domingo, febrero 02, 2014

Amanecer en Indochina.

Fotografía: Ario wibisono.
Despunta el alba y el aguacero persiste. Impregnado en una humedad pegajosa, retiro la tela del ventanuco y contemplo la exuberancia de la jungla. Fuera, dos niños enfrentan a sus gallos de pelea; solo es un ejercicio de adiestramiento; la lucha tendrá lugar horas más tarde. Escucho el alboroto de las cacatúas al sobrevolarnos y omnipresente y pálida, escudada tras un silencio efusivo apuntalado en años de experiencia, giro y me enfrento a la insondable mirada oriental de Kim Liên. 
   La habitación con los tabiques matizados azul claro es otro lugar, nada más. Hotel —lo llaman en aquella zona agreste de Indochina—. 
   El goteo constante se precipita desde el techo al cubo que se encuentra debajo. Siguiendo su compás tintineante, nuestras bocas se unen en besos profundos y cálidos. Como un mar de infusión nacarada, su dúctil cabello reposa sobre el colchón de una cama adormilada, sus manos apresan las mías y en la ebullición de un éxtasis del que ya no puedo desligarme, me pregunto. Cuánto llevamos juntos ¿un mes, un año, un milenio? He perdido la cuenta y los papeles hace tiempo. Sin dejar de taladrarme con una devoción especial, como avellanas rasgadas de azogue, los ojos de la muchacha reflejan una dulzura hiriente. ¿La quiero? Tal vez... 
   Lo cierto es que yo, Luis Jarque, ex funcionario, y ahora en búsqueda y captura, sin una embajada a la que acudir, excepto ella, estoy más solo que el uno... 

*** 
   Pese a mis intentos por olvidar, no puedo dejar de lado la mirada de sofoco de mi ayudante Bopha Chenda, cuando tras revisar por pura casualidad entre el desorden de los archivos de contabilidad del consulado, me di cuenta del descubierto, o más aún, del agujero por el que se filtraban miles de dólares... 
   Ocurrió otro amanecer. Aquel día el chaparrón en Manila tintinaba también sobre lo canalones de uralita de la delegación. 
   Lo llamé a mi despacho y ahora estaba allí, de pié, frente a mí. Mirándome con ojos como rendijas entornadas, mientras sus labios sin resaltes, apretados como comprimidas cremalleras, me escuchaban vociferar y su habitual palidez mortecina, se permutaba en un sonrojo cada vez más irritable. 
   Indiferente a mis palabras metió una mano en sus pantalones de franela, sacó la pistola y con una naturalidad que quedaba lejos de consideraciones y menos aún miramientos, apretó el gatillo. Al impactar sobre mí la descarga hizo que la butaca ergonómica se desplazara hasta la ventana que quedaba a mis espaldas. 
   Sin apenas echar un vistazo se dio la vuelta, y caminando con una serenidad meridiana, procedió a salir del despacho. Su mano se cerró sobre el picaporte. Lo giró tres, cuatro veces; la puerta se negó a ceder. Por simple precaución, nada más entrar, había accionado el cierre de seguridad. 
   Recibió el impacto del dardo al darse la vuelta. Le atravesó el ojo insertándose en su cerebro. Mientras su otro ojo giraba desorbitado en su cuenca, llevándose las manos a la boca, balbuceó una retahíla impenetrable en tagalo, y resbalando sobre la puerta se arrastró hasta quedar desbaratado en el umbral. 
   Resollando me levanté la solapa del chaquetón. Debajo, en un bolsillo interior, reposando justo sobre mi corazón, llevaba el grueso tomo de «Obras Completas» del poeta ajusticiado García Lorca. En esta ocasión me había librado de morir de la misma manera. La bala, por fortuna de bajo calibre, se había detenido al final de sus ochocientas noventa páginas. Observando la munición reconocí un calibre 2.7 Kolibri. En cuanto al arma parecía de juguete y tan solo tenía espacio para un par de proyectiles de apenas cinco gramos en su recámara. Su aspecto dejaba claro un detalle; el ingenio debía valer su dinero. 
   En Filipinas no suelen indagar sobre las razones de los asesinos; los ejecutan de un tiro en la nuca o mediante una inyección letal. 
   En apenas dos horas y con lo puesto, embarcaba rumbo a un destino teóricamente seguro de la costa oriental. 
*** 
    Arqueando su busto con sensualidad Kim Liên se despabiló y mediante su voluptuosa manera de desplazarse, se incorporó de la cama. Por primera vez en días su modo de mirarme de soslayo me pareció diferente, e incluso algo raro. 
   Desnuda se puso de pié, extendió los brazos, los unió perpendicularmente ante su rostro y su expresión se transfiguró en una mueca de orgullo y vanagloria, solo entonces pude ver lo que esgrimía en sus manos. Era la diminuta pistola de calibre 2,7 Kolibri que Bopha Chenda había utilizado para intentar asesinarme. Mirándola con osadía, sonreí divertido. Si lo que pretendía era bromear, la cosa no iba a salirle. La única bala que quedaba se encontraba en el bolsillo de mi pantalón. Y la prenda —ladeé la cabeza a mi izquierda— descansaba sobre el respaldo de la silla, al lado mismo de...  ¡donde Kim se encontraba! 
   Al disparar el artilugio apenas produjo un silbido. 
   Me llevé las manos al pecho y las retiré empapadas en sangre. Mirándola aturdido de forma obstinada, apenas tuve fuerzas para dejar escapar un susurro de incertidumbre. 
—Cariño... ¿por qué...? 
Haciendo oscilar sus caderas con una cadencia cautivadora, se acercó a mí, me escupió a la cara y exaltada voceó. 
—Vietnam, año 1973. Mi madre violada por «american soldiers». ¡Americans perros rabiosos!    
   Empecé a sentirme mareado, alcé la cabeza y mirándola con ternura, sonreí y le dije. 
—Amor... ¿no lo sabes todavía? Yo no soy eso —y haciendo un esfuerzo protesté— Solo un español ingenuo y tonto que se ha enamorado de ti... 
   Exhalé un suspiro profundo. Mis ojos se cerraron suavemente. ¿Podría descansar finalmente? 
—¿¡Spanish, espagnolo, espagnol, spanisch...!? —la escuché chapurrar con alarma en unos cuantos idiomas. 
   Como si me encontrara en un limbo apacible, asentí. 
  De inmediato, advertí sobre mí el peso de su cuerpo sudoroso. Sus sollozos y gritos perturbados pidiendo ayuda, por desgracia, fueron atendidos enseguida. 
   Mientras me trasladaban al dispensario entre gritos y órdenes en tonkinés, o tal vez dialecto huê, lo entendí finalmente. 
   Por lo visto, de momento, descansar no me iba a ser posible... 

   José Fernández del Vallado. Josef. Febrero 2014.


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