miércoles, marzo 26, 2014

La Fatwa.

 
La fortaleza estaba envuelta en una bruma irisada. Sus atalayas sobresalían como agujas dispuestas a hilvanar pulcras telas de oro. Más abajo, sus defensas y murallas grises, no restaban elegancia a una silueta que revestía una fragilidad aparente, y cambiaba de color con una naturalidad asombrosa. A lo lejos las montañas eran sábanas blancas y apergaminadas que ilustraban un boceto convulso. Un caleidoscopio de colores cubría el panorama de estelas en un firmamento diáfano, arropando en armonía la textura de un valle extraordinario. 

   La habitación, de forma rectangular. La puerta situada en el ángulo izquierdo, sellaba como un pozo de oscuridad la galería. Su marco acariciaba el secreter oriental, con gavetas llenas de lápices. A escasos dos metros, en la pared frontal, había una cómoda y sobre ella la jaula de Mouche. Seguidamente la ventana de arco lobulado y capiteles vegetales protegido con celosías de madera tallada, desde donde subida a un taburete y a diferentes horas del día, Anwara escrutaba la fortaleza y espiaba el interminable ajetreo de la plaza. Y encajado en un ángulo, el lecho donde dormía. 
   Vio por última vez a su madre Lathiya una madrugada. Sus ojos estaban húmedos y su rostro pringoso. La abrazó y le dijo que volvería. Aparentaba que todo era normal, pero Anwara enseguida se impregnó de su tristeza y nerviosismo y no pudo evitar gimotear. Ocurrió cuando tenía cuatro años. 

   
   Habían pasado catorce, y seguía tras aquellas paredes. De niña, mostrarse alegre, era su manera cotidiana de ser. En cambio ahora se había vuelto esquiva y silenciosa. 
   Su padre, Abdel Qahhâr: «sirviente del Omnipotente», mulá de la población de Shibaratam y cabecilla del ejército asaltante, rodeado de sus mujeres y esclavos, vivía en la opulencia de un palacio. 

   Uno de aquellos días hizo poner al lado de la cama de Anwara una otomana, saludó con un leve toque sobre su ghutra, ceñida a la cabeza por el doble igaal negro, y detuvo su mirada a la espera de sentarse. Ella respondió con un gesto. Abriendo espacio entre sus piernas y su amplia barriga cubierta bajo su thawb, se recostó en la hamaca. 
—Precioso atardecer... dijo. 
   Ella asintió escuetamente, para no dar pie a una conversación. No le apetecía y necesitaba paz y quietud para poner sus ideas en orden. El mulá, solemne, alzó la cabeza y obviándola refirió.
—Incumpliendo la fatwa que yo mismo emití, se halló a tu madre culpable de trabajar y enviciar su espíritu limpio, y también el de niños a quienes pretendía imponer enseñanzas prohibidas —permaneció en silencio unos instantes, volvió la cabeza, tosió y añadió—. En lugar de entregarse y cumplir penitencia, prefirió abrazarse a los blasfemos que viven en la fortaleza. Por eso ahora cargas tú sus pecados... 
   Volviéndose con expresión impávida, depositó la jaula desde la que el ratoncito “Mouche,” con ojos negros y brillantes, observaba con inquietud el escenario. Después se marchó. 

   Desde entonces, al recitar la quinta oración, finalizaba con un verso relacionado con la familia y el desengaño, que modificó levemente, cambiando la palabra “hijos” por la de “padres.” La sura 64:14 decía ahora así: 
   «¡Creyentes! En algunas de vuestras esposas y algunos de vuestros “padres” tenéis un enemigo. ¡Cuidado con ellos! Pero, si sois indulgentes, si sois tolerantes, si perdonáis,... Alá es indulgente, misericordioso».  
   Lo cierto es que ni siquiera recordaba cuando se había iniciado el asedio de la fortaleza y menos, lo que ocurrió después. Era demasiado pequeña. Pero sospechaba que había sido muy pronto. Quizá en sus primeros días de encierro. 

