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sábado, marzo 05, 2011

Amor en Plenitud.


Imagen tomada de Internet.

Ocurrió una noche fría de enero. Thana y Florián se asomaron a la balconada del chalé donde tenía lugar el festejo, vieron la estela y durante breves segundos, sintieron sus cuerpos abrasados por un calor cósmico...
Cuando aquello pasó, sonrieron y se besaron. Olvidaron, y regresaron a su hogar compartido.

Mientras meditaba aquella madrugada, Florián deseaba que todo hubiera sido diferente.
Evocó los momentos sublimes de su emparejamiento con Thana. La emoción de su primer contacto en la barra del restaurante donde se conocieron; su primera salida en pleno mes de agosto a un local del Paseo del Pintor Rosales; sus escapadas nocturnas por el Madrid de los Austrias; sus desiguales costumbres que se condensaban en un cóctel extraño y sublime. Y luego, cuando comenzaron a trabajar en pareja, las excursiones a la playa o a la sierra, degustando los días con la parsimonia de quien se sabe inmerso en una situación estable y feliz, en una existencia que por fin reparte la inmensa baraja de posibilidades que puede conceder sin reservas. Y deseaba que todo hubiera sido diferente.

Reconoció que tal vez le había resultado difícil. Desde luego, no era sencillo hacerlo ante un público ávido de sexo y que voceaba palabras obscenas sin la menor vergüenza en un principio, y minutos después, dándose cuenta con desconcierto que Thana y Florián no solo estaban follando, enmudecía. Hacían el amor de una forma diferente y quizá insuperable; como pudo ocurrir con los primeros Homo Sapiens; como dioses de mitologías indescifrables; e incluso, como Adán y Eva si existieron.
La multitud acomodada en sus sillones adoptaba una pose abstraída, y permanecía deleitándose – no en una sórdida velada insubstancial – sino en la sinfonía del amor en plenitud. El amor que ambos personalizaban no era escenificación, sino realidad, no era una mera simpleza, sino complejidad y belleza.
Finalizaban y el local lleno a abarrotar se perpetuaba en silencio.
Se incorporaban, ejecutaban una reverencia, y abandonaban un auditorio estupefacto, aplacado de lascivia, íntegro y colmado de amor...

El establecimiento dejó de ser solo para hombres.

Comenzaron a asistir parejas de enamorados, que fascinados, trataban de emular a sus estrellas, acercándose siempre, pero sin obtener – jamás – resultados parecidos.
La clave estaba en la extraordinaria habilidad de los dos para fusionarse y resultar uno solo. Lo cual, aunque imposible, de alguna forma tenía lugar en aquel espacio saturado de efluvios. Pero como todo acto milagroso o espléndido se cobra su rédito, mientras que el acto en Florián evolucionó en una sensación de saciedad y disminución de los impulsos lúdicos, en Thana ocurrió al revés.

Apenas transcurrieron seis meses cuando los sorprendió.

Thana, sentada sobre el borde de la cama, lloraba de forma desconsolada y el joven, un muchacho que una vez había sido hermoso, yacía a su lado como una carcasa chupada y vacía.
Le costó tranquilizarla, y le explicó que no era culpa de ella, sino de su recién adquirida naturaleza.
Se deshicieron del cuerpo en secreto y con precaución, y pasó a ser un desaparecido más en una ciudad superpoblada.
El acto mortal se repitió muchas veces. Thana estaba poseída por una lascivia interminable y exterminadora. Florián la amaba, y no podía hacer sino protegerla y ayudarla a eliminar todos aquellos cadáveres despojados de sustancia vital...

Finalmente, se convirtieron en fugitivos que iban dejando un rastro de cadáveres. Los cuerpos de los inocentes que Thana necesitaba para sobrevivir. Y cada vez precisaba de más...

Mientras adelgazaba, le crecieron uñas poderosas como garras, los dientes le amarillearon transformándose en colmillos afilados; su cabello rubio pasó a ser una mata de greñas negras con la consistencia del betún, y se convirtió en una bestia glacial que solo deseaba frío, oscuridad, y cuerpos cada vez más jóvenes que no se conformaba con vaciar y mutilaba horriblemente.

