martes, marzo 31, 2009

Estrellas de dolor.

Surgiste un amanecer sin brisa nubes ni sol, en una ciudad brumosa y metalizada donde hablar de futuro equivalía a mentir y hacerlo de pasado significaba dolor, en cuanto al presente prevalecía tu semblante perfilándose sobre la niebla densa y lechosa en los amaneceres frágiles con un sol debilitado. Llenabas mi vacío con palabras sembradas de promesas imposibles y las hacías posibles. A tu lado cualquier cosa resultaba sencilla. Dejé de beber, busqué el cielo de nuevo sujetándome a ti, sin separarme, manejando el bastón que mis piernas atrofiadas cada vez necesitaban con menor ansiedad, volví a caminar. Lavabas mi cuerpo magullado, limpiabas con esmero mis heridas, rasuraste mi barba y me diste de comer. Me llevaste a la orilla de un océano antes gris y que ahora había recuperado su matiz azulado y verdoso, me secaste las lágrimas me hiciste reír y me diste una razón para seguir. Me puse en pie de nuevo y cuando estuve listo ni siquiera tuviste que decírmelo. Lo supe la primera vez que te escupieron a la cara con odio: “¡Judía!” y te preguntaron qué hacías en tierra palestina. No dijiste nada, sacaste una estrella amarilla del bolsillo te la pusiste de broche y dándote la vuelta, comenzaste a caminar. Te seguí. Una reflexión me impulsó a no separarme de ti, la misma que tú me enseñaste: “El odio se apaga con amor.”

José Fernández del Vallado. Josef. 2009.




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