sábado, septiembre 20, 2014

Amigo Walter.

    
   Era una tarde pintada de rojo, los automóviles circulaban como saetas parecidas a bolas de fuego, la gente avanzaba fundida a las arterias en una ciudad que silbaba con la cadencia de una olla exprés. Una tarde en la que salir a la calle significaba morir por un vaso de agua y quedarse caer en las garras de un sueño viscoso. 
   Walter Carnera caminaba quemándose la cabeza con Lorena, un pañuelo en la frente y una esperanza embrionaria: encontrarse con ella en el Café Multicolor sobre las siete, entablar una conversación, levantársela y conocerse bíblicamente. 
   Un sedan gris metalizado se detuvo a su lado, se abrió una ventanilla y un hombre pálido lo invitó a subir. Haciéndose el desentendido Walter ignoró la proposición, pero el cañón de un treinta y ocho acolchado sobre su barriga le ayudó a reconsiderar su punto de vista. 
   
    Su interior estaba tan oscuro que apenas pudo entrever los rasgos de los hombres que se acomodaban frente a él, excepto cuando alguien le recordó alzar las gafas“RayBan”. Entonces pudo ver con claridad las siluetas del hombre gordo y delgado. Reclinados, codo con codo, los hermanos Martinelli lo miraban con ojos acuosos. 
   El gordo empezó. 
—Amigo Walter... quedaste con la Lorena. 
   Y el flaco, sin quitarse la mascarilla anti bacterias, siguió. 
—Por la plata que nos debés tras haberte restituido de la tumba tenés que hacernos un favor —tosió, se sonó acatarrado debido al aire acondicionado y continuó—. Te voy a dejar claro un detalle. ¡A la flaca ni la tocás o te hacemos la boleta
    El gordo, que parecía llevar la voz cantante, tomándolo por un brazo, siguió. 
—A su edad es una lindísima yegua. Creemos que se encontrá en apuros porque está loquita perdida. De modo que como buen pelotudo que sos la vigilás. Y apiolate no te vaya a cagar. ¿Entendiste conchudo ex convicto? 
   Estaba claro, no se trataba solo de recomendaciones, sino regaños que le convendría tomarse muy en serio. Asintió sin dejar de observarlos con actitud sumisa, dejando escapar un inapreciable suspiro de cinismo. Lo cierto es que aquel par de hermanos ya eran historia, repensó. El flaco, era un pibe medio balín, que después de fornicar en bacanales con un tercio del hampa, estaba podrido. En cuanto al gordo, aquejado de enfermedades metabólicas que lo hacían hincharse a ojos vista, acabaría por reventar cualquier día. Ambos pugnaban en una carrera a contra reloj por ver cual —más pronto que tarde— accedería al portal de la muerte. Dilucidar quién sería no estaba claro, pero eso no iba con Walter. 

    Lo dejaron a media cuadra del Multicolor. 

