viernes, septiembre 17, 2010

Hay veces en que uno no sabe... ¡Gitanos expulsados!


Hay veces en que uno no sabe si todo aquello para lo que se ha preparado dará resultado... si todo aquello que espera encontrarse es como la mente lo diseña e imagina...
Si la persona a la que se amó sigue o seguirá siendo la misma...
Si volver la vista atrás es un paso equivocado, o nos dejamos algo perdido y ya no sabemos seguir adelante...
En qué punto estás de tu vida... si estás en un punto... ¿y si esos puntos son quimeras que nos inventamos?
En que se vive dentro de una ratonera o la ratonera es el mundo en que vivimos...
En que se tuvieron amores o ¿fueron solo espejismos?
En que se tuvo una infancia feliz y se fue honesto y luego se creció para convertirse en infame y cobarde...

Hay veces en que uno no sabe si todo aquello para lo que se preparó conduce a una muerte silenciosa o a la felicidad plena y constante...

Tampoco sabe (¡y ya apenas se lo cree!) en qué mundo vive cuando descubre editoriales en la que ciertos jefes de estado ¡sus jefes de estado! apoyan al infame que hace limpieza étnica como en tiempos ¿de Hitler...?
Ni sabe si la humanidad es lista o idiota, pero sospecha lo contrario a cualquier argumento razonablemente sólido...

Pero uno sigue pensando y si piensa es porque existe, y los echa de menos... echa de menos a todos los que se fueron de
forma violenta, porque estuvieron a su lado... ¡Eran humanos!

Y... ¿qué cambió cuando parecía que lo había logrado...? que había creado ese entorno de felicidad... ¿Y por qué la felicidad se derrumbó...? ¿Y por qué ahora está solo de nuevo cuando antes era importante, no para la sociedad, sino para las vidas de los demás...? ¿Por qué cambió y los traicionó y los llamó gitanos
, negros o amarillos, cuando todos somos humanos y estamos hechos de la misma materia?

Y si volver la vista atrás es el camino equivocado ¿por qué mirar adelante produce tanto dolor...? Realmente ¿se avanza? O se retrocede hacia un barbarismo exonerado... de dolor.

Hay veces en que uno no sabe si todo aquello para lo que se preparó conduce a una muerte silenciosa o a la felicidad plena y constante...

Lo confieso, a uno le cuesta avanzar cada día más en este mundo lleno de mugre e injusticia...


Europa retrocede setenta años y vuelve a teñirse de negro.

Un abrazo de condolencia vergüenza y dolor. Es lo que siento ahora mismo.


José Fernández del Vallado. Josef 2010. 17 de septiembre.
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jueves, septiembre 16, 2010

La cerradura está abierta.


16 Dentro de apenas cuatro días saldré y me lo sigo sin creer. Al fin 19, la libertad física y mental llegará. Justo cuando mis relatos se anquilosaban, cuando mi mente no daba para más y parecía que iba a acabar trepanada. Voy a absorber lo que veré, voy a leer con los pensamientos las páginas blancas de una historia nunca preconcebida. Hoy 16 sé que a partir del 19 no imaginaré los peligros, los viviré, que no crearé emociones, estarán junto a mí. Me llevo como memoria histórica mi cámara de fotos y como archivo mi mente, algo deteriorada quizá, pero todavía operativa.
En cuanto a vosotros mis queridos lectores, pero sobre todo, mis amigos de la web, solo espero que sigáis vuestros caminos de la mejor manera posible, y os desvelo que algún día me gustará conocer personalmente a algunos de vosotros, pero sin reuniones literarias de por medio; me aburren. Tal vez intercambiando algún relato o poesía y hablando de nosotros, de nuestras cortas vidas, sus alegrías y pesares. Espero iros encontrando poco a poco, en el camino de la vida, sin reuniones preconcebidas, tomando un café en un bar un atardecer lluvioso o un verano sofocante, sabiendo que sois las personas que compartís un cachito de mi vida, de vuestras vidas, nuestras imaginaciones pesares y creaciones. El que tenemos el gusto de regalar en nuestros blogs.

Habrá más relatos a al vuelta. Mi imaginación está ansiosa y perdida, mis ideas flotan sin decidirse a plasmar... todo permanece en el aire.
Me voy despidiendo a cachitos.

