jueves, octubre 23, 2008

Un Dia de Campo.

Acaba de llover y un musgo verde y brillante cubre las rocas de la pradera. Formando regueros de agua, dispersos sobre el suelo acolchado, brotan diminutos arroyos. El jaral cercano despide un olor enérgico, como la savia que brota de sus hojas pegadizas. Una ligera brisa mece las copas de los árboles y las balancea al compás de un silbido, profundo y bullicioso.
Josemari excitado, grita: 
- ¡Una..! ¡Aquí! 
Juan corre hacia su primo. Josemari tiene a la culebra por la cola, tira de ella y la extrae del charco donde el ofidio en vano trata de refugiarse. Lo arrastra unos metros y lo libera sobre un manto de hierba húmeda. El reptil no huye, se enrolla y les hace frente. Ambos se detienen pasmados. Juan le pregunta a Josemari.
- Estás seguro... ¿Es una culebra de agua? 
Josemari parece dudar. Resopla, y tomando aire de nuevo, sostiene.
- Sí... una acuática. Mira su cabeza, no es triangular.
Juan intenta acercarse, el ofidio produce un bufido. Se retira, junta sus dedos, dibuja un triangulo en el aire, y dice.
- ¿Que no es triangular...? Pues a mí me lo parece.
Josemari se ríe y dice.
- ¡Venga ya... primo! ¿Estás cagado, verdad? Y eso que es una vulgar serpientita. Aquí no hay víboras. Anda, dame el palo. La meteremos en el frasco y verás como nada. 
Con el palo en una de sus manos Josemari se acerca a la serpiente que de pronto, brinca y retrocede. Decidido, él apenas se impresiona. De un movimiento veloz la aprisiona con el opresor y con la otra mano la sujeta por el cuello.
- El bote primo. ¡El bote!
Juan, desconfiado, se acerca con el recipiente abierto y lleno de agua. Josemari la introduce, y de un movimiento preciso, la libera. Con el ofidio dentro cierra la tapa y observa satisfecho, luego se vuelve a Juan y le dice
- ¡Ves! Te lo dije. Es una serpiente de agua. Mira como nada.
- Vaya... La serpientita sabe nadar, reconoce Juan. Y se ríe con nerviosismo.
El atardecer cae sobre el monte. Josemari y Juan regresan a sus casas contentos. A Juan – sus padres son más tolerantes – le toca ocultar el recipiente. Lo deja en una esquina del sótano, cena y se acuesta.

Esa noche, tiene pesadillas. Sueña con serpientes. La pradera donde han cogido al ofidio aparece cubierta de serpientes; y no de cualquier clase. Sino boas constrictor, anacondas, pitones... Se abre paso resbalando entre ellas, esquivándolas como puede, hasta que de repente se encuentra ante él una gran cobra real; tiene una peculiaridad: Es totalmente blanca: albina. Y lo intuye. Es la reina de las serpientes. La cobra le hace frente, se eleva ante él con la boca dilatada, dispuesta a morder. Y cree oírla sisear: ¡Pagarás por tu afrenta!
En instantes se encuentra empuñando una espada de plata, e impulsado por un terror ancestral, secciona la cabeza del reptil. 
Se despierta transpirando, con la garganta reseca. Bebe un vaso de agua y se acuesta de nuevo.

A la mañana siguiente baja al sótano y se encuentra una sorpresa. La serpiente flota en el agua boca arriba. Está muerta.
Minutos después aparece su primo con su hermano mayor, Álvaro. Rápidamente sacan al reptil del tarro. Álvaro curiosea pensativo y les dice.
- ¡Esperarme, ahora vuelvo! 
Cuando regresa, bajo el brazo, lleva un libro sobre fauna. Lo abre y les enseña una foto de un reptil, es exacto. Debajo pone.
“Víbora de Seoane. De vez en cuando les agrada adentrarse en charcos y pequeños arroyos donde encuentran algunos insectos de los cuales se alimentan. Su mordedura puede resultar letal.” 
Juan mira a su primo, y le dice. 
- ¿Ves? Qué te dije. 
Josemari mira a ambos con ojos alucinados. Entre dientes, balbucea un quejido sin articular. De repente se ha puesto lívido, está temblando: Está cagado de verdad. 

José Fernández del Vallado. Oct 2008.


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