martes, febrero 03, 2009

¿Qué hay de las Verdes colinas de África?

Después de un mes y veinticuatro días exactos de tribulaciones Ángel cerró el libro “Las Verdes Colinas de África” de Ernest Hemingway, y recibió la anhelada llamada de trabajo que había solicitado en una compañía de turismo. Se trataba de un empleo de asalariado en un crucero. Recordó la ansiedad con que había rogado plaza para el buque que efectuaba la ruta: Londres, Cádiz, Casablanca, Ciudad del Cabo, y no la que efectuaba una vuelta con escalas programadas al círculo polar ártico que le ofrecieron. Y evocó cómo Amalia, su novia, y Luis, su mejor amigo, le habían suplicado recapacitar, insinuándole, que ya no existían paraísos ni selvas remotas en África. Lo cierto es que él siempre había soñado e incluso idealizado el exotismo de los trópicos, la belleza y el aroma enérgico y fluido del cafetal o la algodonera, y sobre todo, el denso olor vegetal de una selva en efervescencia.
Los tres estuvieron horas discutiendo acerca del tema, hasta que alguien tuvo la genialidad de opinar: “El ártico es inhóspito y fascinante.”
Ángel tuvo que admitir que de no salir tal frase a colación, con probabilidad, jamás se hubiera embarcado. Sin embargo, una frase altisonante y su férrea defensa de los trópicos, sucumbió. Lo cual le llevó a enjaretar su equipaje por un periodo de tres meses. Al fin y al cabo, poco tiempo, pensó. Enseguida estaría de vuelta, y con el dinero ahorrado, podría casarse de una vez.

Recordó la partida en Plymouth del crucero Scarlett. Había tenido lugar en un mes de julio británico particularmente húmedo y cálido. Reconoció a la abigarrada muchedumbre luchando por encontrar la mejor posición para despedirse. Mujeres encorsetadas se ocultaban del sol mediante delicadas sombrillas de satén, como en las mejores películas sobre el África, mientras un ejército de mozos embarcaba las maletas. Sí, muy victoriano, merecedor de una escena de la película: “Las memorias de África”. Los silbidos de la marinería, los gritos y llantos histéricos de la multitud, y aplausos cuando el buque zarpó. Y él en cubierta, a sotavento, luciendo su impecable uniforme de asistente sin pestañear o guiñar un ojo a Amalia, quien no cesó de gritar junto a Luis que miraba con constreñida seriedad. Sí, armonioso y romántico. Solo que no iban al África...
Y ahora estaba allí. Los días comenzaron a correr con rapidez y sobre todo reiteración, siempre consistían en lo mismo: Atender desayunos, limpiar letrinas, las cubiertas, las comidas, la sala de juegos, las cenas, etc. En cuanto al interés del ártico ¿dónde o en qué radicaba? Todo lo que Ángel se limitaba a observar desde cubierta eran tierras yermas, de tonalidades grisáceas o marrones, en cualquier caso de aspecto tétrico y desamparado. Y en esos lugares, de vez en cuando, el crucero hacía escala para visitar algún poblado Inuit. Prosiguieron la marcha hacia el norte y por vez primera les iluminó la blancura inmaculada de los hielos. Después de lo visto, presenciar aquel espectáculo, resultó incluso liberador. Pero sólo en principio, pues uno no podía mirar aquellos témpanos rígidos como cuchillas sin quedarse cegado. Se necesitaban oscuras gafas de sol para no transformarse en un invidente de por vida.
El ártico era duro, reconoció. Le oprimía y entumecía el alma. “Las almas”. Puesto que esa opresión pronto cuajó en el ánimo de los pasajeros. Por las noches, el bar, antes vacío, comenzó a llenarse de semblantes lúgubres, que apenas hablaban y solo sabían inclinarse para pedir copas de vodka, güiski, o el mejunje alcohólico que fuera, con tal de olvidar el paraíso de muerte en el que estaban atrapados. Hubo discusiones, insultos, y se llegó a las manos. Resultado, nueva orden: El bar cerraría por las noches. Y ya ni eso les quedó...

Y luego, aquella madrugada, la pesadilla. Ángel estaba de guardia y fue de los primeros en advertirlo. El barco chirrió como si alguien estuviera rayando cien mil pizarras al tiempo, y en segundos, se ladeo. Subió a la cubierta de popa y estupefacto, observó el panorama. Un iceberg segaba las resistentes planchas metálicas como porciones de queso. Más allá, sobre la cubierta de mando, divisó al culpable. Apoyada sobre la baranda de la escalerilla de proa resaltaba la colosal estatura del capitán, que parecía contemplar la tragedia en éxtasis, con ojos incrédulos y desorbitados; la boca torcida en una mueca absurda, mientras barruntaba palabras inconexas de las que sobresalían acusaciones contra un océano traidor…
El buque iba a hundirse en minutos, calculó. Dispuso del tiempo justo para pulsar la alarma y reunir a hombres mujeres y niños que, con rostros de espanto, iban surgiendo de sus entrañas. A todos ellos se les proporcionó un chaleco salvavidas. Luego, él y algunos marineros, tomaron garfios y picaron los bloques de hielo que se habían formado sobre las lanchas de salvamento. Una tras otra fueron abordadas y arriadas al agua. Primero, los ancianos, después las familias, finalmente la marinería. Ángel se embarcó en una de las últimas, con algunas familias de marinos.
Su única esperanza, remar y alejarse cuanto antes. Una vez a distancia prudencial, aturdidos, presenciaron con claridad y en silencio el espectáculo. En cuestión de segundos el océano engullía en su totalidad el lujoso y moderno crucero. Sobre el puente de mando, sólo y ebrio de locura, mascullando disparates, permaneció el capitán hasta que todo terminó.


Continúa pasado mañana a partir de las 19:00 h...

José Fernández del Vallado. josef. 2009.


Reacciones:

41 libros abiertos :

Post más visto

Otra lista de blogs