sábado, octubre 18, 2014

Veinte Años Antes...

Veinte Años Antes...

“Aquella noche volví a verla claramente, no había cambiado. El tiempo parecía no pasar por ella....”
Descendí del avión y una humedad padecida veinte años antes, trató de herir mi voluntad.
Eludí la horda de mozos porteadores, efectué la reserva en el Alquiler de Automóviles y arranqué dirigiéndome al este.
  Mi primera impresión fue que la oscuridad no existía. Una noche diferente resplandecía, o era el poder de una luna sobredimensionada. Azules metálicos lustraban los acantilados dotándolos de espíritu, y una brisa soporífera ungía mi piel de recuerdos.
Estaba en el Caribe, donde las tinieblas forman parte del día y deambulando en ensueños es posible existir sin la obligación de detenerse. El tiempo transcurre al revés y los caminos transitan pincelados en bocetos con pátinas de pigmentos imposibles. Nada funciona según los cánones, así los hombres sucumben a su locura o penan atrapados en sueños confusos…

La pulcritud de una recién construida autovía me permitía circular a buen ritmo. Todo demasiado cómodo. Y yo, sin saber porqué, no podía cesar de rumiar un mal presentimiento.
   La ilusión desapareció veinte kilómetros más adelante, al internarme en una calzada de una oscuridad amenazante. De todas formas mi itinerario era el correcto. Puse una cinta en el casete y canturreando proseguí hasta llegar al puente del río Chavón.
Era una estructura levadiza construida a principios de siglo. Oxidado y mohoso, su abombado esqueleto se mantenía en pie.
Comenzaba a descender su pendiente cuando procedentes del otro lado, distintos haces de linternas me deslumbraron, y un desorden de gritos agitados me dieron el alto.
   Lo hice sin sentirme impresionado. No tuve tiempo de asimilar la situación. Empecé a hacerlo cuando el cañón de una pipa enfrió mi sien y vi unos kalashnikov y otras armas encañonarme.

   Me sacaron a empellones del coche. Secaron mis ideas transformándolas en una espiral de pánico. Me cansé de repetir como un vinilo rayado: ¡español, español! y el alboroto iba en aumento. Se hicieron con mis papeles, me esposaron y tras un duro paseo entre la maleza me encerraron en una cabaña, y allí me dejaron.
Transcurrí la primera parte de la noche enzarzado en elucubraciones sobre lo que podría ocurrir. Tal vez pidieran rescate, o quizá no les resultara útil. A lo mejor decidían ejecutarme o me retenían prisionero en la selva durante años. Solía ocurrir por aquellas latitudes. Darle vueltas a la cabeza acaba por extenuar y un sopor enfermizo venció mi exigencia de permanecer alerta. Mientras, aquello de lo que no conseguía deshacerme, continuaba dentro de mí...
   Alguien me zarandeó. Mis ojos se abrieron. Era una joven. Estaba acuclillada a mi lado. Tendría unos dieciocho, calculé. Sin dejar de mirarme con curiosidad, me preguntó.
—¿Realmente es usted tan malo como aseguran los mandos?
   La miré de soslayo, acababa de descubrir su belleza, y no quería que se fijara en mi debilidad por las mujeres hermosas.
—¿Yo? Claro que no.
   Se rascó la mejilla, se arregló los cabellos y mirándome con naturalidad, dijo.
—Mi comandante suele decir que un hombre cuando se pudre, en su interior nunca cambia. ¿Está usted podrido?
   Apoyado sobre mi codo me encontré incómodo. Hice un esfuerzo y dándome la vuelta me asenté con las piernas cruzadas. Paulatinamente levanté la mirada y me topé con unos ojos negros, llenos de energía y sinceridad. Sonreí y rechacé.
—No.
—Entonces ¿por qué está aquí?
—Usted sabrá. Yo solo he venido de vacaciones.
   Se revolvió intranquila y clamó con ardor.
—¡El comandante dice que es uno de ellos!
—¿De quienes…?
—Los hombres de Balaguer.
  Solté una carcajada y añadí.
—Están equivocados. Ya se darán cuenta.
   Se acarició el cabello, se puso de rodillas, se acercó y en un susurro me dijo.
—Sabe... usté es diferente. Me gusta su forma de reírse y hablar. Es agradable —durante unos instantes pareció insegura, luego, mirándose las palmas, añadió—. Yo le creo...
    Aquel silencio mágico entre confesiones y desvelos, me turbó. Sin desear romperlo observé su belleza mestiza, y mi cabeza se llenó de recuerdos. Aromas e incertidumbres de otra época, veinte años antes. Resultaba increíble. Pretendí a mujeres tantas veces deseando llamar su atención sin resultado, y ahora... no hice nada. Apenas me moví y me encontré libre, con las esposas en mis manos. Me bastó un movimiento para sorprenderla.
Instantes después se debatía esposada.
    No había música, tampoco estábamos en un lugar romántico, pero el amor es capaz de florecer en la podredumbre más turbadora.
   Le di la vuelta...
   Después de hacerlo, me relajé y me dormí. 

