viernes, diciembre 15, 2017

Daniela D´orsay.

Me asomé al tragaluz y la vi. 
En el marco de una noche de un matiz índigo, su silueta y la de su cabalgadura, se perfilaban contra la pálida luz de la luna. Se inclinó sobre la crin y de un ágil brinco, desmontó. 
Era alta y esbelta; sus ojos titilaban como estelas y su cabello, extendido sobre una túnica translúcida, se ondulaba al compás de la brisa nocturna. Pese a resultar de apariencia delicada, sus manos sugerían una flexibilidad virtuosa, idónea para afrontar los quehaceres de la vida y, del mismo modo, desarmar almas sin corazón. 
Era Daniela D´orsay. 

   En tanto el contorno de Daniela y su montura se deshacían en la creciente neblina del alba, me hice cargo de mi situación. Empezaba a hacer frío. Me cubrí como pude con los jirones de mi desgarrada cazadora, y volví atrás en el tiempo. 
   La primera vez que la vi tuvo lugar en París, en el bulevar de Mont Martre. 
   Era invierno y confinada en una noche desnuda, caminaba por una calle desierta. Con aire sereno, plantaba cara a la lividez de la luna, y asimismo, al delirio de un arrabal de aliento ensoñador. La segunda, se produjo en el puerto de Docklands; Londres. Un ingrediente esencial quedaba lejos ahora: el alboroto de una dársena en período de movilización. 
   Aquel día, un atardecer de matiz plomizo, se rendía al destello de un sol apagado. El gimoteo centuplicado en berrinche de centenares de bebés hambrientos, que madres de trazas escuálidas, arrullaban entre sus brazos, mientras con voluntad indecisa alargaban el brazo y mendigaban, del mismo modo quedaba lejos ahora; o la multitud de parejas que tras disfrutar unas horas de ensueño, con ojos congestionados, se acariciaban y besaban y hermanados en un clamor de voces angustiadas, antes de separarse sellaban promesas de amor y reencuentro. 
   En el momento en que la reconocí desembarcaba por la pasarela del navío en el que yo comenzaba a embarcar. 
   Sus cabellos, sometidos al temporal de poniente, se agitaban al viento. Llevaba una túnica blanca, y en tanto trataba de recomponer su peinado, sus frágiles dedos, semejantes en suntuosidad a la ramificación de un refulgente coral, operaban con diligencia. Asimismo y en los instantes siguientes, con parecida eficacia, desplegaron una tarea distinta. Se trató de un asunto que exigía una fortaleza al alcance de pocos hombres, y menos mujeres. Y así procedió. En el intervalo en que tras desterrar mis dudas y abrigar el convencimiento de que se trataba de Daniela, incapaz de seguir adelante, me agarroté y perdí pie. 
   Descubriendo una agilidad intuitiva, abriéndose paso en la inestable pasarela, me alcanzó y bloqueó por el pecho. Reparé en el calor de su torso estrechando mi espalda y, sobre mi nuca, un aliento cálido y balsámico, me contagió de una sensualidad estimulante. 
   Tras ayudarme a recuperar el equilibrio, con serenidad me preguntó: 
—Se encuentra bien, señor...— 
—Lo… Lowell—respondí con sorpresa. 
   Esbozó un ademán fascinador. Alcé la cabeza y me atreví a enfrentar su mirada. No advertí desprecio o intranquilidad y menos, incomodidad. Por contra, me di cuenta que su atención ya no estaba pendiente de mí, como tampoco de nadie, y delaté un pormenor: su mente no estaba en aquel muelle. 
   Sin tener idea sobre dónde podría encontrarse, me fijé en su expresión. Parecía… entallada en un gesto de melancolía y mortificación misteriosa. 
   Se marchó sin decir adiós. 