Un abrazo a todos.


José Fernández del Vallado. josef. 2010
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sábado, septiembre 11, 2010

Sesenta y ocho años después. Reencuentro.


Helena estaba echada sobre el diván de su habitación. Había tenido un mal día. En su proyecto de ingeniería no le cuadraban sus cálculos de geometría. Por ello, de forma compulsiva dibujaba en su cuaderno círculos concéntricos. Llevaría inmersa en ese estado cosa de media hora cuando se dio cuenta de que algo raro pasaba, o más bien no ocurría en el exterior. Un silencio apabullante dominaba el escenario de su habitación, la casa, y la ruidosa calle, cuatro pisos más abajo.
Con incertidumbre y aprensión se levantó abrió la ventana y la bruma la cubrió por completo. Era una bruma marina de color azulado que colapsaba e insonorizaba el espacio reinante en la Plaza de la Cebada, amortiguaba los pasos, silenciaba las conversaciones, apagaba los motores; una bruma que despedía un aroma salado, proveniente de un océano desconocido. Fluctuando entre ella como flores áureas, círculos dibujaban órbitas elípticas, ascendían y formaban esferas brillantes, originaban turbulencias en verde, se convertían en gemas o en humo flotante, planos, polígonos, poliedros, paralelas, perpendiculares, curvas...

Helena se mezcló con la bruma, desapareció en ella y caminando se internó en una superficie de tierra esponjosa hasta alcanzar la orilla de una playa de olas blancas y espumosas, se zambulló y comenzó a nadar con energía. Y no dejó de hacerlo hasta que llevada por el teorema de Pitágoras, alcanzó una isla sin cuadraturas de círculos, sin ángulos ni quebradas, donde finalmente pudo averiguar que sin la geometría es difícil vivir, pero no imposible; porque si bien sus manos no formaron el ángulo adecuado para recoger el agua de los manantiales, su boca si alcanzó unos torrentes de agua que fluían en paralelo, sus brazos forzaron un coco deforme que debería de haber sido elíptico, y finalmente, tras deambular por senderos de trazados inverosímiles, se acogió bajo la cavidad de una cueva y relajada descansó pensando que la tierra no era redonda sino de formas irregulares, no era una eterna forma geométrica, sino un cúmulo de líquidos y gases sujetos bajo una norma universal: La fuerza de la gravedad. Por ello llegó a la conclusión de que si se detuviera se desgajaría y pasaría a formar parte del cinturón de asteroides, y se durmió.

Cuando despertó a la mañana siguiente un muchachito de cabellos rubios vestido con un abrigo largo azul con su forro interior de granate, camisa y pantalón blanco y semblante de inocencia, le preguntó.

— ¿Qué haces en mi asteroide?

Desconcertada y un poco asustada, Helena comprendió que lo que había pensado había sucedido. Comenzó a cavilar y dedujo que la tierra había perdido su fuerza de gravedad y su masa. Luego su problema ya no atañía solamente a la geometría, dado que la gravedad no es en si sola. No existe masa sin gravedad y no hay gravedad sin masa. Son físicamente inseparables y mientras haya una o más partículas habrá gravedad.
Miró al muchachito, se rascó la mejilla y con algo de vergüenza, contestó.

— La Tierra perdió su fuerza de gravedad y su masa.

El muchacho puso cara de interés y preguntó donde estaba la Tierra. A continuación sacó una lupa y estudiando a Helena con cuidado, le dijo que describiera como era esa Tierra de la que hablaba.
Helena comenzó.

— Bueno... Se supone que es... era redonda, de colores sobre todo azules y luego marrones.

— ¿Por qué sobre todo azules? Le preguntó el muchacho.

Porque la mayor parte de su superficie está... estaba cubierta por océanos...

— ¿Y qué son los océanos? Prosiguió él cuestionando.

Sonrojada, Helena respondió con humildad.

— Bueno... Son masas... inmensas masas de agua.

— ¿Y qué es el agua? Insistió el muchachito.

Ella lo miró con asombro, pero sin atreverse a replicar, contestó.

—El agua es esencial para la supervivencia de todas las formas conocidas de vida, tales como plantas, árboles, animales y...

