domingo, octubre 12, 2008

Necesito un café.

Me levanto cansado, y quizá mareado. ¿Recuerdas? ¿Ha sucedido? Sí, recuerdo. Tenía que acabar ocurriendo. Estoy a medio camino de una frontera imperceptible, sin aliento para seguir adelante, sin ganas de hacer nada – la cabeza me duele – necesito un café...
Me dirijo a la habitación veo el ordenador, lo enciendo, ninguna sorpresa agradable, todo sigue igual; la bolsa a la baja, la economía en la ruina pero… ¿y ella? Con el corazón palpitando voy a su cuarto ¿vacío? No. Está ahí, boca abajo, con el balazo, la bala que yo le metí con cobardía, en cuanto supe la verdad y fui incapaz de dejarla marchar con uno de esos... ¡chulo puta!, narcos, mafiosos, eso es lo que son. No. ¡Mientes! En realidad tuviste miedo de vislumbrar tu vejez en solitario, de ser un viejo acabado e irremediable. Discutimos, nunca lo habíamos hecho, quizá por eso una sola discordia bastó para concentrar toda la hostilidad que habíamos madurado y evitado durante años. En vano intenté convencerla. Invoqué la reconstrucción, la resurrección imposible de nuestro amor malogrado. Hubo poco que hacer. Me iba a dejar. Pero yo no estuve dispuesto a dejar el tequila y menos aún mi revolver calibre 38. Y ahora qué. ¿Soy un criminal? ¿Un rufian?
Salgo del chalé, ni siquiera me aseo ni afeito, no me apetece, para qué si me siento desganado y culpable. ¡Soy culpable! Necesito un café.
Subo a mi coche, el depósito está bajo mínimos, pero detenerme en una gasolinera y llenarlo tampoco me ilusiona. Llegaré hasta donde alcance y después... ya veré.
Por suerte los cierres son automáticos, pues de intentarlo, ni siquiera habría encontrado fuerzas para introducir la llave en la cerradura, y sólo girarla habría supuesto un esfuerzo inabordable.
Programo el GPS para que me lleve a un lugar donde tomar café, el mejor café de la ciudad y ¿por qué no del mundo?










La ciudad como siempre; saturada de smog, de gente, de vicio. Es peor que un campo de fútbol. Manejo el volante con suavidad, el coche circula por inercia, mientras, recorro lugares donde la conocí. A Teresa, mi mujer, mi vida. En la parte alta descubro el café “Luminoso.” En sus esteras yacimos abrazados noches brillantes. A continuación desciendo por callejones deteriorados, apurados de vida perseverante, con problemas serios pero nunca sin solución. Puedo oler la pobreza y donde hay pobreza siempre hallaré las sonrisas más preciosas y puras de la Tierra. Yo en cambio estoy apagado, como esos rincones antiguos y cansados de la ciudad. Doblo una esquina y surge el café de “La Jaima.” Todo hay que decirlo; una vez tuvo los mejores granos de Oriente. Era un café muy apreciado por sus cualidades aromáticas y la suavidad de su sabor. Desayunábamos deliciosos croissants sin dejar de mirarnos a los ojos. Luego el café “Sideral,” solíamos tomar el mejor café irlandés y bailábamos lento muy juntos. Prosigo hacia el centro, me detengo ante el “Mono Loco:” Café africano al ritmo africano ciento por cien, como el primer café que descubrieron en estado salvaje en el Congo Belga. De sabor fuerte, Teresa lo adquiría para mezclar con otros cafés y me lo entregaba en una bolsa mientras la olía y sonreía con su sonrisa especial. Prosigo a la derecha y unas manzanas más adelante llego al café de “Los Narcos.” Lejos de una patria en efervescencia, secuestros y guerra, allí encuentras el mejor café de Colombia. Y sabíamos disfrutarlo, al ardiente ritmo de noches enteras de desvelo, sin cesar de darle a la salsa... En el café “Oxaca” – localizas el mejor café del Chiapas revolucionario y de todo México – coincidíamos con algunos elementos de la mafia. Solían reunirse para hablar de sus pleitos y crímenes. Lo más conveniente era hacerse el tonto, y quizá les resultaras simpático. A mí me escuchaban hablar del café, mi café, a mi mujer la miraban; la cocaína, ni tocarla, era suya. Hacía reír a esos cerdos...
Me detengo un instante. Aspiro aire, me falta, hace bastante calor. Y la refrigeración mecánica ¿no se ha conectado? Apoyo ambos brazos sobre el volante. Compruebo que aún me queda gasoil para seguir adelante. Decido hacer algo nuevo, improvisado.
Unos kilómetros más y llego a la zona restringida del aeropuerto, mi jet privado aguarda en la pista. Tomás, mi piloto, está disponible. Nunca me falla. Le pido que me acompañe al reactor y una vez en la cabina, le ordeno que me deje pilotar y le doy la noticia: Semana de descanso. Sabe que tengo el carné, sin hablar me ayuda a ajustarme el cinturón y se despide. Y hasta parece aliviado. Normal. No me ha debido encontrar cara de amigos.