   En cambio ahora, el silencio era sepulcral. Otra vez Daniela estaba sola. Y aún así, cercada en la ingratitud de un territorio neolítico, su esencia volvía a brillar.
   Cada amanecer era la antesala de un día fiel al anterior: monótono, arduo, abrasador...    
   En lo que a mí concernía, sometido a un frío y calor inclemente, continuaba enfrascado en sentimientos que transitaban de la fatalidad a la impotencia. Impotencia, ante la gravedad de mi situación personal; fatalidad, ante una incertidumbre que debilitaba mi ánimo, y se había convertido en un asunto inabordable que señalaba a mi guía Rafat: ¿volvería...? 
   El deber de Rafat se cifraba en obtener piezas para reparar el blindado; carburante para unirnos al ejército inglés en la línea de Gazala, y un auxiliar para atender mis heridas. 
   Hasta el momento minimizar mi nerviosismo, no había sido un procedimiento eficaz. Entre otros, un conjunto de impresiones supeditados al miedo, eran sentimientos que albergaba: sólo, revestido por un relente de polvillo que de forma gradual se filtraba en el blindado, y teñía mi piel de un color amarillento. Víboras, escorpiones, y aquel calor atroz, eran mis colegas habituales. 
   Conservaba media docena de cantimploras, latas de racionamiento, y un artilugio de transmisión averiado, con el que si bien contactar era inútil, quizá para desairarme, todos los días con puntualidad angustiosa, arrancaba y transmitía partes de la ofensiva. Escuchar aquellos comunicados contribuyó como una condena más a acentuar mi nerviosismo. Por lo que según avanzaba el calendario, una impresión cristalizó en certidumbre: aquella aventura marcial contra la fuerzas del eje, solo podría terminar de una forma: en desastre. 
   Desde mi punto de vista el asunto se redujo a una minucia. En el instante en que Rafat regresara, poner pies en polvorosa. Dado que el Mariscal Erwin Von Rommel, avanzaba imparable en un desierto que parecía conocer mejor que cualquier general anglo americano. 

   Aguanté con sus más y sus menos, hasta que el hedor comenzó a preocuparme. El origen no estaba en mis infectas heridas, sino en el cadáver de Carter Mcmillan. 
   Alegar que lo extrañaba habría sido echar a volar un sarcasmo miserable. Desde que lo tuve delante, aquél lumbrera sobresalió de forma brillante en una faceta: la mediocridad. 
    Llegué a tenerle tal aversión, que de no doblegarse ante el desenlace mortal del combate, tarde o temprano yo mismo me hubiera encargado; y era sencillo. La posibilidad de terminar reventado por una bala perdida en una escaramuza, era mayor que palmar de un certero balazo. Detestaba sus fatuos juegos de palabras; su chistes de cotorra lenguaraz me causaban dolor de cabeza; su actitud ordinaria, su inmoralidad. Pero lo que me tocó el corazón, sucedió tras nuestro primer e indefinible saludo. Cuando con incauta satisfacción, tuve la ocurrencia de enseñarle un retrato de Daniela.
   No brindó por mí. Exhaló un silbido, e ironizó: 
—Señor, no se la merece. No... Disculpe mi sinceridad. Pero no le veo. ¡No! No se conquista el corazón de una pera en dulce, así como así—. 
Lo miré confundido. En cambio él prosiguió y redobló mi estupor.
 —Por su forma de fijarse en el retrato diría que se hace ilusiones— y jactándose en su sabiduría delirante, añadió— ¡Olvídese! Su Daniela es una buscona. ¿No lo ve? Miré—señaló la foto—. Solo con fijarme en su pose, la he calado—. Arrugó el entrecejo, me sacudió unas palmadas de pésame y desplegó su clarividencia: 
 ---Desde hace tiempo le estará poniendo los cuernos. Es más..., me atrevería a asegurar que desde su misma partida, invitada por el cretino de turno, saldrá a divertirse, y seguramente —cómo no— irá al Moulin Rouge, donde una tropa de cuervos parisinos estarán al acecho —se sorbió el moquillo— ¡y se pelearán por ella!— voceó —. ¡Vaya si lo harán! Cómo mínimo la rondarán… ¿veamos?— volvió a examinar la imagen, frunció el ceño y meneando la cabeza, zanjó—. Sin duda y tirando por lo bajo ¡una docena de borrachos y camorrista pichabravas...! 
   Me miró de reojo, y dejó escapar una sonrisa viscosa. 

