jueves, diciembre 12, 2013

Yacimiento de Hulla Negra.

 

Hace tiempo que Leandro Vázquez Solsona, trabajador del yacimiento de carbón de Hulla Negra, no conoce el aliento, la mirada, el perfume, la voz, la piel, el cabello, el valor de una mujer... 
   Igual que cualquier día, de madrugada, sobre las cinco, tras desayunar un café con tostadas y un zumo de naranja, con el espíritu cansado, sale de su choza de madera y se encamina a la explotación. Debido a la intensidad de la nevada, la carretera semeja una lengua amoratada y brillante y, los vehículos, deslumbrándolo con ojos amarillos de dragón, lo sobrepasan y rebozan en una escarcha gélida y gris.
   Abriéndose paso en la penumbra, como un ánima impasible, Leandro se desvía por un camino de nieve endurecida y trota haciendo equilibrios, mientras canturrea melodías que aprendió de su padre, cuando todavía era capaz de acompañarlo a un trabajo nuevo y quizá prometedor. 

   Una hora después, mientras los primeros rayos del alba alancean su físico de obrero mutante, se encuentra solo ante “La jaula.” Así designan al montacargas que deberá sumirlo en las profundidades y llevarlo a las puertas de oscuras galerías que él mismo se encarga de alumbrar. 

   Una vez dentro, se dispone a presionar el botón, cuando Emeterio, el capataz encargado de personal, llega a la carrera –y no va solo– le sigue una princesa resplandeciente. Mientras atiende con ojos de pasmo clavados en la hermosa efigie que se encuentra a su altura, el patrón le va explicando. Se trata de una periodista que desea escribir una columna sobre la faena de los trabajadores en el yacimiento de “Hulla Negra.” Coartado, Leandro intenta hacer recaer la responsabilidad en los compañeros que llegarán una hora más tarde. La joven, radiante, se da a conocer como Laura, y sin cesar de sonreír con cierto aire de donaire, y tal vez incluso –¿regocijo?–, manifiesta su intención de presenciar la apertura de la mina desde su primer movimiento. 

   Instantes después, ambos se encuentran descendiendo los seiscientos metros del pozo. Leandro mira a cualquier lugar menos a Laura –sin lograr sustraerse de ella– pues su aroma impregna sus sentidos, sumiéndolo en un estado de turbación. Mientras tanto, ella lo acorrala a preguntas en tanto clava su mirada en él de una forma casi descarada.  
   “¿Cuantos metros baja este cacharro? ¿Es seguro? ¿Cuántas horas al día trabajáis? ¿Es cierto que tenéis los sentidos más desarrollados que cualquier hombre de la calle? ¿Cuál es el salario medio anual de un minero?”  
   Necias cuestiones que Leandro evita responder. Desconcertada por las torpes respuestas y escamoteos taciturnos de su silencioso acompañante, la muchacha cesa de hablar. 
   
   La primera galería los recibe establecida en un silencio impresionante. El mismo que todos los días saluda y acompaña a Leandro, y casi lo único que aprecia en su vida. Con meticulosidad –uno tras otro– conecta los fusibles de los cuadros de cada uno de los seis niveles del yacimiento.
   Tras enchufar el último, alborotada, Laura le ruega si es posible darse una vuelta por las galerías. El minero, tras percibir la emoción y ansiedad de la joven, por primera vez advierte dentro de él una mezcla de orgullo y seguridad que jamás experimentó ante ninguna mujer. Ahora, quien dispone es él, y ella —dentro de sus límites de conocimiento—, es solo un alma acongojada. 
   Complacido accede. 
   Suben a una vagoneta y con velocidad moderada se deslizan por larguísimas galerías. Sobrepasan zonas de paredes negras que brillan como el azabache; otras, presentan su bóveda cubierta por afiladas libreas que forman estiletes de roca calcinada; algunas, se apelmazan en placas y forman las páginas del libro de los muertos. 
   
   Finalmente, alcanzan una sala amplia y abombada. Leandro detiene el volquete, desciende y camina rápido hasta la lámpara Davy de seguridad grisumétrica, la recoge entre sus manos, contempla la aureola de la llama y comprueba que se halla en cincuenta y ocho milímetros de altura. ¡Demasiado grisú en el ambiente! Se gira para advertir a la periodista y la descubre con el cigarrillo en la boca y la cerilla entre sus manos. Salta tratando de detenerla. De pronto todo cruje tiembla y se desploma. Siente como si su estómago se despedazara; sus tímpanos zumban como taladros. Luego, excepto los chasquidos de esquirlas al rebotar, todo permanece en relativa tranquilidad. 
   
   Con lentitud regresa de su conmoción y se acuerda de Laura. Oye un gemido y la encuentra. Sus brazos se atenazan a él por la cintura; está justo delante. Siente su respiración y, en cierto modo feliz, comprueba que han sobrevivido al desplome. Tras varios intentos de liberarse, se da cuenta de la situación; las piernas de ambos están atrapadas. A continuación, esperanzado, piensa en sus compañeros. No tardarán en llegar al rescate. 
   Al cabo de un par de horas y gracias a sus afinados oídos, al otro lado de la galería detecta un lejano murmullo. ¡Están ahí! Emocionado se lo dice a Laura, que empieza a sollozar. No lo ignora. Él también está asustado y tiene ganas de hacerlo, pero con ella a su lado, a duras penas se contiene. 

   Al cabo de seis horas ¿todo se ha perdido? No... Continúan ahí, acercándose y además, hacía tiempo que Leandro Vázquez Solsona trabajador del yacimiento de carbón de Hulla Negra, no conocía el aliento de una mujer. Ahora, en cambio, lo reconoce cálido y vivo sobre su rostro; la mirada, no necesita ver para entender su belleza; el perfume, su aroma se sobrepone con deleite al acre olor de la roca carbonizada; la voz, hace horas que ambos dialogan emitiendo un murmullo suave, a través del cual, Leandro le confiesa el sueño que representa sentirse junto a ella; la piel, con suavidad ella tantea su brazo y luego lo besa en los labios. Él acaricia sus cabellos..., y reconoce el valor de una mujer de verdad. 

   Horas después una perforadora se abre paso entre las rocas y una luz los ilumina. No se mueven. ¿Han fallecido? 
   Emeterio, el capataz, los observa desalentado. Arrastrándose se aproxima a sus cuerpos tiznados de carbón y descubre la realidad. No están muertos. Agotados descansan, mejilla contra mejilla, placidamente abrazados. 

   José Fernández del Vallado. Josef. Diciembre 2013.

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