sábado, marzo 14, 2009

La incomprensible senda de la voluntad.

Juan Germán López tenía más de cuarenta años. Vivía solo, no tenía familia, ni por lo tanto hijos. Así como tampoco trabajo fijo ni hogar propio. En cuanto a sus amigos, se habían ido distanciando hasta arrinconarse en un olvido simultáneo. Vivía en una pensión y subsistía de unos exiguos ahorros. Apartado de la seguridad de un salario fijo y de la rutina cada nuevo amanecer para él constituía una aventura. Y aún así era feliz. Antes de eso había sido una persona diferente; un hombre digamos, estándar. Trabajaba de empleado en una oficina de correos durante once horas diarias, hasta que enfermó. Contrajo un extraño padecimiento que lo indujo a escribir un día sí, otro también, y los demás exactamente lo mismo. Pero ¿cómo enfermó? No fue complicado. Sucedió al leer una carta que por casualidad se hallaba mal sellada.
Era una mañana ventosa y Juan manejaba la moto. El suave papel transparente se escapó de su sobre, se filtró por un resquicio de la cartera y cual frágil pluma vapuleada por el viento, salió volando ligero. Juan lo vio de reojo, detuvo la moto, corrió tras el, saltó la verja de un jardín y lo atrapó segundos antes de que se precipitara en las cristalinas aguas de una piscina. Y una vez entre sus manos, sin ser consciente, comenzó a leer. Decía así:

“Querido Juan sé que estás muy enfermo. Amado, también sé que tu familia no me quiere y no permitirá que te vea nunca más...Pero amor, todo mi amor y cariño permanecen indelebles. Recuerdo como si fuera hoy mismo lo mucho que nos deseamos, reímos, jugueteamos y lloramos nuestra pura y absoluta felicidad compartida. Todos esos momentos que pasamos juntos, han quedado grabados con la firmeza inalterable de un cincel sobre una lámina de mármol, y ya no podré olvidarte jamás. Por ello, te seguiré escribiendo siempre. No me importa ya si me respondes o no, si vives o mueres, puesto que aunque desfallezcas, para mí seguirás estando eternamente vital y presente, ya que de forma espiritual uno jamás se extingue y su alma continúa ahí para ver, leer y acariciar las cartas que yo te iré remitiendo. Amadísimo Juan sólo existe un problema. Es un detalle intrascendente y carente de significación, no te alarmes. Hoy volví a tratar de dibujar un retrato, tu retrato. Lo intenté más de treinta veces y en todas me ocurre lo mismo. Por más afán que pongo no sales tú sino un esquema de trazos desiguales... No acabas de ser tú mi amor. No te preocupes soy torpe. Continuaré ensayando hasta lograrlo. Te ama intensamente y para siempre. Mabel.”
Esa misma tarde, en la oficina, ya no fue el mismo. Sus pensamientos y su mente estaban en otra parte. Todo su ser había partido hacia periplos remotos y desconocidos.
Lo primero que hizo fue comprobar qué había sido del muchacho al que la mujer escribía. Con consternación supo que hacía más de tres meses había muerto de cáncer. A continuación pidió la baja y como solía pasar desapercibido, a nadie le sorprendió. Por la noche, al regresar a su hogar, de forma irreflexiva emprendió dos tareas nuevas para él. La primera, suplantar una identidad, la segunda, escribir. Tomó varias cuartillas, un bolígrafo y comenzó la ardua tarea. Y al redactar se dio cuenta de que quien impulsaba y articulaba con precisión sus frases que, cuidadas, pasionales y bien enlazadas, resultaban bellas reflexiones de una persona que se hallaba en el éxtasis de amor, era su corazón. Tras más de cuatro horas de esfuerzo terminó de escribir. Cuidadosamente puso su dirección e indicó que, a partir de ese momento, aquel era su nuevo domicilio. Explicó también que todo le iba bien, y que no había podido escribir hasta la fecha debido a los azarosos trámites del cambio y por vicisitudes familiares. Pero una vez resuelto, a partir de ese momento, podrían escribirse cuanto quisieran sin interrupción.

