domingo, febrero 15, 2009

Mis ahorros.


Mi vida y mi hogar dependían de mis ahorros; los reuní durante el último trabajo. Estábamos en crisis. Pensé en volver a colocarme pero me di cuenta; a mi edad no iba a encontrar más empleos. Buscaban juventud y yo... sabía demasiado, necesitaban “operarios manejables.”Comencé a comprenderlo. Mi dinero tampoco estaba seguro con ellos. Día tras día me robaban una cuota, chupaban gota a gota, como vampiros sedientos. Desconfiaba de ellos, en cuanto pudieran me dejarían en la estacada. Decidí sacarlo poco a poco, sin dar parte, dudaba de que no estuvieran al tanto. El máximo que me permitía la tarjeta era de seiscientos euros. Les había confiado mis ahorros y ahora ni siquiera me autorizaban a disponer a gusto de ellos. Comencé a hacerlo un par de semanas, enseguida me di cuenta; demasiado poco y lento. ¿Qué tal rellenando talones? ¡Necesitaba más dinero!

Visité la sucursal. Era un lugar anodino, con demasiada luz, cualquiera de esas oficinas que construyen clonadas unas a otras. Tenía un salón amplio con suelo de baldosas de gres, paredes blancas de estuco, el techo de paneles fluorescentes y los mostradores de los funcionarios sin acorazar. No como los de antes, sino a cara descubierta. Por algún obtuso y desconocido motivo la vida ya no parecía tener valor, se me antojó pensar. La última hora de la mañana era la mejor para dejarse caer. El reducido número de clientes que encontré en sus dependencias me dio la razón. Además de mí en la fila aguardaban una pareja de viejos extranjeros, una chica joven, atractiva, de veintitantos y un hombre. Tras el mostrador de cobros y abonos había una cajera cuarentona y ojerosa, y en las mesas de atención al cliente, un par de tipos. Uno rondaría los treinta y otro de más edad, que por su aspecto debía de ser el jefe.
Yo estaba detrás de la chica, contemplaba con arrobamiento su cuerpo. El pelo de su cabeza negro corto y rojizo terminaba en la base de su cuello y formaba unos rizos que como pequeñas borlas de color negro y brillante, morían justo antes de que comenzara su espina dorsal. Sus hombros oscuros, torneados, su talle fino, acabado en una cintura estrecha y sus nalgas duras y perfectas. Volví a fijarme en la situación y con sorpresa e inquietud comprobé que tal vez me resultara sencillo. Abriéndome paso avancé hasta colocarme el primero. Los de detrás esbozaron unas quejas, me bastó una mirada teñida de ira y se callaron.

Volví la cabeza, mi voz salió de mí agresiva y gorgoteó unas palabras. Al mismo tiempo introduje mis manos bajo la gabardina, extraje un objeto negro y reluciente, y sin mediar palabra lo volví a la cajera. Al verlo, dejó escapar un grito estridente. Casi ala vez se oyó el estampido y la mujer, alzada manos en alto, se desinfló como un globo escupiendo colorante. Me costó darme cuenta. Lo que veía derramarse en profusión por su estómago no era colorante, sino su sangre.
De repente me vi vuelto hacia el personal, y apuntándoles con la recortada, grité.
- ¡A quien se mueva lo fundo…!
Bastó para que de las seis personas que quedaban (aparte de la cajera) la mitad comenzaran a correr.

Los estampidos tronaron mezclados con gritos de histeria, y cuando cesaron, el panorama no era alentador. Los extranjeros, tiroteados, yacían agarrados al tirador de la puerta de salida; otro tanto sucedía con el empleado más joven, que sentado en uno de los bancos de atención al cliente, parecía esperar con la boca entreabierta su turno. Era evidente, no le había tocado el número de la suerte. La chica, el empleado mayor y el hombre, se dejaron ver bajo el saliente de una mesa.
Ordené al empleado que se presentara ante mí. Cuando lo tuve delante me dio un par de noticias: La primera, que el director del banco no era él, sino el joven al que había dejado seco en el banco de atención al cliente; y por lo tanto, el máximo responsable y único conocedor de los códigos para abrir la caja fuerte. La segunda, que la alarma silenciosa había saltado y la policía estaba sobre aviso. Tras oír con atención quise saber otra cosa: Cuánto dinero había en efectivo fuera. Me contestó que alrededor de trescientos mil. Absorbida la información necesaria le descerrajé un tiro reventándole los sesos. Se trató de un espectáculo, cabe decir, desagradable de presenciar, y en especial para mentes sensibles; como por ejemplo la muchacha, que alarmada comenzó a gimotear.

Dejé aparcado el cigarro que había encendido, me acerqué a ella y alterado le di un par de bofetadas. Vigilados por la recortada evidentemente nadie se interpuso. Mientras, pensaba de forma confusa, preguntándome una cosa: ¿Era consciente de mis actos? Aunque ya no había mucho que hacer. Excepto coger el dinero y salir. Pero... necesitaba meditar: ¿Por qué matar a toda esa gente? Tal vez si hubieran obedecido… ¡No! La chica joven y ahora desgraciada, porque había sido abofeteada, seguía viva y el muchacho también. La culpa era, como siempre, de los banqueros. ¡Se apropiaban de todo y ahora se querían quedar con mi dinero! No lo conseguirían...
De pronto el chico, valiente, estaba frente a mí. Le dije:
- ¡Quieto! Adónde piensas que vas. No des un paso o te hago un costurón. ¿Con qué me vienes...?
Tragó un par de veces saliva y empezó.
- Verás… Tal como están las cosas ahora, no veo muchas esperanzas para ninguno...
- De vosotros. Añadí sonriendo.
- Claro... nosotros primero. Pero ¿y si nos asesinas? ¿Cómo esperas salir vivo? Y encima sin un euro.
“Es cierto, pensé.”
Continuó.
- Mira… Así es como veo yo la cosa. Debes dar una muestra de buena fe para que la policía y la sociedad, que están pendientes del caso, te crean.
Me acaricié la barba y dije interesado.
- ¡Sigue!
- Libera a la chica.
- ¿A la mujer? Pregunté vacilando.
Me miró receloso. Estaba asustado.
Sonriendo, le dije.
- Bien. No sabía de quién desembarazarme. Ahora ya no tendré problemas, digamos, de mujeres...
Me miró sin hablar. En realidad sintiéndose incapaz de hacerlo.
Seguí.
- Tú te quedas conmigo. Me ayudarás a prender fuego al banco. En cuanto a ella... es libre.
Estaba sentada en un diván, junto a una mesa. Él la abrazó y trató de consolarla. De pronto surgió de mi interior, y grité.
- ¡Iros! ¡Podéis iros los dos! Que no me canse de decirlo...
Retiraron los cadáveres de los extranjeros. Antes de salir ambos se dieron un abrazo y un beso. No había duda, amor a primera vista. Surge incluso en las situaciones más estresantes, pensé.
En cuanto a mí lo había intuido nada más despertar. Me acomodé en la butaca del jefe, se estaba bien allí. Afuera sonaban cientos de sirenas enloquecidas. La sociedad se había puesto en marcha. Yo no quería más sociedad, me había defraudado. Me incorporé, empuñé la recortada y sin vacilar gritando “¡Banqueros arribistas, usureros!” abrí la puerta de salida. Hice un disparo y sonreí. No me recibieron de una forma cordial...


José Fernández del Vallado. Josef. 2009.
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