Arranco, los motores rugen como un dragón centenario. Enfilo la pista de despegue y doy gas. El reactor zumba y parte proyectado por un resorte invisible. En instantes sobrevuelo un cielo claro, azul marino intenso, debajo, el océano brilla con brotes blancos de espuma. Dejo atrás Ciudad de México, atravieso la cornisa del Yucatán, y con la autorización correspondiente me interno en el espacio aéreo de Venezuela y regreso a mi patria: Brasil. Penetro en la Amazonia y sobrevuelo Manaos – mi hogar esta cerca – en el interior de la cabina percibo el dulzor asfixiante de la humedad de la selva y me es posible intuir los rumores del paraje misterioso y efervescente. Debajo, vastas zonas cubiertas por una densa vegetación se abren de pronto ante mí y surgen mis plantaciones de café. Lo sé, soy millonario, estoy podrido de pasta. Una sola de mis haciendas alcanza 8000 kilómetros cuadrados, lo mismo que el Estado de Maryland en los EEUU o la Comunidad de Madrid en España. Terreno que les debo a la astucia y brutalidad de los garimpeiros, quienes apoyados por mi dinero y de forma encubierta por el Estado, poco a poco, arrebatan la selva a los indígenas Yamomamis a quienes asesinan, y raptan a sus niños para venderlos o los utilizan como a esclavos.

Cuando mi brújula magnética me indica que estoy en el centro de mi propiedad abro un compartimiento y saco una botella de vino tinto español, Rioja: cosecha del ochenta y cuatro. La descorcho sollozando, vierto una copa la alzo y murmuro: “Por nosotros querida Teresa, por nosotros.” Bebo de un trago, introduzco un Cd y al tiempo que los primeros acordes se perfilan y expanden en el enrarecido ambiente de la cabina, comienzo a susurrar los párrafos de mi canción preferida:

Ojalá que llueva café en el campo
que caiga un aguacero de yuca y té
del cielo una jarina de queso blanco
y al sur una montaña de berro y miel
oh, oh, oh-oh-oh, ojalá que llueva café...


Me aferro a los mandos, inclino el morro hacia abajo, y voceando el merengue a voz en grito, sobrevuelo las interminables hileras de café. Un poco más adelante están los almacenes donde los garimpeiros guardan sus armas, los sobrevuelo y arrojo unas teas ardiendo. Revientan como productos mal enlatados. Todo arde al instante. Un cuarto de hora de vuelo más adelante, diviso el techo típico y circular de un “shabono” o poblado de los Yamomamis, me pongo el paracaídas y salto. Debo reconocerlo. El último trago de vino me sentó un poco fuerte. ¡Estoy haciendo locuras! En cuanto sepan quien soy, y no tardarán en saberlo, me matarán al instante. Pero en mi interior es lo que deseo. Lo necesitaba hace tiempo; tanta riqueza mafia y lujuria me estaban afeminando. Si... Nada como el sabor auténtico de un buen café recién extraído de la tierra de nuevo libre y virgen de la selva.

José Fernández del Vallado. Josef. Oct. 2008.
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