   Tras aquel encuentro y el sucesivo arrebato de cólera, en el cual estuvimos cerca de llegar a las manos, lo que me consternó de verdad fue que aquel accidente humano, tuviera razón. 
   Pero ¡qué demonio! Tuvo potra hasta en el desenlace de su muerte. Qué mejor diñarla sin enterarse. Sorprendido de un limpio balazo. 

   Debatiéndome en estado febril, atravesé un período delicado. En ese momento, un acontecimiento alteró mis principios más razonables. Tuvo lugar un día en que el simún aulló con una violencia desatada, y distinguir la sombra de un chacal a un palmo de distancia, podía resultar algo, no solo incoherente, sino quimérico. Pese a que las portezuelas del blindado estaban bloqueadas, y ni siquiera yo me veía capaz de forzarlas, un silbido incesante semejante a un suspiro plañidero, comenzó a desquiciarme. A la vez partículas de polvo se filtraban por los intersticios, y aparte de contaminar el cuchitril, me asfixiaban en toses y espasmos. 
   Me encontraba enredado en sitiales de hierros retorcidos, cuando aquella esencia o emulsión, me besó. 
   En un arranque de pánico, y como si un moscardón acabara de zumbarme al oído, levanté los brazos y comencé a zarandearlos como palas de una espumadera. La intención era airear el ambiente; y así continué, hechizado por una borrachera frenética, que me arrastraba a un punto ciego. No veía la forma de atajar aquella locura, cuando algo se resquebrajó en mi interior y cedió paso al instinto, y como consecuencia, al miedo. Se trataba de un temor que hasta verme sitiado en aquella situación, había sobrellevado deambulando siempre al filo del abismo... 
   Después de todo —me dije— en un vano intento por recobrar la serenidad, eran sensaciones que conocía y con las que convivía. Transpirando me di cuenta ¡me engañaba! La realidad estribaba en lo que acababa de suceder. Trascendía cualquier experiencia. Respecto a aquel sentimiento, quizá supiera algo medité. Ya que primero lo había descubierto, después presenciado y luego, padecido: cuando se instala, el miedo no necesita apariencia y menos razón para medrar en la oscuridad de una mente. 
   Tras llegar de forma inopinada a aquella conclusión, me derrumbé. Entonces me sentí atrapado y solo ante la muerte. Y todavía me pregunto ¿dado mi estado, cómo logré abrir una portezuela que se hallaba bloqueada a metro y medio sobre mí cabeza, y reptando patas arriba entre cachivaches, abandonar aquella cárcel? 
   No tengo idea. Mi mente suprimió esos instantes. 
   De todas formas —una vez fuera— me di cuenta de algo más importante. Había salido, pero ya no iba a ser capaz de entrar. Quiero decir… las heridas, sin remedio que las aliviara, se hacían insoportables y apenas podía arrastrarme. Además, con el transcurso de las horas, la insensibilidad de mis piernas se agudizaba. ¿Algo afectaba a mi sistema nervioso, o a mi columna? 
   Teniendo en cuenta que mi físico se había transformado en una especie de diana acribillada, concretar dónde residía el foco de mis dolencias, no estaba en mis manos, concluí. Lo malo no era haber salido, me alegraba por ello. Sino que en mi denigrante huida, hubiera tenido la ligereza de olvidar lo imprescindible: las cantimploras. 
   Me recosté a la sombra del blindado, y permanecí con la mirada clavada en la duna. Era el lugar donde en noches anteriores, advertí o soñé a Daniela. 
   Un raro y placentero armisticio tuvo lugar entre mi entidad malherida y mi angustia, y encontré lugar para el recuerdo. 

   Volví atrás días, o meses... 