“Aquella noche volví a verla claramente, no había cambiado....”

A la mañana siguiente la puerta cedió ante los hachazos y hombres pertenecientes al comando contrarrevolucionario, me despertaron y liberaron en tanto se llevaban presa a la muchacha.
   Me condujeron ante el puesto de mando en la selva.
Un militar de alta graduación me recibió, y sonriendo entre dientes, me dijo.
—Los tenemos. Su idea ha sido un éxito, Jiménez. Difundir que volvía y dejarse atrapar llevando el dispositivo de seguimiento —me dirigió una ojeada y añadió—. Además, dado su excelente estado, me atrevería a asegurar que anoche no lo pasó mal...
  Fruncí el entrecejo y con gravedad eché un vistazo a los prisioneros. Delante de la banderola del destacamento, con el foso abierto a sus espaldas, habría unos quince hombres. Eché de menos la mitad. Alcé una mano. La ametralladora repiqueteó medio minuto. Quedaban tres cabecillas. Desenfundé el revólver los despaché y volviéndome, le pregunté.
—Y los demás. ¿Qué hizo con ellos?
   El oficial se rascó la cabeza y mirándome con trivialidad, dijo.
—Ah, ¿pero había más?
—¡Sí...! —contesté irritable.
—¡Bah! No debe preocuparse. Habrán huido como lorito... Los casaremos, ya verá usté...
   Brindamos. Le tendí la mano con formalidad. Aunque en mi interior siguiera abrigando un presentimiento nebuloso.
   En un extremo se hallaba esposada la joven. Di orden de que la trajeran y la obligué a postrarse. Lloraba pero había que verla. ¿Era valiente? ¡Y tanto! Ni siquiera gemía. Al contrario, hipaba de cólera...
   Temblando balbuceó.
 “Podrido, ¡está podrido! Jamás será feliz...”
    Unas detonaciones interrumpieron su cháchara. Me dolió hacerlo, pero lo hice. Disparé sobre ella y me vi obligado a cubrirme.
   Transcurridos treinta minutos de refriega, era obvio. Los rebeldes eran más numerosos, y ahora nosotros éramos los hostigados.
   Quince minutos más. Yo y otros siete hombres depusimos las armas.
  
   A primera vista los subversivos resultaban interesantes e incluso educados; no lo eran tanto. Interrogaron a los milicos y tras asegurarse que no suponían una amenaza, les permitieron marchar.
   A mí me llamaron traidor, pensé que me golpearían. Me pusieron contra el muro de una casa en ruinas, leyeron mis cargos y declarándome “Enemigo Patrio,” se dispusieron a fusilarme.
   Estaba entrenado para afrontar cualquier situación, menos la muerte. Me di cuenta al orinarme. Mi organismo reaccionaba por su cuenta. Era joven, y me quedaban cosas por hacer. Amilanado traté de hacerles ver el incalculable valor que para ellos supondría disponer de un prisionero que era una autoridad de un régimen amigo de Balaguer, entonces un siseo in crescendo se convirtió en inquietante silbido, y silenció mis palabras. Angustiado miré a la espesura. El entramado de ramas que formaban árboles como atalayas, se agitaba y crujía. En breves segundos el huracán oscureció el cielo y convirtió lo que hasta entonces era un pulcro atardecer, en un crepúsculo tétrico.
    Aun así, destacando sobre el fragor, un nuevo alboroto se impuso, y suspendió el espectáculo. Alguien llegaba. Los guerrilleros cedieron paso al personaje. Me figuré que iba a conocer en persona al cabecilla rebelde. Sin embargo, en la penumbra del ocaso, no discerní la fisonomía de un hombre y sí la estampa de una mujer.
Salpicando sin miramientos en la emulsión entre fango amarillo, insectos y hojarasca, del suelo se abrió paso hasta donde pringoso y pisoteado, yacía el cuerpo de la joven. La abrazó, besó y limpió su rostro, y susurrando una letanía, comenzó a incorporarla.
  Asistí lívido al acontecimiento. ¿No había abierto un agujero en el débil cráneo de aquella criatura? Aunque a lo mejor, al actuar con precipitación ¿la habría rozado...?  
No acababa de estar seguro de lo que presenciaba, y menos cuando la dama que había entrado en escena de forma resuelta se volvió, y unos ojos de ámbar alojados en un semblante de abenuz, se centraron en mí con irreverencia. Reconocer aquellos rasgos me llenó de sorpresa y algo que no alcancé a descifrar. Un pormenor estaba claro, o así me lo pareció: Era Minerva. En cuanto a lo único seguro, es que no había vuelto a verla desde hacía... veinte años. Por contra, la mujer que se hallaba ante mí estaba. Aquello me desconcertó. Los años parecían no haber pasado por ella. Seguía igual. Aún así, había algo diferente. ¿Qué sucedía? ¿Acaso no era la misma? Me resultó chocante, pero más absurdo quizá. Porque aún teniéndola delante, ni siquiera estaba seguro de reconocerla…
    Con una voz clara y modulada, dijo.
—Y bien, señor Jiménez. Jamás podré decir que me dejó nadando en la abundancia. Aunque desde luego, recuerdos sí me dejó. Y los que tengo, son como para no olvidarlos... —contrajo sus hombros y alzando el tono, continuó— Se divirtió a mi costa. ¿De modo que a eso se dedica? Antes nos abandonada preñadas, pero ya no le basta. Contésteme. ¿Por qué ha regresado? ¿Para terminar de arruinarnos? —sus ojos se hundieron en mí como rescoldos, prosiguió—. Comienza por violentar a su hija, que también es la mía, y a continuación... ¡la asesina...! —selló.
  