   Al salir del automóvil un manto de calor se posó sobre sus hombros, y en segundos estaba sudando. No precisó si de la tensión o el pútrido calor, aunque a lo mejor de lo que aún le faltaba digerir. 
   Entró en el local y con alivio comprobó que Lorena no estaba. Se acomodó a una mesa desde la cual divisaba con claridad el panorama, pidió un whisky con ginger ale y sintió como sus músculos se relajaban aplastándose como pelotas de goma sobre el respaldo de la silla. 
   Meditaba con desagrado la ruinosa consecuencia de haber emprendido negocios de estraperlo con los Martinelli. Ya le advirtió el che Martín Fincher: “Con esos piolas a la larga nunca salís ganando.” Y ahora lo tenían cogido. ¿Cómo sacarse esa deuda de encima y trabajarse a su aire a la Lore? Claro que quienes querían podrirla eran ellos. Infausto destino el de la piba, pensó. 
—¿Qué hacés boludo soñador...? 
   Era ella. Se había sentado frente a él y Walter fijándose en todo menos en lo que tenía que fijarse. 
—Che, ¡qué lindo! Seguís en la inopia como siempre ¿no?  
   Aquel par de balancines perfilándose bajo un ajustado maillot negro de lycra con el lema de “Con Nosotras Ni a Trompadas” eran auténticos. No supo muy bien a qué aludía el lema y sofocado tampoco preguntó. Solo añadió. 
—¿Y vos...? ¡Seguís divina mi papusa...! 
   Ella sonrió, le tomó de las manos. Llevaba unos anillos de lapislázuli y plata con los que aventurarse a hacer una caricia suponía correr el riesgo de ser correspondido con un irrevocable rasguño. Negó con la cabeza y desenroscando un hilo de voz, dijo. 
—¡Mirá que sos colo...! ¿A la que me ves te comportás como un pirado mirón? 
—Es la verdad, ¡sos una sirenita! 
—Y vos chamuyero...  
   Comiéndoselo con los ojos, hilvanando una expresión de mocosita, preguntó. 
Decime ¿qué tan importante tenés entre manos? 
   Walter sonrió con torpeza. Sabía que actuaba como un crío avergonzado. Apenas era capaz de controlar sus acciones: transpiraba, sus ojos cabrioleaban, y una sonrisa de abúlico acentuaba su expresión. Desde luego estaba hecho un auténtico enconchado, pensó. 
   Alzó la mirada un instante y al fondo del salón descubrió sentada a una mesa a una rubia, iba sola pero estaba ¡re-perra! Le dio por compararla con la Lore y comprobó que ambas eran por completo diferentes; dos estilos de belleza. Lorena era una morocha de carnes apretadas color chocolate y ojos verdes: todo un bombón. Aquélla en cambio era rubio platino, de carnes blancas como la nieve y ojos azul cobalto. Las manos de ambas eran largas, acabadas en dedos finos. Sólo podía aspirar a una, aunque ahora ni siquiera. Le habían ordenado velar por ella, convertirse en su sabueso. ¿Estaba metida en algún quilombo? No le extrañó que una mujer del porte de Lorena anduviera en enredos. Luciendo una sonrisa de postín, dijo. 
—Ahora vivo en Barrio Alto. Tengo plata. He adquirido un apartamento de trescientos cuarenta metros cuadrados. 
   Impresionada exclamó. 
—¡Qué atorrante! ¿Y dónde la aliviaste?  
   Rechinó los dientes alterado, y contestó: Me la ganéseguidamente, contrariado, preguntó. ¿Solo pensas en mí como si fuera un puto malandra
   Ella titubeó. Bajó la cabeza y avergonzada masculló. 
—No. Vos... sos un padre para mí... 
   Walter carraspeó un instante y cambiando de aires dijo con voz renovada de ímpetu. —¿Querés que demos una vuelta por allá...? 
   Estirándose con pachorra, la Lore adujo. 
—Che vos... de verdad... Me gustaría ver esa pieza alucinante pero quedé con mi gatita.
   Walter daba un trago a su whisky y se atragantó. Sacó un pañuelo y con voz temblona, preguntó. 
—¿Tú... gato? Vos nunca habés... 
   Ella lo miró desafiante y precisó. 
—¿Otra vez? ¡No entendés nada, viejo! Dije ga-ti-ta no gato. 
   La miró en silencio, sin comprender. Ella continuó. 
—Me di cuenta que amar a una yegua es mil veces más chulo y liberador que agarrarse mil chabones. Escuchá, vos no sabés... ¡Es algo sublime! Enaltece mi grado espiritual y lo eleva. Además practica yoga y me ayuda. Me refiero... artes orientales. De verdad, antes era re-boluda y lo sabés... 
   Mientras hablaba se dio la vuelta y alzando un brazo solicitó la presencia del mesero. Él, sin despegar la mirada de su cola, dejó escapar un tenue silbido. 
   Sentándose de nuevo, ella siguió. 
—¡Nunca! Jamás creí que algo así podría transmitirme una paz tan genial. Somos dos minas felices. Creételo... 
   Walter arqueó las cejas, y pinchando de forma deliberada, dijo. 
—¿Fue mi culpa que te volviste putona tortera
   Ella lo miró con sorpresa, y furiosa gritó. 
—Sos... ¡un analfabestia insensible! 
   Walter cruzó los brazos y observó con interés. En el fondo era una resabiada, una muñeca de veinte añitos recién acabados. 
—¡Hola petissa
   Una esfinge alta, como de la “Roma ancestral”, estaba a su lado. Walter sintió un bajoneo y sin mover una ceja permaneció mirando de reojo la escena que se desarrolló ante sus ojos. La Lore besó a la pibona en los labios. A continuación, con embarazo, presentó a la recién llegada. 
—Úrsula... Walter. 
   Dominados por una mutua desconfianza, rozaron sus dedos. Frotándose con nerviosismo, Lorena dijo. 
—Nos vamos al toque. 
—Un placer, dijo la otra. 
   Gobernado por una bronca creciente, él se limitó a susurrar un vago “Ya...”
   
