domingo, abril 05, 2009

Juramentos imprudentes.

La partida de ajedrez finalizó a las dos de la madrugada. Prometí tener listo el resumen tan sólo tres horas más tarde. Estaba feliz. Era la primera vez que Pedro se proclamaba campeón del torneo de Linares, sin duda una victoria asombrosa. No todos los días se vence a los monstruos del ajedrez; son máquinas. Y mi amigo ¡quién lo iba a decir! nadie daba un duro por él ni lo esperaban. Incluso yo desconocía que se hallara a semejante nivel. ¡Qué importa! Lo había logrado.
Aguardaba impaciente a que su rostro sencillo, algo grueso, de nariz chata, pelos ralos y modales de buena persona apareciera donde nos citábamos en las grandes ocasiones: La sala “Fictione.”
Se formó un bullicio a la entrada ¡era él! La noticia se había extendido y todos querían su autógrafo. Me mantuve al fondo, en el lugar habitual, medio oculto en la penumbra, sabiendo que mi sitio no pertenecía a cámaras ni a focos, yo no era de esa clase, y sabiendo también que al final vendría para contármelo. Jamás me ocultaba nada, era un gran amigo.

Al principio su actitud me sorprendió. Fue necesario que transcurriera un tiempo de espera, cerca de dos horas y media durante las cuales se dedicó a bailar y flirtear con muchachas de ensueño, realmente bellas, pero se lo había ganado. Finalmente los ánimos decrecieron y se cansaron de importunarlo. Solo entonces el velo de cortinas se corrió lentamente, descubrí su semblante y me alarmó. Parecía muy cansado, abatido y borracho. Bueno Jaja... Que estuviera bebido era comprensible, pero ¿con esa mezcla de tristeza socavando sus afables facciones? ¿¡Dónde estaba su alegría!? Lo miré de arriba abajo y traté de animarlo, estaba hecho un desastre. Ni siquiera se preocupaba por cuidar su imagen de campeón. Su barriga con la camisa desabrochada resaltaba como una pandereta reventada, sus brazos parecían lianas rosadas, no precisamente hilvanadas en orquídeas, sino en carne de cerdo, y hasta me dio la extraña sensación de que no deseaba acompañarme. Le hice un gesto con la mano para que se sentara a mi lado y lo felicité. Brindamos con cava, Brut cero. “La hora cero” dije con ingenio y solté una risita. No se rió, es más, ni se dignó mirarme. Terminó de brindar y se le cayó la copa ¿o la soltó? Me di cuenta de algo absurdo. ¿Temblaba? ¿Qué le ocurría? Me pregunté. Sus ojos estaban surcados por venillas sanguinolentas y reventadas, desorbitados, decaídos. Mis manos huesudas tomaron las suyas con cariño y le dije.
— ¡Hey..! Aparca esa tristeza. Cumpliste tu sueño ¿no? ¡Ganaste! ¿Dónde te crees que estás? Acaso ya no te acuerdas de lo que hablamos. Dime ¿recuerdas mi nombre, amigo mío?
Como si un yunque oprimiera su cerviz alzó la cabeza, me dirigió una mirada vidriosa, su rostro tenía mal aspecto, estaba de un añil pálido y blancuzco, farfulló.
— No lo creía. Pero tú... tú eres ¿Lucifer, verdad?
Y yo, sonriendo, le respondí.
— Voy a serte sincero y te voy a confesar algo que nunca suele sucederme. Cuando me juraste que “con tal de ganar harías lo que fuera” creí que te estabas marcando un farol jeje. No, por supuesto, ¡no soy el Diablo! y aclaré.
—¿Cómo se te ocurre semejante disparate? No existen ni Dios ni el Diablo, es un cuento Chino.
Una luz alumbró el panorama de Pedro. Gesticuló y se puso a reír y a saltar como loco. Tuve que sujetarle un instante de un brazo y adustamente, añadí.
— Evidentemente estabas borracho cuando te lo dije, ya ni te acuerdas. Yo soy la Parca.

Me sobró media hora, redacté su esquela fúnebre, quedó pulcra y muy digna.


José Fernández del Vallado. Josef 2009.








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