jueves, diciembre 13, 2012

Satria.

   La descubrí enroscada sobre sí, formando una espiral inabarcable, en la charca de una calle angosta de una ciudad arrasada. Sus ojos de ámbar brillaban con abatimiento, era posible advertirlo; estaba débil y rendida. Me dio grima y cierta aprensión... 
   Alzó su frente de superficie lisa, de piel en apariencia suave y añil, desdobló su espina dorsal, estiró sus brazos finos e incluso, delicados. Su forma fugaz de activarse me llevó a determinar que era uno de ellos y estaba en condiciones de moverse. Con una voz cáustica, me dijo. 
   “Soy Satria.” 
   Me disponía a rematarla cuando su efigie, desvelando una fisonomía brillante y en cierto modo desnuda, se alzó. Sus ojos ovales sonrieron. Permanecí sugestionado, contemplando aquello que se ofrecía ante mí. Su estructura, formada por curvas de sinuosidad imposible, sometía los cánones de la belleza a un simulacro prosaico. A su lado, la modelo más cotizada, no dejaba de ser una primitiva complexión de movimientos torpes. Sucedió en un instante. Por mi mente cruzó un recuerdo, una advertencia: “Mata sin contemplaciones, no mires nunca...” 
  ¿Por qué no lo ordenaron de forma imperativa y, en cambio, lo hicieron con voz medrosa? ¿Dudaban? O era turbación ante la idea de tener que dañar aquella extraordinaria majestuosidad de la vida... 
   Volví a contemplarla y mis labios la veneraron. 
   “¡OH, Satria!” 
   Dejé caer el arma, sus brazos me envolvieron, caímos sobre la charca y nos revolcamos. Una ansiedad compulsiva y tal vez perturbada, me llevó a penetrar aquel sexo diferente, sus profundidades eran infinitas, sus matices, desconocidos. ¡Dios! Un orgasmo al lado de aquello que ahora experimentaba no era sino un trivial juego de niños. Incapaz de reconocer o averiguar sensaciones, al borde de la inconsciencia, envuelta en conmociones de intemperancia, mi mente se desleía. Un placer que creía conocer y, sin embargo, en mi existencia, apenas había llegado a desenterrar como una insubstancial capa exterior; eso era todo lo que sabía o había explorado hasta el momento –ahora tenía la certeza – una porción ridícula de la epidermis del hedonismo. Y había más, mucho más allí; más que fútiles jadeos, silencios, lloros de deleite, pasiones profanadas y profanas. Tenerla a mi lado y permanecer ligado a aquello -no me importaba si se trataba de sexualidad o no- mediante un vínculo perpetuo, ya era el opio de mi existencia. Sus manos, sutiles, acabadas en dedos con huesecillos largos y azules, se adherían a mi piel como ventosas y me causaban un hormigueo y embriaguez cercano a la locura. Mi órgano, dentro de ella, era dueño de una voluptuosidad formidable que no hacía sino desarrollarse en forma de bomba neumática. 
   Así lo alcancé, penetré en la remota exclusividad de un climax vedado a nosotros, infelices seres humanos... 
   Un clamor imparable surgió de mí -¿era yo mismo?-  ¡Lloraba gemía, gritaba....!
   Comencé a derramar un riego jubiloso. ¿Se trataba de un orgasmo? No, era algo superior... Me proporcionaba un placer ilimitado que nunca había experimentado; el esplendor de la perfección. Resultaba imparable. Realmente era así: Desquiciante y, porqué no decirlo, agotador...
   Mis jugos internos dejaron de operar como sangre y fluidos gástricos para transformarse en más de lo mismo: Esperma. Licuado entre quejidos de placer dolor y placer, mi ser se evacuó dentro de ella. 
   “¡Oh Satria! Mi amor... exhalé” 
    Vacío y agonizante, como un contenedor oxidado, caí a los pies de aquel ente, que sin formar parte directa de la cadena de la vida, se nutría de ella. 
   Se sacudió de mí como de un pañuelo usado. 
   Restablecida, siguió su camino hasta el próximo charco, unas manzanas más adelante… 

José Fernández del Vallado. Josef 13 Diciembre 2012. 

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viernes, diciembre 07, 2012

Verano Tórrido...

