sábado, mayo 15, 2010

Mirada al borde del tiempo.

Hoy traté de buscar lo que encontraba mi hermano. Recorrí una vez el sendero, dos… y no pude. El silencio de la naturaleza continuó dominando, y enturbiando mi cerebro. Es posible que me esté comportando de una manera absurda, pero no pude olvidar que junto a él el ecosistema cobraba un sentido más amplio. Todo estaba vivo, moviéndose, y a cada paso que dábamos hallaba un nuevo ser.
Ascendí con dificultad hasta la lejana y escondida pradera que inventó para mí.

Busqué en la charca a la familia de serpientes acuáticas que descubrió y no las vi. El pito real no horadaba ya el pinar, tampoco el misterioso eco del cuclillo proclamaba su jactancia en el laberinto de altos piñoneros. Hacía un viento seco y lúgubre que obligaba a los árboles a quebrarse hasta emitir un murmullo suplicante que se extendía por el valle y se perdía en la misma línea del horizonte…


Traté de buscar lo que queda de mi hermano porque sé que está allí, en el lugar que más le agradaba. Me senté en el silencio de una roca y permanecí congelado durante más de dos horas.


Quizá todo radique en superar mi miedo a saltar el trampolín, a subir al árbol, a encaramarme a las rocas más altas. Él lo hacía y yo iba tras él…
Lo recuerdo en la piscina, elevado en lo alto de la palanca de cuatro metros con los brazos extendidos presto a saltar, como si supiera que era capaz de volar, riéndose, sin vértigo a la vida. Lo recuerdo tomando a una víbora entre sus manos con satisfacción, sin temor a ser mordido por el árido ser. Lo recuerdo cocinando una paella, conduciendo vehículos, nadando, corriendo, dominando con su voz a un coro admirado de gente. Lo recuerdo siempre en acción, tal vez por eso cuando él se movía a su alrededor hasta la misma naturaleza se ponía en movimiento. Tal vez por eso vivió poco tiempo pero con el doble de intensidad. Tal vez por eso, por no creer en la naturaleza, y por que soy un pensador deliberado yo no sé encontrarla, o ella no desea venir a mí.

A última hora de la tarde seguía sin percibir nada nuevo y oscurecía. Me incorporé y cuando me dispuse a irme, algo, no distinguí bien el qué, pasó a mi lado moviéndose con gran rapidez. No pude verlo pero lo presentí y supe que eso estaba ahí, que había estado observándome. Soy un escéptico y tampoco busqué soluciones sobrenaturales simplemente lo supe, aquello había estado merodeándome todo el tiempo.

Me puse en marcha y cuando me iba, de golpe, igual que si abres una puerta y te entra de sopetón el olor de una estancia, se desencadenó un fugaz vendaval sobrecargado de fragancias y entonces por unos instantes mi sentido olfativo dejó de ser inoperante y la naturaleza de mi hermano regresó a mí en toda su intensidad: con su aroma a tomillo, a jaral, a resina a brezo, hongo, musgo, corteza, pinocha, retama… a bosque. Sólo duró unos instantes pero pude oler de nuevo los secretos que el entorno escondía desde mi juventud y supe que quizá todo ocurriera porque ya no me considero joven. Y entendí que estaba cometiendo un grave error pues no es la edad, creada por nosotros, quien dicta como hemos de sentirnos y actuar sino nuestro interior.

A la mañana siguiente nada más despertar en el chalé donde tantas veces dormí con mi hermano escuché un redoblado y rítmico golpeteo. Abrí la ventana y me recibió un día nuevo y soleado. Lo descubrí frente a mí. Situado sobre uno de los piñoneros del jardín, ostentando su penacho escarlata, un hermoso pito real picoteaba la corteza del árbol sin descanso…

Dedicado a mi hermano Pablo en el XVII aniversario de su muerte. 15/05/1993.


José Fernández del Vallado. Josef. Febrero. 2007. Arreglos 2010.
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