jueves, septiembre 02, 2010

Locura... ¿irracional...?



Lo he intentado varias veces y me doy cuenta de que pierdo el contacto con la vida... Ya no soy capaz de leer, no soy capaz de vocalizar, no soy capaz de acompañaros en nuestro mundo actual. He dejado de leer y ni siquiera – hace años ya – practico el sexo. En cuanto a la vida, sigo buscándola con escasos resultados durante las noches en las que salgo a capturar a mis presas, siempre, seres más débiles que yo...

Y desde luego, me felicito por no haber nacido débil en este mundo. Pero después lloro por todas ellas, porque cuando mueren entre mis manos leo el terror y su miedo a la muerte. Ninguna quiere morir descabezada y cuando las decapito, sueño que les hago el amor que las acuno entre mis brazos y que juntos, viajamos a esos lugares anhelados en los que tanto ellas como yo, podríamos encontrar ese entorno que nos ayude a ser felices de forma definitiva y sin final, sobre todo sin final; odio tanto los desenlaces... ¿Por qué todo tiende a finalizar? ¿Por qué no vivir una feliz y valiosa eternidad? Me gustaría poder hacerlo, ser inmortal. De tal forma para mí matar tal vez carecería de ese significado misterioso que me aturde y conmueve. Me estremece verlas girar sobre sus extremidades mientras agonizan. Luego las recojo del suelo las tomó entre mis brazos y sin poder resistirme a su influjo, las devoro. Sí, devoro cuantas cucarachas se ponen a mi alcance en esta jaula de vanidosa ingratitud ¿Dónde dejé los años? ¿Por qué perdí mi edad y mis oportunidades? ¿Dónde quedaron los tiempos inmemoriales en los que podía moverme con libertad fuera de este sótano húmedo y nauseabundo en el que hoy se revuelcan mis huesos?

Hace tiempo que ni las cucarachas me alimentan, por ello decido estrangular mi mano. La tomo y con la otra la atenazo y aprieto con todas mis fuerzas y cuando está congestionada, cojo la sierra y la corto. Lloro, grito, chillo, me revuelco; siento el sabor dulzón y caliente de mi sangre mientras trato de aplacar la hemorragia y en tanto el dolor fluye dentro de mí, echado de lado sobre mi cuerpo, oigo la canción de la libertad y entiendo su significado; llevo oyéndo su machacante melodía hace décadas. Y lo comprendo. Significa que jamás saldré de mi encierro. Mi mortuorio encierro de asesino en esta cárcel de Siberia.

Es entonces cuando los recuerdos retornan a mí y veo a la niña entre la nieve, delante están las vías del tren y el convoy avanza a cierta velocidad hacia ella. Las balas silban a mi lado, hienden el aire helado y cortante con la cadencia de estiletes infalibles; algunos de los que fueron mis amigos, acribillados como porciones de rico queso gruyere, se derrumban a mi lado. Dispongo de apenas dos, tres segundos, salto y la recojo, abrazados nos deslizamos por el desplome que hay al otro lado entre el fragor de la máquina de vapor, el silbido de las balas, y el tableteo de las ametralladoras. Nos detenemos bajo un conjunto de árboles, le doy la vuelta, retiro tembloroso el velo que cubre su rostro y descubro el semblante sonrosado y precioso, pero también asustado, de una mujer joven. ¡Menuda locura! ¿¡Qué hace aquí!? ¿Belleza en medio de la cruel bestialidad de la guerra en chechenia? No durará. Lo vislumbro con miedo; en cuanto la descubran será violada y luego, asesinada. Me doy prisa en actuar. Sin pensarlo me despojo de mis prendas de soldado ruso: mi casco, mi chaquetón, mis pantalones, se los ajusto con el cinturón, luego le ordeno que corra hacia las afueras de Grozni, apenas son dos kilómetros, que busque a una tribu de apellido Ingushka – somos amigos – que se una a ellos y escapen hacia el este.
Todo habría salido bien de no ser porque los Ingushka no eran la clase de gente que imaginé. En cuanto la vieron la violaron y la asesinaron. Luego, echarme la culpa apenas les supuso un esfuerzo. Fui degradado...

Se oyen cerrojos, la puerta se abre, me descubren tendido medio desangrado, me llevan a enfermería y en apenas un mes estoy de regreso.
Lo he intentado varias veces y me doy cuenta de que pierdo el contacto con la vida... Ya no soy capaz de leer, no soy capaz de vocalizar, no soy capaz de acompañaros en nuestro mundo actual. He dejado de leer y ni siquiera – hace años ya – practico el sexo; en cuanto a la vida, sigo buscándola con escasos resultados durante las noches en las que salgo a capturar a mis presas, siempre, seres más débiles que yo...
A fin de cuentas todavía me queda una mano. Estoy cansado, hastiado de ver cosas que no merecen la pena ser vistas, en realidad aunque lo desee ya no veo, no necesito ver ¿para qué?
Cierro los ojos, afirmo mis dedos sobre la cornea, y de un brutal y preciso empellón me los arranco.

Total, un mes y estaré de vuelta…

José Fernández del Vallado. Josef. Septiembre 2010.

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