Estaban en la planta veinte de aquel edificio de Santiago de Chile, cuando el temblor tuvo lugar.
Las paredes trepidaron y se movieron ondulándose como piezas de plastilina. Aterrado, Florián abrió la puerta y descubrió el horror. Ella, inclinada sobre el muchacho, dispuesta a violarlo y destrozarlo. Comprendió que ya no la amaba, Thana había muerto para siempre y él era incapaz de amar a la bestia. Tomó la pistola y sin vacilar vació el cargador.
Luego, mientras escuchaba los golpes de la policía en la puerta, se deslizó por las escaleras de servicio, llegó hasta su coche y condujo sin detenerse hasta el desierto de Atacama, cuando alcanzó los geiseres del Tatio en el Valle de la Luna, se detuvo. Salió del vehículo, se sentó sobre una roca y sin dejar de contemplar las estrellas deseó que todo hubiera sido diferente.
De entre los geiseres surgió una sombra, avanzó hasta donde se encontraba Froilán, se acomodó junto a él y mirándolo con ojos que centelleaban en la oscuridad, le dijo.
— Hola. Soy Liar. Me gustas. ¿Vienes conmigo?
Froilán asintió. Se tomaron de la mano y caminando se adentraron en los geiseres...


José Fernández del Vallado. Josef. 4 marzo 2011.
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

miércoles, febrero 24, 2010

El Virus del Amor.




Tras horas de agotamiento me puse a manejar las propiedades avanzadas de mi ordenador y descubrí a la mujer. Estaba dentro de la caja del CPU. Llevaba un tiempo esperando allí prisionera y recluida, con el propósito de hacerme el amor...

Nada más salir se inclinó, depositó sus brazos sobre mis hombros y se puso a horcajadas sobre mí.
Creí haberlo olvidado; pensaba que el amor había muerto dentro de mí, pero volvió a renacer con una fuerza insólita y desconocida.
Tras sucumbir al último orgasmo ella pareció perder fuerzas hasta ausentarse de mí. Estaba o... ¿no estaba...?
Disgustado me serví un cubalibre, me escapé a la habitación de al lado y encendí el televisor; daban las noticias. Un hombrecillo calvo y bigotudo, bastante alarmado, lo aseveraba. En los ordenadores acaba de extenderse un virus, lo llamaban: El Virus del Amor.

Ella apareció apoyada en el quicio de la puerta, me observaba con una insoportable y preciosa sonrisa. No me pareció ningún virus y sí una gran realidad.
Taladrándome con sus ojos negros y brillantes, sólo me lo preguntó una vez.
“¿Me amas de verdad?”
Le contesté que nunca había amado a nadie con semejante intensidad.

Hace un calor espantoso y huele a cable chamuscado. Llevo aquí treinta y seis horas seguidas. Cuando comencé a sospechar que estaba dentro del CPU, el pánico se apoderó de mí. Me doy cuenta, ni siquiera puedo moverme.
Según mis cálculos, mañana, si aparece la mujer de la limpieza y grito lo suficiente, tal vez tenga una probabilidad de salir...

José Fernández del Vallado. Josef, Febrero 2010.


domingo, mayo 10, 2009

Nobleza sin Casta.

Carlos Ariza, oficial español de bajo rango, estaba acostumbrado a luchar sin piedad. Su corazón, forjado en el combate, se había transformado en un témpano de hielo.
Acostumbrado a subsistir en un mundo hostil donde la codicia y la mentira prevalecían, se había convertido en un hombre cínico, pero sobre todo práctico e incrédulo. Para empezar no creía en Dios, pero ante el escalofriante dilema de verse despojado de sus bienes, sufrir tormento y perecer en la agonía en la hoguera, prefería mantenerse en silencio.

Aquel amanecer se levantó muy temprano; su misión, asaltar y saquear una ciudad considerada inexpugnable, y en la que resistía una estirpe de indígenas.
Ese día, la aguerrida hueste de españoles, volvió a declarar que en las batallas no recibían otra ayuda que la de Dios y su ingenio – cuando su táctica consistía en enviar una gruesa avanzada de indígenas, para quienes no existía más alternativa que luchar o morir. –
Se enamoró en el fragor de la batalla, nada más verla. Cuando el primer rayo del alba encendió aquellas mejillas prodigiosas, en el instante en que ella le dirigió la mirada más limpia y llena de tenacidad que jamás había vislumbrado.
Recibieron una soberana paliza, y Ariza, uno de los pocos valientes que se expuso en la vanguardia, fue hecho prisionero. Conducido al centro de la ciudad lo amarraron a un tótem, junto a los perros, ya que así iba a ser considerado desde ese momento.