   Me arrepentía de mi inconsciente arranque de soberbia, que ligado a la ignorancia de un adolescente, me condujo a dejarme engañar. Bebiendo cervezas y aullando hurras a la patria, y a un honor que ni siquiera conocía. 
   Más tarde, en el campo de batalla, entendí de qué materia se surte el honor y también —cuando toneladas de explosivos entonan un desafinado concierto en “Do Mayor”— dónde puede acabar condenado. Entonces, por una vez, musité las oraciones que nunca aprendí al dios en quien nunca creí. 
   Tampoco sirvió… 

   En Mersa Brega estrené un glorioso historial de dignidad asolada. 
   Perdí a Eric, Tom, Paul, Max... Me olvidé el transcurso del tiempo y dejé de especular. ¿Para qué hacerlo? Menos, indagar en la tropa. Conocía bien la carga de flaqueza y desasosiego, que la incertidumbre de dirigirse al frente y con ello, quién sabe si a la muerte, entrañaba para los hombres; y más para aquella multitud de adolescentes que los generales, enviaban al frente como carnaza. 
   Por lo que a esas alturas ¿qué beneficio podía aportarme conocer nombres o hacer amigos? 
   Preferí llamar a los nuevos de “tu.” 

   Con Rommel pisándonos los talones, dio comienzo la espantada. 
   Trípoli, Cirenaica, y todo siguió igual. Con su tortuosa secuencia de calor, hedor a sumidero, metal fundido, horizontes inverosímiles, puestas de sol sobrehumanas, truenos, estallidos, causas rotas, lágrimas, suplicio, sudor, descalabro, cadáveres, ríos de sangre y derrota… 
   Aquel laberinto de adversidades, de forma invariable, sólo era un atajo —no para vencer— sino de cualquier modo, situarse ante lo eterno. 

   Conocí a los hombres del desierto. 
   
   Eran silenciosos en un lugar cuyo dominio cohabitaba con el silencio. 
—¿Nadie me puede explicar por qué guardar silencio dentro del mismo silencio? 
— Yo... creo…—contestó indeciso el infausto Carter. 
   No me había dado cuenta. A tales alturas de la contienda, pensar hablando o hablar consigo mismo, no era raro, y yo acababa de hacerlo. 
—¿Lo sabes?— indagué susceptible. 
Se restregó los ojos, y dijo. 
—Sí. Porque el silencio de por sí impone un respeto incómodo—. 
   Su rostro transmitió una sensación de apariencia sincera. Aquello, fue tal vez lo único razonable que salió de su cabeza. Aquello, y lo que mencionó sobre Daniela. 

   Por ilógico que pareciera, en una lucha sin pies ni cabeza, había objetivos. El nuestro se resumía en uno: vencer en la carrera del repliegue. Era una retirada de oasis a oasis. Había algunas diferencias. Estaban los que formaban un fastuoso vergel —y todos conocían— por lo cual no eran aconsejables (sus aguas solían estar contaminadas), y los pozos. Un pozo solía encontrarse en un lugar remoto. Por ejemplo, un abrupto rocoso en cualquier confín del desierto. Era apenas conocido por un clan de tuareg. Los cuales, estaban de nuestra parte o la de Rommel. El arte, consistía en lidiar con los hombres del desierto. Aunque a menudo eran ellos quienes lidiaban con nosotros. Los había que despreciaban por igual a ingleses o alemanes. Por lo que en aquel lugar perderse podía resultar además de aventurado, peligroso. Ser descubierto por una partida de camelleros, entre otras cosas, podía significar dejar de ser considerado un digno caballero del imperio, para convertirte en presa y a continuación, en despojo. De entrada te arrebataban las provisiones y las armas y a continuación, si no eras un militar de alta graduación, lo habitual era que sin gastar munición, fueras abandonado y condenado a morir—como quien dice— a fuego lento. 

   Durante días tuve la sensación de que el blindado navegaba. 
   Podrá parecer asombroso; no lo era tanto. En ocasiones el Sáhara se parece a un océano. En el mar navegas sobre las olas, y en el desierto lo hacíamos sobre dunas. En esencia era lo mismo. 
   Ciertas veces el horizonte se reducía a una portentosa escala cromática de dunas danzando sobre dunas. Si las observabas, podías discernirlo. No cesaban se moverse y encontrarse con encono, tratando de zamparse hasta lograrlo: las mayores engullían a las pequeñas. 
   En cambio, cuando soplaba el simún... Cuando aquella maldita ventisca nacía de la nada, todo cambiaba. Si continuábamos en marcha acabábamos perdidos; reorganizarnos podía llevar horas, o días. Por contra, al zorro nada parecía afectarle. Invariablemente surgía de la nada y moviéndose como pez en el agua, nos golpeaba. 