  Era un verano tórrido y Adrián, un muchacho obeso y un poco raro, aunque servicial, pasaba los días bañado en eterno sudor en el supermercado donde trabajaba. Tras más de tres meses seguía sin percibir un leve síntoma de frescor. Ya que en dichos parajes cuasi ecuatoriales, los meses de calor prevalecían. 
  Por las noches, sin molestarse en recordar en qué deber o compromiso malgastaba las horas del día, se acostaba, dejaba en blanco su mente y soñaba. Unas veces acudían a él las ceñudas figuras de Idi Amín Dadá y Teodoro Obiang saludándose con cinismo y frialdad; otras, se topaba con su idolatrada actriz Nastassia Kinski y, al recibirla, se ponía tan excitado, que una inesperada y grata sensación de frescor recorría su espina dorsal. A veces, sobrevolaba en jet el casquete polar y cuando envuelto en frío helador, se disponía a tirarse en paracaídas, cual témpano licuado sobre una colcha calada en sudor, se despertaba... 

  Había en cambio una visión que al nacer el día se transformaba en realidad y cruel pesadilla. Ocurría al asomarse a la puerta de su choza situada en un altozano. Allí, en el magno chalé emplazado en el valle, estaba la piscina de doce por seis de su vecino. Próspero empresario extranjero, propietario de la fábrica que elaboraba los corchos de alcornoque de las botellas que producía el pequeño país. Complaciéndose en sus transparentes aguas, la delicada y atractiva figura de su única hija, braceaba con desenvoltura. Permanecía abstraído observándola. Daría lo que fuera por refrescar su maltratado físico junto a aquella blanca belleza. Por descontado lo haría en la zona menos profunda, donde podría hacer pie sin peligro de ahogarse. Razón por la cual ponerse a remojo, le inducía una desconfianza instintiva. 

  Meses después el calor siguió asociado a otra crisis: Una guerra. 
  Cuando saquearon el supermercado, Adrián se replegó a su choza y descubrió algo nuevo y desagradable: El miedo; traicionero y mortal. Durante las noches los cañonazos no le dejaban dormir y por las mañanas, débil y sudado, se asomaba a la puerta y contemplaba el chalé. Hacía un par de semanas había sido abandonado y aún así, misteriosamente, las aguas de la piscina preservaban intacta su nitidez cristalina. 
  La corriente eléctrica dejó de ser habitual y un anochecer en el pozo no hubo más agua potable. El calor persistía perturbador y angustioso, el traqueteo de la metralla perforaba sus tímpanos y tensaba sus nervios. Arrebujado en un rincón no cesaba de rezar y sudar. La sed, era insufrible. No tuvo mucho en qué pensar. La imagen de la piscina y la claridad de sus aguas actuaron como un imán. 
  Era luna nueva y no se veía a un palmo de distancia. Venciendo el miedo en minutos había saltado la verja y se encontraba aculillado sobre el borde. Empezó a recoger sorbos con una mano. Ansioso se agachó más, tropezó, perdió el equilibrio y cayó; dándose cuenta de su error. Pese a conocer palmo apalmo la piscina, el nerviosismo le había impedido pensar con claridad y determinar dónde se hallaba la zona menos profunda. 
  Tragaba agua, gesticulaba; se sumergía y volvía a salir. Y en esas estaba: ¡Se ahogaba! Cuando el brillante diagnóstico se reveló en su cerebro. Durante aquellas mañanas de deseo presenció mil veces a la muchacha y su elegante forma de moverse. Tal vez no resultara difícil hacer exactamente lo mismo. Se concentró. Sus brazos y piernas dejaron de zarandearse, se sincronizaron y comenzaron a flexionarse con una cadencia rítmica. Sacó la cabeza, respiró con sosiego y en un breve instante era un consumado nadador que con preocupación, se daba cuenta de algo más: El agua estaba templada y continuaba sudando. 
   Giró sobre sí y al darse la vuelta, sonrió. Le bastaba nadar hacia la parte más profunda. Comenzó a bracear, la oscuridad era absoluta y ni siquiera vislumbraba el bordillo opuesto. 
  Braceó mucho; tal vez unas horas. Nunca había braceado tanto. Y en sinceridad, era la primera vez. Una cosa estaba clara; debía progresar con excesiva lentitud. Sin embargo ¿de dónde sacaba las fuerzas? Continuaba acalorado y su sudor al mezclarse con el agua constituía un aceite dúctil, en cierto modo agradable. Giró, se puso de espaldas y se sorprendió. La oscuridad se había transformado en un escenario de claridad límpida y admirable. Las estrellas titilaban con intensidad milagrosa. Tanto, que ahora no le costaría ver la casa, los bordes de la piscina e incluso la espesura de la selva a su alrededor y, sin embargo, ¿dónde se encontraban...? 

