martes, mayo 19, 2009

Vulcanología.


Abrió los ojos y lo supo, lo había conseguido, era un triunfador. Surgido de la nada, paso a paso, había ido asentándose en las cimas de la vida. Nadie le había regalado nada, era famoso. Cuando saliera habría más de cien paparazzi aguardando y ya no podría ir solo porque sería un personaje codiciado y polémico al cual adularían o temerían.
Todas las semanas visitaba a diferentes líderes del mundo, le solicitaban con respeto, admiración y temor, consejos sobre cual era el siguiente paso que habrían de dar. Desconocían que él tampoco sabía el camino, no imaginaban que sólo era uno más, aunque ahora era célebre ¿antes? no recordaba. De su época anterior nada estaba claro.

Había científicos que especulaban con que su inteligencia era superior a la de Einstein y su libro “Teorías humanas y decadencia” mejor que el de la “Relatividad.” Él seguía pensando que sólo se había dedicado a condensar lo que veía. Algunos opinaban que era catastrofista, él no lo creía. Nunca dijo que la humanidad fuera a extinguirse, sólo pensaba que permutaría hacia un estado evolutivo diferente al actual. Le disgustaba que los hombres se mataran por borracheras o desacuerdos morales y territoriales, y que existieran guerras por puerilidades. Nada tenía importancia cuando el grado más elevado al que un ser racional debía de aspirar era a degustar plenamente el placer.

Le desquiciaba la nula visión de sus congéneres, quienes en vez de evolucionar se estancaban en el culto a la violencia. Por lo demás, era normal. Su estatura rozaba el metro ochenta, era calvo y debido a su miopía usaba gafas culo de vaso, lo cual no era impedimento para triunfar, tampoco su delgadez ni su fealdad. En cambio sus alas eran el éxtasis. Estaba cansado de que lo adoraran por ser un hombre alado. Incluso en algunos círculos lo llamaban el “ángel de la paz.” Aborrecía que por un detalle irrelevante creyesen que era aquello que no era.

La gota que colmó el vaso se desencadenó en su visita a Chile.
Estaba en la casa de una señora bajita y regordeta llamada Bachelet, ella le observaba con una mirada de ojos tristes, cargados de responsabilidad. Le hizo sólo una pregunta.
— Hay alguna forma de solucionar un problema.
Él preguntó cuál y ella, apesadumbrada, contestó:
— Los volcanes.
Se sobresaltó. ¿Volcanes? La verdad es que siempre los había obviado, tal vez ahí radicara el enigma...
Volviéndose, inquirió si alguno tenía la puerta abierta. Ella, confusa, le dijo.
— Te refieres ¿a una erupción?
Salieron a la terraza, señaló hacia el sur y le dijo.
— Allá está el Chaitén, devastándolo todo.
Él batió sus alas y se elevó. En minutos un espectáculo le trajo recuerdos remotos, de cuando la Tierra era igual. Sin preguntarse el porqué o vacilar descendió hacia el cráter atravesó la densa capa de humo, penetró en el lago de lava y continuó descendiendo. Un calor placentero envolvió sus arterias, su cuerpo de hombre se diluyó hasta condensarse en fluido. De pronto oyó voces, exclamaban.
— ¡Lucifer, despierta!
Abrió los ojos y descubrió a su súbdito Judas. Mirándolo alarmado, le preguntó.
— ¿Me he vuelto a dormir?
— Así es.
Preocupado por su descuido volvió a preguntar.
— ¿Y cuánto estuve durmiendo?
— Tres siglos, Alteza.
Fue consecuente con pavor. Había descuidado a los humanos… ¡demasiado! Volviéndose a Judas le preguntó con apremio.
Y los hombres ¿qué ha sido...?
Judas lo miró con ojos de súplica y dijo.
— Nada Señor.
— Nada, ¿qué?
— Sin su ayuda dejaron de progresar y se hundieron en una época oscura.
— Y...
— Hubo una pandemia de peste... roja.
— ¿Y?
— Lo siento Alteza, Dios aprovechó la ocasión y le dio un jaque mate. La tierra ahora está limpia y pura de nuevo.
— ¡Oh! ¡Menuda pesadilla!
Desperté. Miré el reloj despertador. No había funcionado. Tenía que ir a la facultad, había examen de vulcanología, faltaban apenas veinte minutos, me había dormido. Imposible llegar a menos que... Me incorporé, estiré los brazos y mis alas se desplegaron a mis espaldas.

José Fernández del Vallado. Josef. Mayo 2008. Arreglos Mayo 2009.


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