jueves, febrero 05, 2009

¿Qué hay de las Verdes colinas de África? - II -

La primera noche resultó turbadora. Debido al fuerte oleaje las barcazas perdieron contacto entre sí. En su gabarra, la manta de nylon utilizada para resguardar la cubierta de la barcaza, y de la cual no se desprendieron de milagro, los salvó de morir congelados.
Al día siguiente un sol radiante, enturbiado por un fresco viento de poniente, los envolvió. Se descubrieron y ofrecieron a su calor. Enseguida fueron conscientes, estaban cercados de iceberg. Aunque por un lado la idea no les resultara sugestiva sí les dio cierto aliento. Quizá estuvieran cerca de tierra.
Al oso polar tan solo le bastó esa mañana y aquella brisa para olfatear a sus presas y desde el iceberg donde se hallaba, sorprenderlas. Sin embargo, no tenía demasiada hambre y se limitó a actuar de forma perezosa. Trató de subir a la barcaza bamboleándola de lado a lado con sus uñas como sables. Ángel le hizo frente con el garfio y los demás hombres lo secundaron con los remos, gritando. Superado en número y acobardado, después de recibir lo suyo, abandonó la caza. Todos acabaron roncos y muy preocupados.

La siguiente noche fue peor. El frío arreció y de madrugada vinieron más osos. Se batieron como pudieron. Ángel tenía el garfio, dos de los marinos llevaban puñales que resultaron decisivos, herían las zarpas de los animales cuando se hallaban a punto de trepar devolviéndolos al agua. El resto golpeaban a los depredadores con los remos y chalecos salvavidas. De todas formas la cosa no resultó tan bien. Dos hombres perdieron pie y se precipitaron al agua, otro fue atrapado. Lo más atroz, la impotencia de escuchar sus lamentos mientras los animales se peleaban por devorarlos.
Durante noches subsiguientes la situación se repitió. Hubo otras muertes, y fueron conscientes de su fatalidad. Estaban en un área colonizada por los predadores.
A la mañana del octavo día todo pareció tranquilo de nuevo. Aunque Ángel y los demás conocían cual iba a ser su suerte. Los osos no tardarían en volver. Trataron de evitar los iceberg donde se ocultaban. Daba la absurda impresión como si los brillantes témpanos de hielo pretendieran adherirse a ellos sin solución. No lo consiguieron hasta pasadas veinticuatro horas; entonces lograron adentrarse en alta mar.

Tras dos días sin ataques, y también sin alimentos, acabaron perdidos y sin fuerzas en aquel mar helado. Ángel escuchó chapoteos, miró al otro lado de la borda y vio avanzar la aleta cortando el agua hacia ellos. Se estremeció, estaba helado y sudaba, los dientes le castañeteaban y no podía gritar, estaba demasiado débil. Lo supo. Un pez se acercaba. Estaba ahí…
Las fauces del escualo se hicieron visibles entre hielos azulados. El animal pasó junto a un extremo de la barcaza dejándose ver en toda su longitud. Se trataba de un tiburón blanco. Nadie osó moverse un dedo de su posición. Detrás llegaron dos más; percibiendo la sangre de los heridos. Inquietos, rozaban el casco de la gabarra como si fuera una cáscara de nuez. Sus aletas sobresalían dos metros sobre la cubierta. Imposible no verlos. No se marcharon. Era como si lo adivinaran; el tiempo estaba de su parte.
Se sucedieron un par de días de tormenta. Uno de los marinos pereció y se hizo preciso arrojarlo por la borda. Los tiburones dieron cuenta de él. Presenciar el espectáculo de aquellos peces descuartizar sus despojos con violencia, provocó un estallido de pánico y postración a bordo. Para colmo de males ocurrió algo peor; debido a las tormentas una vía de agua se abrió a popa. Para sobrevivir era preciso aliviarla, pero entraba con cierta fluidez y, hora tras hora, les ganaba terreno. Hasta que un día amanecieron con el nivel en los tobillos, y la borda sobresaliendo apenas veinte centímetros sobre el mar.
Ávidos, los escualos se lanzaron. El primero, tras destrozar la débil borda, surgió mostrando sus aserradas fauces, introdujo un cuarto de su volumen dentro de la barcaza, y les obligó a replegarse a un extremo. Nadie osó acercarse. Derrotados por el cansancio, el frío y el hambre, los padres se limitaron a cubrir los rostros de sus hijos.

Unos martillazos secos, como latigazos, hendieron el aire. El animal tembló como un muro de gelatina a punto de resquebrajarse, resbaló, y desapareció lentamente bajo el agua. Se oyó un chapoteo, seguido de más detonaciones.
Ángel levantó la cabeza y vio al mercante acercarse. Estaba desfallecido. Pese a lo cual una sonrisa bobalicona iluminó su semblante, y se dijo para sus adentros:
“De acuerdo. El ártico siempre será inhóspito y fascinante. Y ahora. ¿Qué hay de las Verdes colinas de África…?


José Fernández del Vallado. Josefmaria. 2009.

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