   Una vez traspusieron el umbral de salida, dispuesto a seguirlas al pandemonio, dejó un billete de veinte. 
   Entraron en una cervecería, estuvieron allí un par de horas. Tiempo suficiente para que en la mente de Walter el rostro de la mujer estatuaria que iba con Lorena, se fuera fraguando como un perfil evocado. 
   Cenaron en un restaurante. Finalmente accedieron a un club nocturno para lesbis, y para mirones si se embetunaba de forma conveniente al elemento de la puerta. 
   Dentro había tan poca luz que apenas necesitó disimular ni ocultarse. Se limitó a sentarse a sus espaldas, en el sofá contiguo a donde estaban, y utilizando un visor nocturno procedió a observar el semblante de Úrsula. Obtuvo una foto digital que traspasó a su portátil de bolsillo e introdujo el archivo para cotejarlo con los que allí figuraban. Al cabo de unos minutos una exigua luz le reveló que el programa había hallado algo. La foto regresó acompañada de un archivo. Su nombre era Ángela Solskaya. Se informaba que solía realizar faenas para los servicios de inteligencia de Europa del Este, sobre todo para el KAPO de Estonia, y la inteligencia exterior SVR rusa indistintamente; y además se sospechaba, que mantenía relación con algunas mafias del este. Estaba considerada muy peligrosa. Y así la juzgó, cuando la sorprendió manejando con disimulo un punzón probablemente infectado, con la clara intención de pinchar a la Lore. 
   Los Martinelli tenían razón. La mina andaba en apuros. Por desgracia —craso error— esa noche Walter había olvidado el silenciador en el piso, de modo que sacó el bufoso y lo engatilló. 
   Las descargas que largó sobre Ángela estallaron como la traca final y causaron varios efectos. Primero, las torteras salieron corriendo despavoridas y segundo, la Lore se desmayó. La recogió, la cargó como un fardo y apuntando a todo el que se interpusiera, en especial al par de “letos” de seguridad, quienes al verlo volaron como putos de playa, salió. Recorrió una cuadra, depositó a la Lore sobre una banca y fingiendo que estaba empedo, detuvo a un taxi y le indicó una dirección próxima al piso. Desde allí hasta el apartamento fue casi un juego de niños. Había librado de un embrollo a la Lore, pero sobre todo a sí mismo. No quería pensar lo que los hermanos Martinelli hubieran hecho con él de haberla hallado hecha un cirio. 
    La dejó sobre la cama de matrimonio. Le quitó el abrigo guateado y optó por sacarle la ajustada prenda de lycra. Sus senos blandos como aglutinante se ofrecieron a su vista. ¡Era una bomba! Trató de ser práctico. Fue al baño, empapó un paño en alcohol, se subió sobre la cama y situándose sobre ella, se lo pasó por la frente. De pronto se detuvo y permaneció mirándola fascinado. Qué tal tocar uno de aquellos... ¿rozarlo tan sólo? ¡No! No debía hacerlo. Se estaba calentando y era un camelo, la celada del sexo. Había cedido a la lujuria tantas veces... Mientras se dejaba llevar por un placer creciente y embriagador en su bajo vientre se estremeció. Como atraído por la fuerza de un imán comenzó a palpar, primero un pezón, luego el otro, a continuación con ambas manos acarició su plácido rostro y la besó apretado. Su verga enhiesta, era ahora dueña de sus acciones. 
   Le bajó la pollera y se inclinó hasta su concha rizosa; resollaba, se desabrochó el pantalón, sacó su miembro y en el instante en que la penetraba, la mina despertó y comenzó a forcejear, pero había poco que hacer. Walter había dejado de ser Walter y era un ser ruin y lascivo. Deseaba sexo y ansiaba culminar la erección dentro de su papusa. Llevaba mucho tiempo sin hacerlo, viviendo en una soledad que se le atragantaba. Vagando y consumando laburos como grandes cagadas. Era un chancho, un mataburros... Llevar a cabo aquellas masacres nunca le había gustado. Pero era Walter Carnera y no sabía hacer más otra cosa. Ella forcejeaba y él estaba sobre ella: una mano en su cuello y la otra sobre su boca. Se sacudía y rasguñaba su espalda, pero Walter ya no sentía, o mejor sí sentía, había echado tanto de menos el placer de aquellos golpazos frenéticos y la violencia sobre el pubis de una hembra. Estaba acabando, sentía fluir su semen cuando le mordió en una mano. Escupió un aullido ronco y soltó un bife en su rostro. Al instante quedó desmayada... ¿o muerta? ¿Respiraba? Sí... pero lo había estropeado. Es decir... había cometido la boludez más grande de su vida, y en cuanto los Martinelli lo supieran, sería historia... 

