sábado, febrero 28, 2009

En el club.

Aquel año me contrataron para trabajar en un club de hípica. Era primavera y una luz naciente de tonalidades brillantes empezaba a alumbrar los días cada vez más largos de abril y me deslumbraba en mi piso al amanecer.
La suerte: Estaba a apenas diez minutos del trabajo, y llegaba sin agobios.
Ocupaba mi puesto en la barra y por las tardes, cuando salían de la universidad, las veía llegar. Todavía recuerdo sus nombres: Celia era la rubia. Pecosa y arrogante se dirigía a mí sin siquiera mirar y adusta, me pedía dos limonadas, la baraja de cartas, un par de bolsas de kilos, y se volvía a la mesa donde Cruz, morena de pelo castaño y la mayor de ambas primas, aguardaba sentada mirando pensativa en dirección a la piscina o a los chopos que circundaban el local. Podrían sentarse más lejos, en cualquier otra mesa, pero lo hacían siempre en aquélla. Así las recuerdo aquel primer día y durante la semana siguiente. Yo, atendiendo a la gente, y ellas establecidas en su lugar, solas, hermosas e insolentes. A veces sólo estaban ellas, y yo. Jugaban sin prisa, con parsimonia. No parecían tener ganas de irse. Yo admiraba su belleza, lo admito. Lo hacía en secreto. Y ellas se regocijaban hermosas, irresistibles; titulares de la falsa omnipotencia que concede la vida durante la juventud. Yo no era viejo, ¿quizá para ellas? Al cabo de quince días tenía muy clara la barrera social que se interponía entre nosotros. Ellas, eran pequeñas damas clasistas, hijas de acaudalados, en cuanto a mí de familia quizá no tan pobre, pero en aquel intervalo atravesaba un mal momento. Si supieran acerca de ciertos parientes que tenía, pero que no frecuentaba, se asombrarían. Por ello, su manifiesta pose de superioridad en lugar de irritarme me llamaba la atención y entretenía. Había estado en ambos lados: Hombre rico hombre pobre. Y sólo pensar en las sorpresas que les deparaba la vida me inducía a sentir compasión por su situación ilusoria.
El verano llegó. Cruz no me dirigió una palabra durante lo que restaba de abril, mayo junio y julio. En agosto se fueron.
Una tarde de finales de agosto se presentó sin su prima, y no tuvo más remedio que acercarse a la barra. Lo curioso es que lo hizo muy tarde; era viernes, última hora. Meditaba qué haría esa noche, cuando terminara el trabajo de madrugada. Se acercó, me pidió una Coca Cola, una bolsa de patatas y un plato. Para mi sorpresa no regresó a la mesa sino que se sirvió las patatas, bebió un par de sorbos, volvió su mirada y me habló de la siguiente manera.
—¿No te aburre estar aquí tanto tiempo?
La miré con asombro y solté un “no” desganado, en absoluto convencido.
Sonrió. ¿Sonrió? Eso hizo. Estaba tan confundido de oírla dirigiéndose a mí tan de repente que apenas era capaz de balbucir.
—No te creo...
—Sólo es un trabajo.
—Pues los trabajos como el tuyo no parecen nada divertidos.
—¿Ah sí? Y tú, a qué te dedicas.
—Estudio veterinaria. A veces pasamos días diseccionando ranas. No me da asco, pero sí muchísima pena.
—Pues yo, la verdad, prefiero servir copas que abrir en canal a las ranas.
—Quizá…
Se volvió un instante, se frotó las manos como si tuviera frío. Mientras hablaba no había dejado de contemplarme de forma intensa y sentí como si sus ojos fueran capaces de radiografiar mi interior. Se volvió de nuevo, echó los cabellos hacia atrás, y me hizo la pregunta.
—Dime... ¿Por qué me mirabas?
—¿Yo?
—Sí, tú.
Me hice el imbécil y dije.
—Por que tú estás ahí y yo estoy aquí.
Se quedó observándome pensativa mientras yo ponía toda clase de rostros: De pocker, de oveja degollada, de pavo real, de despistado, de lunático...

—No. Eso no es cierto.
—El qué.
—Lo que dices. Tú me miras...
—¿Yo?
—Oye, no me tomes por una imbécil. He tenido tres meses para observarte.
La señalé y dije asombrado.
—Tú, a mí… ¿Me observabas? ¿Cuándo?
Tomó con ambas manos el vaso, y dijo.
—Mira... ¿Te llamas Jorge...?
—Sí...
—Jorge. Hay que saber hacer las cosas... Yo también te miraba, pero cuando no te enterabas...
—¿Cómo?
—Lo que digo. Si te gusta una persona, disimulas. No te quedas mirándola como un pasmarote. Y tú a veces...
—A veces ¿qué?
—Que te quedabas ahí, clavado, ¡mirándome!
—¿Yo?
—Sí, y ahora también.
Entonces lo hice, mentí.
—¡No! Te equivocas, no es cierto. Si te miro alguna vez es porque eres guapa, lo reconozco. Pero... ¿tú gustarme a mí? Si eres una niña. Cuantos años tienes. Dime...
—Veintidós.
—Ves, te saco once.
Contó por lo bajo.
—¿Tienes treinta y tres?
—Sí.
—No está mal.
—¿El qué?
—Me gustan los hombres hechos y derechos. ¿Tú... lo eres?
—¿Quieres probar?
Me miró de refilón y dijo.
—Yo... ¿con un camarero?
—No siempre fui camarero.
—Ah sí ¿Y qué más eras?
—Era afortunado.
Se rió. Hizo una mueca hermosa y permanecí fascinado.
—Ves… Otra vez
—Qué.
—Te quedas mirándome.
—Ya.
—Oye… ¿Tú has visto y conocido a muchas mujeres no?
—Sí, pero… ninguna como tú.
Se sonrojó. Me miró a los ojos y preguntó.
—Entonces ¿te parezco guapa?
—Guapa no, ¡hermosa!
—Gracias Jorge...

Me tomó de las manos, me las acarició. Entrecerré un breve segundo los ojos y oí los pájaros trinar, una brisa templada acarició mi semblante, no había duda estaba hechizado; enamorado como un idiota. Volví a abrirlos de nuevo, me había soltado se había dado la vuelta y terminaba de beber la Coca Cola. Había un hombre acomodado en el extremo la barra. Me pidió una copa de güisqui, Cruz pagó en silencio y se retiró sin despedirse. Aquel hombre siguió bebiendo, tomó cuatro o cinco copas más y al final, a eso de las doce, deliraba borracho en la barra; su mujer le había dejado… Se lo tuvieron que llevar los de seguridad.

Cuando agosto se terminó me despedí del trabajo; cuestión de incompatibilidad.
No volví a ver a Cruz, en cambio su cruz quedó impresa en mi corazón. Todavía la recuerdo. ¿Por qué si solo fueron unos instantes...? Jamás lo sabré, la vida es así: misteriosa, turbia, fascinante...


José Fernández del Vallado. Josef 2009.


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