sábado, mayo 02, 2009

Renacimiento.

Amalia iba detrás, junto a Juan, se encuentra bien. Por fortuna el accidente no revistió mayor gravedad para ella y después de unos meses de recuperación de las fracturas de tibia y peroné, pudo volver a caminar. A Juan le costó algo más; iba sentado tras el asiento del copiloto, su rostro golpeó contra el asiento de delante. Se partió la nariz, al tiempo, al echársele encima el asiento, se fracturó ambas piernas a la altura de las rodillas. Rosa, mi novia, que iba de copiloto, tuvo menos suerte y debido al fuerte traumatismo cráneo encefálico que sufrió tras del choque frontal, entró en coma y definitivamente quedó en estado vegetativo. En cuanto a mí... de forma inexplicable, y quizá porque no me puse el cinturón, resulté ileso al caer bajo el salpicadero del coche, lo cual me liberó por milímetros de que el chasis del vehículo me hiciera pedazos. Los bomberos me extrajeron de debajo del camión donde quedé atrapado durante cerca de tres horas.

Esta madrugada, tal como suelo hacer cuando su familia no está – ellos no permiten que la vea – acudí a visitarla. La mantienen con respiración asistida y la alimentan mediante sonda. Le hablo acerca de la suerte, si así puede llamarse, que tuve al encontrar trabajo en la fábrica, pues en realidad estoy condenado en la trampa de la sociedad y mi salario no dará para cubrir de por vida la sanción que me impuso el tribunal. Sé que cometí una tremenda irresponsabilidad y no tengo perdón. Pero también veo como, cada día, mientras tráfico elabora recuentos más elevados de muertos y accidentados, la televisión continúa pasando anuncios de nuevas y veloces máquinas de muerte. Y yo no soy nadie; acaso una mera pieza más en el mortal y cínico entramado de una industria con ambición desmedida. En cuanto a Rosa, ella es un alma en pena atrapada por leyes absurdas que la impiden morir con dignidad, porque no tiene uso de palabra ni razón para expresarse.

Por fin esta madrugada, tras años de sufrimiento, la liberé. En realidad nos liberamos ambos, no dude en hacerlo. Tras mirar sus ojos inexpresivos los vi suplicarme y llorar atrapados tras la coraza inútil de su cuerpo. No había nadie; estábamos solos. Le retiré la respiración asistida, le saqué la sonda, le quité la vía que la mantenía unida al suero intravenoso y percibí como su cuerpo se relajaba por completo. Levanté las sábanas que la cubrían, hice lugar a su lado y pasando un brazo por su nuca me tendí junto a ella. Y por primera vez en años, estuvimos donde tantas veces soñamos. La playa era hermosa, de arena fina, suave y blanca. Los rayos del sol acariciaban nuestros párpados proporcionándoles el calor y tibieza que no encontraron en años, las aves marinas graznaban, y el rumor de las olas era un constante aliento de vida. Mientras que el cielo, azul intenso, como un fino paño de lino adornaba un horizonte ilimitado. Y en mi boca, el sabor dulce y casi agradable, de la barra de chocolate mezclado con el amargo cianuro de muerte.

José Fernández del Vallado. Noviembre 2007. Arreglado abril 2009.


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