— ¿Flores?

— Sí... También.

Él la miró de forma intensa y dijo.

— Desde luego los mayores sois muy raros – y añadió. – Pero... ¡De acuerdo! Te quedarás en el planeta. Tu trabajo consistirá en no darles agua a las raíces de los baobads. Así no crecerán.
Y cruzando los brazos sobre la espalda, con cierta emoción en su voz, agregó.

— Mañana admiraremos juntos nuestro primer atardecer... y buscaremos esa Tierra que has perdido, ¿te parece?

— ¡Sí!

— Pero no será el primero ni el último. Podremos ver muchos más… ¡Ah, y una cosa!

— ¿Qué?

— Si las llevas, ponte gafas de sol.

Helena de repente supo quien era su ilustre acompañante, y se sintió muy feliz. Siempre había pensado que el Principito era una creación del aviador francés, Antoine de Saint Exupéry. Nada más lejos de la realidad.


José Fernández del Vallado. Josef. Septiembre 2010.
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lunes, septiembre 06, 2010

19...

Despacio, sin fluctuaciones ni anomalías, el tiempo transcurre... Me voy acercando al momento de mi reencuentro con la vida. 19 ¿Suena a misterio? La vida. Y todo lo que haré no es sino volver a ser yo mismo dentro del mundo. ¿No estoy dispuesto? Todavía no lo sé. Sé que la gente me ignora ¿o yo los ignoro...? ¿Por eso huyo de mí?
Es una frivolidad sentir baja autoestima de uno mismo a estas alturas, pero ¿lo he buscado o ha sido un accidente más? 19: Debo reencontrarme, lo haré sumido en la oscuridad de una maleza apabullante. Quiero que la gente descubra en mí a esa persona que vale, que no es una quimera. Aquella en la que dejaron de creer y ya ni siquiera examinan cuando las visita en sus hogares.
¿Ellos, la respetan o menosprecian? Si tan sólo hubiera algo de eso detrás del velo que esconde sus sentimientos. Hoy no hay nada, ni siquiera murmullos de tintura sugestiva. 19. Todo es silencio y vacío; chocar una y otra vez contra las mamparas de ese vacío frío, casi metálico, que desarma una coraza de ansiedad.19. Sin nada. Vacío lleno de zozobra. ¿Por qué la intranquilidad ocupa ese lugar lacerante? ¿Por qué no me siento seguro y tengo miedo esté donde esté? Camino a enfrentarme a ese desasosiego y mi corazón se impregna de aprensión, pero...19. Por fin voy a hacerlo. Es el momento de reunir el valor que nunca encontré y saltar por mí mismo. Porque mi ansiedad lo pide agritos, porque para liberarme de la desolación y el ahogo no hay nada mejor que volar en libertad. Porque el amor no me encuentra y yo he perdido mi horizonte... Voy a buscarlo y lo pondré en un marco nuevo.

El 19 me marcho, un mes. Estaré en los lugares que escribo en mis sueños y cuando vuelva, si vuelvo el 19, no sé si seguiré siendo yo el escritor, mis sueños se habrán esfumado o tal vez sea un recién nacido en esta vida de ensueño...

Hasta pronto.

Abrazos a todos.
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jueves, septiembre 02, 2010

Locura... ¿irracional...?



Lo he intentado varias veces y me doy cuenta de que pierdo el contacto con la vida... Ya no soy capaz de leer, no soy capaz de vocalizar, no soy capaz de acompañaros en nuestro mundo actual. He dejado de leer y ni siquiera – hace años ya – practico el sexo. En cuanto a la vida, sigo buscándola con escasos resultados durante las noches en las que salgo a capturar a mis presas, siempre, seres más débiles que yo...

