miércoles, octubre 08, 2008

Nadie excepto yo.

RELATO FINALISTA EN EL CERTAMEN DEL GRUPO BUHO.COM



Estábamos en el frente, en las trincheras; llevábamos más de cinco años sin ver a una mujer. El cuerpo de una mujer. Su bendita o maldita sensualidad que logra que tu mente traspase su callada discreción y busques la perdición y el desasosiego. Pero allí, en la infame y helada Siberia, no había mujeres, en realidad no había nada por lo que mereciera la pena luchar. Todavía no entiendo como los hombres luchamos y morimos en lugares de semejante crueldad. ¿Por las reservas del oro negro? El último hidrocarburo de la tierra, dijeron. No… Yo, no lo creo. Más bien sospecho que fue lo de siempre: El maldito afán guerrero del ser humano. Había que alimentar y mantener en acción a un ejército de más de un millón de almas inactivas. Y luego, lanzarlo contra los orientales, aunque ellos fueran más numerosos. “Tenemos la tecnología,” nos aseguraron los politicastros… ¡Cínicos!

Y desde luego, cuando lo pienso, solo puedo reconocer que sin ti, amigo mío, sin tu valor jamás hubiera llegado a donde lo hice. Habría desertado o estaría ya muerto. No, ni siquiera recuerdo cuando empecé a reconocer en ti el modelo a seguir en estas tierras heladas, qué mecanismo suscitó que saltara tras ti en pos de una lucha inmerecida e irracional. ¿Cómo fui capaz de permitir que el mortal silbido de las balas hendiera a escasos centímetros de mi sien? Qué fuerza me ayudó a batirme como una fiera durante días y noches contra interminables hordas de orientales que se nos echaban encima fila tras fila, como fichas de dominó. Y, sin embargo, las hicimos frente una a una.

Luego, cuando empezaron las deflagraciones atómicas en la región oriental, comprendimos que nuestro ejército era superior en armamento nuclear. Pero las filas de orientales no disminuyeron; continuaban llegando a nuestras trincheras, aunque ahora se trataba de hombres jóvenes, sin experiencia, hasta ser muchachitos que ensartábamos como a anchoas en nuestras bayonetas kalasnikov.
Y un día, cierto día de gloria, cuando coreábamos la victoria, comenzaron a aparecer las mujeres soldado. Al principio no deseamos luchar, muchos alzaron sus brazos sobre las trincheras para recibirlas. Pero el mejor recibimiento que obtuvieron quienes no tuvieron la precaución de cubrirse, fue una andanada mortal. Sí, nos dimos cuenta de que si no lo hacíamos nosotros, ellas se encargarían con crueldad insuperable de llevar a cabo el trabajo. Mujeres… ¿Quién dijo que no sirven para luchar?
Después ocurrió lo de Serguei con la oriental. Se trataba de la primera persona a quien hirió; hasta ese momento Serguei nunca había herido a nadie. Acababa con los enemigos de un certero disparo. Debió de haberla rematado, tal como hacía yo para evitar, precisamente, caer en debilidades y en la traición.
Él en persona la acarreó hasta el hospital de campaña. A partir de ahí ya nada fue igual y comenzó lo preocupante. Empezó a interesarse por su estado y la visitaba. Iba a verla con frecuencia. Solía hacerlo por las noches, después de los combates que tenían lugar a diario. Aquello, tal como supuse, comenzó a trastornarlo y tuvo consecuencias en su actitud hacia el enemigo. Por ejemplo, más de una vez se olvidó de rematar a una mujer, y hube de ser yo quien se encargara. Caí en ello un amanecer; de pronto, Serguei parecía haber perdido su valor y el temple que lo caracterizaba. ¡Lo sorprendí implorando! Nunca había hecho algo así con anterioridad.
Peor resultó cuando la mujer se recuperó. Debía afrontar un tribunal, su destino estaba sellado: El pelotón de ejecución iba a ser su suerte...

Nadie… Nadie excepto yo presenció lo que sucedió aquella noche sin luna, la noche antes de la ejecución. Yo, como siempre, su ángel guardián. Y Serguei. Sabía deslizarse en la oscuridad con la elegancia de una pantera. Se hizo con las llaves del calabozo y la liberó. Luego, la acompañó hasta los límites de las trincheras, y antes de despedirse, en el cráter de un proyectil, lo hicieron. ¡Se amaron…! Dios. ¡Y cómo! De tal forma por primera vez entendí cuánto la amaba y tuve claro que él… jamás me amaría.

Disparé sobre ella cuando resollaba anhelante con él en su interior. En un primer instante permaneció desconcertado; pero no tardó en reaccionar, estaba acostumbrado. Volviéndose con agilidad me voló la oreja de un disparo. Entonces comprendí que era inútil decírselo. ¡Decirle cuánto lo amaba!
Me arrojé con rabia y fiereza, hundí la bayoneta en su estómago y la retorcí destrozándole las entrañas. Y eso fue lo que presenciaron los centinelas cuando llegaron, a un hombre de su ejército ensañándose con el cuerpo de un superior, porque Serguei era mi superior: El sargento Serguei Ivanov.

Son las cinco de la madrugada, no debe faltar mucho. Hace frío. Mucho frío, lo sé… Pero yo ya no lo siento. La ropa se adhiere a mi piel como harapos mojados, y sin embargo, tampoco siento. Un insoportable olor a orines me abruma y acompaña. Mis mandíbulas castañetean como si actuaran por inercia. Estoy rodeado por cientos de mujeres orientales, todas serán fusiladas. Me metieron aquí para reírse de mí, o para ver cómo ellas me despedazan. Me llaman el marica celoso. En cuanto a ellas, podrían haberse vengado y haberme atacado; supongo, pues saben lo que hice. Pero tanto ellas como yo ya sólo somos cadáveres andantes. En el fondo deseo morir de una vez porque ya no sé como es vivir sin Serguei.

Oigo correrse cerrojos, la puerta de la celda se abre y unos hombres nos sitúan en fila de a uno.
Salimos descalzos a un patio fortificado y blanco por la nieve. No siento los pies. Nos ponen frente a una pared; el suelo está rojo por la sangre coagulada. El capitán ordena la alineación del pelotón de soldados y a continuación, da la orden.
Suena una descarga. Siento calor por todo mi cuerpo. Vamos cayendo unos sobre otros. Ahora, mi cabeza está apoyada sobre la espalda de otro cuerpo y es entonces, cuando frente a mí veo un rostro y unos labios que se abren incitantes. Y descubro, que me gusta… no, ¡me encanta esa visión! Trato de dar una última orden a mi cerebro; como el segmento de una pesada oruga mi cuerpo obedece y se mueve hasta que logro besar esa boca que se abre provocadora. Siento un placer mil veces más intenso y sensible que el que nunca haya experimentado. La vida retorna a mí cuerpo y de pronto, ¡mis sesos arden! y se desparraman, cuando el oficial me remata dándome el tiro de gracia…


José Fernández del Vallado.josef. 2008.

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