   El bramido de una sirena le sobresaltó, se dio la vuelta y allí estaba. La mole inmensa, orlada de lucecitas de un trasatlántico, perfilándose con claridad ante él. Pero... algo sucedía. Sobre la superficie de un mar de cristal se hallaba escorado a babor. La situación era obvia, ¡se hundía! A continuación le llegó el alboroto de multitud de voces aterradas y, para su sorpresa, entre el tumulto distinguió una llamada débil y exhausta, pero clara. Pensó que aquello le asustaría, en cambio sintió una seguridad confortante. 
  Su aleta azul oscuro se posó con suavidad sobre su vientre estriado y blanco. Tomó impulso y avanzó con agilidad. 
  Encontró a la mujer boqueando sobre el agua, presa de la hipotermia. La recogió sobre su lomo sudado y caliente y la depositó sobre los restos de una barcaza. Sólo entonces supo de quien se trataba: Era la joven de la piscina. 
  Transcurridos unos instantes comenzó a moverse despacio. Estaba viva pero temblaba bastante. Se volvió hacie él y hablando con un hilo de voz, le preguntó.
 —¿Sigues sudando? 
Avergonzado, moviendo sus aletas, Adrián asintió. 
Ella, respondió. 
—Es normal. Y mirándolo con ojos claros y abiertos, le dijo.— Gracias por salvarme.—Y siguió— Ahora, tienes que sumergirte. En la profundidad encontrarás el frescor que anhelas, comida, amigos... lo que desees. Ya nada será superficial para ti. Por cierto. Desde el momento en que tomaste contacto con la piscina, formas parte del mar. En lo que a mí respecta, pertenezco a la Tierra... 
  Permanecieron observándose minutos, o quizá más... 
  Arrastrada por la corriente, lentamente la barca empezó a alejarse, se convirtió en una estrella más del firmamento y desapareció de su vista. 
  Adrián se sintió triste y vacío, solo entonces empezó a comprender que aparte de selvas, guerras, y sudores, había encontrado algo más: Amor y una nueva existencia. Sin dudarlo aspiró intensamente, e invadido por un sentimiento de placer se sumergió en los abismos de la vida. 

  José Fernández del Vallado. Josef. 7 diciembre 2012.

 

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jueves, noviembre 29, 2012

¿Para qué las Necesitamos…?

  
Se llamaba Vera. Era morena y esbelta. Sus ojos negros preservaban una timidez joven y ensombrecida. Sus facciones eran delicadas, sus pómulos suaves. Sus cabellos castaños, suspendidos a ambos lados de su rostro, envolvían unos hombros lineales. Llevaba un chaquetón gris perla, con flecos negros; lo lucía con estilo. Calzaba botas negras de caucho. 

  No esperaba encontrar nada mejor ese frío atardecer de noviembre y, tenerla delante, tan cerca, casi me hizo recular. No era culpa mía, sino del paso del tiempo. Tratas de evitarlo pero según deambulas por sus afiladas aristas, aunque cierres los ojos, te basta percibir que cada esbozo es un doblez que dejaste marcado con un bucle. 
  