Permanecí cohibido y sudoroso. Me encontraba falto de energías. Necesitaba recuperarme, salir de mi trance y hacerme con las riendas de la situación. En realidad, en lo concerniente a mis intereses, aquel escenario se hacía más y más enrevesado.
Para empezar, no recordaba haber tenido un bebé con Minerva, ni siquiera haberla dejado preñada. Aunque para ser sincero, en aquellos tiempos fácilmente pude haber engendrado a un centenar. Y ahora la chiquilla que estaba ahí, sin atreverse a mirarme, o haciéndolo con ojos abiertos y congestionados, odiándome eternamente ¿era mi hija?
   Caminando de forma desangelada, con el orificio de bala señalando su frente como el agujero negro de una constelación, se acercó a un guerrillero y con una facilidad que quedó lejos de cualquier género de duda, desenfundó su revólver y lo puso sobre mí sien.
    Yo ya no me fijaba en eso. Como faroles deslumbrados, mis ojos reconocían con éxtasis el aspecto de Minerva, y me limitaba a hacerme una pregunta: “¿puede ser ella?” y volvía a repasar: “Se encuentra tal como la soñé...” 
   Me vino a la mente la vez que nos enamoramos, o se enamoró de mí. Aquellas charlas en las que con voz temblorosa por una emoción que yo encontraba exagerada, me explicaba que estaba muy cerca de ser nombrada sacerdotisa a las órdenes de una tal... ¿Mama Mambo?* Yo apenas sabía quién o qué era eso, y menos prestaba atención. Para mí era simple. No creía en habladurías. ¿Santería... vudú? ¡Eran delirios! Bagatelas con el fin de meter miedo a la gente humilde para sacarles las perras.
   Mis pensamientos se congelaron al reparar en mi supuesta hija y rescatar un detalle. Minerva había afirmado que “Yo la había asesinado.” No obstante la chiquilla estaba allí, y de no ser porque persistía en su empeño por mantener el arma sobre mi sien, a primera vista, cualquiera podría pensar que se encontraba más o menos sosegada. La miré de reojo. Excepto el orificio o la desagradable herida de la frente, todo en ella me pareció normal. Respiré con alivio. En lo referente a Minerva, aunque se tratara de una apariencia extraordinaria, asimismo tenía su explicación.
No debía sorprenderme que, pese al transcurso del tiempo, no mostrara síntomas de decadencia. Solía sucederles a mujeres y hombres de naturaleza excepcional; y ella, no cabía duda, era de esa pasta. De todos modos ¿tampoco transcurría para mi hija? Lo cierto es que contemplarlas era comparecer ante dos deidades eternamente jóvenes y espléndidas, aunque a la vez frías e impasibles... 
Me escandalicé ante mi estado de incoherencia. ¿Por qué todo aquello me trastornaba de forma tan inocente y susceptible? ¿Era debido al sobre esfuerzo que hacía con tal de salir airoso de mi situación? Seguramente medité, en tanto echaba un vistazo a mí alrededor y me daba cuenta del silencio. La violencia del huracán amainaba, y estaba solo. No del todo. Ellas estaban conmigo, pero como si no estuvieran.
El conflicto radicaba en que mientras por un lado me sentía seguro y esperanzado al ver que Minerva estaba ahí (la conocía bien, y por su forma de observarme, deducía que pese a todo nunca me había dejado de amar) por otra era más o menos consciente, de que entre ambas mujeres coexistía algo turbio que no lograba esclarecer.
Antes que nada, una circunstancia me inducía a sentir una irritada contrariedad. Después de todo lo que estaba sucediendo, descubrirlas tan saludables y serenas, me resultaba aparte de increíble fuera de lugar, y producía en mí una sensación de ansiedad y malestar. De alguna manera y reconociendo lo insólito de la situación, mi frágil humanidad debió atisbar indicios que yo mismo nunca podría imaginar. A partir de entonces una corazonada que mi percepción nunca alcanzó a desenterrar, porque no se hallaba en mi naturaleza o la superaba ampliamente, acabó por helarme la sangre, entonces me refugié en un empeño: ¡escapar!
Para hacerlo debía echar a correr con todas mis ganas. Al no tener dudas, actué en consecuencia. Fue en ese momento, cuando averigüé lo más ridículo. ¿Sufría una inexplicable parálisis, o era producto del miedo? De la misma forma caí en algo más. ¿Dónde había ido a parar el resto de insurgentes?   

