelga un instante de las manos mientras, sosteniéndose con los pies en un saliente de granito, echa hacia atrás su torso y lo expone sobre el precipicio. Sus cachetes se enrojecen y su cabellera color cobrizo se alborota con la ventisca. Mediante un movimiento veloz y acrobático vuelve a la posición inicial. Una carcajada bulliciosa y tan fina como el llanto de un bebé, brota de su garganta. 
   Sus ojos glaucos se centran en mí y me pregunta. 
—¿Volvemos...? 
   Asiento. Miro hacia la explanada helada de cientos de kilómetros que se extiende ante mis ojos, y estoy seguro de una circunstancia; no volveré caminando. No hay cuidado, encontraré la forma... 
   Alguien, no recuerdo quién, me previno: “No vayas al Campo de Hielo Sur.” 
   Y estoy aquí. 
   Perdido, tal vez para siempre, en este hermoso y placentero sur... 
   
  José Fernández del Vallado. Josef. Febrero 2014.

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domingo, febrero 02, 2014

Amanecer en Indochina.

Fotografía: Ario wibisono.
Despunta el alba y el aguacero persiste. Impregnado en una humedad pegajosa, retiro la tela del ventanuco y contemplo la exuberancia de la jungla. Fuera, dos niños enfrentan a sus gallos de pelea; solo es un ejercicio de adiestramiento; la lucha tendrá lugar horas más tarde. Escucho el alboroto de las cacatúas al sobrevolarnos y omnipresente y pálida, escudada tras un silencio efusivo apuntalado en años de experiencia, giro y me enfrento a la insondable mirada oriental de Kim Liên. 
   La habitación con los tabiques matizados azul claro es otro lugar, nada más. Hotel —lo llaman en aquella zona agreste de Indochina—. 
   El goteo constante se precipita desde el techo al cubo que se encuentra debajo. Siguiendo su compás tintineante, nuestras bocas se unen en besos profundos y cálidos. Como un mar de infusión nacarada, su dúctil cabello reposa sobre el colchón de una cama adormilada, sus manos apresan las mías y en la ebullición de un éxtasis del que ya no puedo desligarme, me pregunto. Cuánto llevamos juntos ¿un mes, un año, un milenio? He perdido la cuenta y los papeles hace tiempo. Sin dejar de taladrarme con una devoción especial, como avellanas rasgadas de azogue, los ojos de la muchacha reflejan una dulzura hiriente. ¿La quiero? Tal vez... 
   Lo cierto es que yo, Luis Jarque, ex funcionario, y ahora en búsqueda y captura, sin una embajada a la que acudir, excepto ella, estoy más solo que el uno... 