  Algunos la miraron aparte de embobados, escandalizados. Por vestir de esa manera era una fulana. Yo sabía que no era sí. Si se lo proponía podía darle cien vueltas al más formado de los muyahidines de Hamas. Formaba parte de una generación revolucionaria; crecían alimentados por algo más sutil que el odio: Adiestramiento y estudio psicológico del adversario. Si lograba su propósito sería leyenda y un objetivo; no de los asesinatos selectivos de Israel, sino de los incuestionables avances de Oriente. 
  Podría convertir el encuentro en algo mejor pensé, mientras la invitaba a subir al destartalado segundo piso. Allí tenía mi oficina y junto a ella, el cubículo donde se hallaba el sucio camastro en el que me revolcaba con las prostitutas. Hacerlo me seguía avergonzando, de todas formas, era algo ya inevitable. La guerra me había transformado en un alma indiferente, por no decir insustancial. 
  Resultaba obvio; ella no era una cualquiera, sino una mujer... 
  Mi mente regresó lejos; a Europa. ¿Hubo allí alguien similar...? Aún así, me pregunté ¿Existiría en el mundo una sola mujer con su carisma? 
  Se sentó frente a mí. Sus piernas se entrelazaron con una facilidad asombrosa. En cambio yo, a mis treinta años, asolado por diarreas y las heridas de guerra que se activaban con el frío, era un viejo prematuro. 
  Preparé un té y escuché. Sabía que era portadora de un plan revolucionario. Dio un sorbo, sus labios se movieron con plácida serenidad. ¿La conocía? No. En cambio, creía intuir su forma de proceder. Por ello me aventuré y pregunté.
  —¿Cuál será el siguiente paso? 
  No vaciló. Con decisión pronunció. 
  —Desarma a tus hombres. 
  Alarmado, la contemplé con los ojos muy abiertos. Esperaba cualquier cosa, menos aquello. Vacilante conteste. 
  —Lo que propones... es un suicidio. Los hebreos caerán sobre nosotros. Nos aniquilarán... 
  Echó más azúcar. Removió la taza de té y concentrada, dijo. 
  -¿Para qué las necesitamos...? –Y hablando con placidez, añadió– Mañana, no debe quedar un fusil en Gaza. Han de ser enterradas. 
  La miré ensimismado. Hizo un guiño natural sin pretender ser sensual, y lo fue. Era tan bien parecida. Permanecía en aquella postura, una pierna flexionada sobre la que apoyaba su mentón, la otra, recogida debajo. Igual que cuando nos sentábamos a fumar en aquél país lejano y casi solitario. Entonces yo no era Muyahidin, y ni siquiera intuía lo que podría significar. Después lo supe: muerte, dolor y enemistad. Por entonces era el hijo de un palestino próspero, lo cual me facilitaba el lujo de viajar. Ahora, en la franja de Gaza, sujetos de posición acomodada había unos cuantos, todos traficantes. Lo mejor seguir así: Pobre, ambiguamente rico, conviviendo en dudosa espiritualidad. 
  
  Cuando terminamos el té, sin hablar, contemplándome con un ademán agradable, me había ganado de forma incondicional. 

  Enterramos las armas y al día siguiente. 
  Cuando los blindados merkava llegaron, en medio del bombardeo, todos estaban en las afueras. Hacían lo que siempre habían hecho: Arar las tierras y prepararlas para la cosecha. 
  Los cañones se silenciaron. La larga hilera de tanques se detuvo. Las cabezas desconfiadas de los soldados, se asomaron con precaución a las torretas. 
  De repente la figura alta y solemne de Vera, paseaba entre las filas del ejército avasallador. Se limitaba a recibirlos con una ingenua sonrisa. Contagiados por su espíritu, descendieron de los carros, saludaron a los palestinos y hombro con hombro, se emplearon a fondo en la faena de arar y sembrar. 
  
  Han transcurrido décadas. Los esqueletos enmohecidos de los blindados, siguen ahí. Casi nadie recuerda su utilidad y tampoco tratan de averiguarla. 
  Vera se fue o se encuentra en todas partes ¿era un ángel, Dios? 
  No. Me desagradan las explicaciones sobrenaturales o divinas. En cambio, me gusta pensar, se trataba de una persona de verdadera inteligencia, que sabía trasmitir ese espíritu casi olvidado, pero congénito y redimible (y que prevalece sobre el miedo y el odio) de nobleza y cordialidad. 
  
  José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2012.
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lunes, noviembre 19, 2012

Corazón de Hielo.