Transcurridos cuatro meses de asedio y tras la muerte de su rey Ch’allqu: El que tiene gran fuerza para arrojar piedras y es habilidoso con la honda, una corte presidida por el príncipe Atiq: vencedor, y la princesa Achikilla: Luna resplandeciente, acudieron a Ariza y le preguntaron qué debían hacer para derrotar a Champiwillka: Hombre montado a caballo enviado de los dioses y su Rayo de Sol.
Indignado con los suyos, que lo habían dejado de lado a su suerte, se revolvió sobre sí y pronunció una frase:
“Permitidme ir a la guerra al frente de vuestros valientes.”
Lo llamaron Chikan: Único y distinto a todos, y le dieron el bastón de mando.
Guiando a las tropas indígenas, profiriendo rugidos de rabia, decorado con pinturas de guerra, hizo frente a los invasores utilizando sus tácticas, hasta derrotarlos y expulsarlos de la región.

Se sucedieron años felices para aquel pueblo de origen incaico y en los que Ariza, ahora Chikan, tan sólo sentía el corazón alegre cuando se reunía en la corte con la princesa Achikilla.
Empezaron a verse y amarse a escondidas, hasta que el príncipe Atiq hermano de Achikilla, ahora rey, sospechando, declaro que en al mes siguiente, mes de Aymoray Quilla: Luna de la cosecha, la princesa Achikilla se uniría al rey Atahualpa II: Pájaro de la fortuna.
Noches antes del evento Achikilla y Chikan huyeron a la guarnición española más cercana.
Al ir siempre enmascarado de indígena sus compañeros no lo habían reconocido y lo daban por muerto, y cuando lo volvieron a ver, lo aclamaron como a un héroe. En cuanto a la princesa todos la consideraron su concubina y la respetaron.
Recibió nuevos títulos y una orden tajante y directa de los reyes de España: Romper la resistencia de Atiq. Apesadumbrado, no tuvo más remedio que ceder pero interpuso una súplica y le fue concedida: Terminada la campaña regresaría al reino de España.
Días antes de partir envió en una carabela a Achikilla, embarazada, con su cohorte de esclavas indígenas, a su pueblo en la sierra de León.
Nada más llegar Achikilla se encontró con una tierra fría, triste y oscura; pero se mantuvo firme. Recibió varias cartas de Ariza, en las cuales se declaraba con ansias de reunirse; no volvió a saber más.

Ariza derrotó a Atiq y días después, cuando le imponía besar la Biblia, un pariente de la princesa Achikilla se arrojó a sus espaldas y mordiéndole con ira en el cuello le desgarró la yugular. Falleció desangrándose, sin cesar de susurrar el nombre de su devoción.
Ella tuvo descendencia, vivió triste y a la espera durante cerca de diez años hasta que se extinguió. El hijo de ambos también llamado Carlos, no fue noble ni soldado; le desposeyeron de sus títulos. En cambio de joven fue un extraordinario pastor de cabras y de mayor se convirtió en ermitaño, retirándose a vivir a una caverna de osos en la Sierra de Salientes, León. En su lugar hoy se encuentra una fuente de aguas milagrosas y termales, llamada “La Fuente de San Carlos de Ariza.”

Si desean visitarla y rezar una oración por favor hagan sus reservas en Viajes Alsa. Pero dudo mucho que la encuentren, no existe.


José Fernández del Vallado. Josef 2009.




martes, marzo 31, 2009

Estrellas de dolor.

