miércoles, abril 30, 2014

Los Gemelos -IV- Último capítulo.

 Imagen tomada de Internet.
-V- 
Una vez mi hermano y yo nos instalamos en la choza ceremonial, uno enfrente del otro, Tuntui entró. 
   Para llevar a cabo el rito se había puesto un tocado de plumas amarillas y naranjas, de las que sobresalían los penachos de cinco largas plumas azules de guacamayo. Llevaba la cara pintada con achicoria roja y brillante, faldillas rojas, y una sencilla camiseta pajiza de manga corta. 
   Se colocó en el centro del semicírculo y preparó los materiales necesarios para la ceremonia. Para ahuyentar las posibles energías negativas, comenzó entonando una dulce letanía y sopló humo de una pipa sobre la taza que contenía el preparado de ayahuasca. Hizo lo mismo a nuestro alrededor. Entonces nos dio de beber y nos invitó a recostarnos. 
   No sucedió nada de inmediato. 
   De pronto empecé a levitar, ascendía sin cesar, sintiéndome muy asustado. Desde las alturas en que me instalé presencié un universo irreconocible, como nunca podría ser concebido por ser humano alguno. Mientras fluctuaba, empecé a comprender que preocupaciones tales como asfixiarme, caer en la taza del váter, o simplemente mi esquizofrenia, carecían de sentido; ya que ser excéntrico o desequilibrado, era lo más normal en un mundo enloquecido. 
   Me miré en un espejo y acaricié mis cabellos con grima. Se habían vuelto de fibra, pero no me importaba. Lo que me preocupaba era una cuestión puramente existencial: la existencia precede a la esencia. Pero, ¿y si lo que hacemos es vivir sin saberlo y ni tan siquiera somos esencia? Me encontré cara a cara con la Muerte y de repente oscilando en un vacío absoluto. Tuve náuseas y empecé a vomitar. Sentí una horrible soledad dentro de mí: vacío y soledad... ¿soledad absoluta? Busqué a mi hermano, el apoyo y consuelo de mi hermano frente a mí, pero no logré verlo o encontrarlo. De súbito, una tras otra, las paredes se cerraron formando un cuadrilátero perfecto y me encontré en una impoluta y sórdida sala. En el centro vi a una mujer. Estaba tendida boca arriba. Sobre su vientre abultado habían dispuesto un embozo verde. Se abría formando un rectángulo en su parte superior. 
   La puerta se abrió. 
  Entraron dos hombres que reconocí como cirujanos, y dos auxiliares. Algo me dijo que yo también lo era, pero nada estaba claro. Ni siquiera estaba seguro de haber presenciado alguna vez algo similar. Uno de ellos cogió un escalpelo y practicó una incisión en el abdomen de la mujer. Me escandalicé y asusté. ¡Qué hacían! Y cómo no lo entendía cuando debería saberlo. Porque yo era cirujano o ¿nunca lo había sido? Mi pérdida de memoria me sobrecogió. Ni siquiera recordaba mi nombre, mi nombre... ¿tuve alguna vez? La figura de Tuntui surgió caminando entre la bruma. Afectuosa y servicial se acercó y me preguntó si todo iba bien. Verla me tranquilizó. Asentí y renegando, volví abajar la cabeza. En realidad no deseaba ver lo que sucedía en la habitación, pero una fuerza enigmática, más fuerte que yo, me incitaba a presenciar aquel escenario que de pronto se convirtió en una carnicería de sangre y convulsiones rápidas y violentas... o más bien, precisas y delicadas; admirables en su ejecución. Uno de ellos introdujo sus manos enfundadas en guantes en el vientre de la desdichada, y tras remover —¿revolvió siquiera?—, tomó suavemente entre sus manos aquel ser diminuto y violáceo, que una vez puesto boca abajo, empezó a gimotear. El doctor que lo había extraído lo mantuvo entre sus brazos ante el abdomen de la madre. El otro hombre repitió la operación y sacó otro bebé, que colocó boca abajo. Tras azotarlo comenzó a lloriquear y abrió unos ojos de un azul muy intenso, que reaccionaron ante un primer estímulo visual, fijando su mirada pasmada en la cara sonrosada del hermano que depositaron a su lado. 
   Entonces vi su semblante. Era una faz luminosa y todavía húmeda de escayola. Ante mi horror y sin que yo —indefenso bebé— pudiera evitarlo, comenzó a agrietarse ante mí. A continuación su constitución de muñeco se deshizo también; lo mismo sucedió con la progenitora, doctores y auxiliares, el material quirúrgico y toda la sala hasta acabar concentrados en finas y chispeantes partículas de polvo que impulsadas por una brisa imperceptible, tras cubrirme, se desintegraron. 
   Permanecí suspendido en medio de mi insignificancia, apenas una bagatela envuelta en candidez e ingenuidad; sin luz, color o cualquier indicio de vida. ¿O tal vez no...? A una distancia indefinida un destello me deslumbró, y reconocí el cálido azogue. Un único espejo era cuanto quedaba. Sustentos inexistentes me guiaron por un camino ficticio, me situaron  delante del marco y pude verlo todo reflejado en el espejo de mi alma. Y lo supe con claridad. Quien había vivido sometido por el dominio que mi hermano había instaurado dentro de mí avivando mis miedos y temores más deshonestos y obscenos, había sido yo; quien había despreciado a mi hermano por usurpar mi vida, era yo; y quien había nacido “dos minutos antes”, por supuesto, no había sido Carlos, sino ¡Yo! 
   Aquel rostro asombroso y las cuatro paredes del paritorio fueron todo lo que llegué a intuir o recordar durante otros dos minutos. Los dos larguísimos minutos —toda una vida— que se prolongó la existencia de mi hermano. Luego, pese a los esfuerzos de los especialistas, la diminuta llama de Carlos se apagó hasta extinguirse. Pero otro acontecimiento trascendió incluso más. La vida de la mujer que nunca tuve la oportunidad de reconocer como mi madre, también se perdió para siempre... 
    Impresionado, tras comprenderlo, grité de dolor: mi hermano había tenido el privilegio de nacer, pero apenas había existido y pensado como un ser exclusivo y concreto más allá de dos minutos. Y supe algo más, durante los breves instantes en que ambos nos percibimos y olimos —aunque a continuación él falleciera— el concepto de confraternidad y entendimiento que existió entre los dos caló en mi interior para siempre. De forma que cuando me desarrollé, también lo hizo mi cerebro y su complejidad interior, dando lugar a la creación de dos entes. 

