domingo, marzo 08, 2009

Vivir su libertad. (Dedicado a las mujeres del mundo)


(Dedicado a las mujeres del mundo)

Lo hizo por negarse a consentir una vida llena de imposiciones y castigos y porque pese a ser todavía joven, no recordaba de su infancia y su corto pasado más que un suplicio de trabajo y malos tratos.

Lo hizo porque cuando divisó una brecha de esperanza se introdujo en ella y con apenas quince años, esa brecha quedó grabada en su carne con sangre para siempre como un vergonzoso recordatorio de su despreciable condición. Buscó aquel amor del que tan encendidamente le hablaban los poemas de Rabindranath Tagore, pero solo encontró un eterno y solitario barranco sin fondo en el que se perdían, vanas, las promesas.

Encerrada en su prisión de barrotes de oro sufrió latigazos de crueldad, doblegada por un marido inhumano que no conocía más límites que los de la insidia y el odio. Se mofó de ella, y como si fuera su ramera llevó a su hogar a otras mujeres con quienes hizo el amor en la estancia contigua, para que ella fuese testigo de sus resuellos de placer.

Lo hizo porque las ratas no son dignas de vivir en el mismo plano que seres humanos sensibles, y es menester limpiar el mundo de escoria. Pero sobre todo lo hizo y se alegró, por proteger a sus retoños de la mano cruel de un hombre vehemente.

Lo hizo amparada en la oscuridad de la noche donde el reflejo de una luna pálida en la afilada hoja de la daga representó un destello de esperanza. Cubrió sus manos de sangre, dio muerte y castró al macho endemoniado para que jamás hallara descendencia.

Al huir sus pies rozaban el suelo del mundo y lo eternizaron.

Alcanzó un cruce de caminos. Ante ella se extendían amplios y rectos senderos a elegir. Acudieron a ella las llamadas de los caminos aún inexplorados y las ganas de vivir en libertad. Iría tras el viento, seguiría a las estrellas allí hasta donde el alba empieza a brillar. Acompañaría a los peregrinos enamorados quienes se prometen canciones y odas de amor.

Pero allá, quizá no tan lejos, ladridos de perros y un reguero de antorchas estaban a punto de quebrar su libertad. ¿Qué sería de sus hijos cuando se viesen solos en un mundo tan injusto, pensó? Imploró a Shiva al Yantra y a todos los dioses conocidos, y llorando se embarcó en una patera.

Crujidos desconcertantes, gemidos de almas golpeadas. Una balsa se mece a la deriva en el gigante oceánico. Madrugada y todos lloran, saben que van a morir y por eso se apresan unos a otros en un abrazo que presienten desesperado.

De pronto, y como si alguien hubiera extendido millones de ropajes para baldear surge una playa de arenas blancas y limpias en la cual desembarcan, se tumban y descansan aliviadas por los crecientes rayos del sol. Ella lo sabe y lo siente o mejor ya no lo siente. El yugo de la tiranía y el miedo ha desaparecido, allí: ¡Está en otro mundo!

José Fernández del Vallado. Josef 2009.



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