viernes, mayo 21, 2010

Lobo de Mar.

Lo que voy a contar sucedió hace mucho tiempo, finales del año mil novecientos cuarenta y cinco.

Era un verano tórrido y seco en una pequeña isla del Mediterráneo, habitada tan sólo por veinte familias que vivían sin problemas de la pesca. Veinte familias y un hombre solitario llamado Julián; también – como no – marino.
Nadie se explicaba cómo, pero de forma milagrosa la segunda contienda había pasado arrasándolo todo sin siquiera rozar el diminuto reducto.

Los días se sucedían de forma inalterable en el pueblo. Todos los amaneceres, una vez listos los aparejos de las embarcaciones, los hombres se hacían mar adentro con el objetivo de capturar lo justo para su manutención y un sobrante que vendían en la rada a los escasos turistas que acudían, sobre todo, los fines de semana.
Después almorzaban con sus familias y al anochecer acudían al bar de Tino Trapattoni, un italiano que desembarcó cierto día, se enamoró de una moza, y allí se quedó.

La rutina de Julián era diferente. Habitaba una chabola que él mismo se había construido cerca de las rompientes, y cuando no iba de pesca, le gustaba gozar de las delicias del dios Baco en el bar de Trapattoni. Resumiendo, Julián pasaba un tercio de su vida alcoholizado, y debido a su carácter insociable, en el pueblo era calificado como el “raro.” Pues en los casos en los que entablaba conversación con sus vecinos, más de una vez acababa mandándolos al cuerno. Pero Julián era también, en cierto modo envidiado, pues era depositario de un tesoro del que muy pocos hombres pueden jactarse: Era el mejor “lobo de mar” de la isla, y probablemente de una inmensa extensión al sur de la península, pues como si dispusiera de la tecnología más avanzada, sabía con una exactitud sorprendente, no sólo donde encontrar los mejores caladeros, sino donde debía de colocarse la almadraba cada año; lugar por el cual, de forma inexorable, acababa circulando el atún.

Así pues una vez que la flota compuesta por unas quince embarcaciones armaba los aparejos, en lugar de hacerse a la mar, amarrada a puerto, aguardaba la llegada de Julián, que medio ebrio o borracho del todo, era siempre el último en llegar. Y cuando tras la espera acostumbrada, lograba arrancar el viejo motor diesel de su embarcación, no solo era seguido por la flota de “casa”, sino que fuera de puerto las flotillas de los quince o veinte pueblos de la costa más cercanos al islote, se sumaban a la expedición. En total, tras la embarcación de Julián marchaba una multitud compuesta por unas doscientas embarcaciones; un espectáculo digno de admirar, pero que Julián solo miraba con desdén.

Luego, en alta mar, tras ser perseguido durante un par de horas y faenar en dos o tres sectores con éxito, no existía barco o lancha que pudiera seguir el ritmo que la vieja cafetera de Julián imponía. Los hombres no se lo explicaban. Aunque había quien sostenía la audaz teoría de que Julián viajaba siempre a caballo de las numerosas corrientes marinas.

El día que tuvo lugar el suceso la mar estaba brava y nadie en el pueblo, exceptuando Julián, se atrevió a faenar.
Ese mismo día su embarcación tampoco llegó al medio día, ni después de comer, ni por la tarde, ni de noche. Inquietos, los hombres se dieron cuenta del tesoro que perderían si Julián fallecía o abandonaba la isla.
De madrugada el pueblo entero permanecía congregado en el bar de Trapattoni, cuando un chico entró corriendo y excitado, informó que Julián entraba en el puerto. Mujeres y hombres se precipitaron al fondeadero y asombrados contemplaron la escena más rara de cuantas pudieran haberse imaginado. De pie, firmemente agarrada al mástil de proa de la embarcación – unos cabellos pelirrojos ondulando al viento – una mujer de apariencia extranjera, destacaba en la cubierta.
Instantes después, cuando el barco echó la maroma, y mientras los muchachos lo amarraban, todo el pueblo se encontró contemplando con curiosidad pero en silencio, a aquella mujer hermosa y extravagante. Que descalza, vistiendo tan sólo unos humildes bombachos y una camiseta blanca, sin dejar de sonreír, saltó a tierra y saludó mediante una cortés reverencia.

A partir de aquel día algo... o todo, cambió a peor en la isla. No así para Julián, quien apenas salía de su chabola para comprar algunas latas de conserva y botellas de vino. En cuanto a su extraña acompañante, ni se la veía ni se dejaba ver. El apartado de la pesca iba todavía peor; pues Julián parecía haberse olvidado por completo y para siempre de su oficio.
Había quien aseguraba que, entre risas, ciertas noches ambos nadaban cerca de la chabola, en la caleta del cormorán. Pero ninguno daba crédito a aquel rumor, pues todos sabían que Julián jamás había aprendido a nadar.