   Sucedió después de una ofensiva alemana. La batalla tuvo lugar en una tormenta de arena. 
   Perdimos contacto visual y por transmisión con el resto de la tropa. Solicité instrucciones a Rafat. Esperaba que nos condujera al pozo Ben-Asar. Lo intuía cerca, y así me lo confirmó. 
   Ocurría que a lo largo de la contienda —entre otras fantasías— consideré haber desarrollado un sexto sentido. Dado que alguna vez presentí o intuí circunstancias que con anterioridad no habían sido desveladas. Pero como nadie es perfecto, aquel amanecer mi sexto sentido no me iluminó. 
   Apostados tras una duna los hombres del desierto abrieron fuego. 
   El primer balazo despachó a Carter… 
   No perdí el tiempo, y tras localizar la partida de tiradores, descargué un proyectil. Con objeto de cerciorarme del resultado miré por los prismáticos, y entre los despojos descubrí al muchacho. Cubierto por un manto de arena, reptaba con dificultad. Era el único superviviente, y además, no estaba herido observé. Me descentró advertir que apenas era un mocoso. Por lo que reparar en que había sobrevivido, en cierto modo me alivió. 
   Dejé de prestar atención e interesándome por el estado de mis compañeros, me volví al interior. 
   Por su parte, él no se olvidó de nosotros… 
   Repuesto del miedo y la sorpresa inicial, venciendo a la vez sus temores, superó la vertical de la ametralladora y empotró la anti tanque. 
   ¿Fue un acto de locura, o valentía? 
   Lo ejecuté de una ráfaga. 
   ¿Por qué lo hizo? me pregunté. Sin entender o encontrar respuesta a una reacción que ante mis ojos, carecía de sentido. 
—¡Mocoso Cabronazo¡ Te… ¡di una oportunidad…!—maldije indignado. 
   Con la curiosidad trastornada, lo observé agonizar. Murmuró un “Al Hamdu Lellah” (gracias a Dios) y sonrió con una dulzura rehabilitada en inocencia. La ingenuidad de lo que seguía siendo: un niño. 
   Encontrar en aquellos ojos de agonía el milagroso brillo del triunfo, en lugar de la familiar parálisis que suscitaba el miedo a morir, contribuyó a devolverme a mi inopinada realidad... 
   El universo estalló. 

   Abrí los ojos. 
   Rafat estaba sano y salvo junto a mí. Había tenido suerte. Me había puesto una gasa en el vientre, y escudriñaba impertérrito. Él no temía al desierto. Era su casa, y cerca estaba el pozo. Iría por lo necesario, masculló. 
   Asentí y le autoricé por una razón: Le creí. 
   Creía en la palabra de los hombres del desierto. Si la concedían a otros era sincera, pensé. Pero ¿y a nosotros? Éramos invasores en su tierra. Una región que juzgábamos estéril. Y en la que, que pese al cúmulo de circunstancias adversas, ellos subsistían.         
  ¿Por qué era así? 
   Porque al contemplar aquella inmensa desolación, su visión no se limitaba a estrellarse contra dunas, arena, polvo, o la siempre perniciosa barrera del calor, como solía ocurrirnos a nosotros. Tal vez la respuesta estribara en el tiempo. Habían dispuesto de milenios, durante los cuales, se adiestraron en el arte de acceder a lo invisible. De forma que en un laberinto cuajado de accesos imperceptibles que funcionaban como claves valiosas, hallaban el camino y obtenían los recursos necesarios para sobrevivir y perpetuarse. 
   Y ahora nosotros estábamos allí; para arrebatárselo. 
   Quizá por eso respaldaron a Rommel. Porque el mariscal alemán, descifró mejor que nadie, las claves del desierto: su desierto. 

