sábado, mayo 24, 2014

Tras una Bruma Velada.


Imagen tomada de internet.

Mañanas frías de invierno, primaveras brillantes, veranos asfixiantes… 
   
   Cinco años permanecí tras los barrotes de aquel reformatorio. 
  Se trataba de que aprendiéramos a ser hombres. Nos convirtieron en tipos duros, formados en todo, menos en el trato que habríamos de darle a una mujer, como la que conocí cuando salí de allí. 
   
   Me matriculé en aquella Escuela de Artes. El único lugar que cubría el Estado y tal vez el único rincón donde pasar desapercibido y sobrevivir lejos de las bandas... 
   

   Recuerdo aquella mañana en el aula de lo alto de la torre. Clase de Historia de la Cerámica: segundo turno. 
   Estábamos todos sentados y apareciste tú. Eras morena, con una piel de barniz cincelado; cabellos largos y sueltos, ojos grandes, almendrados, y tu impermeable color índigo. La mano izquierda aferrada a un paraguas y la derecha enfundada en el bolsillo. 
   Te sentaste a mi lado. Y a partir de ahí yo ya no pude hacer otra cosa que impregnarme con tu fragancia a vida y libertad, y pensar a todas horas en ti... 

   Los días se sucedieron igual que las clases. Si faltabas, dejaba de escuchar y me convertía en un fósil. Si venías, mi corazón se disparaba; te hacía un guiño, colocaba una silla a mi lado y tú acudías con una sonrisa que saciaba mi angustia. Tu impermeable radiante, la mano izquierda siempre viva y ágil y la derecha en el bolsillo. 
   Y aquella vez, la primera que te esperé para acompañarte y cruzamos nuestras miradas. Tus ojos insondables, tallados en azabache, cautivaron mi ser con el espejo limpio de tu alma. Tu manera pizpireta y desenvuelta de caminar, tu pelo recogido en blandos rodetes, de los que sobresalían pequeños bucles de seda. Y siempre, aquella mano derecha en el bolsillo, y yo sin decidirme a preguntar... 

   Una mañana bajaba por el paseo de Rosales. Iba con prisa a la Escuela. Doblé el recodo de unas escaleras, detrás había una esquina y allí te encontré. De espaldas al edificio, acorralada, forcejeabas con un hombre y le hacías frente. El tipo estaba de espaldas a mí. Lo sujeté por el hombro y lo hice girar al tiempo que protestaba. 
—¡Oiga! ¡Deje en paz a la señorita! 
   Terminó de darse la vuelta y gruñó. 
—¡La señorita es mi hermana! 
   Sus ojos negros, irritados, se clavaron en mí, me escrutaron y los reconocí; o más bien nos reconocimos con sorpresa. 
   Hubo una pausa de silencio en la que solo escuché respiraciones airadas. Luego él farfulló. 
—Al fin... te encontré...—y añadió—. Deseaba este momento.
    Sacó una navaja. Yo solo tenía ojos para él. Mi mente, perdida en una órbita a ciegas, giraba como una peonza. Aquel ser encarnaba el recuerdo de un pasado triste, por no decir siniestro, y aunque lo reconocía, apenas alcanzaba a ver su expresión oculta tras una bruma velada. Y ahora, de pronto, supe una cosa. Ya no estaba preparado para defenderme de las agresiones. Había dejado de luchar con el físico y lo hacía con la mente. El hombre no dijo más; no hacía falta. Las cosas en la calle ocurren así... 
   Se abalanzó y me asestó las puñaladas. De nada me valió suplicar. Luego, como si nunca hubiera existido,  desapareció.
   Aturdido, caí y rodé por los escalones y de repente me vi tumbado en el suelo y ella, estaba sobre mí. Me besaba y lloraba. Entonces sucedió algo. Inmersa en su nerviosismo, olvidándose de todo, sacó de su bolsillo su brazo derecho y por primera vez, mientras recibía sus caricias pude ver el muñón donde una vez hubo una mano... 
   De forma fulminante las cancelas que velaban mi cerebro, se abrieron a un atardecer de hace años, y al grupo de chiquillos harapientos, adictos al pegamento, sin otra enseñanza que un sistema instaurado en un viejo lema: «la violencia». 
   Hacían corro ante una cría de apenas cuatro años y se carcajeaban de ella. Era la hermana menor de su más enconado enemigo, y se disponían a darle una lección. 
   Yo estaba allí, entre todos, y no como un mero figurante de aquella camada salvaje, por entonces era el cabecilla y a quien los demás admiraban por ser un cruel bastardo. Tenía un cuchillo de pescadero y la mutilé sin escrúpulos. 

   Mi físico comenzó a derrumbarse. Un shock hemorrágico sacudió mi organismo. Volviendo mi mirada hacia ella, balbucí. 
—Lo siento... No hay perdón para mí... 
   Y ella, presa del nerviosismo, dejó escapar una sonrisa admirable. 
   La tomé de las manos y las deposité entre las mías, y convertido en una frágil marioneta, mientras con lágrimas besaba su muñón, quise creer que aún podría surgir una oportunidad para mí y para nosotros. 
   Una bruma blanca, etérea, comenzó a velar mis ojos. Se abrieron con intensidad y buscaron. Abriéndose paso entre el denso muro de niebla, surgió la niña. Extendió sus bracitos y sin dejar de reírse, gesticulando radiante, corrió hacia mí y se echó en mis brazos. El tibio calor que su figura de muñeca me cubrió con un manto de sosiego; acaricié su cabello liso y suave y la sentí mía, muy mía, instalada para siempre con fortaleza en mi corazón... 
    
    José Fernández del Vallado. Josef. 2014.

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