sábado, febrero 08, 2014

Campo de Hielo Sur.

Imagen: Alexei Tofimov.
 Hace una mañana soleada, de una pureza sin límites. Sin rumbo fijo escalo los escarpados riscos de una región que no reconozco en el mapa. El lastre de mi mochila me hace caminar despacio y encorvado. Aunque estoy muy cansado, me siento libre y satisfecho. 
   Una vez alcanzo la cima encuentro el refugio. ¿Estuve alguna vez en este lugar? 
   

   He ido descendiendo a lo largo de un territorio de miles de kilómetros tan dilatados que nunca dan de sí y en apariencia no tienen principio ni fin, y he llegado a ninguna parte o a esta superficie interminable... 
   La habitación interior es infame y el ventanal diferente. Me basta echar un vistazo para darme cuenta de un hecho: podría permanecer semanas o meses aquí, arrellanado, sin ser capaz de moverme ni dormir, limitándome a mirar, sin perderme una fracción del paisaje. Hacerlo es remontarse sobre las nubes, soñar con el perfil afilado de unos riscos coronados por un cielo celeste que averiguo al otro lado de un glaciar inabarcable de contornos azul esmerilado. 
    Estoy aquí, en el sur... 
   Salgo al exterior y me instalo de forma precaria sobre un talud. Mientras bebo una lata de cerveza la espero. He vuelto a beber. ¿Es una decisión oportuna? No estoy seguro y tampoco le doy vueltas. Una pereza vaporosa llena mi espíritu de una alegría contagiosa y sin sentido. 
   Sinceramente, ni siquiera la llamé. Pero, aún así, ella debería llegar. Siempre aguardé su regreso. Pudiera ser que ahora se encuentre en la otra vertiente de una serranía tan lejana e inaccesible como unas «Cumbres Borrascosas», o se debata en el infierno asfixiante de «El Corazón de las Tinieblas». De todas formas, si uno tiene en cuenta la probabilidad de que jamás llegamos a existir como pareja, y las veces que hicimos el amor fueron fruto de una imaginación premeditada y alevosa ¡qué importa ya...! 

   He prestado tanta trascendencia al proceso —me refiero al de la imaginación— que apenas caí en la cuenta, y podría estarlo sobrevalorando o menospreciando. Me puede jugar malas pasadas. Como inventar hechos o situaciones que jamás viví; trasladarme a lugares en los que nunca estuve; inducirme a escalar cordilleras sobre las que apenas puse un pié; formar parte de una revolución haciendo frente a las fuerzas represoras en primera línea de fuego, y a la vez permaneciendo oculto en su retaguardia; transformarme en líder político y cuyo único fin —a condición de entregármelo todo— consista en suprimir el capital; saberme inmortal y seductor y amar a las mujeres que siempre deseé, y a las que tuve en mis brazos olvidarlas para siempre; concebir que he llegado a creer que me constriñe un calor asfixiante, cuando en realidad me muero de frío; e incluso inducirme a sospechar que estoy perdido en el Campo de Hielo Sur de La Patagonia, y que mis compañeros de cordada, uno tras otro fueron quedándose atrás, y murieron sin lograr encontrar este refugio que nos habría protegido de la terrible ventisca de nieve... 
   ...Y que esta cabaña en la que ahora me encuentro no es sino un destello de mi mente; y en cuanto al paisaje extraordinario que se brinda ante mis ojos, podría ser el mismo que una vez encontré en un Atlas o cualquier enciclopedia sobre panoramas insólitos. Comienzo a tener una ridícula certeza: de entrada que Manu y Cris —a quienes tanto adoré— nunca fueron hijos míos, y luego que mi mujer o aquélla con quien conviví, se cansó de mí y me abandonó. En lo que atañe a mi físico ya no siento las manos ni los dedos de los pies ¿y para qué los necesito? Mientras la exigencia placentera de cerrar los ojos y dejarme llevar por la imaginación me reconduzca, todo irá bien. ¿O podría resultar peligroso? Con todo, contemplar esta exhibición de la naturaleza me anima a sentirme privilegiado... 
      Ya me lo insinuaron:

«En el sur nada es real. Las mujeres y hombres de esa región suelen ser veletas y tienen ciertos poderes. Uno de ellos, el de desvanecerse como el fragor amortiguado de una ventisca al irse desgranando. En cuanto a las pasiones, cuando nacen, son tan ardientes que enloquecen a cualquiera hasta hacerlo capaz de matar por amor o dejarse matar por amor. En lo que respecta a los sueños, pueden volverse tan caprichosos y reales, como irreales».
  
   Despierto un instante. Sentada a mi izquierda está Martina. Me observa de soslayo y retozando se descuelga un instante de las manos mientras, sosteniéndose con los pies en un saliente de granito, echa hacia atrás su torso y lo expone sobre el precipicio. Sus cachetes se enrojecen y su cabellera color cobrizo se alborota con la ventisca. Mediante un movimiento veloz y acrobático vuelve a la posición inicial. Una carcajada bulliciosa y tan fina como el llanto de un bebé, brota de su garganta. 
   Sus ojos glaucos se centran en mí y me pregunta. 
—¿Volvemos...? 
   Asiento. Miro hacia la explanada helada de cientos de kilómetros que se extiende ante mis ojos, y estoy seguro de una circunstancia; no volveré caminando. No hay cuidado, encontraré la forma... 
   Alguien, no recuerdo quién, me previno: “No vayas al Campo de Hielo Sur.” 
   Y estoy aquí. 
   Perdido, tal vez para siempre, en este hermoso y placentero sur... 
   
  José Fernández del Vallado. Josef. Febrero 2014.

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