*** 
   Pese a mis intentos por olvidar, no puedo dejar de lado la mirada de sofoco de mi ayudante Bopha Chenda, cuando tras revisar por pura casualidad entre el desorden de los archivos de contabilidad del consulado, me di cuenta del descubierto, o más aún, del agujero por el que se filtraban miles de dólares... 
   Ocurrió otro amanecer. Aquel día el chaparrón en Manila tintinaba también sobre lo canalones de uralita de la delegación. 
   Lo llamé a mi despacho y ahora estaba allí, de pié, frente a mí. Mirándome con ojos como rendijas entornadas, mientras sus labios sin resaltes, apretados como comprimidas cremalleras, me escuchaban vociferar y su habitual palidez mortecina, se permutaba en un sonrojo cada vez más irritable. 
   Indiferente a mis palabras metió una mano en sus pantalones de franela, sacó la pistola y con una naturalidad que quedaba lejos de consideraciones y menos aún miramientos, apretó el gatillo. Al impactar sobre mí la descarga hizo que la butaca ergonómica se desplazara hasta la ventana que quedaba a mis espaldas. 
   Sin apenas echar un vistazo se dio la vuelta, y caminando con una serenidad meridiana, procedió a salir del despacho. Su mano se cerró sobre el picaporte. Lo giró tres, cuatro veces; la puerta se negó a ceder. Por simple precaución, nada más entrar, había accionado el cierre de seguridad. 
   Recibió el impacto del dardo al darse la vuelta. Le atravesó el ojo insertándose en su cerebro. Mientras su otro ojo giraba desorbitado en su cuenca, llevándose las manos a la boca, balbuceó una retahíla impenetrable en tagalo, y resbalando sobre la puerta se arrastró hasta quedar desbaratado en el umbral. 
   Resollando me levanté la solapa del chaquetón. Debajo, en un bolsillo interior, reposando justo sobre mi corazón, llevaba el grueso tomo de «Obras Completas» del poeta ajusticiado García Lorca. En esta ocasión me había librado de morir de la misma manera. La bala, por fortuna de bajo calibre, se había detenido al final de sus ochocientas noventa páginas. Observando la munición reconocí un calibre 2.7 Kolibri. En cuanto al arma parecía de juguete y tan solo tenía espacio para un par de proyectiles de apenas cinco gramos en su recámara. Su aspecto dejaba claro un detalle; el ingenio debía valer su dinero. 
   En Filipinas no suelen indagar sobre las razones de los asesinos; los ejecutan de un tiro en la nuca o mediante una inyección letal. 
   En apenas dos horas y con lo puesto, embarcaba rumbo a un destino teóricamente seguro de la costa oriental. 
*** 
    Arqueando su busto con sensualidad Kim Liên se despabiló y mediante su voluptuosa manera de desplazarse, se incorporó de la cama. Por primera vez en días su modo de mirarme de soslayo me pareció diferente, e incluso algo raro. 
   Desnuda se puso de pié, extendió los brazos, los unió perpendicularmente ante su rostro y su expresión se transfiguró en una mueca de orgullo y vanagloria, solo entonces pude ver lo que esgrimía en sus manos. Era la diminuta pistola de calibre 2,7 Kolibri que Bopha Chenda había utilizado para intentar asesinarme. Mirándola con osadía, sonreí divertido. Si lo que pretendía era bromear, la cosa no iba a salirle. La única bala que quedaba se encontraba en el bolsillo de mi pantalón. Y la prenda —ladeé la cabeza a mi izquierda— descansaba sobre el respaldo de la silla, al lado mismo de...  ¡donde Kim se encontraba! 
   Al disparar el artilugio apenas produjo un silbido. 
   Me llevé las manos al pecho y las retiré empapadas en sangre. Mirándola aturdido de forma obstinada, apenas tuve fuerzas para dejar escapar un susurro de incertidumbre. 
—Cariño... ¿por qué...? 
Haciendo oscilar sus caderas con una cadencia cautivadora, se acercó a mí, me escupió a la cara y exaltada voceó. 
—Vietnam, año 1973. Mi madre violada por «american soldiers». ¡Americans perros rabiosos!    
   Empecé a sentirme mareado, alcé la cabeza y mirándola con ternura, sonreí y le dije. 
—Amor... ¿no lo sabes todavía? Yo no soy eso —y haciendo un esfuerzo protesté— Solo un español ingenuo y tonto que se ha enamorado de ti... 
   Exhalé un suspiro profundo. Mis ojos se cerraron suavemente. ¿Podría descansar finalmente? 
—¿¡Spanish, espagnolo, espagnol, spanisch...!? —la escuché chapurrar con alarma en unos cuantos idiomas. 
   Como si me encontrara en un limbo apacible, asentí. 
  De inmediato, advertí sobre mí el peso de su cuerpo sudoroso. Sus sollozos y gritos perturbados pidiendo ayuda, por desgracia, fueron atendidos enseguida. 
   Mientras me trasladaban al dispensario entre gritos y órdenes en tonkinés, o tal vez dialecto huê, lo entendí finalmente. 
   Por lo visto, de momento, descansar no me iba a ser posible... 

   José Fernández del Vallado. Josef. Febrero 2014.


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