lunes, abril 20, 2009

Desolación y Deleite.-

El autobús, cambiando de marchas, ronca viejo y gastado por carreteras que reculan entre parajes boscosos y hasta hace poco prohibidos para cualquier humano común. Y qué es un “humano común,” si somos raros engendros de la naturaleza. Ya no. Hoy somos dioses hollando una selva precoz y milenaria y quizá, tan delicada como tú...

Recuerdo aquellos instantes, los últimos que tú y yo vivimos de la mano. Tú... mi alma, medio ser de mi mismo durante años de valor insubstancial; abstraída en tus proyectos, amistades y tareas. Yo, perdido en un entramado de oficinas que lentamente estrangularon mis sentidos y sensibilidades hasta convertirme en un muñeco de cera que se derritió cuando llegó el momento de afrontar la realidad. Te fuiste, ni siquiera hubo adiós y apenas un beso residual demostró la existencia del amor. Nuestro amor recién expirado...
La ciudad sin ti resultaba agobiante y terrible. Los días pesadillas interminables de asfixia y metal y las otras mujeres, en lugar de ayudarme a olvidar, fingían la aflicción que yo no necesitaba sentir.

Se funden nubes de retal y algodón deshilachado absorbiendo vapores grises en una vegetación impenetrable. Recuerdo el río nada más pasar sobre el puente, el hermoso discurrir de sus aguas revueltas y espumosas, como una cascada de humedades adherentes. Las aves multicolores echando a volar a nuestro paso y el chirrido de los frenos del autocar; el olor a gomas calcinadas, los gritos entrecortados entre el cacareo de gallinas y una mujer santiguándose. Luego un vacío de giros entre una nada… Abrir los ojos de nuevo y el terrible dolor de cabeza. Cuerpos aplastados o encajonados, desmembrados, bloqueando las entradas. Ropas teñidas del líquido denso y oscuro de la sangre, la luz disolviéndose entre metales retorcidos y el silencio de la muerte...

Tu frialdad, y aquel beso que me dolió como un bofetón mal encajado, la falta de pasión con que saliste de mí tras cinco años de... ¿nada? ¿La culpa fue mía o de la vida?
Me arrastro y sollozo, estoy en las trincheras de mi existencia, perdido en un país desconocido, soy un extranjero y ahora también único superviviente de un desastre inesperado. No puedo caminar ¿tendré ambas, o una pierna fracturada?
Avanzo o más bien serpenteo entre la maleza, alcanzar el sendero unos metros por encima supone la vida. Aquí, en la garganta, la muerte me tomará entre sus brazos, y quizá sea lo mejor que me puede aguardar...
Despierto, todo está oscuro, es de noche, no sé cuanto tiempo ha transcurrido. Oigo voces, ¡revuelven en la maleza! La luz de una linterna me ilumina. Unos hombres me observan con indiscreta pasividad mientras cuchichean entre ellos. Gimiendo con alivio les digo que no soy de allí y les revelo mi identidad. De súbito, me miran de otra manera, preparan una camilla y me colocan en ella. Llorando, exhausto, les doy las gracias por salvarme y mis sentidos vuelven a nublarse...

Abro los ojos y un fuerte resplandor me obliga a cerrarlos de nuevo. Me llevo una mano a la frente para protegerme de la claridad y al tiempo percibo una molesta punzada de dolor y me doy cuenta, tengo una brecha en la frente. Vuelvo hacia un lado la cabeza para no mirar de frente al sol y me preguntó dónde estoy, pero un velo de inconsciencia empaña mi cerebro y no soy capaz de recordar. Me decido por incorporarme pero cuando quiero hacerlo una pierna no me obedece, está fracturada. Jadeando, consigo apoyarme sobre un brazo que pese a estar dolorido, parece encontrarse mejor. Entonces empiezo a ser consciente de mi verdadera situación. Estoy... ¿encadenado a un árbol? La cabeza me da vueltas y no distingo a nadie. Grito, pido ayuda y vuelvo a caer pesadamente sobre el colchón de hojarasca. Algo me escuece en el brazo, miro y veo un acaro grueso, más grande que una garrapata, me está picando; su volumen asqueroso se infla y deforma al tiempo que absorbe mi sangre. Alguien me lo quita de un movimiento rápido, lo revienta entre sus dedos y me ayuda a reclinarme. Puedo ver… es una mujer. Atendiéndome, deposita un paño mojado con alcohol sobre mi frente. Trato de hablar pero ella, sin dejar de observarme con una mirada triste, profunda y sincera, como nunca advertí en mi ex mujer, musita.
— Bienvenido a la selva. Me llamo Ingrid. Ingrid Betancourt. Sonríe un instante e inquiere con dulzura.
— ¿Y usted...?
No hablo. Incapaz de responder inicio un gesto de gratitud, la tomo de las manos y se las beso. Pese a estar encadenado y herido ya no me importa, de repente lo descubro, tenerla a mi lado me llena de sosiego y sobre todo, me puebla de libertad...

José Fernández del Vallado. Abril 2009. Josef.



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