Sentir el aliento de la muchacha acariciar mi oído me resultó además de incitante, retorcido. Aunque de forma paradójica, en lugar de reaccionar, yo mismo cooperaba. Pues pese a estar al corriente no veía, o de forma deliberada mi mente se negaba a hacerlo, a la joven como quien se suponía que era, y en contraste sí como a la tentadora criatura mestiza que había poseído la noche anterior.
Aquel aliento... un vaho cálido y amargo, era un efluvio nauseabundo y al mismo tiempo sugerente. En cuanto a mí, debido a la incertidumbre o el deseo, no podía simular mis apasionados resuellos y sudores.

Entorné los ojos y entreví su imagen en la cabaña. Sus cabellos negros y revueltos; su semblante perfilado, el cuello terso y esbelto; la nariz recta, los labios finos y húmedos. Los pechos tensando la camisa gris y abriéndose a unos pezones oscuros; sus axilas rasuradas y la cintura cerrándose como una cánula antes de ceder paso a la exuberancia de unas nalgas que mis manos conquistaron en la penumbra. Su transpiración, más que una esencia, era una elemento envolvente y balsámico que me impregnaba de una lujuria embriagadora; y aquellos ojos negros, volviéndose mirar con una desvergüenza maliciosa.
Tembloroso le confesé que la amaba. Le aseguré que no podía ser mujer sino una flor quien así me hacía el amor...
   Advertí un silencio imposible... o impasible.
  
Abrí los ojos. “¿Hablaba a solas?” De nuevo el presentimiento. Esta vez asociado a una voz: la de Minerva. Ahora tan diferente. Era similar a una estridencia que de forma inconmovible  —milímetro a milímetro— escarbaba ansiosa en mi cerebro. Me debatí. Traté de resistirme al atroz y lento proceso de mutilación. Mi defensa; hacer que ella regresara a su pasado más agradable, para que de esa forma recobrara un corazón que parecía perdido. Pero sobre todo, conmoverla: “Dime. Te conozco bien ¿no eres la misma? ¿No me amas ya...?” indagaba. “Soy yo, el de siempre y te deseo” presionaba, consciente de que mi tiempo estaba en sus manos. Mientras, alzando la cabeza, me esforzaba en hacer frente a la mirada de aquel semblante soberbio, de rasgos ahora impasibles. Fue una lucha desigual, perdida de antemano. Pues pese a mi determinación, aquellos ojos forjados en un fuego helado se hundieron como afiladas dagas en mí corazón. Ella por su parte, extrajo de mí lo que quiso y fue, un desquiciado gemido de dolor...
Una vez se estableció, sin cesar de presionar mi conciencia como un inflexible vínculo, sentenció:
“Visto que estás podrido, Mamá Mambo, resuelve. Vivirás como lo que eres: ¡un parásito! Consumirás las entrañas de tu cadáver y las de todo aquel que sea sacrificado de forma violenta...”
Saber lo demás no supuso un consuelo.
Para ellas el tiempo no existía: era eterno dulce, voluptuoso.
Obviamente para mí, sí...
Cuando por fin pude moverme, haciendo uso de una percepción necrófaga, durante segundos tuve tiempo de darme cuenta de mi ilógica, grotesca y espantosa situación. Ya no caminaba. Me limitaba a serpentear a ciegas en un vientre pútrido e hinchado. El del turista que tras resultar asaltado y asesinado por una partida de bandidos en el puente del río Chavón, desde hacía semanas, yacía enredado entre los juncos de la ribera.
        Mi eterno suplicio no había hecho sino comenzar...

Mama Mambo*: es la deidad de la lluvia y el lodo; mediadora entre la vida y la muerte. Su culto es de procedencia Fon, Ashanti y Arará (Dahomey), sobre todo de territorio Mahins en África Occidental.
 Josef.


Versión finalizada de arreglar el 17 octubre 2014. Probablemente figure en la antología de relatos en la que ahora trabajo.

Un abrazo.


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