Surgiste un amanecer sin brisa nubes ni sol, en una ciudad brumosa y metalizada donde hablar de futuro equivalía a mentir y hacerlo de pasado significaba dolor, en cuanto al presente prevalecía tu semblante perfilándose sobre la niebla densa y lechosa en los amaneceres frágiles con un sol debilitado. Llenabas mi vacío con palabras sembradas de promesas imposibles y las hacías posibles. A tu lado cualquier cosa resultaba sencilla. Dejé de beber, busqué el cielo de nuevo sujetándome a ti, sin separarme, manejando el bastón que mis piernas atrofiadas cada vez necesitaban con menor ansiedad, volví a caminar. Lavabas mi cuerpo magullado, limpiabas con esmero mis heridas, rasuraste mi barba y me diste de comer. Me llevaste a la orilla de un océano antes gris y que ahora había recuperado su matiz azulado y verdoso, me secaste las lágrimas me hiciste reír y me diste una razón para seguir. Me puse en pie de nuevo y cuando estuve listo ni siquiera tuviste que decírmelo. Lo supe la primera vez que te escupieron a la cara con odio: “¡Judía!” y te preguntaron qué hacías en tierra palestina. No dijiste nada, sacaste una estrella amarilla del bolsillo te la pusiste de broche y dándote la vuelta, comenzaste a caminar. Te seguí. Una reflexión me impulsó a no separarme de ti, la misma que tú me enseñaste: “El odio se apaga con amor.”

José Fernández del Vallado. Josef. 2009.




viernes, febrero 13, 2009

Recuerdo del amor en un mundo casi carente de amor...


Me di cuenta de que era San Valentín y después de dormir una siesta de año y medio, justo el tiempo desde que me dejó, había enterrado mi vida en un congelador, y necesitaba recuperar el tiempo perdido. ¿Cómo hacerlo? Comencé por escribir una carta, la primera en tres años a la mujer que ahora sabía con certeza que amé de verdad. Me entristecía el tiempo perdido e irrecuperable ya. Ella no volvería a mí, y yo sabía que para volver tendría que cambiar y tomar una serie de decisiones que hasta le fecha había sido incapaz de tomar. Pero me alegraba haber vuelto. Estaba ahí, saliendo del miedo, de la parálisis. Volver a escribir con placer me había llevado tiempo, y eso traducido en vida para mí suponían siglos. No podía concederme el lujo de perder semanas sin teclear. Hacía frío, me dolían las yemas de los dedos y sentía inquina en el estómago por el tiempo transcurrido pensando en la persona equivocada. Me puse los mitones escribí y de pronto la magia había vuelto a mi interior, y era feliz por ser capaz de rellenar unos sencillos renglones. Pensé en ella, en los paseos por las dunas, en las noches de caricias, estrellas y sonrisas, y en la posibilidad imposible de una vida juntos. No me hizo falta buscar solución al problema, no existía, mientras ella existiera yo estaría, me limitaría a estar... Sabía que la había dejado lejos, o quizá quien estuviera alejado era yo. No importaba. Las distancias a veces no existen, existen las barreras que nosotros creamos a través del tiempo y de la vida.
Era San Valentín y no tenía un amor a quien invitar a cenar, a quien escribir, con quien sonreír; aunque después de todo cualquier día puede ser San Valentín para quien está enamorado. Y yo, me sabía enamorado, de nadie o de nada concreto, simplemente enamorado del absurdo, abstracto y desigual mundo en el cual vivo. ¿Qué sería de la vida si todos los días fueran iguales? Con la rutina hay bastante. El tedio lo llamamos. A veces, incluso hay semanas que nos parecen iguales a otras, cuando nada es igual, y si nos detenemos, nos damos cuenta de que algo nos falta. Para mí es ya, la rutina de escribir. Si dejo de hacerlo mi mente se convierte en un laberinto de trincheras y enloquezco, para otros la rutina es la oficina, para algunos no existe más rutina que la vida... Quienes llegan a ese punto más les vale mirarse en un espejo y reconocer un rostro teñido por una terrible enfermedad: La amargura...
San Valentín... Llegué con un día de retraso, perdí el tren que me llevaría hasta la estación del amor, pero no perdí el amor que llevaba y llevo dentro de mí para regalarlo por tener el placer y la oportunidad de seguir disfrutando de la vida, aunque sólo sea, un efímero día más...

¡Felicidades a todos!
Un abrazo.

José Fernández del Vallado. Josef. 2009

domingo, diciembre 21, 2008

Mi grabación navideña...


ME VOY TRES DÍAS. ESTARÉ FUERA DE INTERNET. DEJO ALGUNA ENTRADA PROGRAMADA. MAÑANA SALDRÁ. ESPERO QUE OS GUSTE. FELIZ NAVIDAD A TODOS!!!


Make on Snapvine



POR FAVOR DETEN EL REPRODUCTOR DE MÚSICA Y ESCUCHA UN MOMENTO.