Y desde luego, me felicito por no haber nacido débil en este mundo. Pero después lloro por todas ellas, porque cuando mueren entre mis manos leo el terror y su miedo a la muerte. Ninguna quiere morir descabezada y cuando las decapito, sueño que les hago el amor que las acuno entre mis brazos y que juntos, viajamos a esos lugares anhelados en los que tanto ellas como yo, podríamos encontrar ese entorno que nos ayude a ser felices de forma definitiva y sin final, sobre todo sin final; odio tanto los desenlaces... ¿Por qué todo tiende a finalizar? ¿Por qué no vivir una feliz y valiosa eternidad? Me gustaría poder hacerlo, ser inmortal. De tal forma para mí matar tal vez carecería de ese significado misterioso que me aturde y conmueve. Me estremece verlas girar sobre sus extremidades mientras agonizan. Luego las recojo del suelo las tomó entre mis brazos y sin poder resistirme a su influjo, las devoro. Sí, devoro cuantas cucarachas se ponen a mi alcance en esta jaula de vanidosa ingratitud ¿Dónde dejé los años? ¿Por qué perdí mi edad y mis oportunidades? ¿Dónde quedaron los tiempos inmemoriales en los que podía moverme con libertad fuera de este sótano húmedo y nauseabundo en el que hoy se revuelcan mis huesos?

Hace tiempo que ni las cucarachas me alimentan, por ello decido estrangular mi mano. La tomo y con la otra la atenazo y aprieto con todas mis fuerzas y cuando está congestionada, cojo la sierra y la corto. Lloro, grito, chillo, me revuelco; siento el sabor dulzón y caliente de mi sangre mientras trato de aplacar la hemorragia y en tanto el dolor fluye dentro de mí, echado de lado sobre mi cuerpo, oigo la canción de la libertad y entiendo su significado; llevo oyéndo su machacante melodía hace décadas. Y lo comprendo. Significa que jamás saldré de mi encierro. Mi mortuorio encierro de asesino en esta cárcel de Siberia.

Es entonces cuando los recuerdos retornan a mí y veo a la niña entre la nieve, delante están las vías del tren y el convoy avanza a cierta velocidad hacia ella. Las balas silban a mi lado, hienden el aire helado y cortante con la cadencia de estiletes infalibles; algunos de los que fueron mis amigos, acribillados como porciones de rico queso gruyere, se derrumban a mi lado. Dispongo de apenas dos, tres segundos, salto y la recojo, abrazados nos deslizamos por el desplome que hay al otro lado entre el fragor de la máquina de vapor, el silbido de las balas, y el tableteo de las ametralladoras. Nos detenemos bajo un conjunto de árboles, le doy la vuelta, retiro tembloroso el velo que cubre su rostro y descubro el semblante sonrosado y precioso, pero también asustado, de una mujer joven. ¡Menuda locura! ¿¡Qué hace aquí!? ¿Belleza en medio de la cruel bestialidad de la guerra en chechenia? No durará. Lo vislumbro con miedo; en cuanto la descubran será violada y luego, asesinada. Me doy prisa en actuar. Sin pensarlo me despojo de mis prendas de soldado ruso: mi casco, mi chaquetón, mis pantalones, se los ajusto con el cinturón, luego le ordeno que corra hacia las afueras de Grozni, apenas son dos kilómetros, que busque a una tribu de apellido Ingushka – somos amigos – que se una a ellos y escapen hacia el este.
Todo habría salido bien de no ser porque los Ingushka no eran la clase de gente que imaginé. En cuanto la vieron la violaron y la asesinaron. Luego, echarme la culpa apenas les supuso un esfuerzo. Fui degradado...

Se oyen cerrojos, la puerta se abre, me descubren tendido medio desangrado, me llevan a enfermería y en apenas un mes estoy de regreso.
Lo he intentado varias veces y me doy cuenta de que pierdo el contacto con la vida... Ya no soy capaz de leer, no soy capaz de vocalizar, no soy capaz de acompañaros en nuestro mundo actual. He dejado de leer y ni siquiera – hace años ya – practico el sexo; en cuanto a la vida, sigo buscándola con escasos resultados durante las noches en las que salgo a capturar a mis presas, siempre, seres más débiles que yo...
A fin de cuentas todavía me queda una mano. Estoy cansado, hastiado de ver cosas que no merecen la pena ser vistas, en realidad aunque lo desee ya no veo, no necesito ver ¿para qué?
Cierro los ojos, afirmo mis dedos sobre la cornea, y de un brutal y preciso empellón me los arranco.

Total, un mes y estaré de vuelta…

José Fernández del Vallado. Josef. Septiembre 2010.

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