viernes, febrero 13, 2009

Recuerdo del amor en un mundo casi carente de amor...


Me di cuenta de que era San Valentín y después de dormir una siesta de año y medio, justo el tiempo desde que me dejó, había enterrado mi vida en un congelador, y necesitaba recuperar el tiempo perdido. ¿Cómo hacerlo? Comencé por escribir una carta, la primera en tres años a la mujer que ahora sabía con certeza que amé de verdad. Me entristecía el tiempo perdido e irrecuperable ya. Ella no volvería a mí, y yo sabía que para volver tendría que cambiar y tomar una serie de decisiones que hasta le fecha había sido incapaz de tomar. Pero me alegraba haber vuelto. Estaba ahí, saliendo del miedo, de la parálisis. Volver a escribir con placer me había llevado tiempo, y eso traducido en vida para mí suponían siglos. No podía concederme el lujo de perder semanas sin teclear. Hacía frío, me dolían las yemas de los dedos y sentía inquina en el estómago por el tiempo transcurrido pensando en la persona equivocada. Me puse los mitones escribí y de pronto la magia había vuelto a mi interior, y era feliz por ser capaz de rellenar unos sencillos renglones. Pensé en ella, en los paseos por las dunas, en las noches de caricias, estrellas y sonrisas, y en la posibilidad imposible de una vida juntos. No me hizo falta buscar solución al problema, no existía, mientras ella existiera yo estaría, me limitaría a estar... Sabía que la había dejado lejos, o quizá quien estuviera alejado era yo. No importaba. Las distancias a veces no existen, existen las barreras que nosotros creamos a través del tiempo y de la vida.
Era San Valentín y no tenía un amor a quien invitar a cenar, a quien escribir, con quien sonreír; aunque después de todo cualquier día puede ser San Valentín para quien está enamorado. Y yo, me sabía enamorado, de nadie o de nada concreto, simplemente enamorado del absurdo, abstracto y desigual mundo en el cual vivo. ¿Qué sería de la vida si todos los días fueran iguales? Con la rutina hay bastante. El tedio lo llamamos. A veces, incluso hay semanas que nos parecen iguales a otras, cuando nada es igual, y si nos detenemos, nos damos cuenta de que algo nos falta. Para mí es ya, la rutina de escribir. Si dejo de hacerlo mi mente se convierte en un laberinto de trincheras y enloquezco, para otros la rutina es la oficina, para algunos no existe más rutina que la vida... Quienes llegan a ese punto más les vale mirarse en un espejo y reconocer un rostro teñido por una terrible enfermedad: La amargura...
San Valentín... Llegué con un día de retraso, perdí el tren que me llevaría hasta la estación del amor, pero no perdí el amor que llevaba y llevo dentro de mí para regalarlo por tener el placer y la oportunidad de seguir disfrutando de la vida, aunque sólo sea, un efímero día más...

¡Felicidades a todos!
Un abrazo.

José Fernández del Vallado. Josef. 2009
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