lunes, marzo 02, 2009

Armonía...

Algunas noches, cuando ni siquiera sé que es lo que debo escribir, abro el periódico curioseo y constato los crímenes infames que se cometen en el mundo, muy cerca de mi casa y casi dentro de mí. Mi mente se recalienta con pensamientos de cólera y comienza a arder de tal forma que el dolor se hace insoportable. Estoy en invierno; abro la puerta del porche y me siento. No habrá más de dos grados centígrados, me cruzo de brazos y dejo que el frío actúe sobre mis ideas y articulaciones hasta congelarlas. Comienzo a tiritar igual que titilan las estrellas, llevo las manos cubiertas por los mitones, saco la servilleta de papel que cogí durante la comida escribo y cuando llevo tres párrafos me doy cuenta de algo esencial, he olvidado el bolígrafo. No estoy escribiendo, tan solo pienso. En instantes se hace de día, la luz del sol me calienta ilumina y recarga de dinamismo y recuerdos. Me gustaba escribir en las servilletas, el viento las acogía y las hacía volar durante aquellos veranos de brisas eternas, y con ellas, viajaban mis ideas. Era mejor tener las servilletas pinzadas. Así solo era la pasión y no el viento quien me arrebataba el alma y no las ideas. Lo cierto es que me agradaba verlas volar mientras pensaba que transportarían mis palabras a lugares inhóspitos, traspasando los muros de la ignorancia, donde tal vez las leyeran personas que yo nunca iba a conocer.

Algunas noches cuando ni siquiera sé hacia donde me dirijo y el dolor es profundo, me arrastro al piso de arriba, abro el armario donde junto a mis secretos inconfesables guardo las servilletas más ligeras, anoto lo que pienso, abro la ventana y si sopla brisa libero mis sentimientos. Me siento y pienso en como me halagaba disfrutar de la soledad mientras degustaba las ideas con fruición. Hoy mis ideas están viciadas, llenas de crímenes y civilización, y se condensan en una soledad casi perversa. Lo curioso, es que pese a no estar solo en absoluto, cuanta más humanidad entreveo más crece mi pavor, pues compruebo que igual que escribo en servilletas las recibo de vuelta, empapadas en sangre y desaliento. Las recojo, procuro secarlas, limpiarlas y rescribirlas llenas de afecto, salgo a la calle y todo gira en torno a mí de forma frenética e irreflexiva, la brisa se acrecienta y un encrespado mar de servilletas y dolor me cubre y arrasa, huyo corriendo a ducharme de la suciedad con que la civilización erosiona mi ser. Luego llamo a Cecilia, a Sofía, a Pedro, a Cesar a Iván, a aquellos amores y amigos que una vez fueron refugios en mi vida, y todos me contestan lo mismo:
“Lo siento, no puedo atenderte. Estoy ocupado/a.”
La necesidad de superar al tiempo conlleva que tome por asalto nuestros hogares y a nosotros mismos, atrape las servilletas en el aire y desintegre sus exigencias de pasión, amor, dulzura y atención, congele nuestros corazones y los vacíe de sentimientos. Decimos: “Lo siento. No tengo tiempo.” Pero es una absurda entelequia. Nos hemos acostumbrado a dejarnos dominar por el tiempo y a estar eternamente “ocupados,”o en estado de ocupación, cuando la realidad es que tememos tanto a la soledad que la confundimos con el sosiego. Por eso, si en la ciudad alguien se detiene, se sienta en una esquina y durante un par de horas permanece extasiado, sin moverse, se le mira como a un extraño, vago, loco o alcohólico. Antes eso tenía nombre: Se llamaba equilibrio, y lo disfrutaban y todavía lo saben conservar en ciertos lugares donde las horas transcurren pausadamente. Si vas a uno de esos lugares en los que creerás que todos han nacido lentos y te ajustas a su“horario,” cosa que solo sucede tras unos días de amoldarte, podrás de verdad observar como discurre la vida y descubrirás que por una vez el tiempo no se esfuma ni pasa de largo.

Estás allí, sentado, cualquier día, la brisa arrastra suavemente volando una servilleta que atrapas, la abres y lees unos versos que hablan sobre la vida en paz y sosiego. Cierras los ojos. A lo lejos tan sólo se oye el ladrido de un perro; no hay coches, no hay gritos, excepto el apagado llanto de un bebé, una brisa cálida que mece los árboles y el cloqueo de una gallina. De pronto descubres que, asimismo, eso recibe un nombre hoy casi olvidado: Armonía.


José Fernández del Vallado. Josef. 2009.


Reacciones:

71 libros abiertos :

Post más visto

Otra lista de blogs