   Fue al baño, se empapó la cabeza con agua fría y a continuación se sirvió un Jack Daniels cargado. Tomó el bolso de la Lore y lo abrió. Un sobre amarillento de papel arrugado comprimía su interior. Al rasgarlo casi se le escapa el bobo por la boca. Había fajos de lucas y más lucas. ¿En qué curro andaba metida? Era como si acabara de reventar la caja de un burro. Tardó en reaccionar. Apuró de un trago el whisky y decidió que lo que fuera daba igual. No disponía de tiempo para florituras. Se lavó la cara, se peinó y acicaló. 
   A continuación en la hoja de un cuaderno, escribió:
   
   “Siento baby que hayas tenido que vancar a este guarango, pero... te quiero de verdad... 
Por cierto, no soy ricacho como te conté. En realidad estoy más reseco que el mar muerto. El piso ni siquiera es mío, sino de un cachirulo que se compadece de mí.
   Te mango a cuenta unas lucas...
   Walter Carnera." 

   Entró en el ascensor. No... Salió y bajó las escaleras. Lo mejor era tomar precauciones. Si los hermanos Martinelli se enteraban que había llevado a la mina a aquel lugar era hombre muerto. 
   Llegó al rellano del portal: no había nadie, todo estaba en silencio. Se escurrió pegado a la pared y miró al exterior: ni un alma. Fuera la noche estaba tranquila.
   Abrió el portón y salió a la calle Franz Kafka. Se detuvo relajado un instante, miró al suelo vio un pucho, se agachó lo apresó y prendió fuego a su mechero. No encendió; amartilló de nuevo la piedra y tampoco; repitió, y a la tercera prendió. Dio una calada y aspirando con deleite esbozó una sonrisa, se limpió las cenizas del pecho y se perdió en la oscuridad de la noche... 

Para quien no conozca el lunfardo. Y para quien lo conoce, disculpad las incorrecciones. Sin duda las habrá...

Conocerse bíblicamente*: Hacer el amor.           Atorrante*: Sinvergüenza.
Plata*: Dinero.                                                    Malandra*: Delincuente      
Aliviar*: Robar                                                    Gata*: Novia.
                                                                           Bajoneo*: Sentirse deprimido.
Tumba*: Presidio.                                               Bronca*: Cabreo, enfado.
Hacer la boleta*: Asesinar.                                  Embetunar*: Sobornar.
Apiolate*: Espabílate.                                         Bufoso*: Revolver
Cagar*: Engañar.                                                Empedo*: Borracha.
Conchudo*: deber dinero.                                  Pollera*: Falda.
Balín*: Afeminado.                                             Concha*: Vagina
Podrido*: Contagiado  venérea.                          Chancho*: informal, tramposo.
Coger*: Follar.                                                    Mataburros*: Asesino barriobajero
Piolas*: Astutos, perversos.                                Acabando*: corriéndose.
Yegua*: tía buena.                                               Bobo*: Corazón.
Balancines*: Senos.                                             Luca*: Billete de mil pesos
Reventar la caja de un burro: abrir una caja fuerte
Papusa*: Bonita, hermosa.                                  Vancar*: Soportar
Colo*: Loco.                                                       Guarango*: Grosero.
Chamuyero*: Mentiroso.                                     Reseco*: Pobre, sin dinero
Mocosita*: Inocente.                                          Mango*: Tomar prestado.
Enconchado*: Enamorado.                                Cachirulo*: Cándido.
Morocha*: Morena.                                            Pucho*: Colilla.
Quilombo*: Lío. 

                                                                        
     José Fernández del Vallado. Mayo 2008. Arreglos 2014.  
                                        
                                                                       
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