sábado, marzo 15, 2014

Reencuentro y Restauración.

 
 Imagen tomada de Internet.

  Lucas se despertó y era de noche. Su casa —la que nunca tuvo ni le perteneció, pero heredó— estaba en el más estricto silencio. Aromas agradables, como el de las rodajas de pan que Miranda ponía a tostar, el césped todavía húmedo del jardín, el bálsamo a barniz del viejo ropero de la habitación, el invernadero rebosante de tulipanes, estaban dentro de él pero no en el ambiente. 
   Se levantó y caminó acariciando las paredes con suavidad, trataba de recobrar el pulso perdido o la intuición de su persona sin conseguir descifrar el enigma. 
   



   
   Entró en el salón y lo encontró tal cual. Allí estaban el viejo sofá indio con almohadones llenos de plumas de ganso, la mesa forjada a partir del noble tronco de un árbol hallado a la deriva en medio del océano, retratos de algunos reyes de la dinastía de los Habsburgo: Carlos I, Felipe II, Carlos II el hechizado, alfombras persas, tinajas chinas de porcelana vidriada, el bargueño dieciochesco de aliso rojo policromado con apliques dorados. Todo vacío y falto de esencia. Y Miranda ¿dónde estaría? Se sentó y trató de remontarse en el tiempo, a una época en la que su interior todavía vibraba. La encontró frente a él, mirándolo con ojos llenos de feliz expresividad, los mismos de cuando viajaron a Italia y se detuvieron sin dejar de contemplarse en lo alto de La Torre de Pisa. 
   Abrió la puerta corredera, subió las escaleras y entró en la habitación que compartieron. Se echó sobre la cama y recordó una noche de verano: la luz de una luna en cuarto creciente alumbrando la pradera y más allá, el banco en el cual se sentaron y besaron. Recuerdos añejos, depositados en estratos en su mente como los posos de un refinado Reserva lo llevaron más allá. Cogió la escalera de madera, la empotró en los enganches del techo y abrió la trampilla del desván; lo recibió un aire enrarecido. Se dirigió hasta el arcón de su padre el Almirante G. A., dentro encontró el uniforme azul algo apolillado pero conservando las charreteras, hebillas y distintivos. El viejo sable y un misal descansaban sobre unas mangas todavía engalanadas. Su padre, había sido alguien, cuando ser alguien todavía tenía sentido... 
   El rumor se dejó escuchar de repente: chirridos en el tejado. Se dirigió al ventanuco abrió y una oleada de légamo negro lo envolvió. Salió al exterior, de forma instintiva comenzó a bracear y según progresaba los sonidos cobraron sentido transformándose en gemidos y súplicas desgarradas; su vista se extendió sobre un paraje atroz. Donde una vez estuvo la ciudad de Garachico, se expandía una inmensa masa de lodo, sobre la que grupos de socorro y familiares entre los que se encontraba Miranda, picaban y escarbaban con inútil empeño. Permaneció junto a ella, tratando de hacerse notar y sin saber cómo hacerlo. Una fuerza incomprensible le impedía ponerse en contacto con ella. Nadie oyó sus súplicas, excepto los perros que aullaron y los gallos que cantaron agitados. De repente Miranda prorrumpió en un llanto desconsolado, extendió las manos al aire y se detuvo alterada. Él susurró: "¿Me sientes? Estoy aquí, puedo rozarte." Ella tardó unos instantes en contestar y cuando lo hizo, murmuró: “Sí...” "Y a qué esperas. ¿No eres feliz de haberme encontrado?" Y ella, con miedo y apocamiento, solo repitió: “Sí.” "Pues entonces ¡Abrázame y bésame!" 
   Se besaron, y al hacerlo, Lucas succionó la sangre de los labios de Miranda con delicadeza, luego cada vez más rápido, hasta hacerlo con cierta ansiedad. Y a medida que succionaba, su cuerpo antes vacío y sin límites, se fue llenando, hasta adquirir primero un perfil y luego una imagen. Y ese contorno era el de un hombre al completo, con un rostro claro y definido —todavía joven— de líneas suaves y contrastadas, que la miraban con dulzura. 
   Ambos sonrieron sin hablar, se dieron la mano y moviéndose como espíritus afables, abandonaron el lugar... 
   En el terreno bajo el que se encuentra la casa una estela reza: 

Lucas Grijalbo López & Miranda Fernández Varela. 
Fallecidos en la erupción del volcán Toqueipó. 
15 de Junio de 2011. 

      José Fernández del Vallado. Josef. 2014.
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