miércoles, octubre 09, 2013

El Puente de Trajano.




Nada más jubilarse, el maestro Camilo Saelices se retiró a vivir en su pueblo: La Asunción. 
  Ocioso, y sin saber exactamente qué hacer, los primeros días decidió escribir su autobiografía. 
  


  Finalizó el primer mes, y estancado en un foso de falta de inspiración, la página en blanco se mantenía inmaculada ante su mirada embobada. Sumido en una apatía creciente, llegó a una conclusión: necesitaba respirar aire fresco. 
  Comenzó a pasear por los alrededores. Pero cada día recorría un trecho más corto. Ya que con las primeras nieves del invierno, el camino fue cubriéndose de un manto de blancura, que enseguida alcanzó un considerable espesor. 
  Su casa estaba algo alejada del centro. Aún así, aburrido, comenzó a frecuentar el bar de Manolo. Para volver tenía que cruzar un viejo puente tallado en piedra. Se decía que había sido construido en épocas del emperador de Roma: Trajano. Argumento que Camilo rebatía, y no acababa de tomarse muy en serio. 

  Aquel día de mediados de enero, la tarde era espléndida. Enardecido por unos chatos de tinto, la partida de dominó, y una charla farragosa sobre fútbol y política, se entretuvo más de la cuenta. 
  Cuando salió anochecía, y los objetos antes nítidos eran ahora vagas sombras sin relieve. Patinando embriagado sobre la cubierta nevada, progresaba con una energía insólita. Algo le indujo a detenerse; pues a cierta distancia, o en su mente, creyó escuchar una deliciosa melodía. Temeroso e inseguro, se giró en ambas direcciones, resguardó su cogote bajo el cuello del abrigo, y continuó caminando; y según progresaba, la melodía regresó. Y ahora lo hizo transformada en un admirable relincho. Levantó la cabeza y en la parte más alta del puente, distinguió la silueta: las crines, sin cesar de ondularse, bailando a derecha e izquierda; los belfos, despidiendo efluvios de vaho; y la testuz, coronada por un cuerno de marfil reluciente. Galopó hacia el extremo opuesto y penetró en un halo de luz cegador. 
  Deslumbrado, Camilo solo pudo seguirlo. 
  Al otro lado se halló a plena luz del día. Pasmado, observó como sus botas apelmazaban una tierra seca y rojiza. Un calor abrasador le obligó a quitarse el abrigo. Se lo echó sobre el brazo y vacilante y sin dejar de sudar, siguió caminando. Solo entonces tuvo consciencia de la magnitud del paisaje. Su mirada se encontró perdida en un dilatado universo en el que los matices glaucos y esmeraldas de la maleza, variopintos rojos y marrones de la tierra, y los azules del firmamento, se integraban y fundían en un entorno de fragancias. Y algo más cerca, bajo un árbol, cuyo tronco era un grueso y gigantesco tonel, contemplándolo en silencio, descubrió al conjunto de humanos. 
  
  Antes de darse cuenta, una abigarrada multitud lo rodeaba. Chiquillos de piel negra cantaban y reían, y le ofrecían sus tiernas y frágiles manitas. 
  Instantes después, se halló frente a un viejo aún más viejo que él —o quizá era solo una impresión—, el cual, sin cesar de fabricar gestos en el aire, gorjeaba en un idioma incomprensible. Terminó de hablar, se incorporó y caminando a paso ligero, se retiró dejándolo ante unos cien muchachos que, sentados bajo el árbol, atendieron la clase que Camilo impartió a continuación durante un par de horas: de forma sencilla, sin pizarra, tizas, ni hojas. Expresándose mediante divertidas alharacas, murmullos y cloqueos, con la mente despierta y un gran regocijo. 

  Finalizó y se descubrió solo frente al puente. Dio unos pasos y se internó en el invierno de La Asunción. 

  A la mañana siguiente, despertó tendido sobre su cama. Hechizado por un frenesí embriagador, se puso a buscar una interpretación al suceso. Debido al vino ¿había disfrutado de aquella extraña y reconfortante ilusión? O viceversa. No acababa de creerlo. ¿No había sido un sueño fascinante? Pasadas unas horas, derrotado por el esfuerzo mental, no tuvo más remedio que reconocerlo. No había pasado de ser un sueño. Pero tan real y quizá... ¡diferente! Una enorme nostalgia asedió su alma en una tristeza inconsolable. 

  En días sucesivos, de forma involuntaria, realizó los mismos movimientos. Acudía al bar y tras emborracharse, caminaba hacia el puente lo franqueaba y no ocurría nada. 
  Sin darse cuenta de que sus borracheras iban en aumento, una y otra vez repitió el mismo proceso. Vencido, dejó de jugar y se limitó a permanecer en un rincón, sin cesar de beber y mascullar acerca de su maravilloso viaje al África, cuando todos sabían que las andanzas del profesor, apenas habían trascendido más allá de los límites de la capital. 
  Murió al final del invierno, de congelación, tras bañarse a media noche: desnudo y bebido en las heladas aguas del río. 
  Nadie acudió en su ayuda. En el pueblo todos eran viejos, y estaban cansados de soportar sus desórdenes. De todas formas, organizaron un entierro digno. 

  Al atardecer, portando a hombros el ataúd, el aire y los corazones de los hombres se impregnaron con una melodía etérea. Y dando el do mayor, como una suave contracción o risa de felicidad contagiosa, se impusieron los elegantes relinchos del Unicornio. 
  Se detuvieron unos instantes y santiguándose de forma arrebatada, iniciaron la marcha ascendente. Cruzaron desprendiéndose de los abrigos y abanicándose entraron en África. La comitiva, acompañada de las loas de cien jóvenes vestidos con sus mejores atuendos, se encaminó hasta el baobab secular. 
  Depositaron el féretro en la fosa excavada en sus raíces. 
  El viejo, solemne, gorjeó unas palabras ininteligibles, que todos pudieron entender. 
  A continuación se volvieron, y en silencio atravesaron el puente de nuevo. 

José Fernández del vallado. Josef 2011. Arreglos, octubre 2013.

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