  Mi corazón se ha vuelto de hielo, mi espíritu es el de un luchador noqueado. No soy capaz de sentir. Tras recorrer miles de quilómetros me encuentro en un poblado sin nombre; cercado entre belleza devastadora y aislada. Camarada de millones de entes, trato de ganar una batalla de antemano perdida; lucho contra los insectos. La pasada noche dormí con tres ventiladores conectados. Me preocupa la presencia de los mosquitos, me sobrevuelan...
No quiero pensar qué pasará cuando las baterías se agoten. Siento escalofríos, sudoración y dolor de cabeza, ¿síntomas de malaria incipiente, o es el cansancio? Lo sé. Es sólo el menor de mis problemas, la indudable inquietud me acecha en el exterior.

  Curioseo entre las esteras del ventanuco y descubro sus miradas. Los indígenas de este lugar no son los que encontré. Eran diferentes. Los presumía inocentes y sociables. En cambio después de lo sucedido, y tras presenciar como unos seres en cierto modo parecidos a ellos, descendían de las nubes, salían del estómago de un extraño insecto y equipados con asombrosos artilugios, los agasajaban, me hago cargo de su impresión inicial y asimismo, la nuestra. Sin presentirlo nos convertimos en dioses, y también en el germen de la marea mortal que se abatió sobre ellos. Bastó con que, como criaturas radiantes, compartieran con nosotros su tesoro espiritual: sus brillantes piedras mágicas...

  
No tardaron en florecer los garimpeiros. Algunos de piel pálida y aspecto jovial como el nuestro. Nada más. Con ellos también llegaron los problemas. Raptaron, violaron y  asesinaron a algunas de sus mujeres. En lo que a cuestiones humanas se refiere, no fue necesario el transcurso de siglos o milenios, de la noche a la mañana los pusimos al día y se han transformado en seres falaces, en verdaderos salvajes. Está claro. Antes de conocernos y sin estar al tanto sobre el significado de términos como: escasez, necesidad o miseria, eran infinitamente prósperos y dichosos. Ahora en cambio, se encuentran pobres como ratas y ansían más. Los encauzamos dentro del sistema cuando no disponen de un céntimo, ni la posibilidad de obtenerlo. Las multinacionales y el Estado ocuparon sus tierras, saquearon sus reservas de brillantes o mejor dicho, diamantes; designándolas propiedad privada o estatal. Las chabolas que empezamos a construir, una vez derrumbamos sus chozas, con los armazones inacabados, están a medio erigir. Mientras, lo único que tienen a mano, los machetes que les proporcionamos, destellan impregnados en la sangre de mis compañeros. Y sus miradas adustas, de profundos ojos negros, atraviesan el muro de ladrillos de adobe y desgarran mi carne con odio.
   
  Forman una partida de hienas al acecho...
  Mantengo a Kapúa, la hija del cacique, amarrada a la cama. Si no me han tocado es gracias a ella. Sin disimular mi mirada arrebatada, la observo. Es morena, sugestiva y terriblemente perturbadora. Doy un trago a la botella de ron. Mi mano, temblorosa, acaricia sus cabellos negros dispuestos como finas hebras de seda. La beso. Me obsequia con un doloroso mordisco. Los labios me sangran sin dolor; claro, no siento. ¿Estoy borracho? ¡Qué importa! Frenético, coloco el revólver sobre su sien y lo amartillo, mi dedo se congela en el gatillo. Lo miro; tiembla como el de un enclenque trasnochado ¿puedo sentir? Sí... Lo mismo que mi corazón enardecido derrite su hielo. Con una mezcolanza entre frustración y ansiedad, me doy cuenta. ¡La amo! Ahora, cuando sé que en horas estaré muerto estoy realmente enamorado...
  Exhausto me apoyo a su lado, sobre el somier de la cama. Miro dentro de sus ojos, deseo comprenderla y hacer que comprenda. No entiende, tampoco importa demasiado. Mientras amanece, tendré tiempo de contárselo. Como era mi vida antes de ella y como ha cambiado ahora mismo, desde que la he conocido.

José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2012.


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miércoles, noviembre 14, 2012

Mi Lugar...


El rumor del viento acompaña, los rayos del sol cortan la espesura, me alegra sentir como caldean mi cara mientras el bosque, me trae aromas misteriosos. Estoy sentado en el porche.
  Deseo escribir, como la primera vez. Y aunque me sienta cansado, voy a hacerlo. Me parece el momento adecuado, todo está tranquilo y este es Mi Lugar...