Desde ese instante un nuevo mundo se abrió a sus ojos y sentidos. Dio comienzo un intercambio de cartas maravillosas, colmadas de sentimientos y pasión, y sobre todo de un amor que comenzó a percibir primero a flor de piel, luego en su interior y se instaló muy profundo, hasta sentirse inmerso en un trance de satisfacción nunca percibido con anterioridad. Por supuesto, no olvidó informarse de detalles esenciales presentes en la vida del Juan a quien amaba Mabel. Mientras tanto, poco a poco, fue insertando fragmentos de su existencia.
Pasados tres años, pese a su ardua y calibrada estrategia de moderación, y por verosímil que resultara la lógica de sus relatos, los deseos de Mabel por volver a reencontrarse llegaron a ser tan ardorosos que no tuvo más remedio que ceder y confesar que estaba repuesto. Si llegó a tal extremo fue porque, aunque supiera que caminaba hacia el desastre, él mismo deseaba verla, conocerla, y si le fuera posible aunque sólo se tratara de un instante… rozarla. Le bastaba con eso. Pero entre todos aquellos sentimientos un deseo se abría paso con irresistible tesón, aunque sabía que iba a resultar del todo imposible: Deseaba besarla.

Acordaron verse un diecisiete de octubre. El mismo día en que aquel malogrado Juan y ella se habían conocido. Octubre significaba para Juan, tristeza. Representaba el mes donde las fantasías del verano excluidas por los vendavales del norte, se diluían. Y cuando las cálidas o acaso frágiles promesas veraniegas entremezcladas con la amarga laxitud otoñal de los bosques, dominadas por un estío en decadencia, comenzaban a declinar vencidas por la insoportable opresión invernal. Entonces todo el ciclo agonizaba.

Un local junto al mar, allende una playa solitaria. Todo según dispuso ella misma.
Juan le refirió, y así tuvo que ser, que debido a su enfermedad le habían operado de cirugía radical y tal vez resultara irreconocible. Para su sorpresa ella le respondió que le daba lo mismo lo que hubiera cambiado de aspecto. Pues declaró que a quien se desea con auténtico fervor resulta sencillo de reconocer, incluso entre miles de personas.
Llegado el momento, se hallaba en el lugar. Era viernes, un atardecer. El local estaba saturado por grupos de jóvenes y parejas que hablaban y se hacían embelecos en torno a una gran estufa. Juan se sentía nervioso y sobre todo angustiado. No en vano, era consciente. Ella podría estar a su lado y aún así ni siquiera reconocerlo y viceversa. Una cuartilla acarició su semblante y deslizándose en el aire enfiló hacia la estufa. Antes de que se precipitara en las brasas la tomó entre sus manos. Era un dibujo, lo observó sin interés y de pronto con detenimiento. Era un retrato. ¡Su retrato!
Súbitamente volvió la cabeza y tras él, con las manos apoyadas sobre el respaldo del sofá, había una atractiva mujer. Lo supo al instante.
—Sí, yo soy Mabel y tú eres Juan, el del retrato ¿verdad?
Sólo supo asentir.
—Entendí que mi querido y dulce Juan había fallecido cuando me resultó imposible bosquejarlo…
Él, compungido, balbuceó un dudoso “sí.” Ella prosiguió.
—Y también descubrí algo más al tratar de rehacerlo una y otra vez. El esbozo que perfilaba era siempre similar y debía representar algo o alguien que sin saberlo, ya estaba ocupando mi mente y mis pensamientos. Y ése eras tú… Aquel ser desconocido que al cabo del tiempo, averigüe, trataba de mantener viva mi ilusión y lo conseguía mediante las preciosas cartas que recibo a diario. ¡Tú! ¿Te llamas Juan en realidad? Él asintió con timidez.
Entonces Mabel, sin dejar de observarlo fijamente con sus ojos verdes, se acomodó a su lado. Le tomó de las manos y le besó son suavidad en los labios. Y Juan Germán López, como un estallido de placer experimentó una sensación de bienestar que le colmó por entero y lo supo. Tuvo claro que si ahora era afortunado, durante el resto de su existencia sería un hombre doblemente dichoso, y sobre todo, feliz...

José Fernández del Vallado. Josef. Abril 2007. Arreglos 2009.






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