miércoles, febrero 26, 2014

Cita con el Dentista.




Primera hora de la mañana, visita al dentista. Caí en la cuenta enseguida. Antes, excepto la vez que estuve sentado frente al gran Francisco Umbral, me desagradaba ir. Por entonces él tendría mi edad y me pareció un señor serio y sobre todo mayor e intocable, al que yo miraba de reojo y con cierta sugestión. No podía dar crédito que un individuo al que siempre había visto al otro lado de las pantallas de un mundo orwelliano, existiera en realidad. Esos eran algunos de los chismes que pensaba. En cuanto a lo que debió de pensar él sobre mí —si llegó a hacerlo— nunca lo supe. Supongo que me miraría como lo que yo era por entonces, un joven imberbe, propietario de un negocio de restauración, mentalmente alejado de la literatura. 
   

 Jamás imaginé que años después mi vida daría un giro de ciento ochenta grados y hoy me iba a hallar donde él se encontró. 

   No hice sino oír la voz modulada de la auxiliar, alzar la mirada, fijar los ojos en aquella figura de blanco esmaltado, con unos cabellos rojos como un crepúsculo en llamas, y me di cuenta: acababa de perder los papeles. De pronto ni siquiera recordaba y menos tenía claro quién era yo, allí acomodado, mientras escuchaba aturdido la voz de aquella preciosa sílfide. Solo atesoraba una certeza. La de profesarme un hombre recto, incapaz de ser atraído por nadie, porque la edad del amor había prescrito dentro de mí y para mí... 
   Me tendió una mano y me invitó a seguirla. En aquel instante tuve ganas de orinarme de vergüenza y no quise pensar, pero lo hice, en las personas que habría en la sala, y el escarnio que supondría que presenciaran como delante de todos, me derretía como un viejo buque tocado en su línea de flotación. Sentía sus miradas clavarse en mí como los afilados caninos de una jauría de perros asilvestrados. Así que, con el apremio de un chiquillo descarriado, tomé la mano que me ofrecía, me levanté de una sacudida chirriante y la seguí por un largo pasillo. 
   Entramos en una sala. Me invitó a acomodarme en un extraño sillón electrohidráulico y se marchó. Más desahogado, permanecí pensando en cual sería el doctor que me iba a tocar en gracia, me arrepentí de mi rebeldía, negándome a visitar al dentista cada seis meses, tal como estaba prescrito, y hacerlo solo cuando mi dentadura lastrada por el deterioro me lo pedía mediante punzadas de un dolor mortificante. 
   El misterio no tardó en descubrirse. Derramando sus cabellos como una pavesa encendida sobre mis hombros, la joven que había tomado por auxiliar, clavaba sus ojos claros en mí. Mirándome con un ademán sedante, me dijo: 
—Soy la doctora Regina, relájese. Enseguida habremos terminado. 
   Dejé escapar una sonrisa nerviosa. Inclinó su cuerpo y sentí sus pechos afirmados sobre mi tórax, me abrió la boca y palpó mi lengua con la suya, ungiéndonos en una fricción esponjosa y complaciente. Su aroma impregnó mi alma y su voz me preguntó. 
—¿Cómo se encuentra ahora? ¿Siente dolor...? 
—Niguno… weno... Zi, el de mi corazó... 
    
Sus manos acariciaron mi nuca, se puso a horcajadas sobre mí, y de forma pausada comenzó a hacerme el amor y me volví a sentir joven y lleno de energías...  

   Abrí los ojos. La doctora no estaba. Una auxiliar bajita, con un semblante adorable, me dio unos cachetes en la cara, un vaso de plástico y me dijo. 
—Enjuáguese la boca y pase por secretaría. 
   Al volver a cruzar la sala de espera, los allí presentes me miraron como deslumbrados ¿era respeto o temor? Me pareció oírlos cuchichear a mis espaldas. 
   Seguía sin saber quién era yo. ¿Y la doctora... dónde estaba? 
   Alcé los ojos y la vi sentada detrás del mostrador de secretaría. Sus cabellos escarlata estallaban como fuentes revueltas sobre sus hombros. 
   Me hizo el recibo y me preguntó. 
—¿Satisfecho con el trabajo del doctor Luis Riaño? 
   La miré confuso y respirando acalorado, proferí. 
—¿¡No es usted la doctora Regina!? 
   Sus ojos se volvieron hacia mí con franqueza. 
—No, señor. Yo sólo soy la secretaria Paula Antón... 
   
   Enamorado de su figura, volví tantas veces como excusas imaginé. 
  Un día no la encontré. Se había marchado, me dijeron. Quise buscarla. No supe por dónde empezar. Peor fue cuando pregunté por una supuesta doctora Regina. Otra de las secretarias, que atendía por el nombre de Amalia Quintero finalmente se compadeció de mí, y ojeando en los registros, me supo contestar. 
—Hubo una doctora. Su nombre era Regina Rodríguez—. Se detuvo turbada, alzó la mirada y dijo—. Pero eso fue hace varios lustros. Al parecer no se limitaba a curar a sus pacientes; hacía algo más. Ciertos favores —dijo, mientras su cara se teñía de embarazo —y prosiguió—. Denunciada ante un tribunal le retiraron el derecho a ejercer y la expulsaron. Nadie  volvió a verla... 
   En ese momento recordé que, como era de suponer, nunca se me había pasado preguntar su dirección. La respuesta vino a mí no solo de forma instintiva, la tuve delante. En el momento en que, tras sacudir su floresta de cabellos purpúreos, fustigando mi cara y dejándola narcotizada en un baño de fragancia epicúrea, Amalia Quintero me guiñó el ojo...


 José Fernández del Vallado. Josef, Febrero 2014.

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