  Cuando llegamos me lo repitió mil veces: “Ves, éste es nuestro lugar.” Yo le dije: “Sí.” Y la abracé sin darme cuenta de su gran discernimiento.
  Entonces era un territorio salvaje y fuimos los primeros en instalarnos.
  De entrada todo fue bien: Nos amábamos. Nunca he entendido muy bien en qué consiste el amor, supongo que en darlo todo por la persona sobre la que viertes tu pasión. Entonces quedó embarazada: Abortó. No me alarmé demasiado, para ser sinceros, en un panorama tan bueno, algo malo tenía que ocurrir. Luego las cosas se torcieron; hubo un segundo, un tercero y un cuarto... A partir de ahí no pude soportarlo. Me recluía en Mi Lugar y arropado por el trino de los pájaros y el aroma del bosque, me sosegaba.
  El tiempo pareció ralentizarse, no había mucho que hacer, excepto preparar las trampas y no impacientarse; había de qué alimentarse. Hasta que de forma inexplicable, las capturas disminuyeron.
  
No tuve más remedio. Fui a la ciudad. Las cosas empezaron a cambiar, ¿o fue ella? Discutíamos. Me echaba en cara que saliera. “Sales en busca de fulanas,” protestaba. Yo prefería callar y en silencio, adecentaba Mi Lugar. Decidió hacerlo a su manera. Desapareció durante días y yo, sin dormir. Aquella fue la primera vez, luego hubo más. A veces intentaba buscarla, prefería no encontrarla. Volvía sucia y borracha, sólo le importaban sus botellas de aguardiente. Las descorchaba y transcurría horas intercambiando los nombres que les puso a los hijos que nunca nacieron y, cuando no, se volvía contra el viento y lo increpaba.
  
  Un día hizo tanto calor que la radio dejó de funcionar. Sonaba: Riss, rass, roccc...  Entré en su habitación. Estaba encinta de nuevo, echada sobre la cama, sudaba. Me miró con ojos inflamados y dijo: “Es un lugar tan bonito, ¿verdad?” Y yo dije: “Si” y la abracé. Contemplándome con una dulzura desconocida, dijo: “Sé que no soy lo mejor para ti y añadió “¿Me cuidarás?”¿Sería por fin el sexto el primero? 
  Tuve que ir a la ciudad; necesitaba un doctor con urgencia. Monté en bici. Me gusta la bicicleta; pedaleas, entrecierras los ojos, y te sientes libre mientras el viento acaricia tus mejillas...
  Pedaleé hasta lo alto de la colina, me detuve y no vi nada. ¿O fue aquella ola de viento abrasador al quemarme el pelo, cejas y pestañas, lo que me hizo enloquecer? Me arrebujé bajo un matorral y rompí a llorar con un miedo atroz. No entendía qué estaba sucediendo. ¿Temía la soledad? Hasta entonces nunca había sabido lo que es tener miedo.
  En medio de aquella canícula encontré a un muchacho que afirmó ser doctor. Volvimos, el calor era cada vez más insoportable. La bajamos al sótano, estaba fresco y ventilado. La sequía duró nueve meses. Mientras, ella deliraba con una fiebre de cuarenta, una palidez mortuoria reverdecía y arrugaba su semblante, su vientre, semejaba un odre hinchado. De forma inexplicable, resistió, no así el bebé. No fue Dios. Dios nunca estuvo con ella, sino el Diablo.
  Es como si hubiera nacido otra vez, o peor, como si ya no existiera. Sus ojos azules, se han oscurecido; su mirada se ha vuelto turbia y su semblante cadavérico, me mira de forma irreconocible. Gatos, mapaches, y zorrillas, se aletargan bajo sus faldas; apenas habla. Y cuando lo hace, masculla letanías en un lenguaje extraño y gutural.
  
  Me retiro a Mi Lugar... ¿Qué puedo hacer?
 Temo regresar. Antes de ahora nos llevábamos, no me daba miedo; la conocía y sabía que podía esperar. Ahora no sé lo que me voy a encontrar. Cuando he salido de la casa, caminado de puntillas, me he acercado a su habitación y con el oído pegado, he entreabierto en silencio la puerta; un olor nauseabundo ha sitiado mis fosas nasales; los gatos maullaban, no... ¡gemían como bebés recién nacidos! Y ella, yacía en medio, entre orines y excrementos. La amé hasta la muerte. Todo tiene su límite.
  Siento que Mi Lugar es lo único que queda. Si lo abandono dejaré la pesadilla y entonces... afrontaré lo desconocido.
    