Quiero que sepas…

Quiero que sepas que desde hace tiempo no me hace falta atravesar fronteras lejanas, recorrer parajes extraños, o distanciarme, para llevarte dentro de mí. Que estés al corriente y sepas, aunque ya lo sabrás, que después de tu marcha una parte de mí quiso irse tras ti. Que si viví a tu sombra fue porque bajo tu paraguas me sentí a gusto y feliz. Que si te consideré más fuerte nunca fue a través de tus actos enérgicos, sino de la nobleza de tus humildades. Que juntos escalamos montañas, caminamos senderos que no percibieron ojos diferentes a los nuestros. Que durante las noches, en la tienda de campaña, me susurrabas acerca de los poderes de la vida. Que aquellos amaneceres teñidos de rojo no fueron programados. Que cuando caminábamos y resbalaba, encontraba tu mano tendida. Que aquellas horas de pesca nunca fueron en balde, ni los baños de agua templada, ni nuestros éxitos jamás culminados. Que tus primeros amores, también fueron los míos y tus desamores los míos. Que me enseñaste a amar con delicadeza. Que los abismos de la vida no existen. Que vivir es hermoso pero morir lo es también. Que no estoy perdido y tú tampoco lo estás. Que la senda está clara. Que la vida es la senda. Quiero que sepas que estés donde estés pensaré en ti y cuando encuentre el final de está senda, será momento de empezar una nueva, contigo, a tu lado, otra vez…


DEDICADO AMI HERMANO PABLO. Fallecido el 15 de mayo de 1993.


José Fernández del Vallado. Josef. 21 Dic. 2008.





lunes, octubre 06, 2008

comunión.




Recuerdo abrazos de ensueño.
Me contraigo, me extiendo
siento,
acaricio mi piel desnuda
de nuevo.

Evoco el color de esos labios
el sabor de aquella boca,
su lengua, sus ojos...
sus promesas valiosas y vacías.

Escucho entre ramales de sauce
su melodía cifrada
me trae aromas de antes:
Opio de Esmirna,
Azafrán,
Canela de Ceilán, Clavo,
y vino de Málaga.

Obtengo un litro de láudano
adormezco mis sentidos
alterno sosiegos
de esencias ardientes.

Viajo sin rumbo y sentido
buscando ese alma
de cuando aquella vez...

Frecuento parajes de hielo
recovecos de dolor
llanuras sin llano
mares de dulzor abrasivo.

Busco el acceso
hacia esa gruta inventada,
mediante el compromiso
de un volátil
beso de arrebato.

Y al ver que continúo sin ver
me arranco los ojos
de raíz
y diviso tu silueta
suspendida en el aire, 
danzando a mi vera.

La sima está bajo mis pies
y tú a un sólo paso
de mí.
Salto al vacío, no hay tal,
una constelación
circunvala mis manos
las acaricia, besa y lame.

Y perpetuamente avanzamos
mi deleite azucarado 
tu sonrisa de algodón
eternamente inherentes
tú y yo...

José Fernández del Vallado. Josef oct 2008.



martes, septiembre 16, 2008

Transformación

Hacía un fío atroz aquella noche, caminaba tropezando por la calle mientras tiritaba, necesitaba calor. Vi la boca de un cine, desembolsé mis últimos euros y entré. Ella estaba sentada en una butaca de las de delante, sin compañía, igual que yo. Era la primera vez que la encontraba, en cambio yo estaba acostumbrado a encontrarme sin nadie a menudo, hacía tiempo que no tenía noticias del amor. Todas se iban y yo me quedaba esperando a no sé qué. Sudando por la fiebre le pedí permiso para acomodarme a su lado. Me miró de soslayo. De todas formas me senté, necesitaba compañía.

Se proyectaba la película “Las nieves del Kilimanjaro,” basada en el relato de Ernest Heminway. En las fotos que había visto el escritor me recordaba a mi padre en su vejez, con aquella barba gris de Padre Pascua, y una mirada angelical. Viví demasiado tiempo tratando de ser alguien para al final descubrir que ser nadie era lo mejor que me podía pasar, ya no tenía problemas económicos ni de identidad. Lo sentí por el protagonista, morir por una herida infame en un lugar tan fascinante. Siempre me gustó viajar, pero cuando me despidieron del empleo y se me terminaron los ahorros, se acabó la lección de historia, mi historia como ciudadano tipo A y comenzó la de tipo Sub C. Lo bueno de los Sub C es que no necesitamos papeles y si nos ocurre cualquier cosa, como al protagonista del guión, estamos listos, pero no acabamos en una preciosa sabana sino en la horrenda ciudad. Tampoco estamos bien acompañados, las chicas tipo A no buscan chicos Sub C y las chicas Sub C están todas ocupadas buscando chicos tipo A, quienes les pagan las copas y sacan bastante más que yo vendiendo folletines en la esquina de Argüelles.