Los meses se sucedieron envueltos en la misma querencia. Los demás pescadores continuaban haciendo filigranas; pescaban, pero las capturas eran cada día de menor cuantía. En el pueblo, por primera vez en años, se dejó sentir el hambre. Apuradas, algunas familias hicieron las maletas y se retiraron a vivir en la costa.

Un día, un nuevo acontecimiento cambió el panorama.

La mañana de un domingo los hombres del pueblo descubrieron con asombro un estilizado velero de tres mástiles y más de veinte metros de eslora fondeado en la ensenada.
De su interior partieron cuatro esquifes que desembarcaron en la pequeña playa de la isla. Una comitiva compuesta por treinta hombres y mujeres elegantemente vestidos, que sin cesar de reír y vocear caminaban a cubierto bajo unas sombrillas que portaban sus subalternos, tomaron la playa y desplegaron unas aparatosas tiendas. Situado en el centro de la comitiva, destacaba la presencia del armador multimillonario Korchianis Papaloukas, quien dando órdenes, humillando y rebajando a los empleados del servicio y a los invitados, no cesaba de gozar de su imponderable soberbia.
En los tres días siguientes, a base de compras y multitud de regalos, Korchianis se ganó a la población de la isla.

Nadie recuerda cuando ni cual fue la primera vez que el armador y la extranjera de cabellos de fuego se conocieron. Pero se sospecha que atraído por el aroma de la miel – en el caso de Julián la bebida – el pescador no tardó en acercarse.
Empezó a vérseles juntos caminar por la orilla de la playa. Mientras tanto Julián disfrutaba delirando entre botellas del whisky escocés más delicioso, el ron más exótico, y el vino de reserva de las mejores cosechas; y cuchicheando como un bufón de palacio declaraba con orgullo, que su mujer era la sirena más bella que jamás navegó los cinco océanos.

El final del verano coincidió con el cumpleaños de Korchianis.
Una noche estrellada organizó una fiesta por todo lo alto en la playa. En sus yates de lujo acudieron jeques del petróleo, personalidades relevantes de la península, estrellas de cine de la televisión y el mundo de la farándula. Había hombres elegantes, mujeres preciosas, en resumen, parte de la jet set europea estaba allí concentrada; y bregando entre todos, enfebrecido de locura ante semejante panorama, preso de una felicidad absoluta, prendido del brazo de su bellísima mujer pelirroja, y henchido de orgullo, caminaba Julián sin perder compostura, consciente de que el mundo lo observaba.

Sin experiencia en semejantes festejos, no tardó en separarse de su mujer y distraído comenzó a responder a las preguntas que le formulaban algunos hombres y una apretada pléyade de mujeres ansiosas. Pues como un reguero de pólvora, había corrido la voz de que era un hombre de mar, y aquello, aparte de caché, proporcionaba una inmensa baraja de temas marinos sobre los que extenderse; y así fue.
A las cuatro de la madrugada Julián seguía conversando sobre sus increíbles aventuras marinas, claro que hacía tiempo que su adorable público de señoritas, indignado ante su vocabulario soez y sus múltiples ofensas, se había retirado dejándolo solo con su cliente más incondicional: el alcohol. Y la voz cargada de Julián apenas era un murmullo entre los cientos de personas que se congregaban en la celebración.

A la mañana siguiente, un rayo de sol provocó que sus ojos se abrieran. Se encontró en calzones, en una postura ridícula; la cabeza sobre una tumbona y las piernas sobre la arena. Cuando logró ponerse de pie el panorama arrasador de un terrible tifón parecía haber asolado la playa. Había botellas en todos los rincones, restos de vasos y comida esparcida por el suelo de la que algunas gaviotas daban cuenta sin cesar. Pero no quedaba un alma.
Su sensación inmediata fue de vacío y una terrible soledad. Pero aquello no debía preocuparle, se dijo, ya que siempre había estado solo. En silencio, medio aturdido por el sonido de la música todavía zumbando en sus oídos, comenzó a ponerse los pantalones. Terminó de abrochárselos metió una mano en uno de sus bolsillos y se encontró con el papel. Estaba doblado, con una letra intachable, alguien había escrito.

Amigo entrañable, Julián.

No quería llevarme a Yanira, pero ella me lo pidió. Sé que no estaba sujeta a ti Así que... está conmigo. Ah, y no te preocupes la trataré como a una princesa.
Por cierto, en tu otro bolsillo o en este encontrarás una sorpresa. Sólo es un regalo por tu ¡precioso regalo!
Gracias.
Un abrazo.
Korchianis Papaloukas.

Ella… ¿se llamaba Yanira? Por qué nunca se lo había dicho. En el otro bolsillo encontró doscientos dólares. Furibundo rompió los billetes y los arrojó al mar. Luego se fue a su chabola cerró la puerta y nadie – excepto yo – lo volvió a ver, durante semanas.

Continuará el martes...


José Fernández del Vallado. josef,mayo 2010.
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