sábado, octubre 18, 2008

Hace veintisiete años...

Esta mañana de sábado podía haber hecho lo mismo que tantos otros días. Quizá sentarme ante el ordenador y ponerme a leer los blog de mis amigos de la web, o comprar el periódico y sentarme en un bar a leer sus páginas llenas de noticias cuasi apocalípticas. No hago ni lo uno ni lo otro, porque de pronto recuerdo que es dieciocho de octubre y tal día como hoy hace ya veintisiete años, me enamoré perdidamente por primera vez.
De modo que resoplando un poco para mis adentros me limito a sentarme delante de un café decidido a reflexionar una vez más qué es lo que hizo que yo pasará de ser un imberbe inocente, a un inocente perdido por completo. Qué clase de combinación físico química se originó o estalló en mi interior y puso patas arriba mi estable mundo anterior y me impulsó a desear para mí el alma de aquella chiquilla rubia y delgada que mediante un solo beso y de una forma que nunca había experimentado, consiguió insertar su imagen en mi cerebro de tal forma que la ensalcé con el rango de diosa.

A continuación se sucedieron dos meses en los que yo viví por y para ella. Estar con ella era el summún, dejarla mi desesperación. Recorrer abrazados parques, paseos, visitar museos, ir a conciertos, fiestas, y tenerla a mi lado era algo tan fascinante y genial que nunca había imaginado. De pronto todo lo demás dejó de tener interés para mí. Mis amigos seguían estando ahí, pero relegados a un segundo plano. Incluso mi hermano, que siempre estuvo a mi lado, se eclipsó. Todo fue tomando fuerza y poder hasta que ella y yo estuvimos unidos y felices en la cumbre; y cuando estábamos ahí, sin preaviso y de una forma súbita y extraña todo se desmoronó. Lo que había necesitado semanas para formarse de forma delicada y sutil se hundió en apenas un día; el día que supe que ella estaba muy interesada por mi amigo X.

Lo que vino después es lo que luego se ha repetido otras veces; la dolorosa etapa del desamor. En la que cambias de humor, te encierras en ti mismo, estás agresivo y sensible a la vez, lloras, no entiendes nada, y sobre todo la deseas más que nunca, la deseas con locura, y quizá exageras ese deseo llevándolo al límite del paroxismo. Hasta que de pronto llegas a un punto. Tropiezas con una palabra que si bien antes no entendías, de pronto comprendes de verdad; un vocablo al que antes no le diste lugar ni significado en tu vida de joven, y ése es: “Jamás.” Esa palabra resulta ser clave, pues de repente te hace ver que no hay vuelta de hoja y sólo a partir de ella vislumbras otras palabras igualmente terribles pero muy necesarias, como: final, vejez, y muerte. Te das cuenta de que existen y comienzas a pensar en su tremendo valor y sin darte cuenta un nuevo mecanismo se desata en tu interior: Estás madurando. A partir de ahí vendrán nuevos amores, pero, aunque dolorosos, ya nunca serán tan sorpresivos o virulentos como el primero, porque has aprendido...
Aunque el amor es el amor, y siempre te regalará sorpresas nuevas, aún cuando creas saberlo todo no podrás, porque: Nadie aprende todo en una sola vida “jamás...”

José Fernández del Vallado. Oct josef. 2008.


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