Sin embargo aquella noche, sin proponérmelo, mi instinto me decía que había dado con una tipo A. Llegué a la conclusión de que todo podía cambiar y ser diferente.
Miré el rostro de la mujer. Se había recostado en la butaca y la luz de la pantalla brillaba sobre su cara de agradables contornos, entonces me di cuenta, tenía un sueño invencible. Se volvió y me miró, de reojo, con un rostro conocido, como el que había descrito para mis lectores en mis fracasados relatos de terror. Pero las chicas que yo imaginaba nunca mostraban esos senos deliciosos ni esas manos hechas para acariciar. Al mirarla y observar sus sugestivas facciones, me pregunté porqué no la había encontrado antes, y sentí que la muerte se me acercaba veloz.
Cuando me vaya -pensé-, tendré todo el tiempo que quiera. Estaba cansado. Demasiado cansado. Aunque tranquilo, tal vez la muerte tomara otro rumbo, probablemente otra calle, iba sola, como yo, marchaba en absoluto silencio por el empedrado.
Me sentí satisfecho de mi suerte, eran tantos los lugares en los que podría haber caído y había ido a parar precisamente junto a ella, la mujer de mis sueños. Toda una vida buscando y de pronto, estaba ahí. Muy cerca y podía oler y soñar su aroma a jazmín. ¿Demasiado tarde quizá?
Sentí el castañeteo de mis dientes, tiritaba. Tenía frío calor y la cabeza me ardía y daba vueltas, pero ahora no me importaba. Me eché de lado sobre la butaca y permanecí mirando su perfil en la penumbra. Sus hombros redondeados, su nariz graciosa y respingona, sus labios carnosos y su barbilla que se inclinaba primero hacía dentro y después hacia fuera formando una ese perfecta. No estaba solo, me sentí satisfecho. La vida no me había concedido mucho y en cambio ahora, todo cambiaba y me hacía este inmenso regalo. Alargué mi brazo y con suavidad puse mi mano sobre la suya, estaba caliente, la acaricié tembloroso. De pronto me miró de frente y lloraba. Me besó con ternura, yo la correspondí, como por ensalmo la fiebre desapareció. Entonces di un gran suspiro, un gran suspiro de alivio. Envolviéndome, escuche la brisa del viento, el trinar de los pájaros, los rumores de la sabana; amanecía, los elefantes barritaban. Estábamos solos; ella y yo. Solos por fin en el África…

José Fernández del Vallado. Josef.sept 2008.



miércoles, agosto 27, 2008

Yo, Cristina Márquez, confieso.


Hola, soy Cristina Márquez y tengo algo que contar, si no hoy no estaría aquí.
Mi historia comienza una noche hace ya algunos años. Una de esas noches que para una persona joven, como era yo por entonces, significaban diversión, alegría y quién sabe si a lo mejor encontrar al hombre de mis sueños...

Ante todo iniciaré por describirme y lo haré, porque así lo deseo, de arriba abajo. Soy, creo que alta; pues mi estatura ronda el metro setenta y pico. De origen latino. Mis abuelos por parte materna eran sicilianos y del lado paterno caribeños. Mi cabello es negro, largo suelto y brillante, mis ojos almendrados, marrón muy claro, dicen que resultan bonitos. Tengo una nariz pequeña y puntiaguda y unos labios gruesos. Mi cuello es más bien largo, mis pechos sobrios, ni grandes ni pequeños. Eso sí, con unos pezones marroncitos que hacen la delicia de los chupetones. Poseo una estrecha cinturita que se cierra como un caño antes de dar paso a la exuberante esplendidez de mis caderas, y sobre todo de mis soberbias nalgas. Sí… Ahí radica el eterno problema y ya casi desgracia de mi variopinta existencia. Pues aunque me gustaría, no puedo evitar cada vez que salgo a pasear, que los ojos de los hombres se claven como dardos en una diana, sobre mí macizo y generoso trasero. Mis piernas son largas y bien formadas y me siento orgullosa de ellas. En cambio mi trasero representa mi más cruda debilidad y aquella noche, también lo fue.