    Permanecí inmóvil. Abrí y cerré los ojos. No era ningún espejismo. Estaba allí. ¡La palmera! El penacho de la datilera, despuntaba detrás de una duna. Hacía horas que había paladeado con ansiedad la última gota de agua, y me moría de sed. 
   Debía llegar. Calculé que debía de hallarse a unos cien metros. 
   No podía hacerlo a pleno sol, so pena de acabar abrasado, con la lengua hinchada como un andrajo inútil. A un tris de acabar excedido por la ansiedad, sobrellevando el dolor y la angustia, me contuve. 
   El sol comenzó a declinar, me sentí ligero y con fuerzas. Había dejado de ver la palmera. Daba igual. Tenía el lugar incrustado entre ceja y ceja. 
   Comencé a arrastrarme sobre los antebrazos. Avanzaba con una torpeza desquiciante. ¿Estaba tan mal? 
   Tras horas de esfuerzo y dolor, mi cabeza tropezó con el tronco. El agua… ¿estaba allí? No. Previsiblemente se hallaría debajo. Lo que significaba un esfuerzo más: excavar. Ni siquiera tenía la seguridad y menos, una pala… Tampoco era obstáculo. Se trataba de fina y suave arena. Me concentré y escarbé; y mientras lo hacía, no logré quitarme de la cabeza la imagen de una bañera a rebosar... 
   Sin resuello, me detuve. 
   Eché u vistazo en torno a mí e incrédulo, descubrí el escenario. ¡No había palmera! Solo una roca. Había abierto un hoyo de un volumen desmedido y desperdiciado mis fuerzas ¿junto a un granito rosáceo? 
   Mi boca —seca como una caverna de sal— se abrió al cielo. Comencé a reír y no dejé de hacerlo, hasta perder el sentido. 

   Volví en mí y con claridad elemental, entendí la situación: iba a morir de sed. Aún así, no estuve de acuerdo. ¡No podía estarlo! Me pareció una farsa y una injusticia. Puesto que, pese a mis descalabros de ser humano, me consideraba un hombre —que aún teniendo en cuenta sus defectos— en los momentos realmente imprescindibles, había estado a la altura y respetado las exigencias de la vida. 
   Pero la existencia era injusta, incluso en la forma de acabar, recapacité resignado, y bastante más muerto que vivo… 

Contemplé la zanja de soslayo, no deseaba verla pero... vi un espejo: ¿agua? De entrada fue un suspiro. Luego un tarareo extenuado, se amplificó hasta convertirse en un canturreo tosco y feliz; se redujo en susurró; y se convirtió en un sollozo. 
   ¡Había vencido! 
   Dispuesto a saciarme, con dificultad me volví boca abajo. 
   
   El silencio de la noche se rasgó con el piafar de una bestia. 
   Con la parsimonia de una fiera, alcé la cabeza al acecho. Me volví, y allí estaba: 
   En la duna, perfilada ante la luz de la luna. Los ojos como estelas; alta y etérea. Los cabellos meciéndose al céfiro, y una túnica traslúcida. Y sobre todo, aquellas manos frágiles, delicadas, fuertes y flexibles y ciertamente, perturbadoras: Daniela D´orsay...       
   Esta vez la cabalgadura no se disipó, y comenzó a descender. Envuelta en la suave tela, respaldada en el sillín y manejando las bridas, galopaba con elegancia. 
   Se detuvo a mi lado. 
   Una de sus manos surgió de la tela y se ofreció. 
   Cautivado, llevé a cabo un esfuerzo instintivo y descomunal, durante el cual invertí minutos ¿horas? ¡Quién sabe...! 
   Aún así, tambaleándome me sostuve de pie, y espoleado por un anhelo de caracter incierto, tomé la mano y la besé. En principio lo hice con esmerada delicadeza, a continuación, con desorden o... arrebato. Poco a poco, o quizá con una urgencia alterada, el deseo se transformó en una avaricia insaciable, o en apetito insatisfecho, llegando a alcanzar un carácter tan primitivo y salvaje, que llegué a olvidar quién era, de dónde procedía, o cuáles eran mis raíces humanas; y salivando de ansiedad, me lancé sobre ella. 

