viernes, febrero 06, 2009

Ocho diosas en el Olimpo de mis sueños.

De Pilar, tomé prestadas lecciones de frivolidad y desamor profundo y primario; fue la primera, mi Perséfone, me hizo pasar seis meses en el inframundo de las desdichas y tragos amargos. ¡Cuánto la deseé sin comprender! Me dejó por un amigo.

Nuria, me dejó bondad e ingenuidad; duramos tan poco, fue mi Artemisa, pensaba más en divertirse y cazar fotografías con su cámara Leica que en amar, era modosa y el amor la trastornaba. Éramos incompatibles.

Alicia, fue la belleza y sensualidad de un verano, apenas la sentí a mi lado pero siempre estaba en mi mente, fue con quien me inauguré de verdad sin hacer el amor, pero amando; mi verdadero deseo inalcanzable y platónico; mi Afrodita de amor y belleza. Siempre la vi de lejos, aunque la tuviera a un milímetro de mis labios o me besara…

De Milagros esperé cualquier cosa y la obtuve. Mi premio, una tarde de primavera hice el amor sin saber que ése es el secreto por el cual muchos, demasiados, mueren y asesinan enloquecidos entre el odio y la sinrazón; fue mi Atenea sabia, educaba con el ejemplo, también luchadora, le gustaban los hombres valerosos y heroicos. Dejé de ser su ideal.

Minerva, mi verdadera prostituta sin intuir el significado que entraña una palabra que busca el placer al precio que sea o a cualquier precio. Me tomó tal cariño que ni siquiera cobraba y se apuntaba con gusto a todas las exploraciones sexuales. De ella aprendí lo que me faltaba del sexo. Fue mi Afrodita en su vertiente promiscua y heterogénea, no le importaba alcanzar el éxtasis las veces que fuera necesario con tal de desfallecer tras días encamados y sin tregua. Un final por "knok out."

De Raquel me llegó lo más importante: El cariño y poder sentirme en familia. Con sus dos hijas de trece y dieciséis años discurrí varios años felices de mi vida. Debió de llamarse Hestia, pues todo en ella estaba asociado a la pasión, el hogar y la familia; le encantaba encender el fuego durante el invierno en la chimenea y luego, era capaz de pasar horas mirándolo con turbación, hasta que su poder o el de la vida la vencieron y enloqueció.

Sofía, me enseñó a valorar la vida cuando se dispone de poco. Me bastaron quince días de ensueño en una ciudad perdida en un desierto para sentir la grandeza del amor cuando uno se aleja de la persona a quien ama con la certeza de que será para siempre. Fue mi Deméter perfecta, pues me hizo comprender que la armonía entre el hombre y la naturaleza no es imposible. Cuando me tomó de las manos por primera vez en un parque, un pajarillo con un penacho escarlata, descendió y ante nosotros con total desenfreno, comenzó a trinar. Ella tomó una flor y se la puso en los cabellos, luego me puso otra a mí y yo me sentí como un niño absurdo y feliz.

Y Carmen, mi Selene, a quien amé una sola noche de verano, entre burbujas de champán y locuacidad en francés. Me hizo comprender que la luna no sólo es un astro, sino un ente con poder autónomo para proporcionar y anular aquellos sueños que le enloquecen a uno y por los cuales moriría o mataría. Desapareció a la mañana siguiente; no la volví a ver...

José Fernández del Vallado. Josef. Febrero 2009.

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