viernes, febrero 13, 2009

Post 90: Viernes 13.


No me cuesta cerrar la puerta a mis espaldas y salgo a un día soleado; es viernes trece. No entiendo la relación de un número tan saludable con la mala suerte y el terror. Compro el periódico y encuentro noticias, al fin ya al cabo, propias de este mundo: “La ayuda al desarrollo dejará de pagar proyectos como el de Barceló.” “Mueren cinco niños afganos en un tiroteo.” “Siete víctimas en un ataque de las FARC.” “Accidente mortal en la A 46.” Todo normal, nada de otro mundo.
Subo al coche para ir al chiringuito de los filipinos a tomar mi café matutino, llevo recorridos tres kilómetros y me topo con un control policial. Me paran y me piden el carné. Seguro de tenerlo en regla no me inquieto en absoluto. Tranquilo, busco en mi bolsillo trasero y ¿dónde está la cartera? De pronto lo recuerdo. La he dejado olvidada en la mesilla de noche. Con cortesía trato de explicarles la situación, e incluso les digo que si es preciso puedo volver a por ella. Resultado: Multa de ciento cincuenta euros y, además, debo presentarme con los papeles en la dirección General de Tráfico en un plazo inferior a quince días.

En fin, todavía estoy a tiempo de evitar la multa, pienso. Trastocado, pero con la cabeza bien alta, continúo mi ruta hacia el centro comercial. Aparco y entro en el bar. Para desquitarme pido un desayuno completo. Termino y algo confuso soy consciente de la realidad. ¿Cómo puedo ser tan atolondrado? No llevo cartera y en el monedero apenas encuentro veinte céntimos, insuficiente para cubrir el desayuno. Bueno, eso tampoco es problema. Erik y Mónica, los dueños, son mis amigos, y me fían. Complacido tras tomar el desayuno alzo la voz con parsimonia y llamo a Erdi, el camarero. Le indico que quiero hablar con sus jefes. Me contesta que en ese momento no están. A la pregunta de cuándo volverán me responde con un anodino: “No sé.” Bajo la voz y susurro: “Dime, cuánto te debo.” “Son seis con cincuenta, contesta.” Me revuelvo sobre la banqueta y le digo: “Verás, no tengo dinero. Le dices a Erik que mañana pago sin falta ¿vale?” Mirándome fijamente, como si le acabara de contar un chiste sin gracia, contesta. “No, tu pagas ahora.” Asombrado le pregunto: “¿Cómo…?” “¿Por qué?” El me sonríe, trata de ser amistoso, y replica: “Porque jefes dicen que todos pagar ahora nada más terminar.” Extiendo los brazos en alto y aseguro. “Venga Erdi, si vengo aquí todos los días y pago religiosamente.” Me mira, sus ojos se desorbitan un poco, y ordena. “¡Tú pagas ahora! Jefes ya no fían.” Me levanto de la banqueta, y algo agitado, alzo la voz: “A ver si te enteras. ¡Mañana! Hoy olvidé la cartera. Estoy sin calderilla.” Desconcertado masculla. “Ahora…” Me doy media vuelta y avanzando apresurado me alejo y escapo sin hablar. A mis espaldas le oigo gritar: ¡Vuelve! ¡Paga o llamo a seguridad! Salgo fuera y entro en el coche de forma precipitada. Veo salir a un guardia, mira a ambos lados, busca entre los coches. Arranco, paso a su lado y suspirando de alivio, escapo. Necesito volver a casa. Tal vez escribir un poco me ayude a relajarme de nuevo.

Cuando llego veo un coche desconocido aparcado en la puerta. Entro en el jardín y encuentro a Roxana fregando el portal, me dice apacible. “Ha venido el chico del ADSL.” Como si hubiera recibido un calambre, me detengo, me rasco la cabeza y pregunto. “¿Cómo? ¿Qué... chico?” Me mira sonriente, está de buen humor, claro, el día es espléndido. “El del ADSL. Dijo que tiene que revisar el Router, y ver si todo va bien.” “¿Mi... Router?” Un escalofrío recorre mi espina dorsal. La miro a los ojos y balbuceo. “Yo no he llamado a nadie de telefónica...” Salgo apresurado a mi despacho. La habitación está encendida, pero en el ordenador no encuentro a nadie. Dando zancadas subo al piso de arriba, entro en mi habitación y descubro a un muchacho menudito hurgando en los cajones. Me dirijo corriendo hacia él y sofocado le grito. ¡Oiga usted! ¿¡Puede saberse qué está haciendo!? Me mira, se detiene, y se le escapa una sonrisa bobalicona. Lleva una bolsa de deportes. Histérico grito. ¡Devuélvame lo robado o llamo a la policía! Aterrado, temblequea y musita: No, por favor... Deposita la bolsa sobre la cama, la abre, y comienza a sacar objetos: Mi maquina de afeitar, una bandeja de plata, el viejo candelabro de seis brazos, la máquina antigua de escribir, mi mp4, las botas de montaña, ropa, varios cds con películas, etc. Sufro un arrebato de ira me abalanzo, lo agarro de un brazo y le grito. ¡Y fuera ahora mismo de aquí! Forcejeamos. Comienza a exclamar: ¡Vale, vale! Bajamos a trompicones las escaleras. Cuando está en la calle, a unos metros de distancia, se da la vuelta y envalentonado, me insulta. Me quedo en la puerta mirándolo con los ojos inyectados en sangre. Me doy cuenta de que Roxana está a mi lado, y me sujeta con fuerza para que no salga corriendo y la líe.

Cuando se ha ido revisamos la casa. Parece no haberse llevado nada. Una hora después continúo tan nervioso que soy incapaz de comer y menos, de escribir. Y permanezco sentado frente al word, mirando el documento que he abierto en blanco. Roxana entra en silencio y se despide en un susurro. Le digo que no se preocupe, no es culpa suya. A continuación me echo una siesta y me despierto aún peor.

Al anochecer mi hermano me llama y entusiasmado me invita a ver una película en su casa. Su mujer ha regresado muy cansada del hospital y ya está durmiendo, lo mismo que sus tres hijos. Confiesa que tal vez nos guste, pues ha oído hablar de ella, aunque no sabe bien de qué va. Por fortuna no tengo que coger el coche, su casa está muy cerca y prefiero ir a pie. Por fin, y tras respirar aire puro, llego más animado.
Lo tiene todo dispuesto. Sonríe y me dice que esta seguro, la película es de las que me gustan. Nos sentamos ante el televisor enciende el reproductor y comienza. Lo cierto es que al inicio promete, un coche circula por una carretera preciosa. Creo que al fin me podré relajar. No hay por qué creer estupideces acerca del viernes trece. Se titula: Funny Games:Importante:hacer clik aquí, el director es austriaco, un tal: Michael Haneke. Me centro en ella mientras concentrado disfruto de un delicioso refresco.
Suena el timbre de la puerta, miro a mi hermano y le pregunto. ¿Esperas a alguien? Extrañado, dice que no. Se levanta y sale de la habitación. Dudo un momento y grito: “¡No abras la puerta sin antes mirar por la mirilla!” Ya es tarde. Se oyen ruidos, voces acercándose...

José Fernández del Vallado. Josef. 2009.

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