José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2012.


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domingo, noviembre 11, 2012

Divide et Impera.

   Hacía un día invernal, tan limpio y claro, que los rayos del sol en lugar de proporcionar calidez, cortaban la respiración. Sentado o más bien recostado sobre el remate de un portal de la Plaza, recibiendo apenas un atisbo de luz de refilón, Pol Bernal, pedía limosna. No le quedaba nada. Por carecer del trabajo que el Estado, su Estado, tras empeñar su vida debería haberle procurado, había sido desahuciado.

Había dado la espalda a todos y todos le dieron la espalda, ¿pero ocurrió así en realidad? ¿Por qué sucedió? ¿Y por qué, tal como se produjo con la gran mayoría de amigos, y como sugerían las pautas, no había encontrado a su media naranja? ¿Por qué no pasó a formar parte del andamiaje social, cuando siempre se consideró un ser capacitado y competitivo? ¿Qué falló? ¿Por qué motivo no acabó los estudios y se integró en una de las empresas que conformaban el puntal del sistema, contrajo matrimonio, tuvo una prole y se incluyó en la selecta nómina de sujetos que configuraban la sociedad consumista? No alcanzaba a descifrar el secreto, una incógnita que, por otra parte, tal vez ni siquiera existiera. En cambio entendía que sin proponérselo, se había convertido en una pieza sobrante o desencajada. En lo que la sociedad de consumo solía nombrar con desprecio, como un fracasado. Y, sin embargo, teniendo en cuenta que al ser utilizado como si se tratara de un mero papelillo de kleenex, su patria, se había servido de él ¿debía ahora considerarse como tal?
  Lo cierto es que, desde sus inicios, Pol sólo mostró inquietud por una actividad: Los juegos de azar. ¿Podían contemplarse semejantes pasatiempos como un verdadero trabajo? Desde luego, para la mayoría de los hombres, no representaban más que recreación o esparcimiento. En cambio para Bernal lo eran todo. Transcurría noches amasando billetes que desaparecían de su vista al día siguiente. Su vida, era por tanto, un impostergable transitar de la riqueza a la pobreza.
Y así acontecía. Hasta que lo llamaron a filas y de forma escrupulosa lo hicieron desfilar ante la bandera, besarla y jurar por la patria, y le inculcaron la noción de que en el momento de eliminar sus objetivos, experimentar reparo o remordimiento habría de ser algo insubstancial y por contra, al hacerlo, debería tener presente que suprimía no solo a elementos subversivos, sino a seres que amenazaban su mundo, y tanto si se trataba de niños, mujeres o viejos, formaban parte de una especie mezquina e inferior.
  De entrada y por una vez se sintió orgulloso y útil. Pues recuperaba, o así lo presumió, el estatus de ciudadano de primera. Y, además, aquel empeño militar le recordó su profesión de tahúr. De forma distinta y sin vuelta de hoja se trataba de lo mismo: Vencer a sus oponentes, aunque sin la posibilidad de recuperar lo perdido, o más bien, lo exterminado.
  Después, cuando se encontró atrapado en la locura: incendiando pueblos, masacrando sujetos que antes de ser ejecutados gritaban y suplicaban y, a quienes por insensibilizado que se hallara, le bastaba calibrar con su mirada de jugador para estimar que no eran diferentes, dándose cuenta de su ingenuidad, se esforzó por entender. Se introdujo entonces en un laberinto insalvable, en el que gradualmente iba perdiéndose. Se repetía a sí mismo que todo aquello era mentira y no existía; que si los lugares que a su llegada hallaban limpios y hermosos, acababan convertidos en ciénagas de podredumbre, era porque eran retazos del infierno en el cual se encontraba.
  No supo cuando comenzó a dudar. Tal vez el día que no eliminó a la mujer que aferrada a su criatura, contemplándolo con una intensidad indescifrable, le hizo frente.
  Cayó en una depresión y entonces un presidente, no supo cual, decidió que la guerra ya no resultaba beneficiosa y, por lo tanto, se había terminado.