   Una vez más el estrépito de un asalto al bastión finalizó en derrota. 
  La puerta se abrió y el mulá entró resollando. En su semblante, unos ojos sanguinolentos pugnaban por escaparse de las órbitas. Nada más verla soltó una carcajada, cerró de un portazo y bramó. 
—¡Está hecho! 
   Anwara fingió no prestar atención. Él se empeñó en aclarar. 
—Nuestra amada... ¡Oh! Perdona la incorrección. ¡Tu amada madre ya no existe! 
   No obstante y tras pronunciar la última palabra, su gesto delirante fue incapaz de sostener la bufonada, y el desasosiego lo fustigó una vez más. Una sacudida lo hizo retorcerse, se volvió contra la pared y la rasgó con las uñas de unos dedos crispados. Cuando se giró, atisbando con una expresión extraviada, habló de una forma que no hizo sino poner de relieve su impotencia y naciente esquizofrenia. 
—Cariño, cariñito... ella no está. Ahora me tienes a mí. Dime. ¿No me quieres ya, mi pequeña...?       
   Ella continuó sin hablar. 
  Él comenzó a desnudarse. En su estado, apenas era capaz de deshacerse de la vestidura de algodón que lo cubría hasta los tobillos. Como un gusano reptó sobre la cama y trató de atraparla. 
   Escurriéndose, Anwara se levantó del camastro. Se dirigió al guardarropa y sin dejar de mirarse en el espejo encajado en el reverso de la puerta, se desprendió del chador. Su respiración era un débil suspiro; su tez pálida y los cabellos sucios y enmarañados, acentuaban con claridad su fatiga. Con manos nerviosas trató de arreglárselos. El mulá entornó la mirada, volvió la cabeza, extendió un brazo y alcanzó la botella que había en la repisa inferior de la mesilla; manoseó su superficie brillante y la cogió con decisión. Se reclinó hasta la cintura y mordió el burlete de corcho; saltó produciendo un tamborileo. Dio un trago y con mejillas encendidas, volvió a dejarse caer sobre el jergón, ahora fijándose en el goteo de la grieta en la techumbre. 
   Como si deseara huir, Anwara se refugió tras la mampara que hacía las veces de baño, abrió la ducha y comenzó a frotarse con vigor. Salió rápido. El agua estaba fría y sus labios amoratados. Él la llamó. Estremeciéndose se puso el chador y con cautela se sentó a su lado. El mulá extendió un brazo, sus dedos convulsos apresaron mechones de su cabello y formaron diminutos bucles. Finalmente la retuvo entre sus brazos y la empujó sobre la cama. No había cesado de llover y el aguacero redoblaba con ímpetu en el tejado. Una lágrima resbaló por la mejilla de la adolescente. El mulá quiso enjugársela, ella no se lo permitió. Él farfulló. 
—Un año más y te habrás acostumbrado... —y con convicción gruñó—. ¡Igual que las otras...!
   Durante un brevísimo instante, sin que él lo advirtiera, ella permaneció observándolo; sus ojos brillaban en la penumbra, sus labios estaban contraídos y la cabeza apoyada sobre la almohada. Con uno de sus brazos comenzó a rodear su cintura, mientras con el otro la acariciaba. Cuando puso las manos en sus axilas, intimidada, dejó escapar un quejido. La inmovilizó y empezó a besarla con ansia. La forzó con violencia. 
   Al sentir la punzada en el estómago el mulá concentró su mirada en Anwara. Empapado en sudor se revolvió y como pudo logró distanciarse unos metros. Se extrajo la daga y con manos temblorosas, se protegió inútilmente la herida de la que manaba sangre a borbotones. Con voz balbuciente, advirtió. 
—Qué haces... ¿Deseas morir? Y además lo sabes... Tú eres mí... 
   Sin abrir los ojos y hablando entre dientes Anwara inquirió. 
—¿Tu puta...? 
   Un acceso de tos le impidió continuar. Tiritaba y su semblante había adquirido una lividez considerable. Le sobrevino un espasmo. Cubriéndose la boca trató de guardar las apariencias, lo cual no detuvo su vomito. Retiró las manos y se las miró con asombro. 
   Gesticulando se puso de pie, trataba de aferrarse sin éxito al objeto más cercano. Comenzó a tambalearse y se derrumbó. 
   En segundos Anwara se vio a sí misma de pie. Por su forma de examinar el cuerpo inerte del mulá podía deducirse que aquello que la inducía a actuar no era la conmiseración. Finalmente se decidió. Palpó y comprobó que no había pulso. Se tendió sobre la cama y se abrazó a la almohada. Temblaba y se sentía aturdida, sus brazos estaban fríos y su corazón palpitaba con fuerza, pero en su interior sabía lo que debía hacer. 
   Se levantó y se arregló. Se subió al taburete y miró por el ventanuco. Había cesado de llover y la luna empezaba a abrirse paso entre las nubes, iluminando la fortaleza de un matiz anaranjado.
   Caminó hasta la puerta y se internó el pasillo. 
   Fuera, el poblado estaba desierto. Los hombres, sumergidos en un sopor etílico, mitigaban la derrota. 
   Avanzando con precaución rodeó la casa, y sin dejar de contemplar la efigie estilizada del baluarte, recorrió el espacio despejado que la separaba de las ásperas paredes del altozano sobre el que se erigía. 
   Cuando alcanzó la primera dificultad, se recogió los cabellos, se descalzó y abriéndose paso entre los peñascos con la habilidad de un íbice, se perdió en la oscuridad... 

          
José Fernández del Vallado. Josef. Marzo 2014.


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