jueves, mayo 13, 2010

Auto investidura.

Aquel verano hizo un calor espantoso. Sofocadas, las cucarachas salían de las tuberías e iban a refugiarse debajo de la nevera. Lo malo, que las ratas también salían del alcantarillado e iban a cobijarse, precisamente, en el portal de mi casa.

No ligué demasiado. Entre la menstruación, el calor y las vacaciones, las mujeres andaban mustias y no estaban para estúpidos devaneos. Resultaba difícil caminar por las calles sin acabar pringado del alquitrán derretido de la calzada, aunque no quedaba otra; además, empezó a hacerse complicado respirar.

Cuando el calor alcanzó los 50º C, despavorido, todo el que no sucumbió, dejó la ciudad para viajar a la playa o a la montaña.

Yo me quedé. Si hay algo que de verdad me aterroriza, es salir de la ciudad.

Un día, al viejo del supermercado se le rompió el aire acondicionado y falleció sofocado.
No tuve que volver a preocuparme por el tema de la alimentación. En cambio, sí por el de la diarrea y los líquidos.
Por las noches salía, me daba una vuelta y disfrutaba. Al encontrarse desocupados y sin luz los edificios más altos de la ciudad, de nuevo era posible apreciar la belleza de las estrellas. Sin embargo, incluso las noches más frescas eran también sofocantes.

Cuando el termómetro estalló tampoco tuve que preocuparme por el calor, y el termómetro. Obviamente, superaba los 50ºC.

Una madrugada me decidí por hacerlo. Tomaría el control del país. Puesto que había un vacío de poder me decidí a restablecerlo.

Llegué ante las puertas del Parlamento en la Carrera de San Jerónimo. Encontrarlo sin vigilancia no me extrañó. La autoridad solo es efectiva mientras el poderoso se encuentra a salvo, cuando las cosas se ponen feas son los primeros en huir... ¿como ratas? No. Incluso las ratas son más valientes; se habían quedado...

Entré en la sala de los diputados esgrimiendo una metralleta que encontré en la caseta de vigilancia (también abandonada) y efectué unos disparos al techo, tal como hizo cierto golpista de renombre.
Me subí a la tarima, saqué los folios que había preparado, y enfurecido ante la inoperancia de mis congéneres, proclamé mi discurso revolucionario.

Terminé sudando a borbotones, cuando amanecía. Me acomodé en el escaño del Presidente y me dispuse a ejercer mis funciones. El poder envilece, pensé nada más asentar mis posaderas en la butaca.
Mi mandato apenas se sostuvo. La última frase que salió de mis labios mientras me asfixiaba debido al aire casi en combustión, fue: ¡Viva el pueblo!

A las nueve de la mañana, incapaz de soportar el brutal arranque de calor, convertido en emulsión pastosa, mi cuerpo de Presidente discurrió escaleras abajo...


José Fernández del Vallado. josef. Mayo, 2010.
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