viernes, abril 24, 2009

“Nunca te enfrentes con la mirada del lobo.”

La sociedad de los años setenta consideraba al lobo una bestia maléfica, perniciosa. Me lo habían enseñado en la escuela y así lo referían: “El lobo se divierte mientras mata y devora a las ovejas. Y si se le pone al alcance incluso es capaz de acabar con un indefenso bebé.” Era considerado el taimado, traicionero y rebelde. En mi pueblo ya no existían los lobos.

Sucedió aquel verano en la Provincia de León. Nuestro querido tío Juan Jesús,
“El forestal” así lo llamábamos, invitó a nuestra familia a acompañarlo durante unos inolvidables días a un centro rural enclavado entre bosques. “Aquí hay lobos” sentenció, nada más vernos llegar mientras adivinaba en nuestros semblantes dilatados un apremiante requerimiento.

Fueron semanas o tal vez días de pasmosa brevedad, en los que el sol abrasaba sobre el frondoso pinar y al atardecer se retiraba con prisa. Días que a pesar de todo daban para tanto. Buscar truchas, divisar las sombras de los grandes salmones apostados en el río, espantar las perdices del trigal o dar una vuelta en el carromato que ceñían al lomo de la colosal mula “Fragorosa” capaz de tirar “pa´lante” con freno echado y todo, con un carromato repleto de humanidad.

Recuerdo la primera vez que mi tío nos enseñó las huellas del feroz depredador, me llevé una desilusión, pues mi calenturiento cerebrito imaginaba al lobo como a un ser monstruoso, de talla desproporcionada, y al ver aquellas menudencias ¡no daba crédito! Simples huellas de perro, terminé por deducir. Quise advertir en el gesto de mi familiar una burla sin gracia.


Aunque después los aullidos... aquellos de la primera noche, ésos sí los creí. Realmente debía de haber lobos. Un miedo ancestral se apoderó de mí y mirando ami hermano articulé una absurda risita entrecortada.


No todos opinaban igual. Tuvo que ser Paco, el guardia de la propiedad, quien nos desveló que los lobos eran
“perros fantasmas” que se movían con increíble agilidad. Muchas veces los encontraba en el camino hacia el pueblo, y Alarico, su vigoroso mastín de los Pirineos, se detenía inquieto a su lado.

Paco fue la primera persona que descubrí en el mundo que no hablaba mal de los lobos, la segunda mi hermano, y la tercera el afamado naturalista: Don Félix Rodríguez de La Fuente, y sus estupendos programas, que me desvelaron la vida y costumbres del denostado animal.


En una oportunidad, al atardecer, salimos a dar una vuelta y nos perdimos. Íbamos a caballo. Mientras nos mantuviéramos próximos al Centro Forestal, Paco nos dejaba hacerlo, pues conocía el instinto equino, y sabía que aún en las peores circunstancias eran capaces de hallar el camino de vuelta al establo.


El sol se ponía de prisa y en media hora no se vería una sombra. De pronto los caballos, arrebatados, comenzaron a piafar y como alcanzados por un rayo paralizante, se detuvieron uno contra el otro. Y allí, unos metros ante nosotros, algo escuálidos de andares rápidos y sigilosos, descubrimos los perros más raros y preciosos del mundo.


Sin contenerse, mi hermano desmontó de un brinco del caballo y fue a encontrarse con ellos. Realmente estaba desbocado. ¿Qué pretendía? me pregunté sobresaltado. ¿Hacerse el valiente, azuzarlos, tocarlos? ¡Qué se yo! Él era así...
De pronto y para nuestra sorpresa, un lobo hermoso, de pelaje gris oscuro, se detuvo y alzando la pata delantera nos miró. Ese gesto contuvo también a mi hermano, y ambos permanecieron observándose unos instantes que parecieron horas. A continuación el lobo reemprendió la marcha. Bastó un movimiento y se perdió en la espesura.

Unos instantes de abstracción y ambos volvimos a lomos de mi caballo, pues el de mi hermano había echado a galopar y desapareció en un abrir y cerrar de ojos.
No tengo un recuerdo claro de la mirada de mi hermano cuando se giró después de su fulgurante encuentro con el animal, sino un destello. No habló, ni siquiera preguntó por su montura, tampoco abrió la boca para soltar una exclamación encandilada. Sólo vino hacia mí y con una seriedad impenetrable me tendió su mano, me miró con detenimiento y su mirada de ojos verdes y profundos, aquella mirada contemplativa e impávida era... la misma del lobo.


José Fernández del Vallado. Josef. Enero 2006. Arreglado abril 2009.


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