No sé por qué se me ocurrió salir sola; de hecho, nunca jamás he vuelto a hacerlo. Recuerdo que era una noche del mes de julio con un calor agobiante que apenas dejaba respirar. Me notaba extraña, una serie de sentimientos entremezclados, por un lado soledad y por otro angustia, me cercaban en mi piso y pugnaban en mi interior. Podía, y de hecho creo que pude oler la secreción sexual de los hombres en la calle incitándome. Había multitud de machos, jaleaban cual elefantes en celo, y sin duda aguardaban con impaciencia la aparición de una musa dionisiaca que apaciguara y contuviera sus enfebrecidos y levantiscos ánimos.
No pude evitarlo. Lo hice de forma compulsiva. Creo que, aunque me resistiera, mi mente ya tenía el objetivo fijado de antemano: Los hombres.
Así que me vestí, me puse una blusa de seda beige, debajo un sujetador rojo que se traslucía de forma descarada. Me anudé la blusa a la cintura por encima del ombligo. A continuación me ajusté una falda plisada color negro, debajo una prenda interior a tono, unas medias del mismo color y unos zapatos de tacón que me elevaban siete centímetros, de modo que me ponía en el uno ochenta, ya que en cierta forma no pretendía esconder mi estatura sino al contrario, y elevarla para atrapar a un gran macho. Pues era eso lo que pretendía. ¿Cazar a un gran macho?

La cosa es que antes siquiera de plantearme en llamar a una sola amiga ya estaba sola en la calle, camino de un local donde yo sabía que habría muchos hombres.

Entré en el local. Interpretaba un grupo, nada en especial. Me fijé en la vocalista, era una mulata fina y delgada de aspecto delicado. De hecho, nada más reparar en su presencia me recordó mucho a Sade. Pero luego, de forma progresiva, fui vislumbrando en ella detalles que me fascinaron. Lo primero, su voz; se trataba de una voz aguda pero suave y con un tono de una dulzura y sutileza tal que provocó que me estremeciera hasta el punto de ponerme la carne de gallina. Además, destacaba por su estatura, era realmente alta; brasileña sin duda. Lo adiviné enseguida por el marcado acento de su voz.

Me acerqué a la barra, pedí una cerveza y cuando mis ojos comenzaron a adaptarse a la penumbra, comencé a ser consciente de la clase de ganado que rondaba por allí. A mi derecha había un negro alto y fuerte que no la tendría nada mal, aunque quizá exageradamente grande, pensé con sarcasmo. A mi izquierda descubrí a un teutón rubiancho y panzón: cervecero. Tampoco me convenció. Sin duda vi los ojos de unos cuantos hombres más, que con órganos enhiestos, imaginé, ansiarían acercarse a mi tesoro y poseerlo.
En cambio yo, asentándome en una banqueta, contra la pared, lo puse a buen recaudo, y me sentí por primera vez en toda la noche a gusto consigo mismo y mi absoluto dominio de la situación.

Conforme la velada discurría la música del grupo en lugar de perderse fue creciendo en intensidad y haciéndose sublime, hasta que llegado cierto momento me encontré totalmente entregada al repertorio de dulces melodías impregnadas de romanticismo y sensibilidad, que aquella mujer bella… bellísima, deshojaba con maestría.
A las tres y media de la madrugada, después de dos actuaciones repartidas con una hora de descanso, el grupo finalizó la actuación. Entonces yo, admirada, salí de mi estado de catarsis y corrí con emoción a felicitarla, y durante unos instantes, las dos juntas, sonrientes y animadas, como si ya nos conociéramos, nos fundimos en un inexpresable abrazo. Tras lo cual la invité a una cerveza y ella, Alexandra se llamaba, me propuso que la acompañara hasta su casa, pues según me dijo, allí daban un festejo.

