miércoles, mayo 12, 2010

Ascensión Definitiva.

Iba ascendiendo despacio. El dolor, una vida, un pasado, estaban ahora circunscritos bajo mis pies. Esperé mucho tiempo para alcanzar este momento; el instante en el que lo inalcanzable se iba a convertir en algo sólido y palpable; donde mis manos abarcarían su espacio. El instante que conduce al deseo; la pretensión de una conquista. Llegar donde no ha llegado nadie... Ascender es la palabra. Yo ascendía desde la Tierra a Marte y de Marte al Olimpo de los dioses. Un sueño en ciernes se convertiría en sueño eterno. A mis espaldas dejaba un vacío conmovedor: ¿Una familia rota? ¿deseos transformados en vanos insustanciales e ilusorios? Debajo de mí sólo estaba el abismo salpicado de sangre, y enfrente, nubarrones oscuros como losas de granito ennegrecido; y a cada paso, con cada nuevo latido de mi corazón, se encontraba el amor que subyace en la gente a quien amé o que me amó, y ésos momentos agradables e irrepetibles, que edifican en nuestras vidas escenas insustituibles. Hipaba por el esfuerzo extremo, el miedo a la incertidumbre, y sobre todo, la tensión.
Delante de mí caminaba “Furia”, el humano más salvaje, detrás “Espliego”, toda una bendición a la hora de amar al prójimo. Ambos, con sus defectos, excesos y perfecciones, habían formado parte de mí y habían sido mis mejores compañeros. Y ahora, los tres ascendíamos un camino sin itinerario hacia las cumbres de la vida. De pronto lo supe; entendí que para llegar a la cima apenas nos faltaba dar un paso. Nos alineamos los tres contemplando el paisaje. Lo habíamos logrado. ¡Estábamos en la cima del mundo más maravilloso y de todos sus planetas!

El capitán dio la orden.


La trampilla cedió bajo nuestros pies.


Mi grito de victoria quedó estrangulado en un sordo estertor de agonía...



José Fernández del Vallado. Josef, mayo 2010.
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