   Ante mi necesidad por desmontarla, la frágil mano que en principio se había mostrado como una extremidad vulnerable, reaccionó sin contemplación. 
   Le bastó un empellón para deshacerse de mí. 
   Trastabillando al borde del pozo, con objeto de mantener el equilibrio, empecé a realizar ridículas contorsiones, hasta que de forma accidental, mis dedos rozaron mis labios y mi tacto, devuelto a la turbia realidad, averiguó su contextura. Estaban fríos, mutilados ¡podridos...! 
   Entenderlo o tan solo imaginarlo, encendió la chispa de lucidez que, pese a todo, sobrevivía en mi conciencia, y ante la claridad de semejante certeza, dejé de pensar...
    Daniela… Mi Daniela, estaba muerta... 
    En cuanto a mí, la realidad no era solo evidente, sino indiscutible: 

   No sobreviví a la explosión, y fallecí atrapado en el blindado... 

   Ese amanecer Rafat me encontró. 
   Tenía las piernas fracturadas y la cabeza sumergida en el agua turbia del pozo, Ben-Asar. 
   ¿Qué ocurrió? Nunca lo supe… 
   No obstante, mientras caía soñé. Mi mente se abrió y por una vez en décadas, soñé y medité dignamente. Vi bajeles sin rumbo, océanos de azogue radiante, y miles ¡millones de veces! vislumbré cómo había sido mi vida junto a Daniela. 

   De todas formas —una vez más— una pregunta o la pregunta en sí, quedó sin respuesta. 
   Es la misma de siempre. Se ha convertido en una cuestión invariable y eterna. 

        
     En realidad… ¿llegué a conocerla? 


    José Fernández Del Vallado. 


     Josef. Arreglo: Nov 2017.



Creative Commons License 


Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

lunes, enero 23, 2017

Amor Supremo...

AMOR SUPREMO. 

Apenas... recuerdo nada ¿excepto el taxi? ¿Cómo he llegado...?
Tampoco estoy seguro. Algo sella y rellena mi boca. Puedo sentirlo apelmazado. Rasca, me provoca arcadas y no me deja hablar ni respirar. En cambio, su textura es blanda, y su aroma... permanece dentro de mí.
Aún así, mi memoria sigue vacía...
Sin embargo, sin saber exactamente el porqué, hay algo respecto a su olor: es sugestivo, arrebatador…
Por otra parte, me resulta imposible moverme, y no alcanzo a ver.

Oh... Mis brazos y piernas, sí... Están entumecidas y duelen. ¡Atadas con fuerza! Peor es la cabeza. Parece un molinillo con el engranaje roto y chirriante, y mi nariz, palpita dormida, y un sabor acre se mezcla con saliva en mi garganta.
Tal vez ¿sangre..? Creo... Voy a vomitar...

Y... ¿cómo he llegado aquí? Vamos… Un... esfuerzo.
Sí...

Recuerdo la mirada irónica, los ojos color miel y el lunar junto a su iris.
Se detiene, escudriña mí cuerpo y se ríe. Es una carcajada abierta y desenfadada, quizá vulgar. Como un destello, su dentadura resplandece entre un semblante oscuro y marfileño. Me entrega su mano y la beso.
Ahora estoy... Estamos acomodados en un vetusto sofá. Brindamos con champagne y leo versos. ¿Soy poeta, escritor...? Una melodía endulza el ambiente  un sabor que reconforta y entristece. ¿Soul? ¿jazz? Claro. Cómo no: sublime jazz. Y ahí está, sobre el escenario: ¡el viejo Coltrane! Interpreta “Amor Supremo.”

Mi mente bulle y se abre un poco más.
Estoy en el «New York´s Five Spot», la vieja sala. De hecho ahí estamos... los dos.