En su casa se reunió un grupo de unas treinta personas. Había mucha variedad, sobre todo de hombres; estaban el negrazo y el teutón. Dos grandes machos dignos de mi, pensé con ardor.
Pero la cosa no discurrió tan bien, pues resultó que a eso de las cinco de la madrugada del teutón tan sólo quedaban despojos etílicos, en cuanto al negrazo… Aquel hombretón se acercó a mí cuando estaba echada sobre el sofá con expresión de aburrimiento, porque mi admirada anfitriona, mi adorable y querida Alexandra, se había ido a dormir dejándome en la más completa soledad.
El hombre andaba subido de tono, y solo necesitó formalizar un insinuante ademán al cual yo otorgué mi consentimiento. Y no es que yo sea una depravada o viciosa, no en vano aquella noche… Tal vez el extremo calor o quizá el alcohol ingerido me incitó a dirigirme de una forma que estaba fuera de mi propio control.

Me asió de ambas manos y tirando de mí me condujo a una habitación. Dentro estaba oscuro y yo ni idea de donde diantre estaba el interruptor de la luz; y él, supuse, tampoco. Pero ¡qué importaba! Si a fin de cuentas se trataba de hacerlo... De realizar una práctica que a veces me resulta muy satisfactoria y placentera, sin embargo en ocasiones, no acaba más que en burda pantomima de gestos y jadeos guturales que desembocan en una riada de un absurdo... nada.
De pronto me sentí muy acalorada, y sin pensarlo, me desabroché la falda con brío, me bajé las bragas, me incliné sobre lo que al tacto parecía ser la cama y presionando contra él le ofrecí mi lindo trasero para que lo disfrutara, mientras pensaba con resignación, aunque no sin cierto morbo ¿consciente o inconsciente? de mi clara intencionalidad: “Dale. Es todo tuyo. Lo conseguiste.”
Dos manos me sujetaron en la oscuridad por las caderas y a continuación fui penetrada con excitante facilidad y suavidad. Y ya no albergué dudas ¡sabía lo que se hacía! Un jadeo suave y progresivo, un movimiento que se hizo acompasado, perfecto y preciso, hasta convertirse en un concierto de sintonías: Las mías, desaforadas, y las de él casi imperceptibles pero a la vez magistrales, y ¡allí estábamos ambos! fundidos en uno solo, sudando las humedades de nuestras sufridas vidas interiores. El aroma de su colonia me envolvió de una forma suave y balsámica, igual que el perfume de una mujer. Y a continuación su resuello y su eyaculación enérgica, intensa, sublime… Temblé de turbación y comencé a gemir a llorar y a gritar de pasión, de placer, de complacencia. Entonces le dije que lo amaba, que siempre lo amaría. Que lo hacía como las rosas y que no podía ser un hombre sino una flor delicada quien así me hacía el amor. Se detuvo. Hubo un extraño silencio.
«Contesta » le dije. “Di algo.” Le supliqué.
“¿Me amas?” Le pregunté. “¿Me amas?” Volví a preguntar.

De pronto la luz se encendió y ante mí estaba… la bella, frágil y excelsa Alexandra. La gran Alexandra que de pronto resultó ser… ¡Alejandro! O al menos eso dijo a continuación. Sí, él también me amaba, prosiguió asegurando.
Entonces y solo entonces me di cuenta del error, de la desgracia. ¡Yo no había amado a Alejandro sino a Alexandra! ¡A Alexandra! La bella y tierna Alexandra.
Eché a correr. Salí de la casa sin siquiera volver la vista atrás; tropezándome y cayendo. Huí, escapé de las garras del hombre que se ocultaba tras el bello semblante de la tierna y adorable mujer, Alexandra.

Y así ocurrió. Yo, Cristina Márquez fui objeto de una… ¡violación! Pues nunca lo quise. De hecho y de haberlo sabido de antemano ¡jamás hubiera consentido que Alejandro me pusiera una mano encima! Aunque creo que fue culpa mía y de mi ingenuidad, caí en un absurdo engaño.
Ahora ya lo saben. Eso es todo y así resultó. Soy y he sido una mujer execrable. ¡Pero no! Aunque lo crean ahí no acaba todo. Les diré algo muy personal. Sí, Yo, Cristina Márquez confieso:
Pese a lo sucedido, y lo que tuve que sufrir para decidirme a dar a luz el hijo que llevaba dentro, y a su renuncia, al rechazo y negativa de Alejandro a considerarse el padre de su hija: Alexandra, aún hoy sigo soñando todas las noches y empapándome con ella, con mi adorada y celestial Alexandra…

José Fernández del Vallado. Josef. Agosto 2008.


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