A su llegada, nadie recibió al contingente. Para su sorpresa ya no eran héroes, sino parias.
  Y ahora, aquel era un día importante, sí. El día del desfile patrio.
  Caminando de forma intranquila una pareja de policías pasó a su lado, lo reconocieron y considerándolo parte del paisaje, se limitaron a mirarlo de soslayo. La plaza se fue llenando y la parada comenzó. Militares con cascos emplumados y brillantes, desfilaron ante el palco donde se encontraban sus generales.
  Cuando terminó, la comitiva descendió del palco y envueltos en nubes de guardaespaldas, saludando, se dirigieron a un extremo de la plaza, donde estaban estacionados sus vehículos. Casualmente (¿o tal vez no?) el sedán del Mariscal de los tres ejércitos, se hallaba detenido a unos metros de Pol. En el momento en que el obeso oficial se dispuso a introducirse, el griterío de una muchedumbre intimidada y expectante, se silenció. Fue en ese preciso instante, cuando la voz de Bernal, se oyó con diáfana claridad.
  —¡A sus órdenes, mi general!—Y se cuadró.
  Tras oír el saludo, el militar, no pudo evitar volverse y saludar de forma marcial.
  Pol extendió la mano con la palma abierta e inquirió.
  —¿Limosna para un excombatiente en situación de retiro?
  El rostro del general se tiñó de vergüenza. Balanceando su barriga con dificultad,
introdujo las manos en sus bolsillos, extrajo unos céntimos y se los arrojó.
Pol los guardó con esmero y su mano resurgió esgrimiendo una reluciente espada de acero toledano. Antes de que los guardaespaldas reaccionaran, aguijoneó la barriga del oficial, y le dijo.
  —Vivirás… sólo si eres capaz de responder a una pregunta.
  Pese al frío, las sienes del cabecilla habían comenzado a humedecerse y ahora vertían pequeños hilillos acuosos. Lo miró despavorido. Sin dudar, Pol le preguntó.
  —Dime. ¿Cuál es la primera máxima de todo buen mando?
  El oficial pareció sorprendido. Los cachetes se le tiñeron de rojo, suspiró, dejó escapar una sonrisa y contestó.
  —Si vis pacem, para bellum*. Declaró Julio César.
  Pol permaneció mirándolo con un aire avieso y de nuevo, preguntó.
  —¿Eso es todo…?
  Asustado, el hombrecillo trató de retroceder.
  Pol carraspeó con orgullo y articuló:
  —Tu respuesta no ha estado mal, sin embargo… hay otra más importante. Dice así:
¡Divide et impera!*
  Y de un hábil sablazo, seccionó la hebilla del cinturón y al general se le cayeron los bombachos. Los guardaespaldas se apresuraron a rodearlo y ninguno se dio cuenta de que Pol, doblaba la esquina y desaparecía en la bocana del metro.
  Nadie volvió a verlo, y lo mismo sucedió con los brillantes del lujoso cinturón de la autoridad, que al desprenderse, desparramados, volaron en todas direcciones y tampoco aparecieron. Por contra, algunos de los presentes declararon otra versión; una explicación extraordinaria, por no decir imposible. Aquella que afirma que de forma increíble y magistral, volaron en una sola dirección. La de las habilidosas manos del prestidigitador.
  En el centro de Europa, en una ciudad cercada por los espesos bosques de La Selva Negra llamada Baden Baden, se encuentra el Kurhaus. Es un lujoso casino al que antaño acudieron personajes célebres, tales como el escritor Fiódor Dostoyevski, o el músico Johannes Brahms.
  Mezclada entre el vocerío de sus numerosos asistentes, todas las noches, la risa alegre y contagiosa de uno de sus ilustres invitados, atraviesa el espacio. Se trata del unas veces ilustre y otras humilde invitado, Pol Bernal. Pobre, pero feliz y dispuesto a seguir integrado en el más apasionante de todos los juegos. El de la propia existencia.

Si vis pacem, para bellum:* Si quieres la paz, prepara la guerra.
Divide et impera:* Divide y vencerás.

José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2012.



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