Todo resulta agotador y confuso otra vez.
El dolor y el sopor me vencen, e imponiéndose, el aroma: me aturde y... enloquece.
Unas manos —¿las suyas?— cálidas y flexibles, se aferran a mi espalda y la acarician y desgarran. Inspiraciones profundas, despiden un vaho que cristaliza en la bruma de una noche escarchada en abismo de hielo.
Jadeamos, fornicamos en un callejón emboscado.
Ella... No sé quién es ni por qué... ¿Por qué allí y no en un lugar adecuado y caliente?
¿Por qué...?
Una voz. Su voz, se abre paso:
—¡Vaya! Para ser un haragán no estás mal. Eres guapo. ¿Quieres follar?—. Sonríe de forma velada—. Ya sabes... Quien lo insinuó fuiste tú. Yo no soy tan insolente, y además, no te he contestado...
Estira sus piernas, sus muslos se abren, sus botas de cuero y tacón de stiletto rodean mis nalgas.
Ahora estoy dentro. Resuello a un ritmo desenfrenado, y en un intervalo efímero o quizá interminable y profuso, como un versado y brillante oleaje de placer, todo resulta perfecto. Ya no hace frío. Somos uno y la amo. Arrullo a una mujer que apenas conozco ni recuerdo con claridad.
¿Y acaso importa?

Sus manos regresan, vuelven a acariciarme.
No.
Me toman de otra forma. Es... una actitud diferente e incluso... ¿violenta...? Barras, quizá porras, me golpean. Percibo un resplandor. ¿La luz de una linterna? Traspasa el tejido que cubre mis ojos. Alguien amarra con firmeza mis piernas.
¡Gimo, me quejo, suplico...!
Una voz impasible, gruñe —: “¡Abajo con este hijo puta!”

Ahora soy libre. ¿No hay nadie?
Nadie sobándome con sucias manos de matón estibador. Nadie que me inmovilice y puedo sentirla: la brisa. Un soplo de libertad que acaricia mis sienes, las abanica y restablece. ¿Soy realmente libre?
El azote sobre el hielo doblega mi alma y extrae de mí un alarido de facto inhumano.
No dura mucho. Ahogándose en el momento en que mi boca comienza a encharcarse. Segundos...
Todo es paz y silencio. Algo sólido y violento me succiona, y en tanto mis sienes empiezan a estallar, recuerdo a la negra Ricca, la preferida de Sam Giancana.*
La veo allí, frente a mí.
Deposita sus brazos de matiz de café sobre mis hombros; acaricia mi nuca y con voz frívola y dulce, musita. —Estoy cansada de ser la esclava de ese italiano. Ni siquiera es elegante. En cambio tú... un negro fuerte y apuesto —echa un vistazo celoso, y añade—. Hoy está lejos. El cuchitril no le agrada. Demasiados Niger* aquí —con un gesto de desprecio, concluye—. Prefiere “La Voz*” sin voz de Sinatra...
Sus labios teñidos se amplían, gorjea una dulce risita.
De forma precisa reconozco el aroma que me enloquece, y mi nombre —: me llamo Slater y hasta hoy era uno de los escoltas de Ricca— es el penetrante olor de su sexo impreso en su ropa interior embutida en mi boca.
No entiendo a ciencia cierta, pero no me encuentro asustado. Por una vez, solo una vez, dejo de tener miedo y sé bien el porqué.
He triunfado. Obtuve el premio...

Cuando las convulsiones empiezan, me siento genial.

Una vez más me encuentro abrazado a ella y fornicamos.
Oprimo mis labios sobre su boca y la beso una, dos, tres, cuatro veces, y no ceso de hacerlo con una intensidad desmedida, voluptuosa e inmortal...

José Fernández del Vallado. Josef. Versión Enero 2017.

Sam Giancana:* Salvatore Giancana (nacido Salvatore Giangana; 15 junio 1908 hasta 19 junio 1975) más conocido como Sam Giancana, fue un estadounidense mafioso y jefe de la mafia.  

Niger:*Adjetivo niger (“color negro”). Se utiliza despectivamente.

La Voz:* Apelativo con el que era conocido Frank Sinatra.
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