miércoles, abril 29, 2009

Un vivo recuerdo.



Tras horas de inmovilidad, sentado sobre la silla, delante del papel, cavilando a impulsos, sin concretarse en nada vino por sí solo, de la nada, como un obsequio anexo. De esos que acechan con sigilo en el interior de una mente para proyectarse cuando menos se esperan.

Recordó aquel día hace años. La ciudad sucia, tonos grises, marrones y oscuros. Árboles inclusos tras la verja del Parque del Moro, desgranando con el viento palmeadas y cobrizas hojas de plátano. La tarde, el ambiente lóbrego y nublado. Un cuadro de nubes melancólicas y amenazantes que intimidaban temporal. El frío afilado, hiriente. La marea metálica, sorda, agravante, en perseverante combustión de gases inflamables y carcasas saturando la rebosada cuesta del Moro.

Estuvieron dando vueltas, indecisos, a punto de tomar un taxi. Finalmente subieron al autobús que los condujo al barrio en las afueras. Ella, junto a él. Era chocante, sus ojos como brillantes azules no desentonaban bajo su cabellera negra, lacia y recortada, similar a una peluca egipcia. Iban en silencio, sin apenas hablarse ni rozarse. Su perfume suave, delicado, ni siquiera era intenso, pero sí profundo y, seguro, no era Dior ni Channel. Se conocían desde hacía poco, nada más verse se sonrieron mutuamente. Ninguno supo qué hacer o decir.

La fiesta. ¿Animada? Demasiada gente extraña. ¿De otro mundo? Todos eran jóvenes, juventud grabada en un mapa. Le resultaba arduo reconocer caras, gestos, conversaciones. En cambio oyó risas fanfarronas, bromas indecisas, ruidos de vajilla. No conocía a nadie y no volvería a verlos, tampoco eso importaba. Estaba ella, su semblante se revelaba vivo en medio de una fiesta de ánimas. También estuvo el amigo que los presentó. Apenas retenía de qué hablaron, sólo importaba ella.

Estaba nervioso. Apestaba a colonia. Siempre huele fuerte en lugares así, al principio después es peor todavía.
La música, antiguas melodías que su percepción volvió a rescatar puras y modernas, como lo fueron una vez.
Y allí estaba la mujer a quien amó. Su amor, si hubo amor. Hablaron. La conversación duró media hora o quizá menos. Pareció más pero fue suficiente, hablaron, sonrieron, sostuvieron un contacto inolvidable, feliz e irreversible. En la terraza, acomodados entre cachivaches inútiles, tiritando de turbación, se besaron una vez. Aquella vez... Después, sus vidas se fueron cegando, separando. La vida y el mundo los separó. Sin embargo no todo acabó, ella está ahí, para siempre, a su lado. Es un vivo recuerdo...


José Fernández del Vallado. Josef. Abril 2009.



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