    -VI- 
   Finalizado el rito de la ayahuasca, lograda la comprensión y unión absoluta de ambos gemelos en uno, la doble personalidad dejó de tener sentido. Carlos murió para siempre y Luis, no solo recobró su realidad, también superó su esquizofrenia. 

   —Esencia—. 
   No temo a la muerte. Deseo exprimir hasta el último suspiro de mi vida. 
  Agotado he vuelto a sentarme. Tuntui en cambio, infinitamente feliz, baila sin cesar bajo la lluvia. El poder de la ayahuasca y su magia han derrotado a la enfermedad. 
   He dejado de ser gemelo. Pero es que en vida, exceptuando “dos minutos”, nunca lo fui. 
   Jorge Luis es el único que se acerca a mí y riéndose satisfecho, me dice. 
—¡Bravo Luis! Has vuelto a nosotros como un ser íntegro y original. 
   Durante unos instantes, ambos permanecemos pensativos. 
  Teniendo en cuenta que llegué a anularme de forma que solo vivía para evocar el recuerdo ficticio de quien tan minuciosamente construí, —en estos primeros instantes, y no sé durante cuánto tiempo—, me resulta extraño reconocer mi verdadero nombre. 
   Jorge Luis está feliz. La perspectiva de un regreso a la ciudad le atrae tanto o más que un imán. Me ofrece un trago de masato. No es más que yuca masticada y fermentada con saliva. ¡Está deliciosa! 
   En cuanto a este lugar, no es difícil descifrar sus sensaciones. Me basta atisbar las expresiones crispadas y medrosas de los aguarunas. En el poblado no quieren a Tuntui y nunca podrán aceptarla. No es que lo considere una cuestión de importancia. Ella y yo disponemos de toda la región de la Amazonia. Según tengo entendido, aunque permanezca en continua devastación y retroceso, en la actualidad su extensión alcanza unos seis millones de kilómetros cuadrados. 
             
                       ¿Suficiente para dar cabida al amor de dos seres de nuevo rehabilitados...? 

        José Fernández del Vallado. Josef. Abril 2014.


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